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La fotografía fue su otro modo de mirar a las montañas. La abandonó con los años, pero acumuló aun así una cantidad enorme de álbumes llenos de instantáneas, todas ellas cuidadosamente ordenadas y clasificadas, fiel a esa meticulosidad con la que hacía todo. Muchas de ellas de montañas.
Hace unos años se decidió a digitalizar aquella colección. Compró un escáner fotográfico y cada noche, mientras veía la televisión, lo conectaba al ordenador portátil e iba escaneando pacientemente fotografías, negativos, diapositivas. La tarea debió llevarle algo más de un año, y una vez acabada me dio una copia de todos esos ficheros, supongo que con la esperanza de que aquello sirviera para dar nueva vida a esa historia visual que él había construido, y a la que ya era raro que alguien se asomara. Yo de vez en cuando curioseaba, miraba alguna foto de mi infancia, y si encontraba algo llamativo o que me despertara nostalgia, me apresuraba a decírselo porque sabía que le hacía ilusión oírlo.
Es a esas fotografías a donde venimos ahora para recordarle. Le buscamos en alguno de los pocos autorretratos que se hizo, o en escenas familiares en la que algún otro se encargó de tomar su lugar tras la lente, o en fotografías que no salieron de su cámara pero de las que debió conseguir más tarde una copia que archivó entre las suyas propias. Ahí lo encontramos en toda esa época que va de sus años jóvenes, cuando apenas era un muchacho, hasta los tiempos más actuales, en fotografías en las que ya no es distinto al último recuerdo que guardamos de él.
Pero es sobre todo en las fotografías en las que no aparece donde yo le busco, y en las que no vengo a recordar su imagen, sino lo que la vida narraba cuando él la miraba desde la atalaya de sí mismo. No sus ojos, sino su manera de mirar. Testimoniar el mundo es solo un efecto colateral de toda creación: lo que hacemos al crear es dar testimonio de nosotros mismos.
Miro las fotografías que hizo de tantas montañas. Reconozco algunas de ese rincón en el que oficiaba su rito, el panorama aquel del que tanto gustaba hablar. Lo imagino llegar hasta ese collado, repetir su liturgia una vez más y tomar después la cámara para intentar recoger aquello. Imagino que, mientras lo hacía, mientras buscaba el ángulo y el encuadre perfecto, su cara seguía teniendo ese mismo aire de sorpresa infantil.
No hay retratos de él mirando ese horizonte, pero da igual. No me hacen falta, sé bien cómo era su semblante, no necesito fotografía ninguna para recordarlo. Lo que ahora veo en estas otras que él hizo es lo que había en su mirada, el otro costado de aquel perfil suyo al que yo gustaba de asomarme con disimulo.
Pongo una de esas fotografías en la pantalla del ordenador. Luego cierro los ojos, espero unos segundos hasta olvidarla y los abro de pronto para intentar así sentir lo que él sentía frente a esa vista. Qué sucedáneo tan ridículo, me digo. Y al instante me doy cuenta de que, por pobre que sea esta pantomima, es lo más cerca que puedo estar hoy ya de mi padre.
Poco después de que me diera una copia de aquellas fotografías, me entretuve una tarde curioseando en ellas. Recuerdo que dejé después un apunte en mi diario. Lo recupero ahora. Dice así:
Andaba mirando algunas fotografías viejas por distraerme. Entre las que provienen de mi padre encontré una carpeta que decía tener las de la boda de uno de nuestros vecinos. No recordaba haber visto esas fotos antes, así que me entró la curiosidad y fui a mirarlas para ver cómo lucían esos conocidos en un día como aquel.
No pude hacerlo, porque los protagonistas del evento no aparecían por ninguna parte. Lo único que podía verse era a mi madre, posando con un vestido rojo en distintos lugares de la celebración: a la entrada de la iglesia, en la calle, en el banquete…
Invitado a un acontecimiento así, mi padre no vio nada que valiera la pena recoger en sus fotografías salvo mi madre. Me pareció algo hermoso.
Esa es la única circunstancia en la que sé que mi padre fue tan feliz o más que cuando miraba sus montañas: cuando miraba a mi madre.
Otra fotografía, esta vez de esas en las que sale retratado. Es en blanco y negro, y él parece poco más que un adolescente. Está en lo alto de una cima junto con otro muchacho. Supongo que acabarían de escalarla y se tomaban aquel retrato para dejar constancia del logro.
En el pecho llevan los dos un budriel de cuerda de aspecto primitivo, casi cómico. Me recuerda a esos ciclistas de otra generación que llevaban el tubular enrollado sobre los hombros de un modo parecido, entre lo heroico y lo ridículo. Del budriel cuelgan mosquetones, clavos y una cuña de madera con un cordino.
La imagen tiene la épica inevitable de esos tiempos. El material tan tosco, el color algo amarillento, ese gesto de ambos que parece transmitir una mezcla hoy inexistente de inocencia e insensatez.
Por fotografías como aquella, o por las que adornaban las paredes de casa, o tal vez por las historias que le oyeron contar, algunos amigos míos se formaron una imagen idealizada de mi padre como montañero. Quizás porque no habían conocido a ningún otro de esa estirpe de alpinistas de antaño, veían en él la figura romántica del viejo escalador que tan solo conocían por recuentos de terceros.
Aspiraban a algo similar, a tener sus propias historias que un día resonaran con esa misma grandeza. Al mismo tiempo, sabían que yo no pensaba de esa manera, que tenía otros intereses distintos, y mi padre se convirtió así en una figura a la que apelaban para recriminarme mi falta de arrojo o mi simple desidia frente a ciertas actividades montañeras.
Si él era uno de aquellos montañeros aguerridos, ¿cómo podía ser yo tan poco amigo del riesgo y las alturas? ¿Por qué me gustaban a mí los paseos tranquilos, mantenerme lejos de los sobresaltos y las incomodidades, disfrutar no más que de las bajuras, y me conformaba con ir al campo a tomar notas en una libreta? ¿Por qué no había heredado su coraje, su inquietud, su destreza, su amor por la verticalidad de las paredes?
Como si él no solo hubiera sido un tal montañero, sino que lo siguiera siendo, no ya en espíritu, sino también en acto. Como si la escalada, el vértigo y la conquista de las cimas fueran todavía el eje fundamental de su vida.
Sin embargo, la última vez que mi padre se ató una cuerda para trepar por una pared no tenía más que 24 años. Ese dato no lo conocían mis amigos, o simplemente no se habían molestado en echar las cuentas. 24 años. Después nada, ni rastro de aquellas hazañas.
Con esa misma edad, nosotros lo ignorábamos todo sobre la madurez y el futuro, nos sentíamos aventureros, descubridores (aun si en mi caso ello cursaba lejos de cualquier querencia por el riesgo y los desniveles). Abandonar aquello nos habría parecido impensable, demasiado pronto para un cambio así. Si mis amigos hubieran sabido que a esa misma edad mi padre abandonó su práctica montañera, es probable que no le hubieran idealizado de aquella forma. Pero así fue. 24 años, no más. Lo sé bien: esa era la edad que él tenía cuando yo nací.
Vivíamos en el primer piso de un bloque de cuatro en el que también lo hacían mi tía y mis abuelos. A veces alguien olvidaba coger la llave antes de cerrar la puerta de entrada, sobre todo mi abuela, que se movía sin descanso de un piso a otro, y entonces no había manera de abrirla para volver a entrar. En una ocasión, lo hizo dejándome a mí dentro, y yo era tan pequeño que no acertaba a abrir desde el interior a pesar de sus indicaciones. En otra, el despiste le sucedió después de haber puesto una cazuela al fuego.
En lugar de llamar a un cerrajero, se avisaba entonces a mi padre, que llegaba presto de su trabajo, cogía la cuerda que guardaba en un trastero, se descolgaba en un rápel de fortuna desde un piso superior o desde la azotea, y entraba por una ventana para así resolver el entuerto. Esa tarea insulsa de recorrer media docena de metros de una fachada era el único recordatorio de sus tiempos de escalador, y si lo pienso ahora se me ocurre que quizás le hubiera sido más sencillo abrir la puerta de alguna manera, siendo que era hábil en esa clase de asuntos, pero que quizás lo prefiriera así, con todo ese teatro, por concederse un momento para recordar su pasado.
Después nos mudamos a una casa de campo. Le gustaba el bricolaje, y en el garaje fue acumulando un sinnúmero de herramientas. Entre ellas puso la vieja maza de escalada que había utilizado en otro tiempo, de la que ahora se servía para labores mucho menos nobles que la de empotrar en una fisura clavos a los que confiar su propia vida.
La puerta del jardín la cerrábamos con un candado cuando nos íbamos por unos días, pero cuando estábamos en casa o la ausencia era breve, utilizábamos en lugar de ello uno de sus viejos mosquetones para mantenerla cerrada.
Todo símbolos así, mínimos, anecdóticos, con los que sin embargo se le veía satisfecho.
Fue un montañero sin carrera, hecho de pasiones puras, quizás algo de nostalgia, pero sin arrepentimiento ni frustración ninguna. Eligió la vida familiar y aceptó con total convencimiento que para él la montaña ya solo tendría la forma de una simple excursión de fin de semana, de unas vacaciones en un camping en la falda de algún monte, de alguna que otra noche durmiendo al raso en lo alto de una cima asequible, de una vulgar semana de esquí una vez al año. Se contentó con saber de ascensiones y logros alpinísticos a distancia, en la asepsia de una revista de montaña, un libro, un documental. Y estuvo feliz con ello, como si lo que necesitase no fuera materializar su valor montañero, sino solamente ejercer de uno u otro modo su amor por la montaña.
Nunca lo dije, pero esa filosofía suya, esa manera de entender y equilibrar pasiones y necesidades, me hacía sentir mucho más orgulloso de él que cualquier proeza que pudiera encontrar en su cartilla de alpinista.
Heckmair, en su biografía (libro que no tenía mi padre, y que compré y leí pensando en él y en cuánto me gustaría poder hablarle de esas páginas):
«Lo que no lograba entender era por qué a los montañeros se les juzgaba tan solo por la dureza de las ascensiones que acometían, cuando había en las montañas tantas otras cosas hermosas que experimentar».
Sigamos hablando del orgullo.
Yo acababa de entrar en la universidad, y los primeros amigos que había hecho tuvieron la idea de unirnos a un viaje con el grupo de montaña. Me pareció un buen plan, por aquello de empezar a conocernos en otro contexto y pasar unos días juntos.
Con mi padre iba a menudo a la sierra, y alguna que otra vez llevábamos los sacos de dormir y hacíamos noche, pero nunca nada de más entidad. Las mochilas que llevábamos en esas excursiones eran insuficientes para pasar más días fuera de casa, así que me vi obligado a pedir prestada una mayor para poder ir a ese viaje. Uno de aquellos amigos recientes me consiguió una que al parecer su hermano ya no utilizaba, vieja y bastante gastada. Y con ella a la espalda, me lancé a mi primera estancia montañera de varios días.
En realidad, en mi casa sí que había algo que me hubiese servido de igual manera, pero era una especie de viejo morral de mi padre, hecho de lona azul, y tenía un aspecto tan antiguo que ni siquiera se me pasó por la cabeza la idea de llevarlo. Me habría dado vergüenza presentarme con aquella reliquia frente a un grupo en el que no conocía a la mayoría de gente, y siendo yo además un novato en aquellas lides. La mochila prestada, aunque ajada y de mala calidad, me parecía una solución mucho más correcta.
Supe años más tarde que ese macuto de mi padre tenía una historia detrás. En aquellos años de su juventud, le faltaba el dinero para poder permitirse algo así, y tanto él como sus compañeros tenían a lo sumo un petate rudo para cargar su material montaña arriba. Mi padre les propuso entonces juntar dinero con el que comprar una única de esas mochilas más modernas, descoserla para reducirla a sus piezas individuales, conseguir algunos metros de lona y cuero, y utilizando aquellas a modo de patrones hacer tantas réplicas como fuera necesario, a un precio más económico. Él se encargaría del trabajo: ayudaba a su abuela con una maquina de coser especialmente robusta que ella tenía y era, al parecer, un costurero competente.
Sentí una vergüenza enorme cuando, algunos años después de esa primera experiencia, oí aquella historia. No vergüenza ante él, porque no dije nada, ni tampoco como esa que habría sentido si hubiera llevado su mochila de lona en esa ocasión, sino vergüenza ante mí mismo. Me avergoncé de haber pedido prestada otra mochila distinta, de no haber tenido siquiera la curiosidad de saber de dónde venía aquella. Ahora pensaba que lo que me gustaría sería haber hecho justo lo contrario: presentarme llevándola y que me preguntaran, y contar entonces con orgullo su procedencia.
¿Cómo se perdona uno mismo esta clase de errores, cuando el perdón ajeno ya es algo imposible?
También él tuvo un episodio similar en su juventud, aunque lo que dejaba entrever al contarlo no era arrepentimiento, sino buen humor. Se reía de sí mismo.
Un familiar lejano estaba encargado de vaciar una casa, o quizás era un almacén, no recuerdo bien. Entre los enseres aparecieron unas tablas de esquí, y sabiendo que él era aficionado a aquellos asuntos, le invitó a pasar a recogerlas y quedárselas.
Allá fue mi padre, inocente él y lleno de ilusión, cruzando la ciudad con la esperanza de encontrar un buen par de esquís. Pero lo que le esperaba no eran más que dos tablas vetustas hechas de simple madera, con unas fijaciones viejas y medio oxidadas. No dijo nada, fingió satisfacción, agradeció el gesto. Valoró la posibilidad de dejarlas abandonadas en el camino, pero no le pareció correcto. Regresó a casa llevándolas en el autobús, muerto de vergüenza por dejarse ver con aquel material antediluviano, como si hacerlo fuera una afrenta a su orgullo de joven montañero.
Lo más probable es que nadie le prestara atención, y si alguien lo hacía, que no supiera decir si aquellos esquís eran o no de otra época. Pero quién entiende aquello a esas edades.
No se deshizo de ellos en el trayecto, ni tampoco después. Los conservó durante años, y un día, decidido a rememorar ese pasado suyo, los instaló como decoración en un rincón de casa donde puso también otros materiales ya en desuso: clavos, mosquetones, un piolet con el mango de madera, unos crampones. Su viejo material, que ahora compartía escenario con aquellos esquís en esa especie de altarcito mínimo, laminado todo ello por el paso del tiempo. Porque todo luce hoy igual de anacrónico, una colección de piezas ya superadas, y quién diría que años antes algunas de ellas eran el orgullo de su dueño mientras que otras le ruborizaban.
Mi madre, todavía desorientada por todos los objetos sin dueño con los que ahora convive, ha decidido añadir dos piezas nuevas a la colección: las botas de cuero que calzaba mi padre en aquellos tiempos y su saco de dormir.
Donde él rendía culto a su propia historia, no queda hoy sino rendirlo a su recuerdo.
En ese muestrario de útiles montañeros hay también un casco rojo, la única nota de color. Es rudimentario, una simple concha de plástico, y tiene un aspecto de lo más endeble. Recuerda a un casco de obra de mala factura, o a uno de esos tan precarios que aparecen en las imágenes de los mineros de otro tiempo. Se le puede ver con él en algunas de las fotografías de esos años suyos de escalada.
[...] certifica que el paciente se encuentra ingresado a cargo del Servicio de Medicina Intensiva, por traumatismo craneoencefálico severo en situación de coma.
Se extiende el presente certificado a los efectos oportunos.
Se me ocurre pensar que ese casco, de haberlo llevado puesto, quizás le hubiera salvado la vida.