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Tenía una pequeña colección de literatura de montaña de la que se sentía orgulloso, hecha de libros en su gran mayoría comprados por él, pero también algunos de mi madre, con quien compartió en otro tiempo esas inclinaciones. Intentó que yo me interesara por ellos, pero no tuvo éxito: mi querencia literaria siempre fue por un camino distinto. Cada cual daba forma a su biblioteca y rara vez curioseaba en la del otro.
De entre esos libros que atesoraba, uno al que tenía especial cariño: Los tres últimos problemas de los Alpes, de Anderl Heckmair. Lectura de sus años de juventud en la que era fácil ver que habían germinado buena parte de sus sueños de alpinista.
Aquel libro fue una de las raras excepciones a esa impermeabilidad entre sus lecturas y las mías, quizás porque él insistió más de lo habitual en que yo lo leyera, o porque lo encontré más literario y consiguió cautivarme, no lo sé bien. No guardé mucho recuerdo de su lectura, pero sí el suficiente para poder dar réplica en alguna ocasión, acaso hacer un comentario cuando se hablaba de esos temas, y así lo hacía si es que él dejaba un contexto propicio para ello. Sabía que le gustaba verme ducho en esos asuntos, aun si en realidad no era más que un engaño y todo mi escaso conocimiento de la historia del alpinismo venía de aquel único libro. Pero a él le agradaba ver que yo había retenido piezas de esa historia, o que comprendía la importancia de esas ascensiones.
Lo he vuelto a leer ahora, años después, y si intento imaginarme la manera en que él lo leería entonces, es algo parecido a mirar esas montañas suyas: veo frente a mí el material con el que articulaba sus sueños. Con qué ilusión debió acercarse a estas narraciones en aquellos años, cómo debió soñar al leer sobre esas conquistas mientras intentaba levantar su propia genealogía de escalador en esas montañas cercanas.
Lo leo y es otra forma de observarle, de verle ante aquello que amaba. No conozco manera más profunda de recordar a alguien.
Heckmair:
«Algunos metros más lejos nos hallamos en presencia de los cadáveres de la segunda cordada, pero no nos impresionan demasiado porque están medio cubiertos por las piedras y la grava». (Página 27)
\guillemotleft De pronto vemos una mano fuera de la nieve…
Pálidos y helados por la impresión sufrida, permanecemos un momento sin voz, luego excavamos en la nieve. Un paquete de cuerda… debajo de ella… los cuerpos de nuestros amigos». (Página 35)
«De pronto resbaló y desapareció sin ruido en el abismo. Peters, petrificado por el horror, oyó los golpes sordos que iban disminuyendo. Luego el silencio mortal. Llamó con todas las fuerzas que le quedaban. No obtuvo respuesta…» (Página 46)
Las páginas que siguen están llenas de párrafos similares en los que la muerte es un personaje más, secundario pero constante, que aparece y actúa sin especial foco.
Mi padre, la muerte, la montaña. Sobre estas tres verdades construyo hoy mi duelo. Y este libro.
No soy el primero que pone en papel la identidad montañera de mi padre. Él mismo también lo intentó, aunque sin resultado: en su ordenador encontré un documento en el que había esbozado el arranque de unas memorias. Son tan solo tres páginas de apuntes erráticos, apenas el trabajo de una tarde en que le debieron venir algunas ideas y las dejó anotadas como un primer bosquejo. No pasó de ahí.
Lo cierto es que el texto es muy pobre. Por el poco trabajo que hay en él, pero también porque la escritura nunca fue algo en lo que mi padre tuviera ni interés ni talento. Si anotó aquello fue con mero afán memorialístico, por jugar a ver su historia de una manera distinta, sin pretensiones. Tampoco creo que disfrutase del proceso, y quizás por ello abandonó la idea.
Aunque escasas, esas líneas hacen evidente que solo consideraba una manera de mirarse para escribir su historia: a través del prisma de la montaña. Era así como se veía a sí mismo, como un montañero por encima de cualquier otra consideración, sin importar lo que luego hubiera de narrar o los escenarios en los que lo hiciera. Lo anota en la primera de esas páginas, como a modo de advertencia: que aquel es el recuento de su pasión montañera, pero que en él uno no va a encontrar hazañas alpinas de ninguna clase. Y de esa suerte son el puñado de apuntes que siguen, que bien podrían ser el inicio de las memorias de cualquier otro, incluso de alguien que no hubiera puesto nunca pie en ninguna cima.
Así que eso es lo que yo vengo a contar aquí: a contarle a él a través de su pasión, acaso con la misma luz que él intentó poner sobre sí mismo. Vengo a arrebatarle el lugar, a decirle que se haga a un lado, que era él quien conocía las montañas, pero que la literatura es asunto mío y soy yo quien hace de cronista.
No escribo un libro sobre montañas. Yo no sé subir montañas. Ni siquiera sé mirarlas. Pero mi padre me enseñó cómo mirar a un montañero, y eso es lo que vengo a hacer.