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Este es el lugar. Podría ser cualquier otro cercano, pero este parece hermoso. Le habría gustado. Lo imagino aquí parado, haciendo un alto con la mirada perdida hacia las cumbres. Me diría algo, unas palabras sin mucha sustancia, y yo le respondería con otras similares. Se le vería feliz, con esa felicidad suya tan simple, sin estridencias.
Voy a llorar, lo sé. Nada sorprendente, soy de lágrima fácil, aunque será la primera vez que lo haga en la montaña. Yo, que he llorado en tantos lugares, no recuerdo haberlo hecho nunca entre montañas.
Al contrario que mi padre, no puedo decir que la montaña ha sido un escenario en el que he encontrado mis mayores alegrías, pero sí que es de los que menos tristezas me ha visto sufrir. Quizás porque la mayor parte de mis montañas las conocí junto a él.
Me gusta pensar que él tampoco lloró en lugares así, que solo conoció buenos momentos. Que no vino a dejar pena ninguna ni partió llevando más de las que ya arrastraba. El simple disfrute del paisaje y el aire fresco, la buena compañía de otros iguales, eso y no más quiero pensar que tuvo en la montaña.
Que dejáramos las cenizas al pie, no en la cima, tal era su deseo. Eso se deduce de sus palabras, y me gusta creer que era porque valoraba igual el arranque que la culminación, la falda que la cúspide. Para él la montaña era todo, no solo esa gloria de lo más elevado. Igual que un árbol no puede entenderse sin sus raíces.
En la bajura, en el cimiento mismo del monte, aquí es donde veía su lugar último.
Las cenizas de su mejor amigo también están en la montaña, pero lejos de aquí. En otra sierra, en otro pico que aquel amaba del mismo modo que mi padre amaba este, y del que decía haber perdido la cuenta de las veces que lo había subido.
No era así en el caso de mi padre. Él llevaba bien sus cuentas en esta montaña, e incluso a veces fantaseaba con que la cifra de sus ascensiones llegaría algún día a la centena. No recuerdo el número exacto, pero no andaba lejos, quizás serían ya ochenta o noventa las ocasiones en que había subido. Muchas de ellas junto a mí. Un valor que ya no habrá de cambiar y que queda ahora sin significado, testimonio de un desempeño interrumpido, como tantas cosas.
¿Cómo se abandonan las cenizas de alguien? Ni siquiera sé cómo formular esta pregunta, con qué verbo nombrar lo que voy a hacer. ¿Dejar? ¿Depositar? ¿Esparcir? ¿Arrojar? Cuando él nos hacía saber su voluntad, ¿con qué palabras lo hacía?
¿Las vierto en un lugar concreto o las disperso? ¿Las dejo caer o las lanzo al viento? ¿Sujeto solo la urna o debo meter en ella la mano? ¿Tengo que volver a tocar a mi padre de esta manera?
Todo me parece vulgar, insuficiente.
Entre las fotos que enmarcó y puso en casa, hay una en la que salimos mi hermana y yo. En el circo de Gredos, de una vez que fuimos en familia. Nosotros en primer plano, y detrás los tres pilares que llaman los «Tres Hermanitos». Los de roca junto a los de carne y hueso, un pequeño guiño para el conocedor de esas montañas. Su manera de conjugarnos con su amor por estos lugares.
También ahora estamos los dos, ella y yo, más cercanos que nunca, en la montaña igual que entonces, pero la manera en que él nos acompaña es distinta. ¿Imaginaría él que esto habría de suceder, que vendríamos juntos a despedirle? Otro paralelismo, esta vez entre nosotros y nuestro propio pasado, cuando él podía acompañarnos, hacernos una fotografía, mirarnos como a otra parte más del paisaje de su vida.
Qué sencillo imaginarle aquí lleno de vida. Una figuración dinámica, exuberante. Y sin embargo, todo lo que dejamos de él es un resto vacío e inerte, incapaz de sentir el lugar.
Las montañas, pese a todo, seguirán siendo una representación de su vida, no de su muerte. Les confiamos no el cuerpo, sino la memoria. Venimos a salvaguardar el recuerdo, a asegurarnos de tener en ellas, siempre disponible, una manera inmediata y efectiva de invocarlo. Una regla mnemotécnica para llegarnos hasta lo que de él supimos.
Las pasiones que guardamos son el vocabulario con el que otros vendrán a leernos un día. Venir a la montaña será ahora abrir un diccionario en el que encontrar las palabras con las que interpretar el recuerdo de mi padre.
Nunca fue a poner flores a ninguna tumba. No entendía la costumbre, le parecía simplemente un protocolo vacío. Supongo que, de conocerla, le habría resultado igual de insustancial la práctica judía de dejar no flores, sino pequeñas piedras, aunque quizás la encontrase más simpática. En cualquier caso, tampoco nosotros vamos a honrar este lugar de ninguna de esas maneras.
Pero lo hará la montaña.
Donde ahora están sus cenizas, estas montañas pondrán flores y musgos y hierbas; dejarán rocas, piedras de toda talla, quizás algún montañero levante un hito para guiar el camino de otros; cubrirán lo que queda de él con tierra y en los inviernos algo de nieve.
Será la montaña quien venga puntual a celebrarlo.
«Guía de montaña. Ciudadano del mundo. Amigo». Así reza el epitafio de Heckmair en el cementerio de Oberstdorf, en Bavaria.
La lápida de mi padre es la mera roca de las montañas. Su epitafio, esa frase suya pronunciada desde lo alto del collado, las palabras que mi hermana y yo nos hemos dicho mientras veíamos caer el montoncito de cenizas. Acaso este libro.