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Voy a pararme aquí, al borde del lago. Meteré los pies para sentir el agua fría. Me acordaré de cómo nos bañábamos a veces en este lugar, y de cómo le gustaba a él refrescarse en las pequeñas pozas y en los lagos como este.
El agua de montaña la encontraba siempre vivificante. Se quitaba la ropa, la dejaba ordenada sobre una piedra y entraba desnudo a remojar el cuerpo, sin indecisión ninguna. Se secaba después al sol y al viento, y jamás parecía sentir frío. No había, sin embargo, gesto de hombría o dureza en aquello. Al contrario, ahora lo pienso y su imagen allí, esperando a secarse, con ese aire de felicidad inocente, es de lo mas enternecedor.
¿Por qué ha sido necesaria la muerte para empezar a mirarlo todo de esta manera? A él, a la montaña. A mí mismo en otro tiempo. ¿Por qué el gran esclarecedor de nuestra historia es el dolor de la ausencia? ¿Acaso no podemos interpretar completamente nuestros vínculos sin tener que franquear esa barrera?
Yasushi Inoue:
«Con la muerte de mi padre también comprendí que una de sus misiones en vida había sido protegerme de la muerte. Mientras él vivía —o quizá precisamente porque vivía—, yo nunca había pensado en mi propia muerte (al menos no de forma consciente, solo como algo que tenía escondido en un rincón del alma). Pero cuando mi padre murió, el conducto que me separaba de la muerte se despejó de repente y quedó completamente abierto, así que me vi obligado a mirar una de las mitades del rostro de la muerte: empecé a pensar que a mí también me llegaría la hora. Con la muerte de mi padre aprendí que él me había protegido a mí, su hijo, por el simple hecho de estar vivo.»
También yo me siento así. Pero no es solo frente a nuestra contemplación de la muerte que un padre se interpone, sino frente a toda la vida. Una figura constante entre nosotros y cualquier verdad, a la que únicamente llegamos a través del tamiz de su presencia, y más sesgada cuanto mayor sea el vínculo de aquel con ella. Y en la falta descubrimos el verdadero color de la realidad, y con ello nuevas formas de vértigo, sorpresa, miedo, belleza.
Es ahora que miro por primera vez las montañas directamente, no a través de él, sino por mí mismo.
Quizás lo más cerca que estuve de comprender su manera de sentir la montaña fue en los años de juventud en que él y yo nos aficionamos a montar en bicicleta. O más bien, yo me aficioné a ello y él vino tras de mí, nutrió mi afición y supo ver en ella una pasión que podíamos compartir si se hacía de la manera adecuada.
Se sirvió de ello para volver a las montañas, para tener una razón por la que ir casi cada fin de semana a hacer alguna excursión. Si a mí no me interesaba el montañismo más que como una actividad esporádica, él hizo pivotar mi pasión ciclista hacia los territorios de su interés y supo adaptarse a esa circunstancia distinta. Primero, en los caminos de alrededor de casa; después, algo más lejos; y finalmente, en los mismos escenarios en los que él había representado esos años suyos de actividad montañera. Estoy convencido de que el ciclismo en sí nunca le interesó demasiado, que no era más que un medio para recuperar a su manera el vínculo de otro tiempo.
Si digo que en esos días me pareció entender su sentimiento es porque, después de toda una mañana pedaleando por sendas y bosques y praderas a la falda de montañas, cuando volvíamos a casa, toda esa realidad cotidiana me parecía de pronto minúscula, insignificante. Los espacios, los sonidos, todo era una versión ridículamente mínima de lo que él y yo acabábamos de habitar allá arriba. Y era agradable sentir aquello, porque uno se pensaba entonces en posesión absoluta de su vida, capaz de dominar una realidad hecha de piezas tan reducidas. La vida parecía más abarcable después de ese paréntesis.
Nunca he entendido la montaña como algo grandioso, nunca me he visto deslumbrado ante su enormidad. Pero he sentido empequeñecerse el resto del mundo a su lado. Como si la talla de las montañas no fuera extraordinaria ni merecedora de asombro, sino que su virtud fuera la de tener la dimensión justa, la amplitud perfecta. Como si fuera lo demás lo que se hubiera creado a una escala equivocada.
Siempre tuve la sensación de que a mi padre le sucedía algo similar, porque a pesar de gustarle tanto hablar sobre montañas, sus palabras rara vez eran superlativas. No le oí admirarse de la vastedad de esos lugares, no recalcaba nunca su carácter inmenso, exagerado, portentoso. Solo al hablar de su belleza, o de la profundidad de las emociones que le despertaba, cedía a esa clase de valoraciones. Las más de la veces, lo que hacía era nombrar el resto de paisajes y verdades como insuficientes, comparadas con aquella de la montaña.
En la montaña estaba la medida exacta del paisaje, de la vida, de uno mismo. Y con aquello comprendía (comprendíamos) después el alcance real de todo lo demás.
Eso creo que era para él la montaña: una manera de calibrar el resto de su vida.
Heckmair tuvo un hijo que sí siguió sus pasos en la montaña. En 1980 se vio atrapado en una avalancha, y de las lesiones que aquello le causó, abandonó el esquí y el montañismo. Se refugió en la bicicleta de montaña. Diez años más tarde, fue la primera persona en cruzar los Alpes dando pedales sobre una de ellas.
No sé si al descubrir esto me sentí ilusionado o me avergoncé de mí mismo.
Una tarde de verano, preparó su mochila, cogió el coche y se fue a la montaña. Subió hasta una de sus alturas preferidas e hizo noche allá arriba. Se tomó una fotografía antes de meterse en el saco, que mandó después al resto de la familia. Se dijo feliz. Antes del mediodía ya estaba de vuelta en casa.
Era algo que él y yo hacíamos a veces. Subir, observar desde la distancia la ciudad iluminada, dormir en la oscuridad del monte, regresar temprano a continuar nuestras rutinas. Una vez al año, quizás dos, como una tradición que no sabíamos bien cuándo ni cómo habíamos instaurado. Yo no podía acompañarle en aquellos días, así que él decidió ir solo, darse ese capricho y tener su noche en lo alto aunque nadie lo acompañase.
No volvimos a tener oportunidad de repetirlo, y esa fue su última vez. Su última noche en una montaña.
Ahora es todo de esta manera: una búsqueda de los momentos finales, de las últimas conquistas. Una exploración de los remates simbólicos de su vida, como si así pudiera uno juzgar con mejor criterio el recorrido de su historia, sabiendo con exactitud en qué verdad desembocan. «La última vez que...»
La ausencia es una casa que empezamos a construir por el tejado.
La mañana misma del accidente, fui a recoger al médico unos análisis. Arrastraba desde hacía meses unos desajustes que me tenían inquieto, y que también, lógicamente, preocupaban a mis padres. El médico confirmó que no había nada de lo que preocuparse, que las sospechas eran infundadas. Les llamé de inmediato para que también ellos se tranquilizaran. A decir de mi madre, la noticia fue muy bienvenida. Ella y mi padre, aliviados, hablaron de ello en la comida, justo antes del accidente.
Su última comida. Y aquella noticia mía, ahora lo pienso, la última oportunidad que tuve de hacerle feliz.
Verano. En una piscina. Desde el agua, mi hija me mira orgullosa esperando que haya visto su pequeña proeza y le regale algún halago. Acaba de tirarse de cabeza y ha entrado en el agua sin apenas salpicar. Es la primera vez que lo consigue.
Para un padre, la vida de sus hijos es una colección de primeras veces. Para un hijo, la de sus padres acaba siendo no más que un recuento de últimas ocasiones.
Cuando pienso en mí y en él, sin embargo, la curiosidad busca el otro extremo del recuerdo: mi infancia, su juventud, los primeros años que compartimos juntos. El fin es brusco, bien definido, pero los orígenes no pueden ser sino difusos. En esa bruma de lo incipiente intento buscar ahora una mezcla equilibrada de luz y sosiego.
¿Cuál es mi primer recuerdo de mi padre? No sabría decirlo. Se me da mal retroceder con nitidez al pasado. ¿Cómo fue el momento en que lo identifiqué, en que lo reconocí como tal autoridad, en que supe ver en él mi propio origen?
Heckmair, sobre la formación de una cordada:
«[...] sin embargo, el momento de encontrarnos frente al hombre con el cual vamos a ligarnos a vida o muerte es un momento extraordinario».