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Los pájaros. Las primeras chovas, los gorriones alpinos, ahora volando alrededor de mí. Otro símbolo más en nuestra cosmogonía montañera, de mi padre y mía.

Me aficioné de niño a la ornitología. En un libro aprendí con detalle todas las especies que pude: su aspecto, sus medidas, sus costumbres. Luego salí al campo a buscarlos sin más equipo que una libreta y un lápiz. Siguieron otros libros. Cuando estuvo claro que aquello no era una moda pasajera, mi padre me llevó a la tienda en la que él compraba sus cámaras y sus objetivos, y me regaló unos prismáticos. Todavía los tengo. Fue una especie de rito de paso, como si con aquello me diera la bienvenida a su mundo de lentes y oculares, algo que me parecía ser asunto exclusivo de adultos.

No llevaba conmigo esos prismáticos cuando salíamos a caminar por la montaña, pero me gustaba hablarle de las aves que cruzaban por delante de nosotros. Le recitaba todos esos datos que yo conocía, y como él los olvidaba, se los repetía la vez siguiente con idéntico entusiasmo. Le hablaba de las chovas, de los diminutos reyezuelos, de las rapaces que veíamos sobrevolar las rocas. También de las especies que no veíamos, aquellas que yo había encontrado en otros lugares sin su compañía y que sabía que habían de habitar allí igualmente. Se las nombraba como queriendo decirle que, si nos sentáramos a aguardar con unos prismáticos en las manos, acabaríamos por encontrarlas, aun si sabía que él no tenía interés en ello.

Un día tuvimos la suerte de ver un pechiazul sobre unos piornos. Se encaramó de pronto y nos paramos en seco a observarlo. Era la primera vez que mi padre veía uno, pero supo identificarlo de inmediato por lo evidente del nombre y por lo que yo le había hablado antes. Sentí el orgullo de pensar que era yo quien le había enseñado aquello.

Lo que más me gustaba era hablarle de las especies montañeras, las que solo habitan en las alturas y los cantiles. En especial, de las que lucen esa verdad en su nombre: el gorrión alpino, el acentor alpino, el roquero solitario. Me vanagloriaba de ese conocimiento, de poder mostrarle cosas que él no sabía de esas montañas. Siempre me pareció que a él le gustaba especialmente oírme hablar de aquellos pájaros.

Entendí mucho después que, ante aquella parte de mi erudición ornitológica, él sentiría ese orgullo tan hermoso de ver crecer a un hijo por universos que a uno mismo le son desconocidos. No el orgullo ridículo de pretender que un hijo nos supere en nuestro propio territorio y llegue a ser lo que nosotros soñábamos ser, sino aquel otro, mucho más nutritivo, de descubrir que nos adelanta por flancos que ni siquiera hemos imaginado.

Mi padre sabía ya que yo no iba a compartir con su misma intensidad la pasión por las cimas o la escalada, pero le reconfortaba ver que había otro terreno, ese de los pájaros, en el que mi conocimiento de la montaña era mayor que el suyo.

* * *

Sé, en realidad, mucho sobre las montañas. No sobre el montañismo, ni sobre la dificultad o el riesgo; no sobre la emoción de ascender ni sobre los desafíos o las ambiciones del montañero. No sé lo que se siente al culminar un reto alpinístico, desconozco todas las emociones que puede traer una cima más allá de lo que dicta la mera estética de su paisaje. Pero puedo hablar sobre la montaña como forma de memoria, de homenaje, de vínculo, de frustración, de arrepentimiento; puedo contar su simbología, su peso, su solemnidad cuando de nostalgia y llanto se trata. Nadie puede enseñarme ya nada sobre el valor sentimental de una montaña.

Sé mucho sobre las montañas, y nada de ello lo conoció mi padre, porque nunca tuvo la necesidad de aprender lo que yo he aprendido con su marcha. Me gusta pensar que así fue mientras le recuerdo.

* * *

Otros saberes, sin embargo, sí querría haberlos compartido con él y no lo hice. Me arrepiento. Hubiera podido contarle mucho sobre estas montañas, muchas maneras distintas de mirarlas, de entenderlas, porque también yo las tuve aunque no arrancaran de una pasión como la suya. Haberle contado, por ejemplo, cómo esos libros míos por los que él no sentía interés hablaban a veces de paisajes y ensoñaciones; cómo en la poesía que leí en mi juventud, y que él quizás imaginaría hecha no más de amor o de tristeza, se cantaba también al relieve, a la luz, al color, a esas mismas cosas sobre las que él se pronunciaba y no sospechaba que podían amarse de otra manera.

Enseñar une más que aprender. Y yo no le enseñé a mi padre todo lo que sabía sobre sus montañas.

* * *

De los días de mi infancia, otro recuerdo: en una de esas excursiones a la montaña, me habló del invierno en el que él y dos amigos subieron una pared junto a la que pasábamos, y de cómo alguien les dijo más tarde que aquella suya tal vez fuera la primera invernal de esa vía. Probablemente no fuese cierto, o quizás el logro fuera tan modesto que ni siquiera hubiera valido la pena registrar una ascensión previa, pero lo contaba con cierta ilusión, sin creerlo relevante, más como una anécdota que como un motivo de orgullo.

A mí, sin embargo, el relato me pareció el de una hazaña insuperable, como no podía ser de otro modo. Aun sin saber yo nada de glorias montañeras ni tener interés en perseguirlas, no imaginaba mayor conquista que la de hacer en esas alturas algo que nadie había hecho antes.

Se me ocurrió más adelante, en mi inocencia infantil, que podría regalarle una confirmación de aquello, un documento tal vez que lo acreditara como miembro de esa cordada pionera. Tendría que existir en alguna parte, alguien se encargaría de llevar un registro de esa clase de cosas y podría dar fe de ello. Busqué sin mucho éxito, con la torpeza y los medios escasos que tenía entonces, y abandoné pronto la idea.

A veces volvía a pensar en ello. Seguía pareciéndome un buen obsequio. Quizás para el próximo cumpleaños, me decía. Con menos ingenuidad que antes, pero todavía con esa esperanza ridícula de que alguna autoridad pudiera darme prueba de la hazaña de mi padre como quien expide un diploma académico. Lo pensaba, pero ya ni siquiera buscaba la manera de obtenerlo.

Ahora me río de lo absurda que era aquella idea, como lo son todas las aspiraciones de grandeza que uno tiene en la infancia, ya sea por sí mismo o a través de otros. Me río de ese deseo de engrandecer a mi padre con aquello que él mismo consideraba irrelevante. Me arrepiento, sin embargo, de no habérselo contado una vez que supe lo errada que era mi fantasía, de no haberlo compartido con él y habernos reído juntos. De no haberle oído contar de nuevo ese episodio y ver desde otro convencimiento su manera de narrarlo, con ese aire de anécdota personal sin ninguna trascendencia más allá de uno mismo, o el énfasis que seguro habría puesto en el recuerdo de esos compañeros de entonces.

Ese, ahora lo sé, habría sido para él un regalo más valioso.

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