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Desde aquí ya se ve el refugio, allá abajo, al pie de las montañas.
A veces, si es que el tiempo nos parecía demasiado frío o húmedo para dormir al raso, hacíamos noche en él. Otras no necesitábamos excusa, mi padre lo sugería y a mí me convencía la idea. No era por comodidad, que pasar la noche bajo las estrellas siempre le gustó, sino porque le reconfortaba de vez en cuando sentirse parte de esa comunidad que hacen una docena de montañeros compartiendo techo.
Le gustaban los refugios de montaña, mucho. Como un hogar dentro de otro. Disfrutaba la cena que servían, sin importar si era deliciosa o mero rancho. Aunque era callado en el trato, en los refugios solía ser locuaz con quienes le atendían, preguntaba más que de costumbre, interrogaba acerca de la meteorología como si tuviera intención de salir de madrugada a alguna empresa venturosa. La timidez de esos otros lugares se perdía y era aquí extrovertido, curioso, como necesitado de más intercambio.
Si alguien se sentaba a la mesa junto a nosotros, él iniciaba siempre una conversación.
Cuando llegaba la hora de dormir, no había nadie que respetara con más escrúpulo las normas y el silencio. Lo hacía todo con un cuidado exquisito, su civismo y su respeto para con esos otros montañeros era insuperable. En el refugio se comportaba con el celo propio de quien se sabe en un templo.
Este de aquí lo conoció antes de que tuviera su forma actual, cuando era poco más que una cabaña y las montañas de alrededor apenas las frecuentaba nadie. Entonces se pedía la llave en una casa del pueblo (me repitió muchas veces el nombre de la persona que la custodiaba, como con una especie de respeto por él, pero no soy capaz de recordarlo), se disponía del lugar en completa libertad, y a uno simplemente se le exigía dejar la estancia igual que la había encontrado. Todo eso había cambiado, pero para él seguía siendo un lugar parecido, regido por acuerdos y valores similares, y de ello venía esa forma de comportarse.
Trabajó algunos meses en un refugio en Pirineos, ese ya de más entidad, parecido a lo que este es ahora. Muchas de las historias que recuerdo oírle contar vienen de esos días, relatadas con una felicidad evidente. Fue una época feliz, bastaba ver la manera en que reincidía en esos episodios y los traía de vuelta una y otra vez, como si en lugar de contarlos a un tercero se los contase a sí mismo por recordarse la dicha de entonces.
En el verano de mis dieciocho años, hice con él y con mi madre un viaje, y pasamos una noche allí. Les tomé una foto cerca, a petición de mi padre, en el mismo lugar y en la misma pose en la que se habían hecho otra cuando eran muy jóvenes. Salen felices en ambas.
Lo hermoso de esas fotografías en las que uno imita su propio pasado es que parecen querer continuarse más allá de sí mismas, marcar una línea infinita llena de otras iguales. Como si no existieran solo dos, o tres, o una docena de ellas, sino tantas versiones de uno mismo recogidas de esa manera que pudieran ponerse en un librillo y abanicar las páginas como en un dibujo animado, para así verse crecer, envejecer, vivir.
Mis padres se ven jóvenes en la primera de esas fotografías, pero también en la segunda, ahora que también ha pasado tiempo desde que yo la hice. Lo lógico parece ser pensar que hay más, que han seguido con esa costumbre y van a hacerlo en el futuro, puntualmente. Pero no hay tal futuro, solo dos imágenes en dos instantes, y el resto lo extrapola uno, los imagina más mayores pero igual de felices, los transporta y los hace cambiar sobre ese decorado de las montañas que son lo único invariable. Hasta que viene la realidad a decirle que no es así, y le recuerda que esa evolución es ya imposible.
También cuando dormía fuera del refugio lo hacía con una especie de solemnidad entrañable. La forma en que buscaba un lugar resguardado y se instalaba en él, o la manera ceremoniosa en la que desplegaba su saco, se acomodaba dentro y apenas se movía.
Dormía siempre boca arriba, muy quieto. A veces se quedaba unos minutos mirando las estrellas, pero era incapaz de nombrar ni una sola constelación, porque la astronomía como tal no le atraía, solo el cielo nocturno como una parte más del paisaje de la montaña. Fuera de aquel escenario, no le vi nunca interesarse por esos asuntos.
Hacía poco tiempo que había muerto. Monté en el jardín la tienda de campaña y le propuse a mi hija que durmiéramos allí. Le encantó la idea. Se metió en el saco pero se negó a que apagáramos las linternas, ella quería jugar. Estuvo hablando y moviéndose inquieta durante horas, dormir era lo último que le interesaba. Cuando por fin aceptó, tardó muy poco en conciliar el sueño, y yo sentía su respiración cerca y la miraba en la penumbra, miraba su cuerpo pequeño moverse, el vaivén de su respiración, igual que lo hacía cuando en otro tiempo me acercaba a su cuna a velar su sueño unos minutos antes de irme yo a dormir.
Podría haber pensado en las veces que mi padre y yo dormimos juntos de forma parecida. Por ejemplo, cuando de niño pasábamos los veranos en un camping y compartíamos la tienda. Contaban que yo me agitaba mucho, que a veces incluso me incorporaba en el sueño y me dejaba caer después hacia atrás, y que en una de aquellas lo hice sobre mi padre que estaba a mi lado. O en esas noches los dos bajo las estrellas, en su cuerpo tan quieto, como sin querer perturbar la calma de la montaña.
Pero no, no fue eso lo que pensé. Veía la respiración acompasada de mi hija, su pecho haciendo subir y bajar la tela del saco, y solo podía pensar en mi padre tumbado en el hospital y en su respirar acompañando a la máquina. En su respiración perfecta, sincronizada con el pulso de los tubos y los émbolos. En su ritmo preciso, milimétrico, inerte.
La muerte no borra el pasado, es peor aún: destruye la legitimidad de los recuerdos.
Despertaba nada más salir el sol, y unos minutos después ya estaba en pie con la mochila a la espalda. Se incorporaba, miraba alrededor unos instantes. Luego salía del saco de dormir y del fondo de este sacaba la cartera y la cámara de fotos, que siempre metía allí. Y antes de que uno quisiera darse cuenta, ya había guardado todo en la mochila y estaba listo para ponerse en marcha. Un trago de agua a lo sumo, ya habría tiempo después de comer algo. La montaña esperaba, había que andar, que sentir, que mirar los paisajes, que respirar los olores de la mañana.
En mi familia siempre hemos sido de despertares rápidos, nos cuesta muy poco recuperar el brío a primera hora del día. En la montaña esto parecía tener más sentido aún para mi padre.
Cuando después dormí en el campo con otras gentes, sus despertares lentos me resultaban exasperantes. Verles encender el hornillo para preparar café en esos primeros compases del día me parecía una aberración. Sabía que era un pensamiento ridículo, pero no podía evitarlo. Yo estaba acostumbrado a una dinámica diferente.
Es curioso que en tantas otras cosas no haya seguido las costumbres de mi padre, que en muchas me haya alejado de ellas intencionadamente como suelen hacer los hijos por mera rebeldía, pero esta me resulte tan inviolable, tan imposible de ejecutar de un modo distinto.
En la montaña, las de mi padre son para mí las maneras canónicas de proceder en todo. No hay lugar ya para otros referentes.
Al igual que él, también yo me vuelvo más social en la montaña. Es fácil sacarme unas palabras. O si no, al menos un simple saludo, que así lo aprendí de mi padre: a cruzar siempre un gesto o una voz con todo aquel que encontrase, como una manera de reafirmar esa sociedad de la que forman parte quienes concurren a la montaña.
De todas las inevitables normas de urbanidad que me enseñaron mis padres, y que aun sabiéndolas necesarias entiendo como meros protocolos impersonales y vacíos, esta la atesoro y la pongo en práctica con un orgullo particular. Como si no fuera tan solo un asunto arbitrario de buenos modales, sino una cuestión de identidad y de bonhomía; como si, más allá de una convención social, viera en ella un arraigo más humano.
Quizás ya no tenga tanto sentido esta costumbre, ahora que la montaña es un escenario más habitual que en otro tiempo. Me descubro dispensando saludos que nadie me devuelve, tan incomprensibles a veces como si los obsequiara a los viandantes en una calle de una ciudad cualquiera, y sin embargo no dejo de hacerlo, porque así lo hacía mi padre y porque sé que él siempre vio en ello una seña de identidad más que un gesto de educación. Seguiré haciéndolo, ahora con más convencimiento, porque también ahí viven el recuerdo de mi padre y el de esa época suya de montañero, y también eso se me ha confiado para que le dé continuidad a mi manera.
Cuando no nos es posible preservar a alguien, ¿qué nos queda sino intentar preservar su circunstancia, su contexto como un lienzo en el que al menos proyectar las sombras de aquello que hemos perdido?
Dos chicos con grandes mochilas, una cuerda sobre cada una de ellas. Un hombre mayor caminando con bastones. Una chica joven corriendo. Una pareja. Me cruzo con ellos en mi camino y me saludan, y me reconforta ver que todavía obedecen esa costumbre.
Les miro y deduzco lo que vienen a hacer en la montaña, si escaladores o paseantes, si se quedarán mucho tiempo o no, si son habituales o simples visitantes ocasionales. Si aman la montaña como la amaba mi padre o la frecuentan sin más, sin raíz, como hago yo. También esto es parte del juego.
¿Podrán imaginar a lo que yo he venido? ¿Adivinarán lo que llevo a la espalda, lo que voy a hacer con ello un poco más arriba?