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Los rusos gustan de contar la edad de sus ciudades y celebrar cada aniversario como si de la fiesta de cumpleaños de un niño se tratara. Las calles se adornan ese día con carteles que celebran un año más en la vida de la población y proclaman orgullosos la cifra exacta transcurrida desde su fundación con frases algo cursis como «¡Feliz 542 cumpleaños, mi querida ciudad!» colgando de las paredes de edificios grandes y pequeños. Aunque toda ciudad del mundo tiene su día del año en que festeja de un modo su historia, y las rusas no son una excepción, allí las cifras cobran un significado especial en ese día, ya sean ciudades ancianas con un largo camino a sus espaldas o asentamientos recientes que obedezcan no más a algún capricho estratégico-político de la era soviética. Todo ruso conoce la fecha exacta en la que se fundó su ciudad y tal vez la edad de algunas poblaciones vecinas, y sin saber a ciencia cierta el porqué, asume ese dato como relevante.Comparada con otras ciudades rusas, Novosibirsk es aún muy joven. Por las calles podían verse todavía algunos carteles de la última celebración que festejaban sus 106 años de vida, una cifra ridícula al lado de los más de 1000 años de Kazán o los 860 de Moscú. Sin embargo, nadie puede negar que la ciudad ha sabido sacarle partido a tan corto periodo de tiempo, habiéndose convertido en la tercera ciudad de Rusia y ostentando la capitalidad de Siberia, una región en la que, en términos de talla y poder, no tiene prácticamente rivales.
La estación de trenes de Novosibirsk es un buen ejemplo de la prosperidad de la ciudad. Las salas de espera son enormes y con asientos modernos aceptablemente confortables. El edificio tiene un interior nuevo y decorado con algunas plantas, y en el exterior hay un gigantesco panel luminoso que, no sin cierto afán de ostentación, informa de la hora, la temperatura o la velocidad del viento, entre otras cosas.
La mayoría de las estaciones rusas tienen un espacio donde pernoctar, conocido como habitaciones de descanso, donde resulta relativamente económico pasar la noche en una habitación compartida, y donde a veces puede incluso pagarse por horas. En lugar de eso, la de Novosibirsk tenía su propio hotel dentro del mismo edificio, aunque no era difícil adivinar que también aquello no era sino mera apariencia, y que esa denominación era un simple juego de palabras para esconder bajo un nombre más elegante las mismas facilidades que otras estaciones —menos refinadas, eso sí— ofrecían.
Decidí probar suerte e intentar alojarme en la estación, probablemente más asequible pese a su sorprendente buen estado, y con toda seguridad menos deprimente que la oferta hotelera de una ciudad como aquella. No tenía intención de quedarme mucho tiempo, así que era una buena opción, y siempre podía después moverme a algún hotel en caso de que quisiera pasar más días.
Me recibió una mujer atenta que me dijo que estaban completos, pero que si quería podía pagar por 12 horas y usar la cama por la noche, cuando quedarían sitios libres. Acepté y le pedí si podía guardarme el equipaje hasta entonces. Con el clásico rictus de negación ruso, me dio a entender que aquello no entraba dentro de sus cometidos, y me dirigió diligentemente a la consigna de la estación. Comparada con la mayoría de recepcionistas con las que había tratado, era de las más amables, así que no protesté y seguí sus indicaciones.
La consigna eran tres habitaciones enjauladas tras una reja de barrotes con una luz amplia entre ellos, cada una custodiada por una mujer, y situadas en el sótano del edificio. Me acerqué a la primera de ellas y la mujer al verme vino rápidamente hacia mí negando con la cabeza y diciéndome que no podía dejar así la mochila.
—Las botas —se limitó a decir.
Deduje que no le gustaba ver mis botas gruesas, que ahora llevaba enganchadas en las cintas laterales de la mochila, una a cada lado, y que aquello debía constituir una irregularidad de suficiente calibre como para que no pudiera aceptar mi equipaje.
Las encargadas de las otras dos jaulas abrieron sus portezuelas para asomarse, e inmediatamente confirmaron mis suposiciones.
—Puede dejarlo, pero tendrá que pagar triple —dijo una de ellas—. Eso son realmente tres piezas.
Deshice el equipaje y lo volví a hacer cuidadosamente, tratando de aprovechar al máximo el espacio para que hubiera suficiente hueco para meterlo todo dentro. Las mujeres me observaban con el mismo aire inquisitorio, con la actitud del profesor que está enseñando a un niño irreverente una lección básica de buenos modales.
Cuando conseguí meterlo todo, me volví hacia ellas y eran tres personas distintas, con rostros de satisfacción, que sonreían y asentían con la cabeza felicitándose a sí mismas. Inevitablemente, me vino a la mente el episodio de aquella noche en Arshan y todas las demás historias sobre las caras ocultas de cada ruso.
Entregué la mochila y la mujer me indicó donde dejarla. Las otras dos volvieron a entrar en silencio en sus jaulas. Pagué y me advirtió que no me retrasara o tendría que pagar otro día más, con una sonrisa que un minuto antes hubiera considerado imposible en ella. Tomé la ficha del resguardo y le dije que no me retrasaría. Después me fui a pasear por la ciudad.
* * *
Había conseguido a través una amiga de Irkutsk el contacto de un profesor de botánica que trabajaba en la universidad de Novosibirsk. La botánica no es uno de mis intereses, pero ella decía que su amigo era un tipo muy interesante con el que me entendería bien, y que además podría enseñarme el tesoro en el que llevaba trabajando durante toda su carrera: la colección de cáctus más grande de Siberia. Tenía su interés aquello de ver una colección tan anodina, es cierto, aunque quizás no la suficiente como para hacer un alto en una ciudad con tan poco atractivo como Novosobirsk.
Decidí, aún así, hacer una parada no por los cactus, sino por aprovechar la oportunidad que aquello me brindaba de poder ver la universidad desde dentro. Pese a no figurar como tales en los destinos de la mayoría de viajeros, las universidades son puntos de interés excelentes, llenos de información sobre la historia de las ciudades y las costumbres rusas.
Akademgorodok —que puede traducirse como «Ciudad Académica»— es una denominación bajo la que se suelen recoger los barrios de las grandes ciudades en los que se concentran los centros universitarios. Junto con los Studgorodok —Ciudad de Estudiantes—, representan la parte de las urbes rusas donde la vida académica tiene lugar. El Akademgorodok de Novosibirsk es, no obstante, distinto de la mayoría de los de otras ciudades. Aunque oficialmente es una parte más de la ciudad, en realidad tiene una identidad propia y puede decirse que más que un apartado académico dentro de esta es un verdadero reducto autosuficiente de ciencia y saber, con un pasado propio donde buena parte de la historia rusa reciente puede explicarse desde el punto de vista del mundo científico. Cuando en Rusia se habla de Akademgorodok sin precisar una ciudad concreta, se está hablando de esa ciudadela de saber a la orilla del Obi, y no de otra de las muchas zonas académicas en otras tantas ciudades de Rusia.
Si Novosibirsk es una ciudad joven con poco más de un siglo de vida, su Akademgorodok, sea como simple barrio o como población por derecho propio, es todavía más reciente. Sin embargo, comparte con aquella una historia rápida e intensa en la que, pese al corto periodo de tiempo, ha logrado alcanzar un lugar importante dentro del panorama ruso. Fundada en 1958 en mitad de un denso bosque prácticamente inhabitado, y junto al mar del Obi, un lago artificial en el río del mismo nombre, Akademgorodok se creó con el objetivo de alojar las mejores facilidades para la práctica científica y, especialmente, a los mejores científicos. Las elites intelectuales habitaban una población que no tardó en convertirse en bastión de la ciencia soviética, y que creció hasta lograr un estatus inmejorable dentro de la comunidad científica de aquel entonces.
La ciudad tiene un diseño moderno, y la huella soviética, aunque innegable, se presenta de una forma más atractiva. Las calles son amplias y los edificios, pese a su aspecto adusto, no son de gran altura y no resultan tan intimidantes. Las aceras son anchas y con vegetación, e incluso en algunas zonas hay carriles--bici, un detalle de urbanismo impensable en el resto de Rusia.
Una de las ventajas de las que gozó Akademgorodok en su época de máximo esplendor fue existir ligeramente al margen del poder central. Su labor científica se desarrollaba con una cierta libertad, a buen seguro bien apreciada por quienes se encargaban de ello. También aquellos no ligados directamente al mundo científico encontraban en Akademgorodok menos trabas para sus actividades, y artistas y pensadores podían expresarse sin apenas impedimentos, prácticamente ajenos a la censura que imperaba en el resto del país. Y, aparentemente, también los urbanistas de entonces disfrutaron de una libertad similar al diseñar la ciudad.
Aunque mantiene parte de su prestigio, Akademgorodok no es ya el enclave privilegiado de aquellos tiempos, y hoy es a partes iguales un símbolo de aquel glorioso pasado y un monumento revelador sobre cuanto queda y cuanto se ha perdido en la academia rusa actual. No solo la ciudad, sino la universidad rusa como tal ya no es lo que era antes. No goza de la importancia de otros tiempos y, sobre todo, no dispone del imprescindible apoyo económico, que ha pasado de ser abundante a ni siquiera alcanzar para la supervivencia de las instituciones. Y, mucho menos aún, de los profesores. Quizás por ello el ámbito universitario sea uno de los más nostálgicos, donde se congregan en mayor número quienes echan de menos los tiempos soviéticos cuando todo era bien distinto para los hombres de ciencia y saber.
En Akademgorodok, la universidad está en un correcto punto de equilibrio entre el pomposo prestigio de los centros de Moscú y las carencias evidentes de los de otras ciudades, y guarda un sinfín de lugares en los que poder recrear parte del papel real que la universidad rusa juega hoy en día. La lista de centros de Akademgorodok está adornada con exóticos nombres como el Instituto Budker de Física Nuclear, el Instituto de Física del Laser o el Instituto de Citología y Genética, que dan una buena idea de la especialización de la formación en sus aulas. Pasada la entrada, y una vez que uno deja atrás denominaciones esotéricas y auras de ciencia futurista, lo que realmente hay no es sino la misma maquinaria burócrata de toda institución rusa —por supuesto con su inevitable entramado de sobornos, donde la gran mayoría de profesores acepta rublos en lugar de preguntas correctas en un examen—, y una falta de medios que se asume ya como algo inevitable.
El profesor era algo mayor de lo que había imaginado pero tan afable y entusiasta como me había dicho mi amiga. Le envié un correo electrónico unos días atrás, y el respondió casi de inmediato, invitándome a pasar a verle por su despacho en cualquier momento de la mañana.
Sin mucho entusiasmo, me mostró la universidad, un par de aulas, el comedor, y finalmente la celebre colección de cactus junto a un estudiante que dijo estar haciendo su tesis con él. Supongo que yo no era el primero al que obsequiaba una visita como aquella, y que sus conocidos debían mandarle amigos de vez en cuando a que los entretuviera con aquello.
No quería molestarle más, yo ya había visto algo de la universidad, que era lo que en realidad me interesaba, y estaba a punto de despedirme de él y dar por terminado el día.
—¿Tienes algún plan para mañana? —me preguntó.
Pensé durante un momento. Lo cierto es que mi plan era comprar esa misma tarde un billete para irme de allí al día siguiente. Sin darme tiempo a responder, interpretó mi silencio como una negativa.
—Por la mañana vamos a ir a los cultivos de bayas en el jardín botánico. Si quieres, puedes venirte.
La propuesta sonaba bien.
—¿Por la mañana temprano?
—Sí, pero no demasiado temprano —dijo sonriendo.
—Entonces sí, me apunto.
* * *
Pasar la noche en la habitación de descanso de una estación de tren es muy distinto a hacerlo en un hotel o incluso en una habitación compartida en alguna pensión. Es más parecido a estar aún en el tren, un tren que no se mueve y con compartimentos algo más anchos, pero un tren al fin y al cabo, donde gentes que se mueven a distintos lugares comparten tiempo y espacio y, la mayoría de las veces, también experiencias e historias.
Resulta obligado preguntar a los compañeros hacia dónde van o de dónde vienen, qué les lleva hacia ese destino y qué les trae hasta aquí, y a partir de ello construir conversaciones y compartir de igual modo comida o bebida. En mitad de la noche uno puede oír cómo alguien abandona la habitación o entra un nuevo huésped, del mismo modo que un tren se detiene en una estación y se escucha el subir y bajar de pasajeros, y las habitaciones a veces dan a los andenes y de fondo se oye sin descanso el traqueteo de los trenes.
Mi habitación de aquella noche en la estación de Novosibirsk estaba vacía cuando llegué, aunque las otras camas estaban desechas y había bolsas y equipaje a sus pies. Al cabo de un rato, un hombre mayor entró llevando en la mano pan y algo de comida. Me dio la mano y se presentó.
—Me llamo Víctor —dijo.
—Yo también —le respondí sonriendo.
—¿Ruso?
—Español.
—Pues tienes un nombre ruso.
—Es un nombre latino —le dije con un gesto amistoso para suavizar que le estaba contradiciendo.
—¡De origen latino, pero Víctor es un nombre típicamente ruso! —respondió rápidamente sin dejar de sonreír, como si no fuera posible discutir aquello.
Se quedó un instante esperando una respuesta por mi parte, pero yo solo le miré y me encogí de hombros, y aquello pareció divertirle más aún. En lugar de decir nada, se retiró hacia su cama. Llenó de agua una taza y enchufó una pequeña resistencia para calentarla. Después sacó una bolsita de té y la puso cerca, lista para sumergirse cuando el agua hirviera.
Estuvimos hablando un par de horas antes de dormir. En las otras camas había dos chicos más jóvenes que llegaron poco después, pero no se unieron a nosotros. Simplemente saludaron y se tumbaron en sus camas, uno de ellos a leer y el otro a escuchar música. El hombre me ofreció comida y té, pero yo ya había tomado algo antes y rechacé su invitación, algo que no pareció disgustarle demasiado y apenas insistió. Sacó una pequeña navaja y cortó pan y algo de embutido. Mientras comía seguía hablando, despacio pero sin pausa, contándome pequeñas historias que esperaba que yo continuara.
—Conoces más Rusia que la mayoría de los rusos. Yo, por ejemplo, nunca he estado en el Baikal —dijo.
Su voz tenía una sinceridad entrañable que ayudaba a dar ritmo a nuestra conversación y la hacía más sencilla. Me quedé callado un instante, buscando una respuesta adecuada que parecía escapárseme.
—Pero me queda aún mucho por ver —añadí.
—Por supuesto, Rusia es enorme.
Ahora fue él quien se quedo un momento pensando.
—¿Sabes? En este país tenemos de todo: tierra, materias primas, una naturaleza increíble. Pero ¿sabes qué nos falta? Te lo voy a decir: inteligencia. No tenemos la inteligencia suficiente para usar todo eso. ¿No te parece?
Me miró fijamente y me mantuve callado, esperando que fuera una pregunta retórica y no tuviera que responderle a aquello. No quería contradecir su teoría, pero confirmarla tampoco sonaba demasiado bien. Le miré aguardando a que continuara con sus ideas.
—Tenemos gente inteligente, pero en este país no hemos tenido más que guerras, una tras otra. Y la guerra se lleva a los inteligentes, así que nos quedamos los que no sabemos hacer mucho. Mírame a mí—. Se llevó las manos al pecho y se rió—. Pero si estuviera en buenas manos, sería mucho mejor de lo que es ahora. Rusia es un país fantástico.
Su planteamiento era tan curioso que ni siquiera me paré a pensar en lo descabellado o acertado que resultaba. La evolución seguía, según él, una dirección distinta en Rusia, donde los más preparados desaparecían en lugar de sobrevivir. Y él no estaba destinado a jugar otro papel que el de amar a su país y ser consciente de un potencial que solo otros podían sacar adelante.
—Todo podría ser mejor en todos sitios —fue lo único que acerté torpemente a decir.
Me miró con un gracioso brillo en los ojos y se echó a reír negando con la cabeza. Me sentí algo ridículo intentando ser demasiado condescendiente, pero lo cierto era que estaba cansado y, aunque la conversación era interesante, me daba pereza discutir aquello con más profundidad y prefería solo escuchar.
Me ofreció de nuevo algo de comida y le cogí un trozo de pan con algo de carne ahumada.
—¿No quieres té?
—No, gracias.
—No tengo vodka.
—Mejor —le respondí exagerando mi cara de alivio. Había tenido ya suficiente alcohol por el momento.
Levantó su trozo de pan en un gesto divertido antes de llevárselo a la boca. Yo hice algo parecido y me quedé mirándole. Aunque no teníamos vodka y no dijimos nada al hacerlo, aquello fue en realidad un brindis en toda regla. Por lo que Rusia era. Y por lo que podría ser.
* * *
El profesor miró su reloj y aceleró el ritmo. Era hora de salir. Les seguí hasta la la parte delantera del edificio, donde nos esperaba un UAZ, inevitablemente de color gris y abollado por los cuatro costados. Venía con nosotros el mismo estudiante del día anterior. Abrió la puerta trasera del vehículo con un ruido estridente, y me invitó a entrar delante de él. La cerró con un golpe seco y nos pusimos en marcha, y pronto nos adentramos en una zona boscosa.
El profesor iba sentado en la parte delantera del viejo UAZ, igual de versátil y fiable allí que sobre los hielos del Baikal, y conducido por un hombre serio que debía pertenecer al personal de la universidad. El camino era estrecho y bacheado, y los árboles se cerraban sobre él. Los asientos de la parte trasera eran incómodos y puestos en los laterales, y no había ningún lugar al que agarrarse para no salir lanzado contra el techo al pasar bache tras bache. El chico me miraba entretenido, claramente más acostumbrado que yo a mantener el equilibrio en vehículos así y trayectos como aquel. Detrás de él, a través del cristal lleno de arañazos, se veía pasar un bosque denso.
Al margen de sus peculiares muestras y sus colecciones, el jardín botánico de Akademgorodok es sobre todo una vasta extensión salvaje de más de 1000 hectáreas que se funde con los bosques densos que rodean la ciudad. Otrora una masa cuidada con cientos de especies distintas, hoy es en su mayoría un vergel abandonado a su suerte donde plantas muy diversas crecen en un decadente abandono lleno de sensualidad. Los fondos actuales se destinan a las colecciones y a la investigación, pero no a la conservación de ese espacio abierto del jardín, hoy convertido en una colección salvaje. Recorrerlo y observar la disposición de los árboles y el ambiente que se respira es como estar en un zoo donde los animales hubieran escapado de sus jaulas y vivieran ahora en una libertad envidiable, mezclados en combinaciones extrañas pero no sin una armonía.
Al cabo de unos minutos, llegamos a un claro en el bosque donde el camino se acababa. Había una verja de poca altura y un par de casetas, y al lado dos grandes depósitos cilíndricos, altos, de hierro parcialmente oxidado. Supuse que allí se almacenaba el agua para regar las plantas, y también que probablemente estuvieran vacíos o tal vez congelados. Algo más allá había un cubículo de madera con un retrete desvencijado, y más a lo lejos se podían ver los invernaderos y las plantaciones de arbustos y árboles de poca altura.
Me dejaron explorar el terreno por mí mismo, simplemente observándome por si había algo que despertara mi curiosidad. El conductor desapareció en dirección contraria, alejándose por el camino por el que habíamos venido.
El profesor paseaba lentamente mirando a su alrededor, y se detenía a tocar algunas ramas con las manos desnudas. Parecía gustarle su trabajo y cultivar aquellas plantas. No en vano, de aquellas ramas salían bayas que eran mucho más que parte de un experimento, y que representaban más que un dulce capricho en forma de fruta.
Las bayas y arándanos son en Siberia mucho más que frutos con que endulzar una comida. Históricamente, el aporte de vitaminas de las bayas ha sido uno de los suplementos imprescindibles para superar la crudeza de un invierno en el que la naturaleza produce poco o más bien nada. La dieta rusa, y la siberiana en particular, están llenas ambas de conservas y encurtidos, de mermeladas y almibares para hacer que los productos más necesarios sobrevivan al paso del tiempo y lleguen hasta el invierno, cuando más se los necesita. Y en este escenario, los pequeños frutos rojos y azulados son la estrella de un menú que se demuestra vital para poder sobrevivir en esas circunstancias.
Toda despensa rusa que se precie está llena de bayas y otras pequeñas frutas con las que se preparan desde ensaladas a compotas, y de grandes tarros de conservas con pepinillos o tomates que apenas han tenido tiempo de madurar y enrojecer. En los mercadillos se venden por docenas tapas metálicas con que sellar tarros de cristal, que habrán de contener gran parte de las reservas de vitaminas con que una familia rusa típica hace frente al invierno.
El trabajo del profesor y su equipo era simple: tratar de unir en un cultivar la resistencia de aquellas especies de bayas que crecen en las zonas más frías, el mayor contenido posible de vitaminas y un sabor que las haga comestibles. Sencillo en apariencia, aunque la realidad era bien distinta.
—Si conseguimos variedades resistentes al frío y con muchas vitaminas, esto supone una gran diferencia. ¿Sabías que estos arándanos tienen muchas más vitaminas que las especies similares que crecen en Europa? El problema es que muchos no son muy apetecibles—. Sonrió—. Suelen ser amargos. A veces conseguimos buenos resultados, pero no es fácil.
—La naturaleza no es tan fácil de controlar —respondí aportando mi dosis de vacua filosofía.
—Si solo fuera ese el problema. Lo peor es que ya no tenemos casi dinero. El año pasado conseguimos buenos resultados, pero un día vinimos y no había nada.
—¿Nada?
—Se habían llevado las plantas —dijo como si aquello no resultase más que un pequeño contratiempo cotidiano.
—¿Se habían llevado las plantas? ¿Quiénes?
—No sé. Ladrones. Antes teníamos algo de vigilancia, pero ahora no podemos pagarla—. Se encogió de hombros.
Al parecer, había quien robaba aquellas matas de arándanos como si de asaltar un banco o robar un coche se tratase. Quizás estaba subestimando el verdadero valor de esas plantas.
Caminamos serpenteando por hileras de plantas, prestando ya poca atención a estas y simplemente conversando. Era como caminar por una larga pista recta que se perdía en el horizonte, pero que en este caso zigzagueaba por un terreno de apenas un par de hectáreas. Las bayas dejaron pronto de ser el centro de atención, para ser solo el entorno en el que discurría nuestra charla.
Descubrí que había otros problemas además de la falta de presupuesto y los ladrones de bayas. Parte del trabajo que desarrollaban en el jardín botánico solo se publicaba en revistas rusas de difusión limitada, y acceder a las publicaciones internacionales no era una cuestión de la calidad de los trabajos, sino de mera comunicación.
—Nadie de mi equipo sabe inglés —se lamentó—. No podemos publicar fuera, y por supuesto no hay dinero para pagar un traductor. En otros tiempos, Rusia era un universo autocontenido también en lo científico. No importaba si la ciencia soviética no se compartía con el exterior y solo quedaba al alcance de quienes pudieran entender el idioma ruso. Bastaba con que fuera supieran acerca del nivel de esa misma ciencia, no necesariamente que tuvieran sus detalles. Pero hoy en día, en un mundo globalizado, plasmar los resultados de una investigación solo en ruso es casi una garantía de que esos conocimientos no adquirirán relevancia alguna.
El estudiante y reclamó la presencia del profesor, que se acercó para ayudarle. Me quedé a solas y seguí moviéndome despacio hasta alcanzar los invernaderos. Después regresé igual de lento mirando en derredor, esperando a que acabaran. La vista no tenía nada de especial, solo un hueco en el bosque con filas de pequeños árboles y arbustos, pero era relajante y reinaba un silencio calmo. Siberia era en general un lugar silencioso, pensé.
Me hicieron una señal para que fuera hacia el UAZ. Era hora de regresar. Mágicamente, el conductor apareció de la nada, como acudiendo a una señal inaudible, se sentó al volante y puso el motor en marcha sin decir una palabra.
Me dejaron en la puerta del jardín botánico, en el mismo lugar del que habíamos partido. Me despedí del conductor con un formal apretón de manos, y de ellos dos de forma algo más efusiva. El conductor volvió a entrar en el UAZ se marchó de allí. Ellos se retiraron hacia el interior del edificio y yo me quedé a solas en la entrada un instante, sin querer abusar de su hospitalidad, y tras dar una vuelta por los alrededores me fui a comer algo.
De camino, encontré un grupo de mujeres vendiendo algunas frutas y verduras. Estaban hablando entre ellas, abrigadas con ropas de aspecto pesado y unos chales grisáceos que les cubrían la cabeza y parte del rostro. Ninguna de ellas vendía bayas, pero a buen seguro en otra época alguna las tendría entre sus productos. Me acerqué a ellas a comprar algo. Cogí un par de samsá, unos triángulos de hojaldre rellenos de carne. La mujer que los vendía era pequeña y de rostro alegre, y sonrió mientras las otras me miraban con curiosidad.
—Gracias —dije, y ella asintió con la cabeza rápidamente mientras cogía el dinero y me devolvía apresuradamente el cambio.