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Una de las historias que más contaba, con especial delectación:

Estaba en Pirineos con unos amigos. En su mochila llevaban material de escalada, saco de dormir y algo de comida. No contaban con pasar allá arriba más de una noche, pero les pudo el éxtasis montañero y quisieron quedarse más tiempo en la montaña, encadenaron un puñado de ascensiones, hicieron uno o dos vivacs más de lo que habían planeado pese a quedarse pronto sin alimento. Volvieron famélicos pero exultantes, y en el pueblo al que regresaron no había más que un bar en el que lo único que servían eran huevos fritos. Mi padre comió una docena. Esa era para él no solo la anécdota de aquella historia, sino también la hazaña, la verdadera conquista de esos días. Qué divertido era verle contarla, con ese orgullo que a veces ni uno mismo comprende de dónde viene.

Cuando yo era niño jugaba en un equipo de baloncesto. Los sábados teníamos partidos, y en uno de ellos, al acabar, nos quedamos junto a un parque a esperar a que llegara el autobús que nos llevaba a casa. Cerca había una pastelería donde cada cual compró algo para la espera. Yo, dos donuts de chocolate.

Acabé de comerlos y quise más. Me permití un capricho de glotonería y compré otro par. Y como quedé aún con algo de hambre y el autobús tenía retraso, cedí a mi gula y redondeé a media docena. Me acordé de la historia de mi padre, y aunque ya estaba más que saciado, se me ocurrió que podría imitarle en aquello. De una manera al parecer discreta, repetí la operación otras tres veces sin que mis compañeros se percataran de ello, entrando y saliendo de la pastelería hasta completar la docena. Lo hice forzado, casi a disgusto, pero había algo que me empujaba hasta esa cifra para poder después decirme a mí mismo que yo también era capaz de llevar a cabo esa clase de proezas.

Nunca había tenido interés en repetir los logros montañeros de mi padre, tampoco en imitar cualquier otro de sus talentos, pero aquel camino del empacho me pareció de pronto el más eficaz para ser como él, para sentirme tan grande como él.

Le oí contar esa historia alguna que otra vez después de aquello. A veces a mí directamente, como si creyera que yo la había olvidado; otras, a alguien nuevo que debía desconocerla. Y no sé bien si era su memoria la que fallaba o la mía la que lo había hecho entonces, pero en el relato ya no aparecían esos exactos doce huevos, sino tan solo ocho. Resultó que su gesta era menor de lo que yo la creía, y eso no solo no engrandecía mi intento de imitarle, sino que lo convertía en algo aún más ridículo.

Es lo que se espera de un hijo: que magnifique todo el desempeño de su padre hasta transformarlo en leyenda.

* * *

Heckmair, tras volver de la norte del Eiger:

«Puede decirse que no hemos comido nada durante tres días, así es que no conseguimos vernos hartos: seis filetes por persona, sin contar los demás platos y postres, desaparecen ante los atónitos ojos del público».

* * *

Tenía otras historias así, de hambre y de víveres escasos. Todas simpáticas, sin ningún drama, porque la carencia obedecía solo a un fallo de previsión, a un cambio de planes hecho al calor de ese deseo suyo de permanecer el mayor tiempo posible en las alturas, o incluso a una simple muestra de fanfarronería juvenil. Las contaba siempre con humor, con más ilusión incluso que las de otra clase.

Más allá de esos episodios, lo cierto es que prestaba especial atención a la comida que llevaba a la montaña. Siempre le gustó la cocina, se le daba bien, y preparaba la vitualla con tanto mimo como lo hacía con el resto del equipo.

Ese apartado de sus costumbres montañeras lo conozco de primera mano, porque siguió haciéndolo todo de idéntica manera en las excursiones que más tarde él y yo haríamos. Salíamos a pasar el día al campo, o quizás con idea de hacer noche, y le dedicaba tiempo y cuidado a preparar el alimento. Nada de soluciones sencillas, sino platos elaborados, preparaciones que uno diría que no encajaban en la parquedad de la experiencia montañera. Para él era importante disfrutar, obsequiarse una cena sabrosa antes de meterse en el saco, porque qué lugar mejor que en mitad de la montaña para convertir esta en algo especial. Tal era su filosofía: llevar a ese escenario aquello en lo que encontraba felicidad, para así realzarlo. Tengo un recuerdo feliz de todas esas ocasiones, los dos sentados sobre una piedra, a mediodía o viendo esconderse el sol al final de la tarde, compartiendo nuestra comida.

Entre los útiles que representan su dedicación a la montaña, junto a crampones, piolet, cuerda o saco de dormir, hay otros más prosaicos pero no menos relevantes. Por ejemplo, la tartera metálica que siempre utilizó, y que, a diferencia de las otras piezas de su equipo, también yo llevé conmigo años más tarde.

Era él quien se encargaba muchas veces de prepararla. Si sabía que yo iba a ir al monte con unos amigos, la noche antes cocinaba para mí, y en la tartera, de dos pisos, ponía dos platos distintos. Luego añadía unos cubiertos, una servilleta, lo metía en una bolsa de plástico y cerraba con una goma elástica alrededor. Lo dejaba en la mesa de la cocina, de donde yo lo recogía. Y horas más tarde, mientras mis compañeros daban cuenta de un bocadillo, una mera tortilla, un filete empanado, yo hacía lo propio con mi menú ante la envidia de todos ellos.

Esa era su manera de cuidarme, su modo de supervisar mi actividad sin inmiscuirse más de la cuenta. Podría haber sido más paternalista, apelar a su mayor experiencia montañera para opinar sobre la ropa o el resto de lo que había en mi mochila, pero se limitaba a aquello. Y aunque ahora tuviera una colección de fiambreras probablemente mejores, usaba siempre aquella suya de entonces, con su aspecto robusto, antiguo. Supongo que le haría ilusión ver que seguía siendo válida y capaz de dar servicio.

Lo curioso, según lo veo ahora, es que yo no sentía orgullo por ser el que mejor comida llevaba consigo, o por tener un padre tan diestro en la cocina, o ni siquiera por saber que mi padre se preocupaba por mí más de lo que lo hacían con sus hijos los del resto de mis amigos. El mío era un orgullo salvaje, aventurero, agreste. El orgullo montañero de saber que mi padre hacía aquello por conocer lo que significaba comer en la montaña, por haber experimentado él mismo el placer de combinar el buen paladar y el paisaje y el aire libre. Y yo me apropiaba de su categoría montañera a través de la comida y de aquella tartera que representaba la gloria de ese pasado suyo en la montaña. Yo estaba allí, no guardaba interés por las cimas, tenía aspiraciones simples que no iban más allá de caminar y charlar con amigos, pero canalizaba para mi propio renombre la excelencia alpina de mi padre de aquel modo.

El orgullo, más que ningún otro sentimiento, es asunto que se nutre de símbolos.

* * *

En una página Web que sé que mi padre consultaba, leo la actualidad alpinística y pienso que todo ello sucede ahora sin que él tenga noticia de esos logros. ¿De qué sirven entonces si no está para conocerlos?

«Conquistar lo inútil» es ahora más inútil que nunca. ¿Para qué narrar esas hazañas si mi padre no va a recibir recuento de ellas? ¿Qué sentido tenían esas conquistas sino el de regalarle un poco de ilusión y de nostalgia? Lo imagino frente a su ordenador, navegando entre esos contenidos, como si él fuera el único destinatario de todo ello.

¿De qué sirven las montañas mismas sin mi padre?

* * *

Pienso en el invierno, en si este año traerá más o menos frío, en el helor de la primera hora de la mañana mientras mi hija y yo esperamos el autobús escolar a la salida del pueblo. Poco después de nacer ella, la estación trajo una nevada que cubrió de blanco todos los campos. Algo excepcional. Desde entonces no hemos vuelto a ver un solo copo.

Pienso en si este año volverá a nevar, y en que me gustaría que así fuera, que nevara tanto o más que aquella vez, que todo se cubriese y no pudiéramos salir de casa.

Pienso en mi padre, porque el frío y la nieve son verdades que he vivido en muchos lugares pero que aun así identifico como algo propio de la montaña, y las montañas son él, y entonces el frío y la nieve son él aunque yo sepa que las amaba en cualquier circunstancia.

Pienso en mi hija recogiendo nieve entre sus manos y lanzándome una bola mientras ríe, y en que mi padre no estará para verlo si es que así sucede. En que la próxima vez que nieve aquí, este año o quién sabe cuándo, mi pueblo será un poco más montaña, un poco más mi padre, pero sin él. Como si la vida se tomara el esfuerzo de disponer un escenario perfecto, sin saber que ya no hay quien merezca ocuparlo.

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