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Vivo en un país extranjero donde no se habla mi idioma. Mi hija, crecida en este otro universo lingüístico, habla español únicamente conmigo, y es solo a partir de mí que lo ha aprendido. En lugar del palimpsesto que acostumbra a ser el habla de cada cual, su español es un calco inevitable del mío, construido sobre una única verdad como modelo.
A veces le hablo con un tono infantil, adaptando mis frases a su edad, y me doy cuenta después de que por ello su registro no es el que tendría una niña de hoy día, sino el que tenía la juventud hace casi cuarenta años, cuando yo crecía y compartía conversaciones con mis primeros amigos del colegio. Otro anacronismo más.
Así es también mi lenguaje de la montaña: antiguo, caduco, con la belleza de lo abandonado. Lo aprendí de las historias de mi padre, que contaba sus recuerdos no solo con la jerga alpinística de esos años, sino con la forma en la que entonces se entendían la montaña y el alpinismo. Y siendo que yo no he explorado después por mí mismo esos confines del lenguaje, la suya es aquí mi única referencia.
No sería capaz de nombrar la mitad de lo que un montañero actual lleva consigo en su mochila, pero sé con exactitud cómo se llamaba cada herramienta y artilugio de cuantos mi padre utilizaba, la denominación ya olvidada de esas prendas que él vestía, el nombre de esas técnicas rudimentarias hoy caídas en desuso.
Lo escuchaba hablar de sus viejos episodios montañeros y había una grandilocuencia involuntaria en las palabras que utilizaba. Más que las ideas o el relato que apuntalaban, me atraía la forma de nombrarlas. Ya entonces nuestras pasiones corrían separadas pero paralelas: la suya por la montaña, la mía por las palabras. Aunque tarde, ahora vengo a unirlas.
No consiguió sembrar en mí su interés por el montañismo, pero me hizo custodio de una manera de narrarlo, de una materialización propia, personal, de lo que aquel era entonces.
De eso trata en realidad este libro: de la transmutación de las pasiones, de la reescritura imprescindible cuando de inculcar cualquier amor se trata. De sus pasiones y amores, de los míos, de la metamorfosis necesaria para que yo pudiera heredar todo ello con el calado que él deseaba.
En el amor de mi padre por la montaña solo había pureza, sentimiento, víscera. En el mío, no me duele decirlo, más heráldica que corazón. Las huellas emocionales son complejas de seguir.
Pero lo valioso no es hacia dónde se dirigen las pasiones, sino el modo en que se ejercen. Eso tomé de él: la manera de cultivar intereses sinceros, intensos, cualesquiera que estos fuesen. A cada cual su sistema de preferencias y antipatías, sus totems vitales, pero una misma manera de honrarlos. Igual que él amaba sus montañas, así he intentado yo amar cuanto me es necesario.
No aprendí de mi padre a amar las montañas, pero sí mis propias pasiones, mis deseos, a mí mismo.
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Si él era uno de aquellos montañeros aguerridos, ¿cómo podía ser yo tan poco amigo del riesgo y las alturas?
¿Por
qué me gustaban a mí los paseos tranquilos, mantenerme lejos de los sobresaltos y las incomodidades,
disfrutar no
más que de las bajuras, y me conformaba con ir al campo a tomar notas en una libreta? ¿Por qué no había
heredado
su coraje, su inquietud, su destreza, su amor por la verticalidad de las paredes?
}
Ahora sé que no es así, que no he desaprovechado la lección de mi padre. No he seguido sus pasos, pero tampoco he ignorado su filosofía. Lo único que he hecho ha sido traducir sus pasiones al lenguaje de las mías, amoldar sus ideas a la forma de mis querencias. Interesarme por sus libros, pero desde un ángulo para él desconocido; venir a sus montañas, pero con voluntad y objetivo diferentes a los suyos.
Quiero pensar que él también lo sabía ver así y era feliz dándose cuenta de ello: que toda su sustancia acabó asentándose en mí, aunque bajo una forma distinta.
Hablando de esos libros suyos, he leído algunos otros.
Me fijo en el conjunto, porque todas las bibliotecas cuentan a quienes las compilan, pero sobre todo en la evolución que puede verse si uno, como yo, sabe la manera en que fue construyéndola.
Sus primeros libros, esos que leía en su juventud y que más tarde quiso que yo leyera, están llenos de aventura, de superación, de heroicidad, de lucha contra la pared y las cimas. Los últimos, cuando ya le quedaban lejanas sus propias conquistas, hablan de la montaña sin más, como una realidad estática, autocontenida. Son bodegones, retratos, cantos a la montaña hechos desde la distancia, con una interacción a veces mínima. Le gustaba simplemente leer sobre la montaña, saber más acerca de ella, al margen de lo que pudiera o no lograrse en sus alturas. La gloria que ahora leía, que buscaba, no era la de lo que uno lleva a cabo en la montaña, sino la de la montaña por sí misma, donde el hombre no es protagonista, sino mero relator.
Me veo más reflejado en esta última época lectora de mi padre. Yo habría leído con más interés esta clase de libros, incluso en esos años de mi adolescencia. No son libros especialmente líricos, que él no tuvo esa clase de interés, sino más bien descriptivos, sencillos, sin aspiraciones literarias. Se diría que ya no necesitaba el teatro que otros hacían sobre esas montañas, sino las montañas como tales, sus detalles. Tener en papel ese escenario y poder sobre él construir la dramaturgia de sus propios sueños.
La evolución de sus libros es también la de su mirar, la de sus pensamientos desde ese collado mientras yo le miraba, y que ahora intento desentrañar. De las fantasías que invocaría en su juventud ante la visión de estas montañas (¿Cuándo empezó a ejecutar ese ritual suyo? ¿Lo haría ya en aquellos años?) a la tranquilidad que le traían en los días en que yo lo acompañaba.
¿Pensaba en mí cuando se detenía ante ese paisaje, en el hecho de estar allí juntos, padre e hijo? Yo no puedo mirar una montaña sin pensar en él.
Le busco en esos libros, en las palabras, en las historias. Le busco en esa manera de hablar y de contar, en esa idea de la montaña que él lucía con tanto orgullo.
Le encuentro en detalles ridículos que ni yo mismo entiendo por qué significan tanto. Por ejemplo, en el hecho de que en la tipografía de esas ediciones antiguas todo el vocabulario de la montaña aparezca en cursivas: crampones, piolet, anorak, rappel, vivac (a veces vivaque). Como algo exótico, desacostumbrado, novedoso, tal y como el montañismo debía entenderse entonces. Su montaña está para mí en esas licencias mínimas.
Busco una época, un ayer, porque cuanto más retrocedo en el tiempo más me alejo de su ausencia, y más veraz es el imaginarle vivo y con futuro.
Jean Marc Boivin en El abominable hombre de los hielos (otro libro de su biblioteca que sé que le gustaba especialmente):
«Cierta madrugada, a eso de las dos, llegaba yo a Dijon, procedente de Chamonix, sin haber avisado mi regreso. Me encontré con que la puerta estaba cerrada con doble vuelta. Bien, ¿y qué? La ventana del cuarto de mi mujer, situado en el segundo piso, se hallaba abierta de par en par... No en vano es uno escalador: los cinco metros de ostensible fachada de piedra no se me resistirían mucho».
¿Acaso no se parece eso a lo que he contado yo sobre mi padre rapelando la fachada del edificio en el que vivíamos? ¿Acaso él, si tuviera que justificar aquella extravagancia suya, no podría decir también eso de «no en vano es uno escalador»?
Le busco en símbolos de toda clase, en parecidos, en paralelismos, en coincidencias que interpreto con el sesgo inmisericorde de la falta.
La muerte convierte el mundo en una enorme colección de metáforas en la que buscamos lo que ya no existe.
Compré una edición más actual del libro de Heckmair, solo por ver hasta qué punto era distinta a la de mi padre. Es un ejemplar sin encanto, estéril. Lo leí y pensé que a él no le gustaría, que en esas páginas faltaba algo. Que presentado así, el relato no le habría inspirado de la misma manera.
La necesidad de recordar, de recordarle, me hace perder incluso mi fe en el poder de la literatura.
La época de las grandes ascensiones alpinas se ha perdido y no volverá a repetirse. Del alpinismo que representaba Heckmair ya no quedan ni las palabras. Igual que de mi padre.
Estar muerto, haber muerto, todo eso no son más que eufemismos para una verdad más perturbadora: mi padre ya no existe. Más allá de misticismos o de licencias poéticas, mi padre es una realidad inexistente, falsa. Como una civilización perdida, como una criatura mitológica. Como el montañismo de hace un siglo.
No morimos: desaparecemos. Nos extinguimos.
Otro de los recuerdos montañeros que guardaba: un pisapapeles con una placa en la que, junto a su nombre, se lee: «Por su ayuda en la organización. Alta Ruta Castellana». De uno de aquellos rallies de esquí de montaña en los que participaba de una manera u otra, y de los que siempre le gustaba hablar. Escuché muchas historias sobre ellos. El compañerismo de esas actividades le entusiasmaba, era fácil verlo.
Rallies. Creo que ya ni siquiera se habla de ellos así, es otra de esas palabras perdidas. Busqué en Internet algo más sobre esa Alta Ruta Castellana y no encontré nada. Ningún detalle, ningún recuento, solo alguna mención solitaria. Me entristeció. Si no fuera porque esas tres palabras estaban allí, grabadas en el metal, habría pensado que se trataba de una imaginación mía, un recuerdo distorsionado.
Mi padre era el garante de la vigencia de mis recuerdos.
Más que en la montaña en sí, el recuerdo de mi padre vive en los pequeños detalles que aquella incorporó a su vida. En esas costumbres cotidianas que habrían tenido otra forma de no ser por la montaña. No en sus logros distantes allá en las cimas, ni en la épica de esos episodios, sino en el barniz que dejaban después en el resto de su tiempo.
Por ejemplo, en un nudo cualquiera que encuentro y sé que fue él quien lo hizo, en la imagen de sus manos al darle forma. En la destreza que le recuerdo cuando se ocupaba de esta clase de cosas. En cómo plegaba, anudaba, manejaba cualquier cuerda o cordel. Con una técnica natural, instintiva; con una estética de viejo montañero que no sabe comportarse de otra manera incluso lejos de las montañas.
Yo vi a mi padre ser montañero en esos instantes mínimos, en esas demostraciones involuntarias de su espíritu escalador. El gesto aprendido allá en las paredes, donde nunca le vi ejecutar esas tareas, lo repetía aquí, en su vida diaria, con un efecto frente a mí que él nunca llegó a sospechar. Esa era para mí la prueba más fidedigna de su identidad montañera, porque ser montañero al pie de la pared es sencillo, pero seguir siéndolo fuera de ese escenario es algo que no puede fingirse.
¿Qué hacer ahora con ese legado de obras mínimas? ¿Cómo se preserva un valor que solo existe en uno mismo y en el universo que ha levantado alrededor de esos símbolos? Deshacer uno de esos nudos se me antoja igual de violento que destruir una de sus artesanías o abandonar a su suerte cualquier otra de sus creaciones.
Viviremos mañana no en el recuerdo de nuestras grandes gestas, sino en el de nuestros pequeños gestos.
En el hospital, sus manos hinchadas. Las manos con las que hacía esos nudos, trabajaba la madera, agarraba la roca en sus días de alpinismo. La uña de uno de los pulgares cortada, un accidente con una sierra eléctrica. En su día parecía grave. Hoy una herida así es irrelevante, algo anecdótico.
Todo es relativo, en especial el daño, el dolor.
En un pequeño estante, su colección de mapas. Modesta, apenas una treintena de librillos y pliegos, la mayoría de ellos de montañas. Todos en muy buen estado, casi nuevos; se diría que no conocieron más escenario que el de esa habitación de la casa.
Lo cierto es que yo nunca vi a mi padre salir a la montaña con un mapa. Nuestras excursiones eran a lugares que conocía con el suficiente detalle como para no necesitar ninguno. Más aún, él mismo era la referencia, la verdad del territorio. Aun si se hubiera servido de alguno de esos mapas, quizás yo no lo habría advertido. Confiaba en él, en su conocimiento preciso de todos los enclaves a los que me llevaba. ¿Qué es un padre sino una suerte de cartografía de la vida?
Como los libros, los mapas eran solo otra manera de traerse las montañas. Mapas de montañas que conocía, porque ver sobre el papel los rincones que uno ama es reconfortante como leer en un poema ajeno los miedos que uno mismo siente, o como escuchar en una canción los desamores que sufre. Mapas de montañas que nunca llegó a pisar, porque también los sueños más humildes piden una cierta ceremonia.
Libros, mapas, fotografías; formas de tener cerca la montaña. Igual que este libro no es sino una manera de intentar mantener cerca su memoria.
Además de libros y mapas, hay cajones llenos de cintas de video donde años atrás se dedicaba a grabar todo programa que pasaran por televisión y tuviera algo que ver con montañas. Documentales, películas, recuentos viajeros. Dejaba una cinta siempre preparada, en el punto exacto, y se aposentaba frente al televisor minutos antes con el mando en la mano, atento a la pantalla, listo para lanzar la grabación en el instante preciso.
Rara vez volvía a visionar nada de aquello. Le atraía la simple archivística, el persistir así la montaña para saberla disponible. Preservar la historia que otros escribían en ella, y quizás así también su propio sentir y sus recuerdos.
Con los años, dejó de hacerlo, y últimamente se ocupaba viendo en Internet videos similares, sobre todo de esquí, que descargaba y luego ordenaba de igual manera. Encontré muchos de ellos en su ordenador, atesorados con aquel mismo espíritu de custodia.
Ya ni siquiera tenemos en casa un aparato con el que poder ver esas cintas, quién sabe si tal vez deterioradas irremediablemente por el tiempo. Son una memoria inaccesible, cerrada, como lo es la imagen del mundo que registró en su propia mente, su interpretación personal de la vida, hoy ya irrecuperable.