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Solo le conocí a mi padre un ritual. Lo oficiaba aquí, en estas montañas, con la devoción que uno concede a los hábitos que sabe sin demasiado sentido. Venía a recorrer esta sierra y, al llegar al collado que da entrada a las cimas más imponentes, caminaba el último centenar de metros con la cabeza baja y mirando al suelo, como si tratara de encontrar allá entre las piedras algo que hubiera perdido. Luego se detenía en lo alto, en el lugar en el que, aun sin verla, sabía ya ante sí toda la grandiosidad de la montaña. Y entonces, alzaba de repente la mirada.
Sostenía mi padre que no había vista montañera más hermosa que la que se columbraba desde aquel collado; que la visión de esos picos y cuchillares, a veces con su pincelada de nieve en lo alto, era la estampa más alpina y más perfecta de cuantas conocía. Y que, siendo de este modo, no se merecía el ir apareciendo poco a poco ante los ojos, sino así, violentamente, soliviantando el sentir de uno con aquel desborde de belleza repentina.
Como todo rito, aquel suyo se enriquecía si era compartido, si devenía culto, y parte de su encanto estaba en iniciar a otros en esa costumbre. Siempre quiso que yo participara de ella. Cada vez que hacíamos juntos ese camino, me repetía su mecánica como si fuera mi primera vez. Me avisaba del lugar exacto en el que desviar la mirada hacia el suelo para no arriesgarme a atisbar cima ninguna hasta el momento exacto, me indicaba dónde parar aun si era evidente intuirlo o simplemente saber que él se había detenido. Y después de haber observado durante unos segundos aquel panorama que tanto reputaba, se giraba hacia mí y pronunciaba siempre la misma frase:
—Es espectacular, ¿verdad?
Yo le daba la razón y seguíamos camino.
Lo que no llegó a saber, quizás ni siquiera lo sospechara, es que yo nunca hice caso de sus indicaciones. La vista, tan hermosa como él contaba, aún hoy no la conozco sino de la manera vulgar de tantos otros, como un descubrimiento progresivo que va anunciándose sin prisa allá en el horizonte. Nada de esa imagen impactante, inmediata, que él quiso presentarme. En aquella ceremonia de mi padre, yo no llegué a ser más que un mero acompañante.
De niño, porque me faltaba la madurez necesaria y solo veía en ello una extravagancia por su parte. Le seguía el juego, hacía un teatro muy pobre para que él creyera que aquello me interesaba y no decepcionarle, pero no acertaba a encontrarle sentido. Era incapaz de mantener la cabeza gacha sin distraerme en otros asuntos, e incluso sentía algo de vergüenza al pensar que alguien pudiera verme caminar de esa manera y no acertara a explicarse la razón.
Más adelante, cuando tuve ya la madurez y la sensibilidad necesarias, porque descubrí que, junto al supuesto espectáculo que allí debía contemplarse, había otro mucho más valioso: mirarle a él. Así que yo disimulaba, repetía las mismas mentiras, impostaba mi fascinación y mi interés, y cuando sabía que él iba a alzar la vista hacia las montañas y concentrarse en ellas, aprovechaba para observar sus gestos, los cambios en su semblante, el efecto beatífico que ese paisaje tenía en su ánimo. Y allí, en su cara, encontraba yo el esplendor de mis montañas. En la sonrisa ligera que esbozaba estaban mis riscos, mis escarpes; en el brillo de sus ojos, todas las luces de la roca, la nieve y el hielo; en la tranquilidad que ocupaba su rostro en esos pocos segundos, la enormidad de cordilleras y cimas distantes.
Nunca lo vi tan satisfecho, tan convencido de la vida misma.
Ahora también estoy mirando su rostro, pero tiene los ojos cerrados. Es la primera vez que lo veo desde que llegó al hospital. Está en coma. El médico ha hecho una excepción para que hoy no sea mi madre la única que pueda entrar a verlo. Morirá en este mismo lugar dentro de diez días.
Lo estoy mirando, decía. Siento pena, porque la imagen es dura, violenta. Ahí están las cicatrices, el rictus inerte, las cuencas de los ojos amoratadas. No soy consciente de ello, pero lo observo como algo impersonal, como si se tratara de un desconocido. Creo que me desconsuela la visión por ser mi padre quien está ahí tumbado, pero no es cierto. En realidad no tengo consciencia de a quién observo, me perturba lo dramático de su aspecto, solo eso.
De pronto me doy cuenta de que es él, de que le estoy mirando a él, mirando su cara, sus gestos, su misma piel, y de inmediato lo asocio con otras formas suyas que he conocido, más amables: la cara que me miraba con ilusión cuando yo entraba en meta en esas carreras que corría de niño; la del gesto orgulloso cuando contaba cómo su abuelo escapó de la muerte dos veces durante la guerra; la que traía una mueca quebrada y los ojos con lágrimas cuando supo que su mejor amigo acababa de morir y vino a mi cuarto a decírmelo; la que lloraba de felicidad el día que mi hermana anunció que por fin estaba embarazada; la que mostraba decepción y enfado cuando aquel día me llevó lleno de ilusión a montar en bicicleta y a mitad del recorrido le dije que me aburría; la que, media hora más tarde, después de haber pedaleado en silencio, se paró a pedirme perdón con el gesto más dulce que nunca le había visto, y mientras lo hacía me acariciaba la cabeza con la mano y yo sentía la caricia a pesar de llevar el casco puesto. La que miraba aquellas montañas mientras yo le observaba con idéntica admiración que ahora.
Entonces ya no hay pena, entonces hay algo mucho peor, no es tristeza ni miedo ni amargura, sino más bien desidia, falta de voluntad para todo sentimiento, como si el dolor tan fuerte lo que causara fuera un deseo de abandono, de desligarse del sentir mismo.
Me quedo así hasta que llega el momento de irme, estático, casi aburrido. Son solo unos minutos, pero me doy cuenta de que me han sobrado la mayoría de ellos. Cuando salgo, olvido de inmediato esa cara, como si hubiera sido la de un desconocido y me hubiera fijado solo en las heridas, en las hinchazones, pero no en las facciones, y ya no fuera capaz de reconocerlo.
Me acuerdo de su gesto frente a esas montañas.
—Es espectacular, ¿verdad? —me digo a mí mismo, como por intentar oír su voz una vez más.
No hay manera más eficaz de superar el duelo que usurpando el papel del ausente. El primer aprendizaje de la ausencia: añorar a alguien y reemplazarlo son actos inseparables.
En la mesa ahora dispuesta de manera distinta, me he sentado en la posición que mi padre solía ocupar. He conducido su coche, he usado su juego de llaves para abrir la puerta de casa. Me puse su reloj durante un tiempo y no miré la hora ni una sola vez, simplemente lo tuve allí, en mi brazo, como si mi responsabilidad para con él fuera tan solo la de ser yo algo tangible, corpóreo, en donde acomodar lo que en otro tiempo habitó su cuerpo. He intentado cuidar a quienes habrían recibido sus cuidados si él estuviera vivo. Aún resuelvo en su nombre tramites y burocracias varias.
Pero si entran en juego las pasiones, dejar de sentirse como un impostor ya no resulta tan fácil. Por ejemplo, aquí en la montaña, en esta tan suya a la que ahora vengo. ¿Qué autoridad tengo para mirarla desde donde él la miraba? ¿Con qué permiso escribo sobre ella?
Morir es llevarse consigo el derecho a ciertas emociones. A nuestra marcha, el amor que entregamos convierte lo que entonces amamos en un territorio vedado para quienes todavía quedan.
Había otra idea que repetía a veces ante este paisaje. No de inmediato, no en el mismo instante en que retiraba la mirada del horizonte. Dejaba que se asentara la emoción y, unos minutos después, como si le viniera de pronto ese pensamiento con una cierta urgencia, comentaba que era allí, al pie de una de esas montañas, donde le gustaría que dejáramos sus cenizas llegado el momento.
Lo hacía saber también en otras circunstancias, lejos de este lugar, con una insistencia que resultaba casi infantil. Él, que no pareció preocuparse nunca por la muerte, que se decía enemigo de cualquier clase de fasto funerario, tenía sin embargo ese pequeño deseo. Y no perdía la ocasión de repetirlo cuando sabía que le escuchábamos.
Así que aquí estoy, ante esas mismas montañas, sobre ese mismo collado suyo, dispuesto a cumplir su voluntad como si sirviera de algo.
Tampoco esta vez he seguido su rito, claro que no. Qué sentido tendría. He ido viendo las montañas aparecer y me he quedado observándolas sin más, recorriendo con la mirada el paisaje y deteniéndome luego en aquella que él había elegido, ahora más notoria que de costumbre, como con una morbosidad extraña.
Supongo que así es como los montañeros miran a las montañas que persiguen cuando estas se les aparecen en la distancia. Así las miraría mi padre: con admiración, con entusiasmo, con hambre. Yo, solo con rabia.
Qué arriesgado parece todo. Qué incapaz uno, qué separado de los territorios para los que fue hecho. Vértigo, vértigo, vértigo.
No hablo de estas montañas, de conquistarlas, de lo que él venía a hacer en ellas, sino del existir mismo. Qué frágil parece la propia verdad cuando se viene aquí y se observa de esta manera, ya sin su compañía.
Él diría lo contrario, que aquí la vida le pareció siempre firme. Nunca se supo ajeno entre estas rocas. Pero entendería que a mí me resulte hoy inhóspito este rincón del mundo. Amenazante, enemigo. Recordatorio de la nada que somos, igual que se lo recordaría a él en tantas visitas a este mismo lugar. Solo que él sabía entenderlo de una manera que a mí me es imposible.
A eso venía a la montaña: a conocer su envergadura frente al mundo. Yo hoy he venido no más a despedirle.
«Volveréis a casa y entonces vendrá el dolor, cuando os rencontréis con sus huellas y su recuerdo». Eso nos decían. Lo velamos y lo despedimos muy lejos de su hogar y de nuestros rincones, y andábamos perdidos, tan sobrepasados por la muerte que no teníamos ni llanto. El duelo parecía no encontrar todavía una ocasión para arrancar. Pero volver no obró el cambió que todos vaticinaban, al menos no para mí. Empujó la melancolía, hizo brotar alguna lágrima, no más. Insuficiente.
Volvimos a un hogar lleno de símbolos, pero no todos los símbolos tienen la misma fuerza ni la misma capacidad de conjurar una ausencia.
Encontré esa última etapa del dolor en la montaña. No hoy, no aquí, sino en otras alturas lejos de estas. Montañas que no habíamos compartido, pero que aun así yo sabía que le pertenecían de manera distinta a la mía.
Encontré una representación suya más personal, más propia, a la que los demás éramos en parte ajenos, y en la que por ello lo reconocía con más claridad. La montaña no era una imagen ni un recordatorio, sino una parte de su identidad. Y la verdad ajena la entendemos con más claridad sobre el fondo de aquello que no compartimos.
Allí terminé un tránsito y abrí un universo. Allí me sentí tan cerca de mi padre y a la vez tan solo. Le comprendí mejor que nunca y me pareció mayor la diferencia entre nosotros, y mayor también la imposibilidad ahora ya sin él de ir cerrando esa distancia.
«Volveréis a casa y entonces vendrá el dolor, cuando os rencontréis con sus huellas y su recuerdo», nos decían, y no se equivocaban. Me equivocaba yo al entender lo que significaba la casa en este contexto de su muerte.
Alguna vez me trajo hasta estas montañas cuando yo ni siquiera sabía hablar. Me llevaba a la espalda, en una versión primitiva de mochila porta-bebé que mi madre y él habían comprado en un viaje al extranjero. No lo recuerdo, pero me he visto en fotografías de esa manera, y aquella mochila siguió en casa años después.
Quizás me hablara ya entonces y me explicara las cimas, o me recitara los nombres de cada una de ellas mientras las señalaba con el dedo. Le gustaban los topónimos, los pronunciaba con un tono como reverencial. De la misma manera en la que mencionaba a esos viejos compañeros suyos de ascensión cuando hablaba de ellos.
Ahora soy yo quien le lleva a él a la espalda, también en una mochila.
Repetir con sus padres los cuidados que recibió de ellos, eso se supone que debe hacer un buen hijo. Aunque a veces más que ley de vida parezca una broma de mal gusto.
Venir a la montaña a exorcizar la muerte. Habrá quien piense que hay algo de ironía en este gesto. Pero allá donde la muerte parece encontrarse más cómoda, también el vivir se instala con mayor confianza; donde dialogamos de manera íntima con nuestro propio final, nutrimos nuestra existencia de vitalidad y amor por la vida.
Hablar de la muerte y la montaña es invocar siempre una cierta parte de violencia. No se concibe la unión de ambas si viene desprovista de trauma. En nuestro imaginario, tener miedo a la montaña es un paso previo a sentir amor por ella.
La muerte en la montaña son tragedias llenas de escenografía y dramas mayúsculos. Es un riesgo subestimado que desemboca en lo irreversible, un desliz mínimo que conduce al abismo, un rescate que no se concluye a tiempo. Es un cadáver desaparecido durante décadas entre la nieve y el hielo, es la fotografía icónica de un cuerpo quebrado colgando de una cuerda a unos pocos metros de su salvación.
Buscar la épica en la montaña implica dar a la muerte rango de epopeya. O eso, al menos, acostumbramos a pensar.
Pero esta relación también puede pensarse de la manera en la que lo hacía mi padre cuando enunciaba ese deseo suyo: la montaña como un lugar donde uno no llega a su desenlace, sino donde encuentra la única forma de hacer frente a este. Donde ser recordado de un modo más amable, donde hurtarle a la muerte un poco de protagonismo. Saber que no es ya allí donde va uno a encontrar su fin, pero ver en ese lugar una manera al menos simbólica de celebrar la vida después de ello.
Allá donde la muerte se antoja más cercana, también la inmortalidad resulta más asequible.
Por encima de la inmortalidad, que es la falta de un final, está la eternidad: la infinitud en que esa ausencia de límites sucede igual en el mañana que en el ayer, y que exige no solo la inexistencia de la muerte, sino también del nacimiento.
«A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: / La juzgo tan eterna como el agua y el aire», escribía Borges.
Por eso las montañas no son solo inmortales, sino eternas: porque no cabe imaginar que desaparezcan antes que nosotros, pero sobre todo porque ya estaban allí cuando llegamos. Esa autoridad de cuanto nos antecede, ese misterio de lo que ya era cuando nosotros no éramos, es una magia mucho más poderosa que la de poder continuarse indefinidamente.
Por eso un padre es eterno aunque uno se vea obligado a verlo desaparecer, incluso aunque uno termine olvidándolo y se pierda su recuerdo: porque existía antes que uno mismo y todo lo que hizo en tiempos anteriores parece un cuento, una ficción, una leyenda fundacional que hemos de aceptar como un dogma para poder creer en nuestra propia existencia.
Me gustaría saber si él pensó en esta clase de cosas. Quiero decir, si su pasión y su amor por la montaña venían de la mano de reflexiones sobre esos mismos sentimientos, de cavilaciones sobre el puñado de ideas fundamentales de la vida, que acaso entendía mejor cuando las observaba en el contexto más fértil de la montaña. Me gustaría saber si lugares como este le invitaban a la introspección, si tomó en ellos decisiones importantes, si se sentía más tentado de hacerse preguntas sobre su propia verdad. Quizás no, y daría lo mismo. Su vínculo con estos paisajes seguiría siendo igual de hermoso, igual de puro.