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De la montaña se puede volver exultante o cabizbajo. Los nuestros siempre fueron regresos victoriosos. Sin épica ninguna, pero siempre felices. En el gesto de mi padre podía verse todavía un poco de ese bienestar que le traía aquella primera visión desde su collado, como si la acción lenitiva de la montaña, de cualquier montaña, se prolongara incluso después de haber regresado a sus relieves habituales. Así dejaba atrás las montañas: satisfecho, alegre. No había razón para que fuese de otra manera.

He aquí otra de esas verdades que él no descubrió y yo sí, otro de los saberes montañeros a los que no llegó y que sin embargo yo voy a atesorar: el de conocer qué se siente al abandonar la montaña derrotado. No por la propia montaña o por el fracaso de una cierta empresa alpinística, que supongo que eso lo experimentaría muchas veces, sino por la vida misma, por el desasosiego, por la frustración. Así dejo atrás yo ahora estas montañas: vencido y sin oportunidad de reconciliarme con el vacío que representan.

* * *

Heckmair:

«Luego nos despedimos de la montaña, a la cual debemos el haber vivido tan gran aventura».

* * *

¿Estoy despidiéndome yo ahora de la montaña, de una idea de montaña que no puede existir sino en la presencia de mi padre?

* * *

De nuevo en el collado. Ahora todo a mi espalda, la montaña y mi padre.

¿Volveré a este lugar algún día? ¿Haré este mismo recorrido sin llevarle cerca de una u otra forma? ¿De qué servirá? ¿Qué clase de recuerdo traeré entonces a estas montañas y qué nuevo barniz pondrán sobre él?

Como si hubiera olvidado su muerte y estuviera convencido de que camina conmigo, me giro para encontrarlo. Pero mi padre no está, detrás de mí no hay nadie, su rostro ya no existe. Están, sin embargo, las montañas, esas montañas que no espero y que me sorprenden, esas montañas que él gustaba de ver así, repentinas, y es entonces que las enfrento por primera vez de esa manera que quiso mostrarme tantas veces. Y sí, son hermosas, más hermosas de lo que nunca las he visto, tienen una belleza violenta e impetuosa como él decía, pero nada de ello puede compararse a la mirada de mi padre como la recuerdo en este mismo lugar, a su estampa de vigía enamorado del paisaje.incluso

Me hablan las montañas en la misma lengua en la que él las escuchaba. Pero es solo a través de su voz que soy capaz de comprenderlas.

* * *

No he sabido nunca mirar las montañas. Me ha faltado esa intensidad en el mirar que él sí tenía, la punta de pasión que cambia lo que uno entiende frente a sí. No me importaba, porque estaba seguro de tenerla ante otras verdades, allá donde apuntaban mis inclinaciones, y eso era lo importante: encontrar en la vida algo que saber mirar y de lo que nutrir cada cual sus propios sueños. Ahora me siento aún más torpe interpretando estos paisajes, desenfocados por el recuerdo y el peso que tuvieron en su vida.

Entre las responsabilidades que heredamos está también la de honrar aquello que el otro amaba, continuar su compromiso con una forma de apreciar la vida. Pero qué sé yo de estas montañas, de la vista desde esta altura, si no fui capaz de aprender entonces su significado.

Heredamos el dios ajeno, pero no la liturgia ni los ritos. No la manera de venerarlo ni el protocolo para someterse. No la fe imprescindible, sino solo el nombre de una verdad que no entendemos.

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