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Necesito cotejar mis recuerdos, saber que lo que levanto sobre ellos tiene un fundamento sólido. En cada conversación que tengo acerca de mi padre, valido lo que guardo de nuestra historia común y lo convierto en una especie de mitología familiar. Solo cuando recibe el beneplácito ajeno, la memoria puede transformarse en bálsamo.

Sucede igual con lo que no es recuerdo: la historia que le invento desde lo que él mismo me contó, la narrativa que desovillo a partir de las imágenes y huellas que ha dejado. Busco y pregunto para confirmar que voy por el camino correcto, que en mi afán por expandir lo que sé de mi padre no incurro en errores ni cedo a una fantasía imprecisa.

La mayoría de sus fotografías no tienen nombre, están guardadas en ficheros etiquetados sin más que un número, pero esa de juventud con su compañero de escalada la tituló «Ramón y yo en el Pico de la Miel». Le pregunto a mi madre quién fue ese tal Ramón, del que no recuerdo haber oído hablar antes. Ella me dice que era uno de sus mejores amigos de entonces, y que escalaron mucho juntos. También me cuenta que murió joven, y supongo que quizás por eso yo no llegara a conocerle. Descubro que era hermano de otro amigo de mis padres, este sí conocido por mí, y de quien sé que mi padre admiraba su talento tras la cámara. Suya es una de las fotografías que enmarcó y colgó en una pared de casa junto a otra decena de panorámicas alpinas.

Es así que ratifico sus verdades y puedo seguir construyendo mi vacío.

Una mañana, me llego hasta esa sierra y subo caminando hasta lo alto de ese pico. Me detengo en el que creo que puede ser un lugar cercano a aquel en el que ellos posaban. Miro e imagino que él tuvo ante sí algo similar, aunque con un significado completamente distinto. Pienso en cuántas otras cosas también interpretaríamos de manera diferente, cuántas verdades atestiguamos y leímos de una manera tal vez opuesta. Empezando por mi propia historia y mi propia vida.

Me imagino a su lado, siendo yo ese compañero de cordada. Su brazo sobre mi hombro igual que en esa fotografía lo tiene sobre el hombro del amigo. Lo recuerdo celebrando mis logros, la felicidad cuando sabía de alguno de mis éxitos, pero no recuerdo que celebráramos ninguna victoria común. No de esa manera, no en una empresa a la que los dos contribuyéramos en igual medida. Quizás hubiera hecho falta la montaña para ello, pero no en la manera en que la compartimos.

* * *

Hay un episodio de mi infancia que he oído contar muchas veces. Era yo tan pequeño que no lo recuerdo, solo lo conozco por el recuento ajeno.

Me habían llevado mis padres a un parque en el que había un tobogán. A la invitación de subir y lanzarme por él, yo había respondido con una negativa rotunda. Insistieron. Como no conseguían convencerme, me dieron la mano y me acercaron, me invitaron a subir la escalerilla, quizás me alzaran en brazos. No creo que me presionaran mucho más. Pero la poca afición que ya entonces tenía a las alturas me hizo reaccionar de una manera exagerada, con gritos y aspavientos, acusándoles a ellos de insensatos por querer que me subiera a aquel tobogán. En lugar de llorar o patalear, me dio por argumentar mi posición, razonarla como si mi vértigo y mi pánico fueran lo lógico, y la suya una actitud temeraria.

—¿Queréis que me mate, o qué? —dicen que gritaba yo muy seriamente.

Todavía hoy se siguen riendo a mi costa al rememorar esta historia.

Algunos años después, mi padre y yo subimos hasta la cima de Peñalara. Yo tendría once o doce años, me gustaba caminar por el monte, me sentía bien compartiendo excursiones con él. Desde allí, propuso ir al risco de Claveles, al que se llega por una cresta algo expuesta. Pero una vez que yo vi cómo era aquel paso, no fue capaz de convencerme de poner un solo pie en él. Reaccioné igual, con pánico, con ese mismo miedo vocinglero, sin querer siquiera dialogar sobre aquella posibilidad. Me ofreció su mano para darme seguridad, pero no sirvió de nada. No le quedó más remedio que emprender el camino de vuelta.

Entre las cosas que me gustaría averiguar sobre mi padre está el saber si al verme ese día de aquella manera sintió alguna clase de frustración. Si la confirmación tan explícita, casi violenta, de mi horror por esas experiencias que a él le cautivaban, le resultó decepcionante. O si simplemente lo encontró cómico y se rió al ver mi poca gallardía, igual que seguía riendo cuando alguna vez recuperaba el recuerdo de aquella otra vez en el tobogán.

No había vuelto allí desde entonces. Sí a los alrededores, alguna vez incluso con él, pero nunca se me ocurrió intentar de nuevo ese paso. Lo hice una mañana, después de su muerte, motivado una vez más por su falta, por el peso de creer malgastada la oportunidad que representa el pasado, sin saber bien si era en su homenaje o en mi descargo que lo hacía.

Resultó ser menos intimidante de lo que esperaba. Mientras pasaba por la cresta, pensaba que me gustaría que él me viera, que estuviera allí para ser testigo. Más aún, pensaba que a él le gustaría verme, incluso si a estas alturas el logro ya valía de poco para subsanar aquel pavor ridículo de mi infancia.

Hoy, ya sin mi padre, siento más vértigo ante la memoria que ante el vacío.

* * *

A veces me entristece que a mi padre le atrajese lo inaccesible. Saber que hay lugares en los que dejó parte de su historia, y a los que sin embargo yo no voy a poder llegarme. Que en esa celebración tan liberadora que es rehacer los pasos de alguien para recordarle, aunque quisiera no podría seguir todo el camino que él hizo. Que mi padre estuvo en rincones que no existen para mí salvo desde la distancia, y que la barrera que me impide llegar hasta ellos no es otra que mi propia incapacidad.

Mi mundo, en lo meramente geográfico, es más reducido de lo que lo fue el suyo. En otro tiempo, habría dicho esto con orgullo. Hoy lo interpreto como si me hubiera robado una parte de mi propia nostalgia, la posibilidad de evocarle ocupando los lugares en que puso su persona.

* * *

¿Debería yo aprender a escalar, a subir paredes, a alcanzarme hasta cimas que hoy me son inaccesibles? ¿Aprender a moverme en esos terrenos para poder habitar yo mismo esa parte de la geografía de mi padre? No serviría de nada. El espacio es solo una dimensión de la montaña. Sin su misma emoción, estaría subiendo a lugares distintos.

Nunca intentaré escalar una montaña si no es con la misma pasión que él guardaba.

* * *

Una playa. Pequeña, lejos de todo. Sin otra manera de llegar hasta aquí que el camino por el que he llegado.

Pienso en mi padre. Le gustaría el lugar, pero no es por eso que lo hago. Pienso en si esta sensación de distanciamiento era lo que él buscaba en la montaña. El aislamiento, el saberse alejado, pero no la soledad ni la incomunicación, sino la simple dificultad material del regreso.

Tengo que asumir que nunca voy a tener confirmación de estas hipótesis. Donde antes uno no sentía la necesidad de hacerse preguntas, ahora solo ve interrogantes. Lo que se apreciaba por sí mismo solo se valora hoy como un contexto en el que plantear conjeturas. Como si, desde que no está mi padre, la única función del mundo fuera la de ayudarme a descifrar su misterio.

No es solo cuestión de curiosidad o de nostalgia; hay una acusación, un arrepentimiento por no haber buscado en otro tiempo esas respuestas.

El duelo no existe si no es junto a la sensación de tener que purgar una culpa.

* * *

La montaña como lugar de huida, como destino para perderse de algo. Ya digo que no compartía esa visión. No tenía nada en su vida de lo que quisiera huir, y de haberlo, es probable que hubiera elegido un lugar distinto para dejarlo atrás.

No iba a la montaña a encerrarse en sí mismo. Al contrario, en la montaña se abría al mundo y a los que estábamos en él, se narraba con más detalle que en ninguna otra parte. Esa, ahora lo veo, era otra de sus razones para querer ir a las montañas. En ningún otro rincón era tan fácil leer lo que guardaba.

Y si no tenía cerca las montañas o no podía llegarse hasta ellas, entonces las traía en la palabra, hablaba, recordaba, y al hacerlo se volvía transparente.

* * *

No era la emoción intensa lo que él apreciaba de las paredes, ni el riesgo, ni la adrenalina, ni el desafío a la supervivencia. No era esa su motivación. Como en tantas otras cosas, nunca mostró interés por esas sensaciones fuera del contexto de la montaña, aunque en ella supiera disfrutarlas. Todo aquello era circunstancial, subir montañas le hubiera apasionado de igual modo aun si no revistiera dificultad ni peligro.

Era la luz, el silencio, la silueta del monte, el extraño calor de los lugares inhóspitos. Era la estética, el vacío, la empresa compartida. Era poder sobre la cima de las montañas habitar durante un instante el horizonte. A veces bastaba un simple paseo para lograrlo, otras era necesario arriesgarse, pero la manera era irrelevante, como también quizás lo era el logro en sí. Importaba estar allí, en la montaña, no más.

Mi padre nunca venció a ninguna montaña. Lo que él intentó fue amistarse con ellas.

* * *

También él sabía de ese carácter circunstancial de las querencias que guardaba en la montaña. Caminar, mirar las estrellas, interesarse por el relieve o la cartografía; ejemplos de actividades en las que rara vez se ocupaba si no era entre montañas, porque fuera de allí dejaban para él de tener atractivo. Más aún, él mismo así las proclamaba, por dejar claro que no eran más que asuntos colaterales. Como si temiera que pudieran eclipsar la verdadera naturaleza de su pasión y de su identidad montañera. Sirva un ejemplo:

Hace algunos años, mi madre y él se apuntaron a un viaje organizado. Allí hicieron amistad con otra pareja con la que mantuvieron el contacto después de aquello. El hombre era aficionado al senderismo, caminaba mucho y tenía un grupo con el que organizaba excursiones regularmente. En el gusto compartido por el aire libre y los espacios abiertos, mi padre y él levantaron conversaciones y una cierta cercanía. Debieron contarse sus experiencias, algún que otro episodio ya pasado, y aquel pensó que quizás a mi padre le gustaría acompañarle en alguna caminata. «Tú que eres andarín, vente con nosotros un día», le propuso.

Pero mi padre nunca se unió a ellos. En realidad no le interesaba una jornada de senderismo si era lejos de las montañas.

—Si es que yo no soy «andarín», yo soy «montañero» —me dijo como excusándose.

Había en su tono un orgullo muy tierno, nada pretencioso, casi como si se disculpara por no alcanzar esa categoría de caminante que disfruta del camino con independencia del escenario. Y bajo ello, también una especie de frustración por ver que el otro había malinterpretado ese amor suyo por las montañas.

Qué difícil es hacer entender a otros nuestras pasiones. Solo es ahora, cuando me ocupo en desgranar su recuerdo, que yo estoy empezando a comprender las suyas.

* * *

De entre todas sus lecciones montañeras, una tan involuntaria como valiosa: que el respeto no necesita de solemnidad. Entendía toda montaña como algo familiar, casi vulgar y rutinario. Así como se entiende lo que forma parte de uno mismo.

La más intensa de las emociones, en el menos excepcional de los lugares.

Adoraba el monte como se adora lo extraordinario, pero lo disfrutaba con el goce de lo cotidiano, en la cercanía y la naturalidad.

Supongo que él no pensaría en ello, pero haber heredado su manera de entender este lugar hace que hoy me resulte más fácil entregar su recuerdo a las montañas.

* * *

Vale la pena detenerse en esta idea. En cómo la montaña no era para él un santuario. Diría que incluso le habría disgustado ese pensamiento.

En cómo, de nuevo, toda su forma de interpretar la vida puede leerse en su actitud hacia la montaña. Porque con ese mismo mirar entendía los demás lugares, las demás verdades.

La mejor manera de transmitir el amor y el respeto por algo es no caer en idolatrías. Sólo una pasión saludable, transparente. Es de este modo que yo, sin compartir la intensidad de su sentimiento, soy capaz de entenderlo y hacerlo mío. Y más aún, de admirarle por ello.

* * *

Algo que siempre me pareció muy hermoso: su amor por la montaña no iba de la mano de ninguna glorificación innecesaria. Sus montañas no eran algo sobrenatural, no les adjudicaba virtudes más allá de lo evidente. Le bastaba entenderlas así, de un modo acaso crudo, lejos de todo intento de trascendencia. Una absoluta carencia de mística en su concepción del montañismo. Cualquier visión que se deslizara hacia ese terreno la entendía como inferior, como un autoengaño necesario para quienes no eran capaces de ver la simple belleza de la roca, del paisaje, de la soledad, del silencio.

No creía en la montaña como catarsis, como terapia, como fuente reveladora de verdades inalcanzables por otro camino. Creía en la montaña sin más, de una manera limpia.

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