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Mi hija era pequeña, todavía en esa edad en la que uno no es consciente de lo caprichosos que son los idiomas. Le hablábamos a menudo de los Pirineos, la llevábamos con nosotros a hacer algunas excursiones por aquellas montañas, y ella, con su conocimiento aún tierno del idioma, había deducido que si esa cordillera de muchas cumbres se llamaba los Pirineos, cada una de ellas era un pirineo. «Quiero subir ese pirineo, papá», me decía. «¿Cómo se llama ese pirineo que tiene más nieve?».

Como aquella ocurrencia suya tenía que ver con montañas, se la conté a mi padre.

—Ya te llevaré yo a subir algún pirineo cuando seas grande —le decía, y se le veía en la cara una punta de ilusión.

Ahora mi hija ya no se equivoca cuando habla, y hace tiempo que no acuña sus propias palabras. Sabe nombrar los relieves con toda exactitud, conoce los nombres que lo cuentan en más idiomas de los que mi padre nunca llegó a aprender. Pero ya no tiene un abuelo con el que subir una montaña, una cima, un monte, un pirineo.

* * *

Fui yo, no mi padre, quien llevó a mi hija de nuevo a los Pirineos, aunque no alcanzamos ninguna cima. Miramos desde abajo las paredes y le enseñé los nombres de los picos que yo conocía. Algunos de ellos sé que los escaló mi padre, le recuerdo contándomelo, y sentí el deseo de decírselo para que también ella fuera partícipe de esa parte de la historia familiar. Pero no lo hice. En su lugar, le hablé sin más las montañas e intenté instigar su curiosidad para ver si en esa conversación ella acababa por mencionar a mi padre. No fue así. Preguntaba, se maravillaba de esas alturas, pero aquel escenario no le traía al abuelo a la memoria. Sencillamente, ese binomio no formaba parte de su imaginario.

Me sentí frustrado. Por alguna razón, yo estaba convencido que cualquier ocasión así habría de desembocar en un recuerdo de mi padre, que relacionarlo con toda clase de montañas era un conocimiento innato y no algo que yo debiera enseñarle. ¿Cómo podía ser que mi hija, su nieta, no supiera que la montaña y él eran sinónimos dentro de esta familia?

Se acercó a mí y señaló una pared que le debió llamar más la atención. No era especialmente imponente.

—Papá, ¿tú crees que hay gente que puede subir por esa pared? —me preguntó.

Yo no sabía si mi padre había escalado esa montaña en concreto, pero estaba seguro de que podría haberlo hecho, de que entraba entre sus posibilidades de entonces. Tampoco dije nada, no le hablé de que su propio abuelo habría sido capaz de algo así. Le respondí que sí, que todas las paredes que ve hay alguien capaz de escalarlas, que a todas las cumbres de esas montañas ha llegado ya alguien. Puso cara de asombro.

Ese gesto suyo de sorpresa se llevó mi frustración. En esa admiración entendí un reconocimiento indirecto, sutil, hacia ese lado montañero de mi padre que ella parecía no conocer. Me pareció incluso más hermoso que oírla hablar de él.

Cuando otro día estuvimos frente a alguna de las montañas que sí sé que él subió, se las señalé y le pregunté lo que le parecían, si las veía igual de inaccesibles, y le aseguré que también aquellas había alguien que las había escalado. Ella repitió su cara de sorpresa, como preguntándose quiénes serían esas personas capaces de tal gesta. Yo estuve a punto de llorar.

—¿Te acuerdas de cuando creías que cada una de estas montañas se llamaba un pirineo?

Ella sonrió.

* * *

Pirene conoció a Hércules y ambos se amaron, pero él la abandonó para ir a cumplir el décimo de sus doce trabajos: robar el ganado del gigante Gerión. Cuando Gerión supo del robo, buscó venganza y mató a Pirene. Hércules, en recuerdo de ella, comenzó a apilar piedras para construir el más enorme de los mausoleos. Y así fue, cuenta la leyenda, que nacieron esas montañas.

Ojalá, papá, en lugar de este libro yo pudiera con mis manos levantar una montaña en tu memoria.

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