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En 1807, el Zar Alejandro I ordenó la creación en Izhevsk, a orillas del rió Izh, de una planta de producción de armamento que, con el paso del tiempo, se acabaría convirtiendo en la mayor de toda Rusia y jugando un papel decisivo en su historia. Durante la Segunda Guerra Mundial la fabrica produjo 11,5 millones de rifles, más que los 10,5 que se fabricaron en total en todas las plantas alemanas de entonces, dando a la ciudad de Izhevsk un papel decisivo y una posición ciertamente peculiar dentro del imperio soviético.En 1947, Mijail Kalashnikov, sin duda el ciudadano más famoso en la historia de la ciudad, desarrolló en esa misma fabrica el diseño de su rifle de asalto AK--47, que se convirtió inmediatamente en la joya de la ingeniería rusa y no hizo sino elevar más aún la importancia y el desarrollo industrial de un Izhevsk que seguía definiéndose en un particular lugar gracias a su valía estratégica.
Hoy la producción de armas no alcanza el ritmo frenético de aquellos tiempos de contienda, y la economía de la ciudad ha encontrado otros pilares en los que apoyarse. Kalashnikov es ahora un octogenario y respetable anciano que, junto con una suerte de puesto honorario en la empresa, se dedica a labores más prosaicas como la de promocionar fuera del país el vodka que lleva su nombre, en algo que no solo es una labor comercial, sino también un intento de lavar en cierto modo la imagen de su creación. E Izhevsk, con 700.000 habitantes, es la gran capital de toda una república y una ciudad suficientemente populosa como para aparecer en todos los mapas con letras grandes, pero no así en las mentes de los rusos, cuya practica totalidad la ignora e incluso pudiera ser que no supiera localizarla en un mapa ni decir nada al respecto. Ni siquiera añadiendo el nombre de Kalashnikov como pista.
Izhevsk es así una ciudad sin la cual probablemente parte de la Rusia actual no sería como la conocemos, pero siendo esa una deuda histórica que nadie conoce y, por supuesto, nadie paga, dejándola en una situación en la que parece haber desaparecido —o tal vez nunca estuvo ahí— de la conciencia de un país en el que no solo las enormes distancias son las que alejan unos lugares de otros.
De dudoso atractivo para el viajero, Izhevsk no parecía el lugar ideal para la última etapa de un viaje así, pero yo tenía dos razones que bastaban para justificar aquella visita y pasar algunos días: amigos y recuerdos. Los amigos me daban la oportunidad de acudir a una compañía conocida, además del placer nada desdeñable de un reencuentro después de años sin vernos. Los recuerdos, guardados desde una visita anterior en la que pasé un mes trabajando en una escuela de la ciudad, me servían para comparar y tener una imagen dinámica del lugar y sus gentes, la evolución de todo aquello como otra verdad más que sumar a este viaje.
Izhevsk no era la única ciudad de mi recorrido a la que yo regresaba y en la que podía comparar el antes y el ahora, pero en ese sentido se diferenciaba mucho de las otras, y sus cambios eran más reveladores. Moscú era visita fija por motivos prácticos, pero tenía su propio ritmo de cambio y se reinventaba tanto a sí misma que dejaba de resultar interesante. Su cambio era, además, solo eso, una modificación sin rumbo fijo, pero no una evolución desde los viejos tiempos soviéticos ahora que las circunstancias lo permitían.
Irkutsk tampoco me era desconocida, y ciertos cambios habían sido fáciles de advertir cuando estuve allí, incluso teniendo en cuenta que el invierno también aportaba su variación. Pero era un proceso más paulatino, nada apresurado, en una ciudad que podía permitírselo. Aun con una innegable huella soviética, Irkutsk arrancaba algunos pasos por delante en la dirección de avance habitual, donde el progreso significaba acercarse a las ideas occidentales antes vetadas. Apodada no en vano el «París de Siberia», tenía más aire europeo que la mayoría de ciudades rusas y partía con una cierta ventaja, por lo que podía tomarse con más calma su modernización. Izhevsk, por el contrario, partía a la cola y arrastraba el lastre de su particular historia, que incluía haber sido una ciudad cerrada y vetada a extranjeros hasta hacía pocos años. Compensaba todo aquello avanzando rápido, demasiado rápido, propulsada por la prosperidad de esa misma industria a la que debía gran parte de su pasado.
A diferencia de lo que sucedía en lugares como Irkutsk, las viejas casas de madera no se mezclaban con las construcciones nuevas, y los barrios eran como compartimentos cerrados cuyas fronteras eran bruscas, sin transición alguna, parcheando un territorio extenso con colores en general apagados. Desde lo alto de un edificio, se distinguían perfectamente unos de otros.
La zona de casas antiguas tenía desde lejos un color marrón oscuro, y podían verse en muchos puntos calles cubiertas de nieve. Otros barrios nuevos, surgidos tal vez en alguna expansión de la ciudad, eran como bosques aislados de bloques casi todos de la misma altura y similar diseño. El centro era la parte más variada, aunque todos los edificios eran altos, y recogía la mayor parte de los cambios que yo podía advertir.
Pese al escaso turismo, había un nuevo y enorme hotel de una cadena extranjera a un lado de la plaza central, adornando con su luminoso un lugar donde antes no recordaba hacer visto más que un espacio vacío. En un rincón de la plaza había brotado un espantoso café con forma de cúpula, metálico y acristalado, que desentonaba con el estilo de todo lo que había a su alrededor. En el exterior, tenía unos altavoces por los que sonaba a todas horas música chill--out, pretendiendo darle un aire de sofisticación aunque fuera la hora del desayuno y en lugar de jóvenes de fiesta hubiera hombres rudos tomando su segundo vaso de vodka de la mañana. No lejos, una nueva catedral destacaba entre otras más modestas a su alrededor. Sin ser demasiado ostentosa o falta de estilo, tenía ese aspecto vacío de las cosas que uno espera que contengan historia, pero cuya nueva factura indica que no guardan más que lo que se aprecia a simple vista.
Parecía que Izhevsk se modernizaba a pasos agigantados, pero aquel era un proceso que funcionaba no por sustitución, sino por adición. Un vistazo rápido alrededor de cualquiera de aquellos nuevos elementos bastaba para descubrir los mismos edificios decrépitos, las mismas aceras rotas, los viejos transportes. En lugar de renovar nada, se añadían piezas deslumbrantes que no encajaban en el puzle anterior, pero que tal vez sirvieran para desviar la atención lejos de todos aquellos símbolos ruinosos. En lugar de mudar su piel, el Izhevsk de hoy era un monstruo de dos cabezas, una de las cuales estaba destinada a comerse a la otra con el tiempo. Aunque, a la vista de los resultados, aquel quizás fuera un proceso largo.
Nadia y Serguei me recogieron en Agryz, a unos 40 kilómetros de Izhevsk. Era la estación más cercana sobre la línea del transiberiano, aunque nada en la ciudad parecía acusarlo. El tren pasaba por allí sin dejar en apariencia mucho salvo tal vez unos cuantos pasajeros más que, como yo, se detenían allí para enlazar con otros destinos dentro de la república de Udmurtia —de la que Izhevsk es capital— y no tenían nada que hacer en la ciudad. Llevaba más de tres años sin verles, pero no habían cambiado mucho. La ciudad parecía avanzar más rápido que sus gentes.
El barrio de Nadia y Serguei estaba a unos diez minutos del centro en coche, en una zona de bloques altos y calles mal iluminadas. La mayoría de edificios eran altos pero viejos, de colores grisáceos ensuciados por los años. Su apartamento estaba en el último piso de uno de aquellos. La entrada y la escalera estaban entre las más descorazonadoras que yo había visto nunca, sucias y con una luz sórdida que no invitaba a entrar. El ascensor llegaba solo hasta el penúltimo piso, y desde allí se subía por una escalera algo más pequeña pero igual de maltrecha. El interior del ascensor parecía recomendar subir a pie no solo ese último tramo, sino desde el primer piso. Sus paredes estaban parcialmente quemadas y llenas de marcas y pintadas, y faltaban una buena parte de los botones.
La casa tenía la típica doble puerta, por la que al abrirla asomó un gato blanco. Cerré rápidamente tras de mí al entrar para que no saliera.
—Tranquilo, no se escapa —dijo Nadia mientras se quitaba las botas—. No le gusta la escalera.
La ultima vez que había estado allí ellos aún no vivían en aquella casa, así que me la enseñaron de arriba abajo no sin cierto orgullo. Era pequeña pero acogedora, como la gran mayoría de pisos rusos. Demostraba cuidado y una buena dosis de ilusión.
—La vista no es gran cosa —dijo ella mirando por la ventana de la cocina, con un doble cristal imperfecto que distorsionaba al mirar desde un cierto ángulo.
La ciudad se extendía en la distancia, y podían verse también los bosques densos en su extremo. El perfil del horizonte tenía una forma curiosa, como trazada con lineas desordenadas.
—Antes la vista buena estaba en el otro lado —dijo mientras salía de la cocina y avanzaba hacia un dormitorio que hacía las veces de sala de estar.
La seguí hasta la otra habitación. Delante, a unos doscientos metros, un enorme y antiestético bloque nuevo de colores amarillo, rojo y azul ocupaba casi toda la vista.
—Aquí en el barrio la llamamos la «Casa Papagayo»—. Sonrió—. La han terminado de construir hace muy poco.
—¿Y qué había ahí antes? —pregunté.
—Nada. Se veía casi hasta el otro extremo de la ciudad.
Por adición, no por sustitución. Así funcionaba el desarrollo de aquel Izhevsk, desde el centro mismo hasta ese barrio alejado.
Comimos una sopa sencilla y después tomamos café y té con unos panecillos de jengibre y otros dulces. Fuera el día estaba nublado, pero la temperatura ya no era como la de los últimos días, y el termómetro en el exterior de la ventana marcaba tan solo 10 grados bajo cero. En la calle, la gente paseaba igual de abrigada, y la estampa tenía un encanto distinto pero también reconfortante.
Les conté algunas historias del resto de mi viaje y escucharon atentamente sin esconder su sorpresa por cosas que, aunque debieran resultarles más familiares, parecían ser para ellos como de un país distinto, completamente inesperadas. Me sentí bien descubriéndoles cosas de una tierra que era infinitamente más cercana, tanto en lo físico como en lo humano, para ellos que para mí, pero que en muchos aspectos yo conocía mejor. Su extrañeza me hizo recordar que ya no estaba en Siberia, en esa parte ahora lejana de Rusia tan distinta de aquello.
* * *
Existen dos clases de museos. Por un lado, los que guardan ejemplares únicos, obras grandiosas o elementos irrepetibles que solo allí pueden encontrarse, y que muestran la parte más sobresaliente de nuestra historia a través de algunos de sus hitos. En el otro extremo, los museos pequeños cuya misión no es preservar piezas relevantes, sino atesorar un conocimiento más básico y simple, al alcance de todos, y que contienen la mayor parte de las veces colecciones de cosas relativamente poco valiosas. Museos que resultan como versiones vivas de un libro de ciencias o historia, donde un saber simple y poco pretencioso puede no solo leerse sino contemplarse, sentirse o incluso tocarse.
Rusia tiene algunos de los primeros y muchos de estos segundos, y en estos últimos puede en realidad descubrirse mucho más de lo que en principio están pensados para mostrar. Si uno visita el pequeño museo local de una ciudad rusa, encontrará algunas vitrinas con animales disecados, algunas máquinas viejas, fotografías y pinturas que muestren el cambio sufrido por sus calles y edificios, o recortes enmarcados de algún periódico que contengan noticias sobre algún personaje relevante nacido allí. Recorriendo unas pocas salas se conoce algo más sobre la verdad de la ciudad, se refrescan conocimientos básicos de cultura general, o se descubren datos curiosos pero normalmente irrelevantes como el número medio de días que el río más cercano está helado o cuántos rublos costaba un kilo de mantequilla a mitad del siglo pasado.
La parte más interesante de estos museos es siempre la dedicada a la industria de la región, donde historia y pensamiento ruso se unen de manera curiosa. Herencia directa de los tiempos soviéticos, los museos locales suelen tener una sala dedicada a mostrar la grandeza de la industria local y engrandecer la vital importancia de esta en el desarrollo no solo de la ciudad, sino del país entero. Por supuesto, con independencia de la verdadera relevancia que dicha industria pueda tener, como si hubiera de asumirse de antemano que, sin importar sus características, es el pilar fundamental de la vida en muchos kilómetros a la redonda.
Si no lejos de allí hay una fábrica de embutidos, el museo mostrará la tecnología utilizada, que puede ser actual o primitiva, pero que será presentada como un colosal avance científico, y contará las glorias de su producto como si la alimentación de toda la nación se fundamentara en él. A la vista de lo expuesto en la sala de un museo, algo tan simple como la panificadora local puede concebirse como un enclave estratégico del que depende mucho más de lo que uno puede imaginarse, y que al mismo tiempo ejemplifica la mejor forma de industria y desarrollo posible.
Todo esto suele adornarse con algunos carteles y banderas de la época soviética en las que se ensalzan de igual modo las bondades de esas industrias, y que con pocas palabras e imágenes sencillas buscan convencer y adoctrinar en esas mismas ideas. Y para quien necesite datos tangibles, nunca faltan las cifras, que inevitablemente son siempre crecientes, y que reflejan el aumento en el número de coches fabricados, de toneladas de pan repartidas o de camiones de grano empleados. Como escribía George Orwell en su clásica alegoría del poder soviético Rebelión en la granja:
\emph{Los domingos por la mañana Squealer, sujetando un papel largo con una pata, les leía largas listas de cifras, demostrando que la producción de toda clase de víveres había aumentado en un 200 por ciento, 300 por ciento, o 500 por ciento, según el caso. Los animales no vieron motivo para no creerle, especialmente porque no podían recordar con claridad cómo eran las cosas antes de la Rebelión. Aun así, preferían a veces tener menos cifras y más comida.}
Las salas dedicadas a la industria de la zona han cambiado poco desde esos tiempos en que además de ser meras partes de museos eran un medio de instruir al pueblo y una particular herramienta política. A lo sumo, algunas cifras se han actualizado, siguiendo como era de esperar la tendencia al alza de todo el periodo soviético, y mostrando que en la mente rusa de hoy en día, aun sin aquella intención adoctrinante de entonces, sigue existiendo una pasión por los grandes números y una misma devoción por vanagloriar cosas irrelevantes.
Lo que sí ha cambiado es el significado de esas salas, que ahora siguen mostrando técnicas y resultados de una industria cualquiera, pero que además han pasado a contener historia, y esta es en cierto modo una historia aún viva que puede seguir experimentándose a día de hoy si uno lo desea. Porque lo más curioso es que, en la mayoría de casos, esas fábricas que arrojaban cifras y cifras para la galería siguen funcionando exactamente igual que entonces, con los mismos medios y, lo que es más interesante, con la misma filosofía. Los métodos de trabajo originales conviven con un enfoque productivo que sigue pareciendo interesarse tan solo por los guarismos y no por la parte práctica de los resultados. Junto a trabajadores que operan en el nivel productivo con poco entusiasmo, los responsables de las fábricas de hoy demuestran una devoción y un convencimiento idénticos a los de antaño, y el mismo propósito de engrosar los números que definen su labor, por encima de objetivos como garantizar el futuro de la empresa o aumentar los márgenes de beneficios.
Para quienes las aves disecadas de las vitrinas no resultan suficientes, siempre queda buscar las reales en los bosques y contemplarlas en vuelo. Para quien no bastan los paneles con cifras y las maquetas de la maquinaria de una fábrica, siempre queda visitar la fábrica en sí y comprobar que esas mismas máquinas siguen ahí, funcionando, tratando de hacer pequeños los números de la última campaña.
A falta de atractivos turísticos más comunes, Izhevsk es un lugar ideal para acercarse a esa realidad industrial y transportarse por un instante a otro tiempo a través de alguna de sus muchas fábricas. A la orilla del lago Izhevsk, la metalurgia puede reconocerse desde lejos, con sus hileras de chimeneas siempre vomitando humo negro, y sus tuberías que arrojan al lago todos sus desechos y son responsables del turbio color verde de sus aguas. Afortunadamente, el invierno pone un velo de hielo y una capa de nieve limpia sobre este, haciendo que parezca un enclave tan prístino como el mismísimo Baikal, incluso con cierto encanto si uno contempla el paisaje de pescadores extendiéndose hasta bien lejos de la orilla.
En un barrio apartado, lejos del centro, la fábrica de coches es una ciudad en sí misma, responsable de producir vehículos bajo la marca que lleva el nombre de la ciudad, Izh, y que abastece de clásicos utilitarios rusos a una extensa área alrededor de esta. Y, por supuesto, está la fábrica de armas, el orgullo histórico del lugar, acerca de la que pueden encontrarse al menos dos museos en la ciudad y que, con un papel estratégico en este caso verdaderamente importante, es probable que no solo merezca el papel vital que en estos se le adjudica, sino incluso más que eso.
Conseguí a través de Nadia una invitación para visitar la fábrica de coches, una agradable sorpresa cuando creía que la ciudad no tenía ya nada nuevo que ofrecerme y mi presencia allí solo la justificaba el reencuentro con viejos amigos. Aparentemente, la visita a la fábrica resultaba tan apasionante para quienes iban a mostrármela como para mí mismo, ya que me esperaban con gran interés dispuestos a relatarme orgullosos cada detalle del proceso, cada hito de la historia de la fábrica y, sin lugar a dudas, cada cifra acerca de esta, mejor si era de gran envergadura. De antemano yo solo sabía que de allí salían una buena parte de los vehículos de la ciudad, de corte poco moderno y formas rectilíneas, y con mecánica sencilla y motores de poca cilindrada. Coches de gama baja que se venían fabricando de igual modo desde hacía mucho tiempo, y cuyos destinatarios, sin embargo, habían cambiado mucho dentro de una sociedad que, especialmente en lo que a coches respecta, se ha transformado por completo desde que aquellos modelos comenzaron a fabricarse.
Yo había visto coches como aquellos no solo allí, sino en prácticamente todos los lugares de Rusia. Con pocos o quizás ningún cambio, esos mismos diseños se utilizan para producir automóviles en fábricas a lo largo y ancho de todo el país, cambiando el nombre de la marca y tal vez el del modelo, pero con un producto idéntico que acababa siendo casi una seña de identidad de la clase media rusa. Mientras las ventas de coches europeos o japoneses crecen, los coches rusos son la alternativa económica a estos, sin más pretensiones, en apariencia, que la de funcionar correctamente, y para un público que, aun pudiendo costearse quizás otras opciones, no guarda más ambiciones que tener sencillamente un vehículo cualquiera.
Igual que allí, en Izhevsk, las fábricas de coches como esta suelen llevar una marca que hace mención a la ciudad, en lo que probablemente sea una estrategia de antaño, donde se producen en todo el país idénticos modelos, pero cada lugar tiene su identidad propia.
Llegando en el tranvía, la fábrica se ve desde lejos, mucho antes de alcanzar la parada no lejos de la entrada. Ocupa todo un barrio completo, como una pequeña villa donde los edificios son solo partes de un largo proceso, cada uno dedicado a una tarea y formando un complejo gris mastodóntico de tintes muy antiguos.
Le dije al guarda de la entrada mi nombre y el de la mujer con quien debía encontrarme, en teoría una responsable de cierto grado dentro de aquel complejo. Ella apareció en unos segundos con paso ligero y un gesto alegre que parecía decir que me estaba esperando y estaba lista para empezar la visita. Debía tener poco más de cincuenta años e iba bien vestida, sobria pero con estilo. Un atuendo bastante acorde con el sitio, pensé.
Tenía las maneras de un guía de museo, con un discurso bien memorizado que por momentos sonaba a cantinela automatizada, en el que, sin embargo, ponía mucha más pasión que aquel. Me contó algunos datos sobre la historia de la fábrica antes de darme un par de normas básicas y empezar a recorrer el recinto de edificio en edificio.
—No se pueden hacer fotografías. Esto no es un museo, es una fábrica —dijo cambiando a un tono más serio—. Una fábrica de coches —remarcó.
Con aquello último pretendía darme a entender que, más allá de la producción de vehículos, aquel lugar representaba algo de mayor importancia estratégica, y que a tenor de aquello debía resultar obvio el porqué de esa prohibición. En otros tiempos, sin duda, la norma tenía su razón de ser, pero ahora no era más que una divertida reglamentación desfasada con respecto al mundo fuera de allí, que no parecía ser el mismo que dentro de aquellos edificios.
Al igual que aquel detalle, la seguridad del lugar era un conjunto de metodos toscos y anticuados. Parecía difícil que alguien pudiera interesarse en robar una tecnología como aquella, que no solo carecía de valor sino que probablemente era más que conocida fuera de esas paredes desde hacía tiempo. Las medidas de seguridad, con un aire casi marcial, eran en su mayoría más una forma de control que un verdadero medio de seguridad. Y en el remoto caso de que alguien tuviera intereses poco nobles con respecto a aquella fábrica, probablemente no le resultase complicado burlar la anacrónica seguridad del lugar.
Recorrimos edificio tras edificio siguiendo el proceso completo de montaje, y se detenía en cada bloque a contarme algunos detalles de la fase concreta que allí tenía lugar. Al hablar, acompañaba su discurso de gestos vivos, mucho más de lo que resultaba habitual en un ruso, en un curioso contrapunto con el fondo donde los trabajadores transportaban y montaban desganadamente las piezas con movimientos pesados y operaban a un ritmo lento.
La colección de cifras que conocía era predeciblemente extensa, desde el número total de coches producidos en el último año hasta la cifra total de piezas distintas que cada modelo contenía, pasando por la longitud total que tendría la cadena de montaje al completo si fuese puesta en línea, o el tiempo que se tardaba en recorrerla. Las intercalaba entre las explicaciones de detalles constructivos y a veces se paraba a observar la colocación de una pieza en particular, resaltando su excelsa factura ante la mirada indiferente del trabajador correspondiente. Yo prestaba poca atención al discurso y más a las peculiaridades del lugar, y observaba las sombras que arrojaban las luces amarillentas, escuchaba el sonido de las piezas o respiraba el olor sucio a grasa y humo. La escena, explorada con todos los sentidos, era digna de ser experimentada olvidando lo que había visto en los últimos días y lo que conocía acerca de la realidad de la Rusia actual, intentando estar solo allí y atender a cada detalle.
Pintadas con letras de molde sobre las paredes o en placas metálicas que colgaban directamente de la maquinaria, las máximas de otro tiempo salpicaban cada zona. Había perdido gran parte de su significado original y, a juzgar por la actitud de los trabajadores ante ellas, también la mayor parte de su efecto, pero valía la pena detenerse a leerlas e imaginar esas consignas en su contexto inicial.
Algunas eran inofensivas frases no sin un cierto toque de humor vistas hoy en día, que recordaban por ejemplo que beber vodka no es una actividad compatible con un buen rendimiento laboral. Otras tenían un tono más amenazante, como la escrita en una larga placa blanca con letras rojas, que colgaba en un extremo del primer edificio y advertía que aquellos que no trabajaran como se esperaba no recibirían su sueldo. Faltaba pintura en muchos de aquellos carteles, desconchados por el tiempo. A cambio, habían acumulado una gruesa capa de mugre, a imagen del resto de los rincones, víctimas de años y años de atención descuidada. La limpieza no parecía estar entre las prioridades del lugar, y la suciedad crecía igual que las cifras de producción, aunque aquello no fuera motivo de tanto orgullo.
Los coches que salían de la cadena de montaje tenían el brillo y el aspecto de las cosas nuevas, pero a la vez parecían envejecidos, como si necesariamente hubieran de haberse fabricado tiempo atrás y no en aquel instante. Se probaban en un pequeño circuito con algunos baches, y después se aparcaban, listos para ser movidos a donde correspondiera. La prueba, no obstante, se hacía al modo ruso. El chico que los probaba dejó el último, de un color azul oscuro mate, no sin antes quemar un poco de rueda y hacer un par de trompos. Salió del coche sonriente, ignorando que su falta de disciplina tenía en aquella ocasión un testigo inesperado.
La mujer se quedó mirando sin decir nada después de haber oído los primeros ruidos que delataban el comportamiento indebido del muchacho, que debía tener no más de veinte años. Tenía un gesto seco, muy distinto al de hacía un instante, mientras cantaba la ultima colección de cifras sobre aquella parte de la fábrica. Me pidió que la disculpara un instante y se puso en marcha con un paso brusco y acelerado, en línea recta hacia el chico, que la esperaba después de haber descubierto para su desgracia que no había elegido el mejor momento para saltarse las normas de trabajo. La reprimenda duró apenas unos segundos, y después regresó hacia mí con unos andares igual de contundentes, recuperó de pronto la sonrisa de antes y reanudó el discurso exactamente en el punto en el que lo había dejado. El chico cogió el siguiente coche y lo llevó a través del circuito a poca velocidad y con maniobras precisas, y luego lo aparcó cuidadosamente al lado de los otros. La mujer seguía entregada a sus explicaciones y sus números, pero miraba de reojo satisfaciendo su autoridad al ver cómo sus palabras parecían haber tenido efecto.
Me llevó a una habitación no lejos de su despacho, recorriendo de nuevo parte de la cadena de montaje, aunque esta vez en silencio y a paso más ligero. Era una sala no muy grande con algunos coches, carteles y piezas sueltas; una exposición reducida de algunos de los momentos más reseñables de la fábrica. No llegaba a tener ni la entidad de una sala de pequeño museo, y no era más que una muestra sencilla de cuanto aquello que yo acababa de visitar era capaz de producir y alcanzar. Supuse que era la visita rápida que hacían quienes venían a atender algún negocio y tenían suficiente con un par de curiosidades, sin necesidad de recorrer las entrañas de la fábrica.
Me detuve a leer algunos carteles mientras ella sacaba de un armario un par de folletos y me los entregaba como colofón de aquel recorrido. Su actitud después de aquello parecía decir que no había más que ofrecer, y que si necesitaba algo lo encontraría en aquellos folletos o bien en la información que me había proporcionado a lo largo de la visita, que como era de esperar yo ya había olvidado prácticamente por completo. Eché un vistazo a los folletos mientras me acompañaba de vuelta a su despacho a recoger mi abrigo. Uno de ellos era grande, de tamaño folio y con bastantes páginas de colores azulados. No era más que un catálogo de los modelos de la marca impreso algunos años atrás, pero que probablemente reflejaba también la gama actual con pocas diferencias.
El otro folleto era bien distinto. Era un panfleto pequeño y con pocas hojas, de tonos ocres y un papel de tacto áspero. Según rezaba una inscripción en su contraportada, había sido impreso a mediados de los ochenta. No contenía datos sobre los vehículos ni cifra alguna, sino solo un texto en el que se narraba algo de historia de la fábrica y se contaba su excelencia, algo así como lo que podría encontrarse en el panel informativo al pie de un monumento. Leído con detalle, tenía sin embargo un enfoque bien diferente, y ensalzaba el lugar no por lo que allí pudiera verse, sino como ejemplificador de lo que la industria soviética de aquel entonces era o al menos pretendía ser. Había mucho más de panfleto político en ese folleto que de reclamo comercial, concebido para mostrar una imagen idílica de la proletaria industria rusa.
Una de las fotos mostraba las instalaciones adicionales dedicadas al bienestar de los trabajadores, como la banya dentro del propio recinto en el que felices operarios disfrutaban del final de su jornada tan sonrientes que parecían estar deseando volver a ponerse manos a la obra y contribuir al desarrollo del país desde sus puestos de trabajo. Aquellas instalaciones no entraban dentro de mi visita, y apostaría unos cuantos rublos a que la mayor parte de los que había visto en la cadena de montaje montando piezas las conocían igual que yo. Es decir, en fotografía.
El estilo del folleto se comprendía fácilmente viendo la inscripción de la portada donde podía leerse «SSSR, Moskva», escrito en letras latinas con un afán claro de promulgar también allende las fronteras las bondades del sistema soviético por encima de las prestaciones de sus utilitarios. En el interior, los pies de foto estaban también traducidos en un inglés graciosamente adoctrinante. Eran claramente otros tiempos, y en aquella época, como bien se indicaba en la primera página, la ciudad tenía incluso un nombre distinto. Durante los últimos años del periodo soviético, Izhevsk pasó a llamarse Ustinov, en honor a Dmitri Ustinov, antiguo militar y ministro de defensa. Uno más de los tantos caprichos en una geografía también al servicio del poder político. Como había sucedido en tantas otras ciudades con la caída del régimen, el nombre se había perdido después en favor del antiguo, más apreciado, y sin que apenas hubiera tenido tiempo de calar en la población antes de que Gorbachov decidiera devolver por ley los viejos nombres a las ciudades que habían sido rebautizadas en honor a relevancias soviéticas recientes.
La mujer me vio hojeando los folletos y puso cara de satisfacción, sin seguramente intuir lo que estaba pensando. Lo más curioso de todo aquello era la forma en que me había entregado ese particular incunable soviético, ofreciéndomelo de la misma forma que un comercial entrega su catálogo y su tarjeta de visita a un potencial cliente, como si ignorase que los tiempos habían cambiado y estuviera convencida de que los folletos acababan de salir de la imprenta, aún calientes, con los avances más recientes en sus páginas.
Me acompañó hasta la salida y me dedicó una ultima sonrisa. El vigilante se recostaba en una silla con gesto aburrido, y parecía aún más desganado y menos eficaz que antes, representando una seguridad que ahora me daba la sensación de ser todavía más fácil de burlar.
Cogí un trolebús de vuelta en lugar del tranvía. Poco antes de llegar a la parada, el brazo que lo unía al tendido se desenganchó y el vehículo se fue deteniendo lentamente. El conductor se puso un gorro y unos guantes gruesos de cuero y salió a enganchar de nuevo el brazo. Después avanzó hasta la parada donde yo era el único esperando. En la cabina donde se sentaba, había colgada una bandera bordada con la hoz y el martillo, tejida más o menos cuando aquel viejo folleto fue impreso. Sin duda, aquel era el barrio más nostálgico de Izhevsk. O quizás debiera decir de Ustinov.
* * *
Tatiana Makarovna no era una profesora cualquiera. Los mejores alumnos siempre estaban en sus clases, y eso era algo que sabían tanto los propios alumnos como el resto de profesores. Los niños que estaban a su cargo, desde los 8 a los 16 años, ya fueran aplicados o no, le profesaban todos un respeto exquisito lleno de admiración, al tiempo que disfrutaban de sus lecciones de inglés, estrictas pero amenas.
En las escuelas rusas la gran mayoría de docentes son profesoras, uno más de esos trabajos copados por mujeres, pero en este caso por razones que no resultan difíciles de entender. Si en la universidad las condiciones del profesorado ya no son las que eran en cuanto al prestigio y la remuneración económica, en las escuelas no existe tal prestigio y la remuneración es ridícula o a veces incluso inexistente.
En 2004, los poco más de 100 dolares mensuales que constituyen el exiguo salario de profesores como Tatiana sencillamente dejaron de ser ingresados por el estado, que había decidido tomar la vía rápida para tratar de solventar sus problemas de liquidez. En octubre de ese año, miles de profesores y trabajadores de la salud pública —el salario de los médicos es equivalente al de un profesor de colegio— se declararon en huelga para exigir dos cosas: el pago de sus sueldos y el aumento de estos. El sueldo volvió a llegar, pero el aumento fue apenas perceptible. Llegar a fin de mes era una tarea imposible que tenía dos soluciones: tener un segundo empleo o contar con otro apoyo económico para mantenerse.
Para muchas de las profesoras como Tatiana Makarovna, esta segunda opción tiene forma de un marido que aporta un sueldo suficiente, y al que ellas no han de contribuir más que con su ridícula cantidad, sin que realmente el montante sea de importancia. En una romántica pero triste realidad, muchas de las profesoras que dedican su tiempo a formar niños en escuelas rusas lo hacen prácticamente sin afán de lucro, por mero amor a la enseñanza, respaldadas por una segunda economía que les permite sobrevivir pese al ínfimo salario que perciben.
La de 2004 no había sido la primera huelga de los profesores. En noviembre de 1998, algunos profesores de la ciudad de Ulyanovsk comenzaron una huelga de hambre para protestar por unos sueldos insuficientes que desde hacía algunos meses ni siquiera cobraban. 11 días después de comenzar su protesta, Aleksandr Motorin, uno de aquellos profesores, moría a consecuencia de ello convirtiéndose en el mártir de una pequeña revolución que, a diferencia de las que el país vio en otros tiempos, no tuvo demasiada trascendencia. Su salario de entonces equivalía a unos ridículos 23 dolares mensuales.
Fui a visitar a Tatiana a media mañana y esperé fuera del aula hasta que la lección terminara. Los niños de las clases contiguas que salieron algo antes al descanso se paraban a mirarme sin mucho disimulo. Ella estaba igual que como la recordaba, y sonrió al verme. Me reconoció al instante. Las penurias del sistema educativo ruso parecían desvanecerse cuando uno hablaba con ella.
La última vez que la vi fue en una fiesta que las profesoras celebraron poco antes de que yo dejara la ciudad en mi primer viaje, hacía ya más de cuatro años, y a la que me invitaron esperando seguramente que mi presencia aportase algo de color al evento. Fue en un comedor amplio en el bajo de un bloque cercano a la escuela, adaptado como modesta sala de fiestas con apenas luz natural y unas pocas mesas cubiertas con manteles de hule multicolores.
Me senté en una mesa llena de pequeños platos de ensaladilla y embutidos, salpicados entre el inevitable bosque transparente de botellas de vodka. Era el único hombre en un grupo estridente de mujeres, la mayoría rondando los 50 años, profesoras que no disfrutaban de muchos días como aquel a lo largo del año, y en el que probablemente se dejaban la mayor parte de su sueldo. Comí un poco de todo y bebí vasos y vasos de vodka, que una tras otra de ellas se ocupaban de llenar sin descanso. En apenas media hora, habían perdido el formalismo y la vergüenza, y acabaron apartando las mesas contra la pared antes de terminar la comida, para improvisar una pista de baile y un espacio desde el que cantar karaoke frente a un televisor en un armario con ruedas. Me tocó bailar con una buena parte de ellas e incluso cantar una canción que ni siquiera conocía, mientras ellas me miraban y aplaudían riéndose.
Cuando me fui, todavía algunas de ellas se quedaban a apurar el último trago. Me regalaron una matrioshka alargada en cuyo interior no había más muñecas, sino una pequeña botella de vodka. El rostro tenía supuestamente los ojos de una mujer udmurta, algo achinados según se encargaron de explicarme, aunque parecía interesarles mucho más mi reacción al ver su contenido que la atención que prestaba a los detalles etnográficos. Tatiana Makarovna me dio un abrazo antes de separarnos, y yo guardé la muñeca en mi mochila aquella noche y la reservé para una ocasión especial. Ahora estaba de nuevo allí ante ella y la muñeca seguía en mi casa sin que esa ocasión hubiera llegado aún.
—Mi vida ha cambiado mucho —me dijo—. Ahora tengo dos nietos—. Puso un gesto de orgullo al decirlo.
—La mía también —dije—, aunque yo todavía no tengo nietos—. Se rió y volvió a sentarse en su silla, haciéndome un gesto para que me acercase.
Se agachó y sacó del cajón una bolsa llena de bombones y una tableta de chocolate, y me los dio.
—Este te va a gustar. Y coge bombones, son todos diferentes.
—Esto sí que no ha cambiado —bromeé, y ella negó con la cabeza.
Recordaba su particular afición por regalar todo tipo de chocolate en cuanto la ocasión lo merecía. Siempre guardaba algunas tabletas y bombones en el cajón de la mesa o en su bolso, y rara era la persona que habiendo tratado con ella no hubiera recibido en algún momento uno de aquellos dulces obsequios. Abrí mi tableta y le ofrecí unas onzas a los niños que empezaban a llegar a la siguiente clase, que no debían tener más de diez años. Las cogían y se sentaban en grupos a hablar en voz baja con los ojos muy abiertos.
Me quedé a ver la clase sentado en la última fila. Los niños se giraban de vez en cuando a echar una mirada indiscreta, pero volvían rápidamente la vista a la pizarra. Ella me miraba de vez para comprobar que todo estaba en orden y me invitaba a participar con algunas palabras en su clase, para disfrute de los pequeños.
—¿Te apetece contarles cosas sobre España a los de quinto curso? —preguntó cuando la clase acabó y me acerqué hasta ella mientras los niños se despedían de mí con algarabía—. Te lo vas a pasar bien. Vente —dijo sin dejarme responder.
La seguí por el pasillo ante la mirada de más niños curiosos. La profesora del quinto curso estaba a la entrada del aula, y no fue difícil convencerla de que hiciera un cambio en sus planes y me dejara ocupar los cuarenta minutos de clase contando curiosidades a buen seguro muy lejos de lo que su programa docente dictaba. La idea parecía entusiasmar a los niños, que corrieron a ocupar sus asientos e informar del cambio de planes a sus compañeros que no se habían enterado.
Estuve hablando unos veinte minutos, contando cuantas curiosidades me venían a la mente. Mi discurso probablemente no me coronaría como un buen embajador de España en aquellos lares, pero hizo las delicias de los pequeños, que parecían encontrar apasionantes todos los datos, tanto más cuanto más distintos resultaban de lo que ellos conocían.
—¿Hay nieve? —preguntó de pronto uno de ellos cuando comencé a comentar algo sobre el clima.
—Donde yo vivo, seguro que no. Creo que ayer había unos 10 grados —dije, y todos empezaron a murmurar y reír. Era fácil y muy entretenido provocar reacciones así.
El resto del tiempo les dejé que me preguntaran y, salvo los más tímidos, todos parecían tener una lista enorme de curiosidades que consultarme. En lugar de levantar el brazo para pedir la palabra, levantaban el antebrazo en vertical y ponían la mano contraria bajo el codo. Para llamar más la atención, en lugar de alzarlo hacia lo alto, se agitaban y hacían ruido intentando que les mirara. Era un gesto divertido que ya había visto antes, pero que ahora, siendo yo el encargado de dar la palabra, se me hacía aún más curioso.
—¿Podemos ver tu pasaporte? —preguntó un chico de pelo rubio vestido con un uniforme negro que le venía algo grande.
—¡Sasha! —le espetó la profesora, mirándole con cara de enfado para regañarle por su pregunta.
El crío bajó el brazo y me miró con cara de pena. Saqué el pasaporte y se lo di.
—Con cuidado —le dije, y él volvió a sonreír y lo cogió suavemente, como si manejara un valioso pergamino.
Los otros niños a su alrededor se asomaban a atisbar, y pronto el pasaporte empezó a circular de pupitre en pupitre. Cuando dio la vuelta a toda la clase, el último niño se levantó y me lo trajo. Era curioso —y en cierto modo inquietante— ver cómo el amor ruso por los documentos parecía forjarse desde la infancia. Sin duda, serían un buen relevo para las viejas generaciones de burócratas que todavía controlaban el ritmo del país
—¿En qué trabajas? —preguntó una niña muy rubia y delgada.
—Trabajo en la universidad. —respondí. No pareció sorprenderle demasiado—. Es un buen trabajo. Tengo tiempo para venir a Rusia en invierno —añadí con una sonrisa intentando que mi respuesta le resultase más convincente.
—¿Y cuánto ganas? —preguntó sin dar oportunidad a que los otros niños volvieran a reclamar su turno.
Miré a la profesora, que seguía sentada en la última fila. Aquella pregunta no parecía resultarle en absoluto indiscreta, y me miraba con el mismo gesto expectante que los niños, aguardando a que yo respondiera.
—¿Tengo que contestar?
—Sí, sí, claro. Para ellos es importante —contestó.
Pensé en inventarme una cifra, pero al final simplemente opté por lo más sencillo y dije la verdad, haciendo un rápido cálculo para pasar la cantidad a rublos, y redondeándola después algo a la baja. Al oírlo, los niños se revolucionaron y empezaron a comentar entre ellos en voz alta. La profesora miraba divertida.
—¿Sabes cuánto dinero gana aquí un profesor como yo? —preguntó.
—Más o menos —respondí tímidamente después de quedarme un instante en silencio sin saber muy bien qué decir.
Los niños comenzaron a reírse, y ella también se rió con ellos. Yo me sentí incómodo y esbocé una sonrisa entre dientes para disimular la extrañeza que me provocaba aquella situación.
Respondí algunas otras preguntas más antes del final de la lección, y la clase me obsequió un aplauso de despedida. Después, los niños salieron al pasillo a esperar el comienzo de la siguiente lección. La profesora me acompañó a la puerta y me agradeció el esfuerzo. Se perdió rápidamente por el pasillo mientras yo salía lento a través del revuelo de niños.
Cuando estaba llegando a la escalera, un muchacho alto y delgado al que le faltaba un diente vino corriendo hasta mí y me toco levemente por la espalda. Había estado sentado en la segunda fila de la clase, y no había participado mucho, pero tenía un gesto de interés sincero.
—Adiós —me dijo, y extendió el brazo hacia mí para que estrechara su mano.
Le di la mano y sonrió, mostrando sus sonrisa mellada. Después salió corriendo de vuelta al aula. Yo subí por la escalera a la búsqueda de Tatiana Makarovna, que probablemente me estuviera esperando con un nuevo puñado de bombones que obsequiarme.