7

Las marshrutkas de largo recorrido partían hacia lugares de la región desde el exterior de la estación de trenes de Irkutsk, confundiéndose con las que hacían rutas dentro de la ciudad y mezclándose con los taxis aparcados cuyos conductores deambulaban por los alrededores en busca de clientes. Los billetes se despachaban en un edificio contiguo, tras una cristalera empapelada de horarios con una ventanilla cuadrada. Llamé con los nudillos y una mujer de gesto amable me abrió rápidamente.

—Uno para Arshan, por favor.

Arshan es un pequeño pueblo en el extremo de los montes Sayan, a unas cuatro horas de Irkutsk y con balnearios que lo hacen muy popular como destino turístico en el verano, aunque mayoritariamente para turistas rusos.

—¿A las seis? —preguntó la mujer.

—¿No hay uno a las tres? —respondí extrañado señalando el horario pegado tras el cristal.

—El horario es viejo. Ese de las tres ya no sale —dijo con cara de compasión.

Aunque quedaban algunas horas hasta las seis, y llegaría allí bien entrada la noche, no me quedaba otra opción.

—Está bien. Para el de las seis.

El billete era una cartulina azul con una banda con franjas de cien en cien rublos y otra banda con cifras de diez en diez, de modo que cortándolas se establecía el valor del trayecto. Tenía unas líneas en las que se escribía el lugar de destino y la hora de partida, y un sello de color rojo marcado de antemano en todos los billetes sin rellenar de un pequeño taco.

—¿De dónde es usted? —preguntó sin mirarme mientras recortaba hasta marcar los 310 rublos que costaba aquel viaje.

—De España —dije.

Me miró con cara de sorpresa, con los ojos muy abiertos y una curiosidad que se veía brotar por momentos.

—De lejos —añadí mientras me seguía mirando.

—Pues sí, está lejos, sí—. Asintió con la cabeza.

Le pasé un billete de 500 rublos mientras ella miraba por el hueco que quedaba en la ventanilla para cerciorarse de que no había nadie esperando detrás de mí.

—¿Y llevas mucho en Irkutsk? —me preguntó, empezando a tutearme.

—Algunos días, sí.

—¿Qué has visto por aquí? ¿Oljón?

—Sí, ayer mismo volví de allí.

—¿Y el este del Baikal lo conoces?

—Estuve en Barguzin algunos días, pero en verano, hace tiempo.

—Tienes que ir ahora en invierno, es mucho mejor que Oljón —afirmó—. Y en Arshan, ¿vas a estar muchos días?

—Dos o tres, supongo.

—Te gustará, aunque ahora allí no hay nadie.

Por la minúscula ventanilla salía un calor agradable. Asomado a través de ella, encorvado y con la mochila puesta, respondí a las preguntas incesantes de aquella mujer durante unos cinco minutos, encandilado por una amabilidad nunca antes vista en un dependiente ruso. Con una técnica interrogatoria digna de un antiguo miembro del KGB, consiguió en ese tiempo saber cómo había aprendido su idioma, dónde me quedaba a dormir en Irkutsk, cuál era mi plan de viaje o si estaba o no casado, entre otras cosas. A cambio, me devolvió algunos consejos sobre la zona, un poco de historia del lugar y, sobre todo, unos minutos reconfortantes de charla por completo inesperada. Cuando un hombre se acercó a comprar su billete con cara de no tener mucha paciencia, me entregó el mío y se despidió, aunque su gesto reflejaba que tenía aún muchas preguntas que hacer.

—El autobús sale de aquí mismo. No hace falta que vengas mucho antes, diez minutos bastan. Y si tienes cualquier duda, ven a preguntarme —añadió al final.

Tal vez animado por aquello, decidí comprar mi billete de tren para salir de allí cuando regresara de Arshan en algunos días, y quitarme así de encima un trámite que podía ahora resolver en unos minutos. Seguía teniendo la mentalidad de los viajes en verano, cuando reservar plazas y comprar los billetes con antelación resulta más necesario que en el invierno, y me sentía más tranquilo haciéndolo de este modo.

Apunté en un papel los datos del tren, que consulté en un moderno sistema de información en la propia estación de trenes, para dárselo a la mujer de la caja cuando llegara mi turno. Comprar billetes de tren solía ser algo más incómodo que adquirir otro tipo de cosas, y hablar con las cajeras era a veces complejo y me llevaba a conversaciones sin mucho sentido. En lugar de ventanilla solía haber un sistema de micrófono y altavoces que funcionaban mal, y por el que lo único que se oía era el ruido de las teclas al introducir los datos del viajero, pero la voz de la cajera rara vez era distinta de un zumbido distorsionado difícil de entender. Por eso prefería consultar de antemano los horarios y simplemente pedir por escrito una plaza en un tren concreto, y solo hablar si después era necesario.

Le di a la mujer el papel. Lo leyó y me miró durante un instante sin decir nada.

—¿No sabe hablar? —preguntó.

—Sí sé —le dije, presintiendo que aquello no iba a ser fácil. Al menos la voz se entendía bien por los altavoces.

—¿Qué pasaporte tiene? ¿Ruso?

—Español.

—Entonces tiene que ir al centro de servicios. Aquí no puede comprar su billete —sentenció sin mirarme.

Me devolvió el papel y cogió desinteresadamente algunos folios, esperando a que me retirara y dejara paso al siguiente en la fila, un hombre que ponía cara de impaciente al ver que aquello podía prolongarse algún tiempo.

—¿Y por qué no puedo? —pregunté aunque sabía que sería imposible obtener una respuesta razonable.

—En estas ventanillas no atendemos a extranjeros —dijo en voz más alta, levantando de nuevo la vista.

Su mirada indicaba que aquella sería su última palabra, y con el dedo señalaba al otro extremo de la sala, donde se encontraba el centro de servicios. Era una batalla perdida y yo tenía pocas ganas de pelear, así que simplemente me puse a la fila contigua, con poca gente, a probar suerte con la siguiente cajera. Al verme, la anterior gritó algo mientras volvía a señalar hacia el otro lado, pero la ignoré fingiendo no haberla oído.

La segunda cajera era un ejemplo perfecto de la clásica atención al cliente rusa, sin emoción alguna pero eficaz, limitándose a cumplir su trabajo y sin concebir aparentemente que este pueda realizarse de otro modo o con otra actitud. Tomó el papel y preparó el billete sin decir una palabra, excepto el precio a pagar. Después leyó mecánicamente los datos escritos en el billete: la hora de salida y la fecha, el vagón asignado y el número de plaza. Allí concluía su labor, y según me lo dio por la ranura miró al siguiente cliente tras de mí, que empezó a hablar mientras yo me retiraba a un lado. Era un trato frío al que, sin embargo, estaba acostumbrado, y que al menos me permitía conseguir lo que quería, que en aquel momento no era poco pedir.

Sin ánimo de hacer mucho más, pasé el tiempo que quedaba en la sala de espera de la estación, en el ala contigua del edificio, y poco antes de las seis salí y busque la marshrutka que iba hacia Arshan. Estaba aparcada junto a la ventanilla donde había comprado el billete, y la mujer seguía allí, despachando a otros clientes con un trato en apariencia igual de amable que el que me había dispensado a mí. Me quedé un momento mirándola antes de montarme, pero ella no me vio.

* * *

Como esperaba, llegué a Arshan bien entrada la noche, a un pueblo desierto donde nevaba intensamente y apenas había luz. De las casi cuatro horas de viaje, hice más de tres con la mochila en las rodillas hasta que la gente empezó a apearse y dejar algo de espacio, y al final me quedé solo, acompañado únicamente por una mujer que desapareció por la primera callejuela antes de que yo tuviera tiempo siquiera de echarme la mochila a la espalda.

Con la débil luz del lugar se podían leer en muchas casas los carteles que indicaban que se ofrecía alojamiento. Las casas estaban sin embargo apagadas, y solo algunas de cada manzana tenían luz y parecían estar vivas. Llamé a un par de puertas pero no obtuve respuesta, y desistí pronto de la idea de alojarme en una de aquellas casas particulares.

La carretera principal por la que habíamos venido giraba bruscamente hacia la izquierda unos metros más allá, al encontrarse con la valla de lo que parecía ser un gran parque. Había algo más de luz en esa parte del pueblo, así que fui hacia allí. El recinto tras la valla era en realidad el territorio de uno de los dos sanatorios del lugar, con edificios salpicados, cada uno de los cuales cumplía una función distinta en el programa de descanso y cura que el complejo ofrecía a sus visitantes. Al igual que el resto del pueblo, estaba desierto y en silencio, y no parecían ser muchos los que elegían aquellos días para relajarse en sus instalaciones.

Me acerqué hasta el único edificio que tenía luz en la fachada, aunque no era más que una débil bombilla encima de la puerta principal. Una placa indicaba que aquel era el edificio número siete de dormitorios, y que además albergaba la biblioteca. Junto a la puerta, un panel con algunos dibujos y cifras recorría la historia del lugar y proclamaba que en la actualidad podía dar albergue a más de veinte mil almas. Sin pararme mucho a pensarlo, aquellas cifras me parecían completamente inverosímiles a juzgar por el estado del lugar, y en aquel momento me bastaba con que hubiera espacio para una sola persona más.

Llamé a la puerta y se encendió una luz en el interior. Una mujer con uniforme se acercó a la ventana y se quedó mirándome un momento. Después, negó con el dedo y señaló su muñeca, como mostrando el reloj que no llevaba puesto. Era demasiado tarde para que me diera una habitación. Señalé la puerta aparentando que no entendía su gesto, pero ella se limitó a repetirlo y después se perdió hacía el interior, apagando la luz tras ella. Me quedé de nuevo casi a oscuras, solo iluminado por la débil bombilla y sin mucho más que hacer allí.

El resto de edificios que se intuían alrededor estaban totalmente apagados, y de haber alguien en ellos lo más probable era que las posibilidades de encontrar alojamiento fueran tan escasas como en aquel. Volví a la calle principal y me metí por algunas callejuelas a probar suerte. Seguía nevando con fuerza, pero la nieve no agarraba sobre la capa de hielo pulido que cubría las calles, y el firme era una pista escurridiza sobre la que había que caminar con cuidado. Me fui al suelo un par de veces, ruidosamente, aunque no había nadie cerca que pudiera oírlo.

Encontré un cartel que anunciaba un lugar llamado Priyut Alpinista, que además de ofrecer alojamiento organizaba excursiones por las montañas de alrededor. Parecía la clase de sitio que estaría abierto también en el invierno y que probablemente no tuviera inconveniente en aceptar un nuevo huésped a aquellas horas de la noche. Seguí la flecha del cartel y encontré algunos metros más allá la dirección anunciada, pero allí no había nada. Recorrí la calle de arriba abajo, pero no quedaba ni rastro de aquel lugar, y las casas de alrededor no aparentaban tener mucha vida. A lo lejos vi un chico de mi edad que se acercaba.

—Perdone, ¿el Priyut Alpinista?

—Se quemó hace poco—. Señaló con el dedo hacia el lugar donde yo correctamente había supuesto que debía encontrarse, mientras negaba con la cabeza.

—¿Y conoce otro sitio donde pueda pasar la noche?

—¿Pagando? ¿Tiene dinero? —dijo deteniéndose después de haber reanudado rápidamente su paso tras responderme.

—Sí, claro —dije—. Si es barato, mejor —añadí sonriendo, aunque él pareció ignorarlo.

—¿500 rublos la noche?

Aquella era una cantidad razonable.

—Sí, por ejemplo. 500 rublos está bien.

Sacó su teléfono móvil y marcó. Respondió una mujer que resultó ser su madre, y con la que discutió durante algunos minutos después de contarle la situación. La mujer no parecía muy entusiasmada con la idea de alojarme, pero acabó cediendo ante las razones del hijo, quizás con pocas ganas de seguir oyéndole gritar al otro lado del teléfono. Supuse que tendría alguna de esas casas para alquilar, y tal vez no le compensaba ir hasta ella y ponerla en funcionamiento para un único huésped durante un par de días.

—Por aquí —dijo haciéndome una señal para seguirle.

Caminamos algunos metros antes de cruzarnos con un hombre mayor que parecía estar borracho. Se saludaron y el chico le dijo que esperara, que me iba a enseñar dónde quedarme y después se uniría a él. Apenas veinte metros más allá, y con más ganas de volver con el otro hombre que de acompañarme, me señaló una luz a lo lejos y con una breve explicación me dejó allí para que continuara yo solo.

—Tiene que seguir hasta aquella luz. Llame a la puerta y allí ya le espera mi madre —dijo, y se alejó de vuelta a paso ligero sin preocuparse de si había comprendido o no sus palabras.

Seguí sus indicaciones y no tardé en darme cuenta de que, aunque aproximándome por un lado distinto, la luz a la que me dirigía no era sino la del edificio del sanatorio donde había estado antes, y que probablemente iba a cosechar un fracaso igual. Pensé en darme la vuelta y seguir probando lejos de allí, pero valía la pena intentarlo de todas formas.

No me hizo falta llamar a la puerta al llegar. Esta vez la mujer me esperaba en la entrada y me hizo un gesto según me iba acercando. Era más que lo que había conseguido en el intento anterior, aunque no era lógico esperar de ella ningún trato agradable.

—¿Necesita una habitación?

La pregunta era tan retórica que ni yo me molesté en responderla ni ella esperó a obtener una respuesta. En su lugar, la seguí hasta una habitación no lejos de la entrada, donde se sentó, me pidió mi pasaporte y me preguntó cuántos días pensaba quedarme.

En el interior, el edificio tenía un aire más antiguo que lo que podía intuirse desde fuera, aunque algunas partes parecían renovadas, y el ambiente en general era acogedor. Tenía el aspecto institucional de los viejos hoteles soviéticos, con pasillos largos mal iluminados, y se respiraba ese diseño rancio de entonces.

La mujer se quedó un instante mirando la última página del pasaporte, antes de rendirse y pedirme que le ayudara a leerlo y escribir mi nombre en cirílico.

—En el colegio estudiábamos alemán, pero no me acuerdo de nada —dijo riéndose—. Estas letras no las entiendo.

Le mostré la página del pasaporte donde estaba el visado ruso.

—Esto está mucho mejor —respondió sin dejar de reír.

Contra todo pronóstico, el ogro malhumorado que yo esperaba se había convertido en una agradable mujer a quien parecían entretenerle las pequeñas dificultades de su trabajo, y para quien una visita como la mía resultaba un interesante imprevisto en su poco atareada jornada de trabajo.

En el armario de las llaves no faltaba ni una sola. Todas las habitaciones estaban desocupadas. Cogió la de la 5A y me condujo hasta ella, casi en el extremo opuesto del edificio. Por el camino, iba encendiendo las luces, que brillaban con poca fuerza y apenas iluminaban el triste y sucio papel de las paredes. La habitación era diminuta pero correcta, en la línea del resto.

Encendió la televisión, que era lo más nuevo de la habitación con diferencia, y con el mando cambió un par de veces de canal, no sé muy bien si para mostrarme que en efecto funcionaba o por si acaso yo no sabía cómo utilizarla. Se detuvo en uno que retransmitía una especie de programa de humor.

—Este es bueno. Te gustará —dijo señalando con la mano en la que sostenía el mando, y después me lo dio.

Me recordó que podía pedirle agua caliente para preparar té o café a cualquier hora, e insistió en que la llamara si necesitaba cualquier cosa. Y todo ello con una sonrisa sincera y transmitiéndome la sensación de que hacía todo aquello con placer.

Si en Irkutsk había podido experimentar las dos caras de una misma moneda en dos cajeras que trabajaban a apenas cien metros la una de la otra, allí bastaba una sola mujer para pasar en cuestión de minutos de una recepcionista que se negaba a darme cobijo a una dispuesta a cuidarme con entusiasmo. Y lo más curioso es que ambas posturas parecían realmente firmes, difíciles de cambiar, y sin embargo estaban tan cercanas entre sí que pasar de una a otra era asunto de un breve instante.

Cada ruso es en realidad un libro que no solo no ha juzgarse por sus tapas, sino del que no ha de emitirse veredicto alguno hasta haber leído la última página. Tolstoi escribió que «la verdad, como el oro, no crece y se recolecta, sino que se obtiene separándola de todo aquello que no es oro». En ningún otro lugar como en su tierra natal se hace tan necesario separar y desmenuzar hasta la más mínima verdad antes de darla por válida. En Rusia, no solo las apariencias engañan, sino que muy a menudo las realidades que parecen más solidas sorprenden, cambian de pronto como la actitud de aquella recepcionista en mitad de la noche.

Uno de los aspectos más interesantes de tratar con rusos es intentar descubrir la mecánica misteriosa que obra ese cambio, las razones que se esconden tras ello y la forma de llegar al lado más humano que se esconde tras la mayoría de rusos. Buscar y encontrar la manera de hacerlo y, sobre todo, comprender su porqué, es una tarea que puede resultar en ocasiones frustrante y en otras una apasionante aventura hacia una forma de ser que se diría enigmática, pero que la mayoría de las veces es desconcertantemente simple.

En mi segundo viaje a Rusia me perdí en las calles de una pequeña ciudad intentando encontrar la dirección un museo que me habían recomendado visitar. Pregunté a un hombre que pasaba, que simplemente me ignoró sin siquiera dirigirme una mirada. Probé con otro, que se detuvo un breve instante sin apenas prestar atención y me dijo que no conocía esa dirección incluso antes de que hubiera terminado de decírsela. El tercer intento llevaba camino de ser igual de infructuoso, con un hombre que según me vio acercarme hizo un gesto con la mano invitándome a alejarme de él. Decidí enfrentarme a aquellos modales rudos con una dosis igual de brusquedad, y me interpuse en su camino obligándole al menos a escucharme. El hombre se detuvo y me miró con rostro serio mientras escuchaba mi pregunta. Se quedó pensando un instante antes de responder. La dirección no le era conocida, pero después de su negativa inicial, parecía ahora dispuesto a ayudarme todo lo posible, y en lugar de seguir su camino se quedó conmigo.

—¿Conoces algún otro edificio que pueda estar cerca?

—No, no sé nada más—. Puso cara de resignación al oír mi respuesta.

Estaba claro que si encontraba el lugar no iba a ser gracias a su ayuda, pero el hombre ponía empeño y empezaba a mostrar un particular interés por mi viaje y por mí. Admitió que no podía ayudarme y comenzó entonces a hacerme algunas preguntas, y mis respuestas no hacían sino aumentar su curiosidad. Estuvimos hablando un par de minutos, y la prisa inicial que parecía tener había desaparecido por completo. Ahora daba la impresión de ser un hombre con mucho tiempo libre y nada mejor que hacer.

—¿Y dónde te quedas? ¿Tienes amigos aquí?

—Estoy en un hotel, el Stary Dvor.

—En un hotel no vas a ver nada. Tienes que quedarte con una familia rusa de verdad—. Se detuvo un instante antes de continuar—. Quédate conmigo si quieres, a mi mujer le encantará. Seguro que nunca ha visto a un español en su vida —dijo riéndose.

Unos minutos después de haberme despreciado sin siquiera dejarme decir una palabra, aquel hombre me invitaba a su casa dispuesto a ser el anfitrión que yo necesitaba para conocer la verdadera hospitalidad rusa. Decliné su invitación diciéndole que era mi último día en la ciudad y ya tenía un billete de tren, y probablemente sin poder ocultar mi sorpresa ante aquella proposición.

Algo extremo sin duda, aquel caso me hacía pensar dos veces antes de juzgar nada, y recordarlo era una invitación a conceder segundas oportunidades que en no pocas ocasiones resultaban ser acertadas en un país de frías fachadas y cálidos interiores.

El edificio estaba en un silencio absoluto. La mujer se había retirado a algún lugar lejos de mi habitación, con la seguridad de poder descansar sin que nadie la molestara. Era muy improbable que llegasen nuevos huéspedes y, de hacerlo, ella podía negarles la entrada igual que había hecho antes conmigo, volviendo a mostrar esa otra versión de sí misma. Me dormí pensando en que mañana sería un nuevo día, e intentando adivinar cuál de aquellas caras, Jekyll o Hyde, me esperaría al despertar.

* * *

Al igual que las personas, las ciudades y pueblos rusos tienen también varias caras. A veces, es necesario buscar para descubrirlas todas; otras, aparecen casi sin que uno las busque e incluso pueden verse al mismo tiempo como una realidad de múltiples facetas que no se ocultan entre sí. En Arshan sucedía esto último.

Salí a media mañana sin saber muy bien qué buscaba. No encontré a la mujer en la entrada, pero la puerta estaba abierta y campanilleó al abrirla. Era un detalle que no había advertido la noche anterior, y me resultó agradable. Nevaba mucho y el cielo tenía un color plomizo. No parecía que fuera a despejarse pronto. Por encima de allí, no muy lejos, estaban las montañas de la cordillera Arshan a la sombra de las que el pueblo descansaba. Pero las nubes eran bajas y no se veía más que un techo gris que dejaba todo a merced de la imaginación de uno, y mirando en dirección contraria, hacia la carretera por la que había llegado el día anterior, el relieve era llano y nada hacía presagiar esas montañas a la espalda.

Recorrí el terreno del sanatorio en un paseo lento. Era un extenso parque en el que había muchos más edificios que los que de noche había visto. La mayoría eran bajos y no muy grandes, similares a aquel en el que había pasado la noche. Curioseé los carteles sobre la entrada de cada uno, donde se describía su papel en el conjunto. Bloques de dormitorios, una banya, una sauna, un discreto museo de historia del sanatorio, un edificio con instalaciones para niños, una pequeña cabaña para masajes; parecía haber una colección interminable de lugares para elegir.

Había dos puntos por los que se entraba al recinto del sanatorio: el primero, por donde había entrado en mi primer intento la noche anterior; el segundo, por el que me guió el hijo de la mujer antes de dejarme a mi suerte. Unos doscientos metros más allá, descubrí una tercera puerta con un oxidado torniquete, desde la cual arrancaba el camino que se perdía hacia el fondo del bosque e iba paralelo a un río poco profundo y rápido que no se helaba. Aquella parecía ser la entrada principal o, al menos, la más turística. A ambos lados del camino se extendían unas estructuras de metal donde se situarían puestos de recuerdos y baratijas, sobre los que la nieve apenas encontraba lugar para depositarse. Debía haber cerca de cien, pero solo dos de ellos estaban ocupados. Vendían gorros, guantes, jerseys y chalecos hechos de una lana parda clara, de camello, todos ellos fabricados en Mongolia. Las mujeres me miraron al pasar pero no hicieron ademán de atraer mi atención a pesar de que miré con curiosidad y aminoré la marcha. Mostraban una resignación extraña, y me pregunté cuál era la razón de ser de esos puestos en un día como aquel.

Por el camino no había apenas nadie. Me crucé con poca gente, y todos tenían aspecto de ser personal del sanatorio. Cuando dejé atrás los edificios y alcancé el final del recinto, llevaba ya un rato caminando por una senda en la que la nieve no había sido hollada por pisada alguna. Me detuve a leer un cartel con las normas del parque. Si quería seguir paseando fuera de aquel recinto debía volver atrás y registrarme. La burocracia rusa era una de las pocas cosas que no parecía acusar el invierno en aquel lugar. Seguí caminando, abriendo huella a través del bosque.

Los árboles estaban muchos de ellos llenos de cintas votivas. Algunas eran pañuelos finos con inscripciones y colores vivos, pero la mayoría eran meros jirones de tela sucia o incluso tiras de plástico. De lejos, la estampa tenía encanto, pero a medida que uno se acercaba se iba convirtiendo en un pequeño basurero con la única salvedad de estar flotando por encima del suelo. De una rama colgaba el plástico de una botella de agua mineral sujeta por un nudo hecho sin cuidado que amenazaba con deshacerse. Curiosa forma de mostrar respeto a los espíritus.

El cielo comenzó a abrirse cuando empecé mi camino de vuelta, pero el viento que soplaba por entre los árboles levantaba a veces la nieve recién caída, que brillaba según volaba de un lugar a otro. Abajo, las dos mujeres seguían en sus puestos, solitarias, sin hablar entre ellas, y volvieron a dejarme pasar sin intentar llamar mi atención. Las dejé atrás y fui hacia el centro del pueblo aprovechando la luz del sol que ahora brillaba con fuerza. Detrás de mí, las montañas habían ocupado ya su lugar en el paisaje, tomando el relevo de las nubes.

La calle principal era amplia, y a ambos lados había casas bajas de madera que se extendían algo más de un kilómetro. Con la luz del día era más fácil aún localizar los innumerables carteles que indicaban que las casas alojaban huéspedes. Todas ellas seguían, sin embargo, aparentemente igual de abandonadas que la noche anterior, y era probable que si llamase a la puerta de la mayoría no obtendría respuesta alguna.

Pasada la primera linea de cabañas, el pueblo se extendía por algunas callejuelas casi desiertas, con nieve bacheada. Reconocí algunos de los lugares por los que había deambulado la noche anterior. Ahora había perros despeinados corriendo de un lado a otro, que me ladraban al pasar pero apenas se acercaban, y al oírles nadie salía de las casas a ver lo que pasaba. Las vacas se detenían en grupos a un lado de la calle y miraban con desgana. Eran vacas rusas, al fin y al cabo.

Al final del pueblo, en el extremo contrario, una entrada con dos arcos de cemento pintados de un rosa apagado daba acceso al reciento del segundo sanatorio, el segundo rostro mucho menos idílico del pueblo. Frente a mí me encontré un edificio enorme y decrépito, una deprimente mole de hormigón mal pintada de verde, como un Frankenstein soviético con ventanas rotas, manchas de humedad y balcones que se desmoronaban. Debía tener unos sesenta metros de largo y cinco pisos de desvencijadas ventanas muy juntas entre sí. Fuera de él, la nieve se acumulaba sobre pequeños montones de basura en la que algunos perros rebuscaban infructuosamente.

Nadie diría que se trataba de un lugar destinado al descanso. Parecía más bien el escenario ideal para una película de terror, o tal vez un internado psiquiátrico donde en lugar de aguas termales y masajes el único tratamiento eran intensas sesiones de electroshock y píldoras de colores en pequeños vasitos. Desde fuera parecía una ruina abandonada en la que nadie en su sano juicio pasaría la noche. E imaginarme aquello lleno de rusos ociosos era aún más aterrador que contemplarlo ahora, completamente vacío.

Me adentré en el bosque de los alrededores y descubrí algunos otros edificios más pequeños y agradables, y seguí una pista estrecha entre los árboles en la que no había huellas de pisadas pero sí de esquís de fondo. Pasaba por algunas casas separadas del centro del pueblo, y después daba la vuelta y regresaba, alcanzando unas instalaciones deportivas muy básicas con hierros, muchos de ellos torcidos. Desde allí había algunas huellas que llevaban de vuelta al edificio central, más aterrador aún cuando se contemplaba desde lejos.

En mitad del bosque encontré una canasta de baloncesto hecha con unos viejos tablones y la llanta sin radios de una bicicleta. Estaba lejos de todo, sin huellas que llevaran hasta allí, perdida donde no llegaba ni siquiera el ruido de los perros que ladraban en las casas del pueblo. Las montañas asomaban por encima de las copas ahora que no había nubes.

En el café donde entré a cenar algo solo tenían pozys grasientos y las mesas estaban sucias. Una chica de pelo corto me atendió de mala gana y desapareció hacia la parte de atrás.

Me quedé a solas con mi ración de tres pozys en un plato de plástico y una cerveza, mientras se iba haciendo de noche y el lugar quedaba cada vez más oscuro. Ella había encendido una luz en la trastienda, donde debía estar la cocina, pero no se molestó en salir al comedor a encender las luces hasta que estuve completamente a oscuras. Acabé mi comida y volví a la residencia a paso ligero.

La puerta estaba abierta pero no había ni rastro de la mujer. Di una vuelta por al pasillo haciendo algo de ruido para que me oyera, pero no vino nadie. Acabé cogiendo yo mismo la llave del armario y me encerré en mi habitación, mucho más acogedora que el resto. El edificio parecía abandonado. Encendí la televisión y vi una vieja película soviética antes de quedarme dormido.

* * *

Mi última mañana en Arshan la pasé la mañana visitando un pequeño Datsan (monasterio) budista a las afueras del pueblo. No tenía nada de especial, salvo la belleza del propio enclave y lo anodino que me resultaba pensar en la combinación de budismo e idiosincrasia rusa, dos verdades que no parecían tener mucho en común. El budismo es la religión mayoritaria en algunas zonas del sur de Siberia, y comparte con el chamanismo tradicional parte de sus ideas, pero a poco que uno conozca la mentalidad y la manera de ser rusa, aquellas son piezas que no se diría que han de encajar armoniosamente.

Cumplí la visita, di un paseo por los alrededores, y después fui hacia la estación de autobuses.

Quedaban diez minutos para las dos de la tarde y la clásica furgoneta azul estaba ya allí, pero no había nadie cerca. Supuse que tal vez sería el único viajero. Abrí la puerta trasera y entré. El conductor estaba ordenando unas monedas y se giró hacia mí. Tenía cara de pocos amigos y el pelo cortado a cepillo.

—Yo salgo a las tres —dijo mientras movía ligeramente la mano como invitándome a salir. Su gesto era bastante claro.

—¿Y la de las dos?

—La de las dos no va a venir.

—¿Y eso?

—No viene —se limitó a decir. Hizo un gesto que daba a entender que no tenía interés en darme más explicaciones.

—¿Y qué puedo hacer? Tengo un billete para la de las dos—. Le enseñé mi billete recortado y lo miró por encima sin mucha atención.

—Yo salgo a las tres. Puedes esperar y venir conmigo.

—¿Pero sirve el mismo billete?

—Sí —respondió con sequedad y sin mirarme. Había vuelto a ordenar sus monedas.

Salí y cerré la puerta y me quedé en los alrededores a esperar, para poder comprobar si era cierto lo que decía. En la pequeña caseta donde despachaban los billetes, la mujer no me confirmó si la marshrutka vendría o si bien, por alguna razón, se había anulado el servicio. Se limitó a desentenderse y cerró el pequeño ventanuco sin darme mucha opción a discutir. Esperé hasta las dos y cuarto pero no apareció ningún otro coche ni ninguna otra persona.

Eché a andar y me detuve en un comedor de aspecto viejo. No había mucho más donde elegir para pasar el tiempo que quedaba, así que entré, pedí una cerveza y me senté en una mesa en mitad de una habitación desierta. Tal vez el budismo no sea la religión más acorde con la mentalidad del pueblo ruso y de sus gentes, pero qué duda cabe que un poco de filosofía oriental no está de más para enfrentarse a él. Sin paciencia, este país se convierte pronto en un enemigo invencible. Intenté ser positivo y me dije a mí mismo que era un mal menor. A fin de cuentas, estaría de vuelta en Irkutsk a media tarde de cualquier modo.

La chica que me había servido la cerveza se acercó hacia mí y cogió la botella vacía.

—¿Otra? —preguntó

Miré el reloj. Aún tenía tiempo de sobra.

—Sí, por favor —respondí.

Practicar el zen al modo ruso, con una botella en la mano, resultaba más estimulante.

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