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Era el final de la tarde y me llamó mi madre. Estaban de vacaciones, habían aterrizado esa misma mañana, así que pensé que lo hacía para ponerme al día de su viaje. En lugar de eso, me habló de mi padre, de un accidente, del miedo que tenía, de su propio futuro que sentía que se le escapaba en ese mismo instante. Mi hija supo leer la tragedia en el tono de mi respuesta y vino corriendo a abrazarse a mí. Así escuché el resto de detalles mientras los dos llorábamos.
Viajé para reunirme con mi madre. Creía que salía al rescate de mi padre, pero ahora sé que solo iba a rescatarla a ella, a estar a su lado mientras esperábamos el milagro de otro rescate en el que no podíamos participar, cercano pero inasequible para nosotros. Nuestra heroicidad estaba hecha únicamente de paciencia.
Esperamos y fue en vano. La impotencia y la desesperación son más fuertes que la pena; la devoran, la silencian. Eso aprendimos en ese tiempo.
Creí que iba a rescatar a mi padre, pero allí descubrí que mi cometido no era sino atestiguar su marcha.
Heckmair:
«A tres metros de distancia, los testigos de esta tragedia han seguido, profundamente emocionados, esta última lucha por la existencia».
Cuando la muerte viene de este modo, inesperada y sin dar tiempo a despedidas, a la vida le queda una inercia que representamos en cábalas y suposiciones. Prolongamos el tiempo de quién ya no lo tiene y le imaginamos en todo cuanto creemos que habría hecho, proyectamos su persona en circunstancias que ya no le pertenecen pero que sentimos que sí deberían ser suyas.
No lloramos la pérdida que nosotros mismos sufrimos, sino esa otra, todavía más injusta, que sufre aquel a quien perdemos: las oportunidades legítimas que le ha robado la muerte.
Convocar el recuerdo de mi padre equivale a lamentarse por el tiempo que no compartirá con sus nietos, a quienes no verá crecer. Significa hacer recuento rápido de los viajes que guardaba en su lista de futuros destinos, ahora que tras la jubilación parecía tener especial deseo de ver mundo. Hablamos de él y pensamos en las horas que pasaba en su taller torneando piezas de madera, y en las creaciones que no saldrán ya de allí, en el desarrollo ya imposible que hubiera seguido esa artesanía que tanto amaba.
Sin embargo, nadie al recordarle habla de la montaña como una dedicación truncada. Nadie menciona las montañas que dejará de conocer, los paseos que no dará, los horizontes que no contemplará, las piedras en las que a mitad de camino no se sentará a beber de su vieja cantimplora, las noches que ya no dormirá en su saco bajo las estrellas poniendo sus botas a modo de almohada como acostumbraba a hacer. La montaña parece ser una pasión satisfecha en donde ya hizo suficiente, una ocupación que, al perderla, no pudiera causar frustración porque ya estaba en paz con lo que de ella había recibido.
No era así. Más bien al contrario. Porque tampoco nadie lamenta las conversaciones que dejará de tener conmigo o con mi hermana, las visitas que habríamos hecho para comer con él o simplemente echar la tarde, las noches que no podrá dormir junto a mi madre. Esa banalidad de lo íntimo hace que no perviva deseo ni ansia, pero al tiempo convierte esas verdades en las más fundamentales.
El sustento cardinal de nuestra vida es siempre algo que pasa desapercibido para quienes no nos conocen.
La montaña era en él una constante discreta, una idea que todo lo permeaba, pero de forma callada.
En aquellos años formó parte de un club de montaña por el que acabó profesando una pasión inmensa. Aunque nunca le oí decir que echaba de menos la escalada como tal, sí que manifestaba a veces, veladamente, una nostalgia por esa compañía, por ese sentimiento tribal que tenía con aquellos compañeros.
Guardaba en su escritorio unas insignias del club y las trataba con el orgullo de quien cree haber pertenecido a algo irrepetible. Era, puede decirse, un verdadero fanático de aquella pequeña comunidad de su pasado, sentía algo parecido a la devoción ciega de quienes militan en la hinchada de un equipo de fútbol. Y aunque hacía años que no sabía cómo eran los miembros actuales de ese club alpino o las actividades en las que se ocupaban, lo proclamaba todavía como el más auténtico de cuantos había, el de espíritu más montañero.
Bastaba hablarle de ello para que se arrancara a cantar sus virtudes. No narraba episodios, no contaba cómo habían subido a esta o aquella cima; tan solo hablaba de esa congregación suya y de lo que representaba. Yo lo mencionaba a veces tan solo por verle desplegar ese recuerdo. Le preguntaba por su viejo club como si me hubiera olvidado de su historia, y él mordía el anzuelo y me recitaba de nuevo la misma letanía de bondades, me hablaba de la camaradería, de lo puro que era el sentimiento que tenían hacia la montaña, de aquel compañero al que todos admiraban, verdadero portento de la escalada, que nunca volvía de las paredes sin traer consigo algo de basura de los alrededores, porque sí, trepar con agilidad era una cosa, pero ser montañero no se trataba de superar cierto grado de dificultad con mayor o menos soltura, sino de aquello, de cuidar la montaña, de demostrarle cariño, y era en esos valores y no en la emoción de la verticalidad donde encontraban su vínculo común.
No lo decía mi padre de esta manera, pero yo estoy convencido de ello: la montaña la entendía a veces como un idioma, como la única manera de comunicarse entre ciertos semejantes.