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Cerca de aquí hay una plaquita en la parte baja de una pared. No sé exactamente dónde, no sería capaz de encontrarla, pero recuerdo que pasábamos a veces junto a ella cuando caminábamos por esta zona. Es una de esas placas en memoria de alguien, otro montañero, que debió perder la vida en estas alturas.

No hablábamos de ello, pero creo que a él, igual que a mí, le incomodaban los memoriales de esa clase. La ausencia la prefería discreta, silenciosa. Quizás en la montaña más que en ningún otro lugar. Qué monumento puede haber más solemne, más cierto, más noble que una montaña, habría dicho.

No querría una placa que lo recordase, estoy seguro, pero tal vez, de haberlo sabido, habría preferido morir aquí. Si la tragedia tenía que alcanzarle, que lo hiciera al menos en un lugar con significado. O no, quién sabe. Puede ser que le hubiera dado igual, que jamás le importaron demasiado los simbolismos.

Hasta donde yo sé, nunca perdió a nadie en la montaña. Algún conocido lejano tal vez, pero nadie de su círculo de amistades, ningún compañero de cordada. La mayoría de ellos no dejaron de escalar, siguieron dedicándose a las paredes hasta el último día, y sin embargo ni uno solo se dejó la vida en ellas. Se los llevó un cáncer, un infarto, un accidente de coche, fatalidades todas ellas sobrevenidas además demasiado pronto. Personas que otros dirían temerarias, que sabían que su afición era arriesgada y que más aún lo había sido en esos años de montañismo primigenio y venturoso, y a quienes la vida concedía finales no solo tempranos sino también triviales.

Ya no le quedaba ninguno de aquellos amigos, él era el último. A veces se paraba a pensar en ello y no podía evitar hacer un poco de filosofía ligera sobre la vida, la muerte y el azar. Se preguntaba por qué esa ironía, por qué esa veleidad del destino, y por qué a él le había obsequiado la suerte de seguir allí todavía.

«Suerte», eso decía. Esa es ahora la última palabra que se me ocurriría utilizar para hablar de él.

Un infarto, un cáncer, un accidente de coche. Un atropello en un paso de peatones.

* * *

Heckmair:

«He tenido mucha suerte en mi vida. Consciente de los peligros a los que me he expuesto en mi juventud, sigo creyendo que la suerte es un factor determinante para que uno logre sus objetivos en la montaña, en especial para los novatos».

* * *

Heckmair murió a la edad de 98 años. Supongo que él sí tuvo suerte.

* * *

O no. Leo ahora que perdió a su padre con tan solo diez años. ¿Cómo considerar afortunado a quien no ha podido disfrutar de un padre más que en los primeros años de su infancia? ¿Cómo decir que el destino le fue bondadoso a quien no tuvo un padre como yo lo tuve?

* * *

Tan apropiado para un montañero es, en realidad, morir en una pared como hacerlo en la más insípida de las circunstancias.

Dino Buzzati, en la semblanza que le dedicó al guía de montaña Tita Piaz tras su muerte:

«Tita Piaz ha conocido un trágico final, y no ha sido precipitándose desde una pared: ha encontrado la muerte al caer de una bicicleta, algo que podría sucederle a cualquier chiquillo. A quien no le haya conocido esto podría parecerle una cruel ironía, pero da la sensación de que hasta en esa manera de acabar su vida, singularísima y genial, ha permanecido Piaz fiel a sí mismo».

Encontrar la muerte que a uno parece corresponderle («en la belleza», según escribe Buzzati más adelante) o una banal, ridícula, ajena a la persona que se ha sido.

Como si importase algo.

* * *

En el crematorio estábamos solos mi madre y yo. El hombre que trabajaba allí abrió el féretro y vimos el cuerpo, casi irreconocible. Sobre él habían dejado un rosario que mi madre se apresuró a retirar.

—A él no le gustaría esto. No era creyente —dijo.

Yo pensé lo mismo; en cuanto vi el rosario me imaginé el rechazo que le habría provocado a mi padre ese detalle. Simplemente, mi madre fue más rápida en reaccionar.

Sigo todavía con esa actitud: la de corregir aquello que sé que a él no le hubiera gustado. Como si el mundo le debiera un cierto decoro y yo fuera el encargado de garantizarlo. La mayoría de las veces, no ya por él, que nada puede saber de lo que aquí se hace, sino por las ideas y la filosofía alrededor de las que construyó su vida, y que uno se siente obligado a continuar. Porque si no ¿de qué sirvió su manera de vivir, su intento de dejar un mundo mejor, si permitimos a otros revertir esa labor y guiarse por valores distintos?

Inevitablemente, en ningún lugar es esto tan cierto como en la montaña.

Fuimos a caminar al monte y mi hija se detuvo junto a un hito. Sin que yo me diera cuenta, lo desmontó piedra por piedra y me llamó después orgullosa para que viera su obra. La regañé, pero no de la manera suave y pedagógica con la que intento siempre hacerlo, sino agresivamente, como si, en lugar de ser una simple travesura que hubiera de corregir, aquello me ofendiera personalmente. En cierta forma lo hacía. Sin quererlo, yo pensaba en mi padre, en lo disgustado que estaría al ver aquello, en lo decepcionado que se sentiría, con ella y quizás también conmigo, al saber ese hito destruido.

Ella esperaba algo de complicidad por mi parte, una sonrisa, una señal de aprobación, y no alcanzaba a entender el porqué de mi reacción tan violenta. Me di cuenta entonces de que ella no sabía lo que era un hito o para qué servía ese montoncito de piedras allá en mitad de la montaña. Sin ese contexto, el suyo era en realidad un gesto noble: devolvía al paisaje su naturalidad, la espontaneidad de su entropía. Se lo expliqué, intenté ser dulce con ella, no dije nada de mi padre. Creo que siguió sin entender por qué la había amonestado con tanta vehemencia. Solo le conté lo material, lo tangible, no lo simbólico.

Nos sentamos junto a los restos del hito y lo reconstruimos. Aun sin saber por qué aquello era tan importante para mí, quiso ir más allá y buscó otras piedras en los alrededores. Construyó una pirámide mucho mayor y rellenó con las rocas más pequeñas cada uno de los espacios. Sin saberlo, devolvió al mundo el orden que mi padre hubiese querido.

Suena ridículo, pero pocas veces me he sentido tan orgulloso de ella.

* * *

Asusta pensar en cómo la muerte es capaz de modular todas nuestras emociones. El orgullo, el amor, el sentir del tiempo, la cercanía o la distancia a cuanto nos rodea.

No hay nada capaz de alterar nuestro panorama sentimental en tantas dimensiones. Ningún hecho que, sucediendo en un rincón particular, alcance a perturbar con tal intensidad todos los otros puntos de nuestra geografía afectiva.

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