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La casa, el recuerdo. Ahora ya definitivamente sin mi padre.
La habitación en la que trabajaba. Su colección de libros de montaña, y entre dos de ellos, clavado, un pioletito de aluminio. Regalo de un compañero que trabajaba como fresador y fabricó aquel obsequio con sus propias manos. Murió hace ya años, lejos de las montañas, en un accidente de coche.
Algunas fotografías en el escritorio. De los perros que tuvimos en otra época y a los que tanto quiso. Un enorme montaña del Pirineo, de nombre Tuca; un perrillo despeinado y mínimo, de pelo anaranjado, al que llamó Góriz; y Arán, un chucho negro de gesto asustado y bondad inmensa. Incluso en esos detalles no perdía la ocasión de dejar una referencia a las montañas.
«Cualquiera que sea el tema de la conversación, un viejo soldado hablará siempre de guerra», escribía Chéjov.
Mi casa, llena también de sus huellas. Colgado en la habitación, un collage de fotos que cubren mi historia, desde la infancia hasta el momento en que me lo regaló hace algunos años, en una época difícil de mi vida. Detrás, invisibles, unas palabras reconfortantes que escribió a modo de dedicatoria.
Entre las fotos de infancia, una en la que salgo trepando por una roca. Es poco más que un pedrusco al que me agarro sin convicción, apenas por encima del suelo. Diría incluso que la fotografía se hizo con la cámara inclinada para magnificar la gesta, porque de haber tenido un mínimo de dificultad o haber requerido algo de arrojo, es probable que yo no estuviera en esa pose tan tranquila.
Pienso en las expectativas que tendría en aquel entonces sobre mi futuro como montañero. Probablemente ninguna. Quizás tan solo esperase que yo supiera disfrutar el aire libre de la manera en que él lo hacía entonces, superados ya sus años de escalador. Quizás le bastara con saber que alcanzaría por uno u otro camino esa especie de madurez alpinística a la que él había llegado, capaz de entregar su tiempo y su vida a otras prioridades pero sin dejar de sentir por la montaña el mismo amor de antes. Supongo que siempre supo que yo no tenía madera de montañero, pero no le importó.
No conocí la época alpinista de mi padre. No le vi escalar, no hablé de ello con ninguno de sus compañeros de entonces, no sé si era un escalador con talento. Lo que sé es que, desde entonces, mi padre siguió a pesar de todo creciendo en aquel desempeño suyo. Cada día era mejor montañero. Y nunca lo fue tanto como el día de su muerte, muy lejos de sus montañas.
Sin necesidad de ejercitarse en ellas, estas le iban enseñando de manera indirecta, porque bastan el amor y la pasión para desarrollar una disciplina aun cuando uno no es consciente de ello.
Su querer le procuraba una suerte de experiencia, y cada vez comprendía mejor la verdad de las cimas. De la misma manera que yo seguiré conociéndole mejor de ahora en adelante, incluso si ya no está conmigo, incluso si dejo de recordarle.