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La mayoría de las notas que tomé para escribir este libro las escribí en estaciones de tren, lugares en los que aprendí a encontrar una cierta fuente de inspiración mientras esperaba y veía pasar la gente de camino hacia sus destinos. Me gustaba llegar con antelación, a veces dos o tres horas antes, y sentarme en una sala de espera o un simple banco apartado con algo de comer y una cerveza, anotar ideas, y después sin prisa comprar tal vez algo para el viaje en alguna de sus tiendas.Pronto descubrí que muchas de aquellas personas que abarrotaban las estaciones esperaban trenes que partían incluso más tarde que el mío, y esperaban varias horas con sus grandes bolsos, comiendo, charlando, leyendo un libro o resolviendo un crucigrama. Al igual que yo, staban allí antes de tiempo, y no era una cuestión de puntualidad, sino de no considerar como perdido el tiempo que uno pasa allí aguardando la salida del tren. En cierto modo, una parte del calor familiar de los trenes se extendía a las estaciones, y había quienes comenzaban ya allí la experiencia de viajar.
Tobolsk no era una ciudad particularmente relevante en cuanto a trenes, sino más bien todo lo contrario. Su estratégica posición en la confluencia de los ríos Irtish y Tobol perdió buena parte de su valor el día que la ruta del transiberiano se trazó a pocos kilómetros al sur de allí pero sin cruzar por la ciudad. La antigua capital de Siberia quedaba ahora fuera de la principal arteria ferroviaria rusa, bien comunicada con ella pero al margen de ese eje vital que había llevado el desarrollo a toda una región. El tren, o la falta de él, había condenado a Tobolsk a lo que ahora era: una ciudad con un desarrollo que no se correspondía con el que había tenido tiempo atrás, pero que era también una ciudad recoleta y atractiva para el viajero, probablemente mucho más de lo que habría sido de seguir una evolución distinta.
Llegué a Tobolsk desde Novosibirsk poco después de que hubiera anochecido, compartiendo espacio con una pareja de unos cincuenta años y una mujer mayor. La pareja continuaba viaje hacia Surgut. La mujer, por su parte, se bajaba conmigo en Tobolsk, y me ofreció ir con ella hasta el centro. Su marido estaría esperándola y tenían sitio en el coche. La estación era en realidad un apeadero a unos cinco kilómetros del extremo más cercano de la ciudad, y aunque los autobuses que hacían ese trayecto probablemente se sincronizaban bien con la llegada de los trenes, siempre era mejor aprovechar la experiencia y compañía de un local, así que acepté con gusto la invitación.
La estación tenía dos pisos de poca altura: el inferior donde se encontraban las taquillas y el superior que daba acceso a las vías y tenía algunos bancos donde esperar. Seguí a la mujer, que me guió por unas escaleras que bajaban directamente hasta la explanada enfrente de la entrada, de forma que no era necesario atravesar el edificio. Nevaba ligeramente y las escaleras estaban resbaladizas. Ella se agarró con fuerza a la barandilla y miró hacia atrás para asegurarse de que yo hacía lo mismo.
Su marido era un hombre corpulento que se apresuró a salir de un viejo Lada blanco tan pronto como la vio llegar. Me dio la mano con un gesto seco mientras ella me presentaba. Vestía una gorra de pana marrón con orejeras e interior de pelo, un pantalón militar y una chaqueta negra. En la mano derecha tenía algunos tatuajes pequeños, descoloridos, más un borrón de tinta que un dibujo, y en los que apenas podía reconocerse forma alguna. Su aspecto contrastaba con el de la mujer, sencillo pero con cierto estilo, y sobre todo con la impresión de mujer inteligente y educada que me había dado en el tren al hablar con ella.
Me dejaron en el centro y me recomendaron un hotel cerca de allí, aunque no estaban muy seguros de que fuera efectivamente la mejor opción de la ciudad.
No hice mucho más esa tarde que dejar mis cosas en el hotel y salir a comer algo, y después leer en la habitación algunos apuntes sobre la ciudad que había recopilado antes de salir. La recepcionista me indicó que mi habitación estaba en el segundo piso. La dezhurnaya, la mujer responsable de ese piso, me esperaba en un cuarto justo enfrente del ascensor y me pidió el pequeño papel donde estaba apuntado mi nombre y el número de la habitación que me correspondía. Me condujo hasta ella y después de darme la llave me recordó previsiblemente que podía avisarla si necesitaba algo. Antes de irse, no pudo reprimir su curiosidad y me preguntó de dónde era. Le respondí que era español y ella hizo el típico comentario de que allí probablemente hacía más frío que en España. Los dos nos reímos sin demasiado entusiasmo.
Aquellas fueron las únicas palabras que intercambié durante toda mi estancia en la ciudad. Tobolsk fue para mí un lugar silencioso donde no tuve conversación alguna. Me ocupe tan solo de observar y visitar rincones en silencio.
* * *
Resultaba extraño pensar que la última ciudad siberiana de mi viaje era en realidad uno de los orígenes de Siberia, de donde las raíces históricas y culturales de esta región tomaban buena parte de sus ideas fundamentales. Hasta allí habían llegado las tropas de Yermak en aquella primera avanzada colonizadora del siglo XVI, y el asentamiento que fundaron se había convertido en la capital de Siberia por mérito propio. De la importancia de aquellos tiempos y de los posteriores le queda todavía mucho a Tobolsk en su encarnación actual, quizás no tanto por cuanto existe en la ciudad, sino por su actitud, por su forma de ser y su atmósfera, como la actitud de un viejo galán que ha perdido su atractivo pero no su estilo. Tobolsk desprende una sencillez y una humildad reconfortantes, mezclando los vestigios de su pasada grandiosidad con signos cotidianos de una población rusa cualquiera, nada pretenciosos. Una parte de la ciudad parece recordarle a uno lo que en otros tiempos fue, mientras que otra parece ignorarlo y representar un día a día de lo más mundano.
La joya arquitectónica de Tobolsk es, sin duda, su kremlin, un complejo fortificado bien preservado y lleno de edificios interesantes, situado sobre un promontorio a la orilla del río. Tras él, sobre la elevación donde la fortaleza se asienta, se extiende un Tobolsk actual con avenidas amplias y bloques de casas altas de la última mitad del siglo pasado, pegados unos a otros en algunas partes y poco densos en otras, salpicados entre zonas sin construir. Aquí, Tobolsk es simplemente una ciudad común, sin nada especial, con algunos detalles renovados y otros muchos aún viejos, como en tantas otras ciudades rusas.
Cuando uno desciende hacia la parte baja sobre la que domina el kremlin, se tiene sin embargo la sensación de caminar hacia ese Tobolsk antiguo del que arranca la historia de Siberia. Los grandes edificios impersonales dan paso a casas de poca altura, isbas de madera esparcidas en calles amplias e irregulares con un firme de tierra que asoma de entre la nieve en algunos lugares. Aquí y allá, visibles desde lejos sobre el perfil bajo de las casas, aparecen iglesias de paredes desconchadas con un porte viejo, como dominando cada una de ellas su pequeña parte de ciudad.
Había mucha menos gente en esta zona de la ciudad. Los autobuses, decrépitos y casi vacíos, se detenían frente a las iglesias para dar forma a una estampa que unos cientos de metros más allá, en la nueva realidad de Tobolsk, parecía inverosímil. En lugar de una ciudad dividida en dos partes, parecían la unión de una ciudad y un pueblo sencillo, solo separadas por un talud sobre el que el kremlin, como perteneciendo a ambas, presidia las dos realidades.
Paseé sin rumbo callejeando de un lugar a otro, caminando entre las iglesias y casas y perdiéndome por las zonas intermedias. Era un entorno lleno de imágenes pintorescas, y con el sol brillando era fácil encontrar ángulos que quedarse observando.
Al anochecer, cogí un autobús que llevaba desde el centro hasta la estación del tren, deshaciendo curva por curva el camino que había hecho en coche el día anterior. Quería comprar un nuevo billete que me siguiera acercando hacia Moscú, a ser posible en un par de días. Fui el único en bajarme del autobús en aquella parada, y al entrar me encontré el piso inferior casi vacío. La estación era pequeña, pero aún así esperaba encontrar más gente, como corresponde en un país donde hacer cola para comprar un billete parece ser una parte intrínseca de todo viaje.
Que Tobolsk no era una ciudad de trenes era fácil intuirlo sin más que echar un vistazo rápido a su estación. Símbolos de tiempo atrás poblaban la estancia, indicando el poco esfuerzo que se había hecho por cambiar nada. En las paredes, las frases escritas con colores ya apagados instaban a los camaradas viajeros a respetar la fila o guardar silencio, en ese lenguaje soviético que delataba que desde entonces no habían recibido aquellos muros ni una sola mano de pintura.
Compré mi billete y fui hacia la izquierda de la sala, donde se encontraban las puertas de los aseos. Igual de abandonados que el resto del edificio, los servicios estaban sucios y deteriorados, y en una de sus paredes sobre los azulejos estaban pintadas las letras de una consigna: No está limpio allí donde se limpia, sino donde no se ensucia. Junto a ella había una larga pila sucia a poca altura sobre la cual asomaban algunos grifos finos y oxidados, y encima de estos otra frase más de aviso para el visitante: Prohibido limpiar zapatos.
Al salir reparé en un aparato solitario que de lejos podía parecerse a un cajero automático. Tenía dos bloques de botones prominentes a izquierda y derecha, y un cristal amplio por el que se veía el interior. La caja era de metal grueso, robusto y sin pulir, del mismo tipo que los elementos que uno encontraba en un tren ruso, elementos hechos para resistir en los que primaba la durabilidad sobre la funcionalidad. Debía tener unos cuarenta años al menos. Tras el cristal había una especie de gran cuaderno de anillas, un archivador con pesadas hojas que mostraba los horarios de cada línea.
Los botones tenían anotados los nombres de algunas ciudades rusas, representando los del lado izquierdo las ciudades de origen y los del lado derecho las de destino. Apreté uno de los de la izquierda hasta que quedó pulsado, haciendo saltar el anterior. Después hice lo mismo en el lado derecho. Las hojas empezaron entonces a pasar una tras otra rítmicamente hasta que quedó visible la línea que unía esas dos ciudades. Sorprendido, me quedé un instante observando con la mirada perdida al fondo de la máquina, tras el cristal en el que se reflejaba débilmente mi cara, intentando averiguar cómo funcionaba aquello.
Al cabo de unos segundos, volví a seleccionar dos ciudades más para contemplar de nuevo aquel curioso espectáculo. Los pequeños goznes tenían un sonido musical que se unía al rugir del aparato, y era agradable no solo ver, sino también escuchar su funcionamiento.
Probé con otros dos botones y me di cuenta de que la poca gente que había en la estación me miraba con algo de extrañeza. Estaba claro que la máquina, pese al interés que pudiera despertar, no era mucho más útil que un tablón lleno de horarios, y además yo acababa de comprar mi billete, así que era fácil ver que hacía aquello únicamente por ver pasar las paginas y accionar aquel mecanismo. Algo que, a juzgar sus miradas, probablemente ellos no apreciaban del mismo modo que yo.
Me alejé del aparato hasta la puerta de entrada y me quedé observando, esperando a que el autobús de regreso a la ciudad apareciera a lo lejos antes de salir a su encuentro.
* * *
—Documentos, por favor —dijo el oficial de la militsia con un gesto altivo tras el que, sin embargo, no se intuía demasiado convencimiento.
Yo estaba sentado tranquilo en un banco solitario desde el que le había visto venir, y sabía bien que acabaría pidiéndome el pasaporte. Pasó por delante de las pocas personas que había esperando el tren, hizo incorporarse a un hombre visiblemente borracho que dormía tumbado a los pies de otro banco, y después vino hacía mí despacio, demorando el encuentro simplemente para darle algo más de trascendencia a aquella aburrida rutina.
Saqué mi pasaporte y se lo entregué. Miró con curiosidad la funda negra de letras rusas, quizás sorprendido pensando que dentro de él había un pasaporte ruso pese a que mi apariencia indicaba lo contrario. Cuando lo abrió y vio un pasaporte extranjero, esbozó un gesto de interés tras el que se advertía que aquello cuadraba mucho más con sus expectativas. Pasó algunas hojas despacio, aparentemente sin ningún propósito. Parecía algo perdido, como si no supiera bien lo que buscaba. Mientras él exploraba el pasaporte, le eché un rápido vistazo aprovechando que no me miraba. Tenía algo menos de cuarenta años, y era muy delgado, tanto que la gorra del uniforme, grande de por sí, parecía una enorme pamela en su diminuta cabeza. Aunque su gesto era serio, daba la impresión de ser una persona con buen humor que tan solo representaba el papel que le correspondía.
Seguía pasando las hojas con parsimonia y aparentando estar poco o nada seguro de lo que le correspondía hacer, y por un momento pensé en indicarle dónde estaba aquello que debía revisar, pero pronto me di cuenta de que no era una buena idea. De cualquier modo, si le dejaba hacer, acabaría mirando todas las hojas y comprobaría que todo estaba en orden, así que era mejor esperar y no hacer nada que pudiera contrariarle.
—¿Y su pasaporte en ruso? —preguntó de pronto.
—¿Perdón?
—¿No habla ruso?
—Sí, sí, pero no entiendo lo que quiere decir —le repliqué sorprendido.
—Necesita un pasaporte en ruso, este no sirve—. Blandió el pasaporte con su mano izquierda mientras hablaba.
Me quedé un instante sorprendido y él me miró con un punto de apremio, como esperando que dijera algo rápidamente.
—No es cierto —respondí con energía pero sin levantar demasiado la voz.
—Sí lo es. Está usted en Rusia y necesita un pasaporte en ruso —repitió. Su voz sonaba tranquila.
Superé mi inicial sorpresa e intenté adivinar qué se escondía tras aquella petición inaudita. Estaba claro que no podía hablar en serio; no podía desconocer algo tan básico como que en otros países no expiden pasaportes escritos en ruso. Alguien como él, al servicio del gobierno más burocrático del planeta, no podía estar diciendo eso en serio, aunque lo cierto era que parecía completamente convencido de ello. Probablemente estaba aburrido a esas horas de la noche y aquello era un pasatiempo que, si tenía suerte y daba con algún turista inocente, podría reportarle algunos rublos extra además de algo de entretenimiento.
—No necesito un pasaporte en ruso. Me han parado muchas veces y sé que está todo en orden —mentí. Aquel viaje estaba siendo extrañamente tranquilo y no me habían parado todavía ninguna vez. Aún así, estaba seguro de tener todo en regla.
Me miró con gesto cansado y negó con la cabeza.
—Aquí está el registro —le dije mientras le mostraba el papel del registro, que estaba guardado en una solapa de la funda, y me alegré de al final haber registrado mi pasaporte antes de salir de Moscú.
Lo cogió y le echó un vistazo por encima con la misma indiferencia con la que había mirado antes el resto del pasaporte. No tenía mucho interés en comprobar nada, y tan solo perdió algo de tiempo para que no pareciera tan obvia su falta de atención. Me miró y yo le hice un gesto de duda esperando que me confirmara que aquello era suficiente. Pero volvió a negar con la cabeza.
—Necesita un pasaporte en ruso —fue lo único que dijo.
No era la primera vez que me topaba con un miembro de la militsia más pertinaz de lo deseable, aunque normalmente solían desistir rápido cuando veían que no era fácil sacar nada, y si insistían no era con estrategias tan inverosímiles como aquella. Tenían mejores formas de perder el tiempo y, si el lugar era turístico, era más eficaz abandonar y buscar otro turista que constituyera una presa más fácil. Pero aquel no tenía nada mejor que hacer y probablemente no hubiera otro extranjero a quien instigar en kilómetros a la redonda.
Discutimos durante algunos minutos, pero no parecía dispuesto a ceder. Yo le daba ejemplos para contradecir su postura, pero era obvio que no se trataba de un duelo de argumentos, sino de mera paciencia.
—Si usted viaja a España, ¿necesita un pasaporte en español? ¿Puede conseguir un pasaporte ruso en español?
—No es lo mismo. Ahora estamos en Rusia, y necesita un pasaporte en ruso. No basta con el visado —repitió una vez más.
La discusión era, cuando menos, curiosa. Yo seguía intentando dar razones, pero no me enojaba al ver que aquello no surtía efecto, y él se mantenía igualmente tranquilo. En ningún momento hizo amago de utilizar su posición de poder, ni probablemente lo haría porque sabía que estaba engañándome y que yo era consciente de ello, así que simplemente intentaba cansarme. A veces, incluso se le escapaba alguna sonrisa, y acto seguido volvía a repetir las mismas frases, como si hubiera estado a punto de rendirse y claudicar, pero quisiera hacer un intento más por convencerme. Después de haber perdido el nerviosismo inicial, yo comprendía perfectamente la situación, y le seguía la corriente sabiendo que o bien se cansaría pronto, o bien conseguiría vencerme y me tocaría pagarle algunos rublos, probablemente no más que el equivalente a un par de cervezas.
Al final, acabó devolviéndome el pasaporte sin darme más explicaciones y me miró con una cara alegre, admitiendo deportivamente la derrota.
—Gracias —me limité a decir. Él no respondió.
Se alejó tan lentamente como había venido y desapareció por la escalera hacia el piso de abajo. Las demás personas de la sala miraban ahora en dirección a mí con cierta curiosidad. Todas esperaban mi mismo tren, que saldría en poco menos de una hora.
Era una estación peculiar, pensé. Saqué mi libreta y anoté los detalles de esta historia antes de que se me olvidasen.