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La última vez que había estado en Oljón había sido un par de años antes, en el verano, cuando la isla, situada al suroeste del Baikal, es relativamente popular, especialmente entre los turistas siberianos. Arrancando como ahora desde Irkutsk, había cogido un autobús hasta las afueras y desde allí había hecho autostop hasta la misma Oljón a lo largo de un día completo.El primer coche que se detuvo me llevó a unos cuarenta kilómetros de la ciudad. El conductor era un hombre con rasgos de la etnia local, los buriatos, con aspecto oriental y pómulos grandes. Se detuvo de camino en dos apartados donde unos totems de madera tallada y repletos de cintas anudadas indicaban un enclave ritual. Respetando las tradiciones buriatas, arrojó algunos kopeks y un par de cigarrillos, y después se sirvió un vaso de vodka y arrojó algunas gotas también a los pies de la figura, repitiéndome que aquello era parte del rito chamán que todo buen buriato debe cumplir. Lo que no me explicó fue por qué para los espíritus bastaban tres gotas y para él sin embargo correspondían los clásicos cincuenta gramos, una cantidad vulgarmente terrenal que a buen seguro no formaba parte de ningún rito. Salvo que la pasión ancestral de los rusos por el alcohol pueda considerarse como alguna especie de ritual pagano.
El chamanismo tiene una curiosa presencia en buena parte de Siberia, donde se mezcla el interés etnográfico de las creencias más arraigadas con la más vulgar de las interpretaciones actuales. Viejos chamanes que han sobrevivido a una larga historia de persecución y miedo y heredan tradiciones ancestrales coexisten con curanderos que aprovechan el resurgir de unas costumbres, y que no distan mucho de sus equivalentes occidentales de tarot y farándula televisiva. Y el pueblo llano, como aquel hombre, aprecia esa parte de su cultura pero solo hasta el punto en que le resulta de utilidad inmediata, sin preocuparse generalmente por el significado o la procedencia de los ritos.
El hombre arrojó la botella ya vacía al campo y volvimos a entrar en el coche. Había bebido demasiado y yo esperaba que me dejase pronto en algún lugar habitado y no tener que seguir con él, pero no me hizo falta decirle nada. Intentó convencerme de que le invitara a otra y que así me llevaría algunos kilómetros más. Le dije que no y me dejó poco más allá del segundo punto de ofrenda, donde intenté encontrar otro vehículo, a ser posible con un conductor con menos delirios místicos pero más respeto por las normas de tráfico.
Un hombre mayor paró y se ofreció a llevarme, pero dijo que pararía en un café a unos cincuenta kilómetros, donde iba a entregar unas cajas a la dueña, y después volvería hacia Irkutsk. Acepté su oferta y al llegar aproveché para comer algo en el café, que era el único edificio en al menos un par de kilómetros a la redonda. A la mujer que lo regentaba le hizo gracia la historia que el hombre le contó acerca de mí, y mientras me servía lo que había pedido me hizo algunas preguntas curiosas.
El conductor había emprendido ya su regreso a Irkutsk cuando acabé mi comida, y yo era el único cliente del lugar. Recogí mis cosas y salí a continuar el viaje. La carretera era mala y los coches no iban muy rápido, pero pasaban pocos y ninguno se detenía. Ni aquel café ni yo parecíamos tener éxito en medio de aquella ruta perdida.
Un autobús se detuvo y el conductor bajó a comprar algo. Me acerqué a él para preguntarle, pero me dijo que no podía llevarme. Llevaba niños y la ley le prohibía montar a cualquier otro adulto que no fuera la profesora. Señaló hacia el interior, desde donde una chica de unos treinta años nos miraba, intuyendo seguramente nuestra conversación pero con un gesto que no decía nada. Los niños se pegaban a la ventana, peleándose por un espacio para poder curiosear.
Salió del café apenas dos minutos después llevando consigo algunas chocolatinas y un helado. Intentó arrancar el autobús, pero el motor se resistía y solo lanzaba un ruido ahogado. Me alejé unos metros para poder ver mejor los coches que venían, mientras oía el ruido sordo del encendido una y otra vez, intento tras intento.
Debieron pasar unos veinte minutos hasta que el hombre, con una tenacidad inquebrantable, consiguió poner en marcha el autobús. Entonces avanzó unos metros hasta donde yo estaba, accionó una rudimentaria palanca que empujaba la única puerta del vehículo hasta abrirla, y me hizo un gesto para que subiera. Dentro, la joven profesora sonreía divertida mientras trataba de contener la histeria de los pequeños, que parecían emocionados de tener un extraño como compañero de viaje.
El conductor era un hombre seco, de pocas palabras y muy atento a la carretera, y la profesora era extremadamente tímida, como acongojada ante mí, así que no tenía muchas oportunidades de hablar con nadie e hice el viaje casi en silencio, mirando el paisaje. Los niños, aunque sin quitarme ojo, tampoco parecían muy interesados en conversar, y se limitaban a alguna pregunta suelta a la que seguían unos cuantos minutos de risas y comentario en voz baja, con independencia de cual hubiera sido mi respuesta. Hablaban en la lengua buriata, y tan solo cuando se dirigían a mí hablaban en ruso.
Me dejaron en el último pueblo desde donde coger el ferry para cruzar a la isla, y tomaron una de sus calles hasta un complejo de casas donde los niños iban a pasar algunos días a la orilla del Baikal. Me despedí de la chiquillada saludando y sonriéndoles desde la calle, y ellos se agolparon tras el cristal para devolverme el saludo. La chica hizo un gesto tímido y sonrió muy levemente. Después, intentó poner algo de orden entre los pequeños y no volvió a mirarme.
El ferry me dejaría en el extremo sur de Oljón tras cruzar apenas un kilómetro, pero allí no había nada, y el pueblo más cercano estaba a muchos kilómetros, así que tenía que cruzar con alguien que después me llevara por la isla. Fui preguntando entre la poca gente que esperaba la salida del ferry hasta que al fin una pareja mayor se ofreció a llevarme.
—Puedes venir con nosotros, aunque no es muy cómodo —dijo el hombre mientras abría la puerta de atrás de su viejo coche.
Habían quitado los asientos traseros para tener un maletero más espacioso, y lo único que quedaba ahora eran algunas piezas sueltas y una bolsa de plástico. Puse mi mochila a modo de asiento y me senté en ella para probar. No era muy cómodo, pero tampoco serían muchos kilómetros.
—Está bien —dije mientras ellos se reían.
—No vamos hasta Juzhir. Nos quedaremos antes, en Yalga. Si quieres puedes quedarte con nosotros —dijo la mujer.
Juzhir era el pueblo más importante de la isla y el que concentraba la modesta infraestructura turística del lugar. La mujer suponía correctamente que aquel sería mi destino, pero quedarme en una aldea de la que no había oído hablar, también a la orilla del Baikal, parecía una opción aún más atractiva, así que acepté su oferta. Pasé dos días dando paseos por la orilla del lago, bañándome en sus aguas y regresando después a la compañía de aquella pareja que, aun aparentemente encantados de tenerme allí, hablaban poco y tenían más interés en escuchar mis historias.
El hombre trabajaba en un cobertizo junto a la casa y a ratos en una huerta por la que había que cruzar para llegar a un cubículo que constituía el retrete de la vivienda. La mujer salía por el pueblo a veces, y el resto del tiempo lo pasaba en la casa, y cuando yo llegaba su única misión parecía ser alimentarme con todo lo que había cocinado.
La aldea debía tener menos de cien habitantes, aunque no conocí a nadie más en ese tiempo. Cuando quise comprar algo de comida y bebida, la mujer llamó a una vecina que me abrió su tienda un par de casas más allá, en una cabaña vieja con una puerta metálica y un enorme candado en la que no había cartel alguno y solo se vendían los productos más básicos. Después de aquellos días, un vecino me acercó hasta Juzhir a cambio de algunos rublos, y allí continué mi viaje por la isla.
Ahora, en mitad del invierno, mi visita a Oljón era bien distinta. La idea de hacer autostop con aquellas temperaturas resultaba menos seductora, y había cambiado el autobús escolar por una furgoneta que salía solo tres días a la semana. En lugar de con niños, viajaba con un grupo pequeño principalmente de mujeres, a las cuales no parecía resultarles tan apasionante mi presencia.
En apenas cuatro horas llegamos hasta el último pueblo, desde donde ya se veía la isla y el principio de un lago helado que se prolongaba en la distancia. En lugar de hacia el embarcadero desde donde salía el ferry, el conductor se desvió y bajó hasta la orilla por una calle estrecha. Aparcó y paró el motor. La gente empezó a bajarse con sus equipajes, y yo seguí su ejemplo aunque no sabía muy bien el porqué de aquello. Hacía frío y el viento soplaba muy fuerte. Al cabo de unos minutos empezaron a regresar al calor del interior, dejando sus cosas fuera tiradas sobre la nieve. Supuestamente, esperábamos la llegada de otra furgoneta que haría la segunda parte del trayecto, desde allí hasta Juzhir. Yo seguía sin entender mucho.
De pie junto a la furgoneta, el lago me parecía una frontera difícil de transgredir, como si estar allí parado no obedeciera a la logística de la ruta sino a una necesidad distinta que tal vez no podía entenderse en esos términos. El viento se había llevado la mayor parte de la nieve, y el lago era una superficie de hielo desnudo de color grisáceo que por instantes parecía llamar hacia sí y en otros era más un límite ante el que detenerse y reflexionar. Una de las mujeres se acercó a él y dio algunos pasos por encima, lentos, cruzando mucho los pies y caminando cabizbaja, mientras el resto solo miraba sin intención de hacer nada similar para pasar el tiempo. Las pequeñas manchas de nieve que quedaban se deshacían con el viento y volvían a formarse algo más allá, posándose tras hacer una pequeña espiral para escapar de nuevo un instante después con la siguiente ráfaga.
El conductor era un tipo curtido, joven, de nombre Andrei, que permaneció fuera pese al frío, dando vueltas alrededor del coche. Me quedé con él y le pregunté la razón de aquella peculiar escala.
—En teoría, la carretera sobre el hielo no está todavía abierta oficialmente y no podemos circular por ella. Así que tenemos que llevaros hasta el barco—, señaló con la barbilla hacia donde estaba el embarcadero, que no podía verse desde allí—, cruzáis andando por el hielo y en el otro lado os recoge otro coche—. Hizo una pequeña pausa—. Pero no está la policía por aquí, así que os recogerán directamente aquí.
Esbozó una sonrisa de complicidad y esperó un poco antes de continuar, mirándome como esperando alguna reacción por mi parte. Yo me limité a seguir escuchando.
—Tranquilo, que no es peligroso. El hielo es ya grueso.
Parecía un tipo responsable y aquella historia no me intranquilizó, aunque no dejaba de resultarme curiosa. Era, de cualquier modo, un ejemplo típico del modo ruso de hacer las cosas, incluso diría que predecible si uno conocía cómo funcionaban allí este tipo de asuntos.
La segunda furgoneta tardaba en llegar, así que aprovechó para contarme algunas aventuras al hilo de aquello. Pese a que él parecía poco dado a hacer locuras, no me cabía duda de que no sería difícil encontrar a muchos otros con mucho menos sentido de la responsabilidad —o simplemente más copas de vodka en el cuerpo— que en aquel contexto se la jugaban más de lo debido poniendo a prueba la solidez del hielo incluso cuando la razón recomienda no hacerlo.
Cada año, unos cuantos vehículos se van al fondo del Baikal, a veces dando un poco recomendable chapuzón a sus ocupantes, y en ocasiones, desgraciadamente, con trágicos resultados. A principios del invierno o finales de la primavera, los coches cruzan el lago lo más rápido posible, escapando a menudo de un hielo que se va resquebrajando a su paso, e incluso llevando las puertas abiertas ligeramente, para poder salir rápido si fuera necesario. Es la forma siberiana de liberar adrenalina.
Andrei tenía un amigo que había perdido así ya dos vehículos, uno de ellos en una excursión demasiado temprana con unos turistas alemanes que se habían librado por los pelos de un remojón helado. Él no parecía compartir sus métodos, pero le quitaba hierro al asunto cuando lo contaba. «Gajes del oficio», parecía querer decir, aunque sabía mejor que yo que eran más bien gajes de la propia forma de ser rusa.
Años atrás, cuando el capitán Cousteau visitó el Baikal para rodar uno de sus documentales, los lugareños le indicaron los sitios donde se habían hundido algunos de sus viejos Ladas y pesadas furgonetas. Para deleite de los locales, las imágenes de la expedición revelaron después los esqueletos oxidados de aquellos formando ya parte del ecosistema, como los cascos de galeones hundidos en mitad del océano entre los que nadan tranquilos los peces.
Probablemente, la expedición de Cousteau no encontrara en el fondo del mar restos tan conspicuos de épocas anteriores, pero muchos años antes de que los primeros coches comenzaran a circular sobre sus aguas heladas, las troikas que entonces se empleaban para cruzar el lago en el invierno se hundían también a menudo debido a la irresponsabilidad de sus conductores, al igual que lo hacen los vehículos de hoy en día y con consecuencias igual de funestas.
El viento comenzó a soplar más fuerte. Me tapé la cara y me giré para que el viento me diera en la espalda. Él hizo lo mismo, y acabamos los dos hablando de lado, sin mirarnos, oteando a lo lejos por si aparecía la otra furgoneta mientras el aire que soplaba hacia el lago nos golpeaba por detrás y pasaba entre nosotros ululando.
Me parecía imposible sobrevivir después de haber caído al agua en esas condiciones. Si uno caía al final de la primavera, las temperaturas eran más benignas, apenas unos grados bajo cero, y las posibilidades de un final feliz eran mayores. Pero si sucedía en el invierno uno podía encontrar al salir del agua treinta grados bajo cero y un viento helado, como ahora, y en cuestión de instantes la ropa se congelaba y se adhería a la piel.
—Cuando eso pasa, lo primero que hay que hacer es echar vodka por encima, para que el hielo se derrita y poder quitarse la ropa—. Hablaba en tono serio, aunque poco después se echó a reír y me miró como esperando que yo hiciera lo mismo. Como si quisiera decir que algo así solo podía suceder allí, en mitad de Rusia.
Desde el horizonte, la furgoneta se acercaba flotando sobre el hielo. Aparcó al lado de la nuestra y Andrei y el otro conductor se subieron al techo para intercambiar los equipajes más grandes que iban en las bacas. Después, cada una volvió por donde había venido, llevando los pasajeros y equipajes de la otra.
La ruta hacía muchos kilómetros por el hielo en lugar de cruzar el breve estrecho que atravesaba el ferry en el verano, y solo se incorporaba a la isla una media hora después, habiendo dejado atrás una buena parte de la pista de tierra que la atraviesa, mucho menos cómoda y rápida que la carretera perfectamente lisa sobre el lago. Poco después pasamos Yalga. Desde lejos se veía como una aldea helada, completamente recogida en sí misma. No mucho más tarde, el trayecto terminaba en Juzhir.
El viento no era tan fuerte como atrás en la orilla y había gente caminando por las amplias calles de tierra. Había poca nieve, a lo sumo un palmo, y las calles estaban peladas igual que las laderas que podían verse a lo lejos, donde el blanco convivía con el color ocre de las hierbas. Las cabañas de madera no tenían nieve en sus tejados, pero seguían echando humo y reflejaban la realidad del invierno, con sus ventanas dobles de vidrios finos que cerraban mal y sus agujas de hielo colgando por encima de ellas, o con el entrar y salir de hombres mayores muy abrigados que se perdían tras viejas verjas de madera con enormes bisagras.
Alquilé una habitación en una de aquellas cabañas por doscientos rublos la noche a una mujer que parecía no esperar huéspedes aquel día. Su marido me saludó a la entrada pero no dijo nada. Me observó un instante como para dar el visto bueno y después dejó que ella ejerciera el papel de anfitriona. No parecía interesarle demasiado aquel negocio.
La casa no tenía ducha, pero fuera había un grifo y una pila donde poder lavarse, y si lo pedía con antelación y añadía algunos rublos de más podían prepararme la banya. Con aquella temperatura, la pila podía usarse para poco más que lavarse los dientes, e incluso aquello resultaba duro, así que preferí la opción de la banya. Le dije a la mujer que no necesitaba nada ahora, pero que mañana la utilizaría, a ser posible por la tarde. Dijo que estaría preparado a las seis y me pareció una buena hora. Después me señaló al otro lado de la pequeña finca la caseta donde estaba la letrina.
—Úsala rápido si no quieres congelarte —dijo riéndose.
Le devolví una sonrisa entre dientes a la que ella ni prestó atención mientras desaparecía dentro de la casa después de haberme explicado todo lo que consideraba necesario.
Salí a pasear un poco y me acerqué hasta la orilla a dar algunos pasos sobre el Baikal. Quedaba ya poca luz, pero el día era claro y se podían apreciar bien los relieves de la nieve, las huellas de los coches que la atravesaban o el contraste con los salientes rocosos. Al contrario que en el tramo que habíamos recorrido al venir, aquí había nieve sobre el hielo, salvo en algunas pequeñas manchas donde se veía el hielo desnudo, que a esa hora tenía un brillo húmedo con las últimas luces. En los primeros metros, el relieve era irregular, con grandes trozos de hielo acumulados en montones, como montañas de escombros cristalinos con mucho menos atractivo que el resto, perfectamente regular. La gran placa del hielo que cubría el lago chocaba con las orillas y rompía en olas de cascotes congelados, helándose de nuevo y creando un relieve brusco por el que era incómodo caminar. Pasada esa distancia, aparecía de nuevo una llanura perfecta, lisa, a la que solo las formas que el viento podía haber dibujado en la nieve daban algo de variedad.
Rodeé el cabo Burján, un minúsculo saliente rocoso que entraba en el hielo y culminaba en la estilizada Roca Chamán, el enclave más fotogénico de la isla y considerada como una de las fuentes de energía en la tradición chamanista. Aunque los misticismos de cualquier tipo no suelen despertarme simpatías, viéndola ahora a la luz del atardecer no era difícil entender por qué los viejos chamanes habían escogido este lugar para asociarle sus leyendas y atribuirle poderes sobrenaturales. Al fin y al cabo, incluso el más iluminado de los místicos no dejaba de ser humano y, por tanto, susceptible de ser afectado por una belleza como aquella.
No muy lejos de la orilla había una zona sin nieve. El fondo debía estar a unos dos metros de profundidad, pero incluso en aquellas horas de poca luz podían verse con claridad los cantos redondeados, a través de un hielo transparente como el cristal. La sensación de caminar por encima de él era extraña y algo irreal. Mirando con detalle se apreciaban las burbujas de aire atrapadas, que a veces formaban hileras caprichosas, o las filigranas de nieve que habían quedado también encerradas y formaban dibujos en laminas delgadas, con varias de ellas en distintos niveles. Había fracturas en el hielo de todo tipo, cortas y largas, rectas y sinuosas, que permitían ver el grosor y estimar dónde empezaría el agua bajo el firme que uno pisaba.
Volví a la casa cuando aún la noche no se había cerrado, y le pregunté a la mujer si podía utilizar su cocina para prepararme algo de cena. Me mostró una cocina vieja en la que en aquel momento había dos ollas sobre el fuego, y me invitó a que en lugar de preparar nada cenase lo que ella estaba cocinando. Decidí aceptar su invitación y devolverle el favor con algo de compañía, y me senté junto a ella a charlar mientras se hacía la comida.
Los guisos eran simples pero sabrosos, y la mujer se limitó a servirme una ración generosa sin esperar demasiados cumplidos por mi parte. A decir verdad, el sabor era bueno, pero las recetas resultaban aburridamente predecibles después del tiempo que llevaba viajando, y quizás ella sabía que no cabía esperar mucha sorpresa con ese menú.
Aunque cada región de Rusia tiene sus propios platos y costumbres a la hora de sentarse a la mesa, el arraigo de estos en la práctica diaria es limitado, y una gran parte de la dieta del ruso medio es idéntica de uno a otro extremo del país. La comida es otra de esas constantes que varían poco o nada a medida que uno viaja, resultado de años de homogeneización soviética y carencias, que han acabado con la mayor parte de los deseos de experimentar a los pucheros que las amas de casa rusas podían albergar. Me habló sobre aquello pero sin mostrar queja; era simplemente la realidad que le había tocado vivir, vista a la luz de esos fogones que no parecían despertarle especial emoción ni desagradarle.
Cortó algunas rebanadas de pan negro y fiambre y me acercó un platillo con ello. Le dije que no hacía falta pero me ignoró. Después cogió mi plato y me sirvió otra ración sin preguntarme siquiera si tenía más hambre. También en eso era predecible. Y al igual que la comida, dulcemente hogareña.
* * *
La mujer y su marido dormían desde hacia tiempo. Me habían dejado la llave de la entrada para poder entrar hasta mi habitación en cualquier momento, y probablemente no esperaban que fuera a salir una vez que ellos se acostasen. Pero yo no tenía sueño y, aunque se había hecho de noche hacía tiempo, todavía era pronto. Recorrí las calles desiertas de un Juzhir iluminado débilmente por algunas bombillas anaranjadas cuya luz moría pocos metros más allá y conformaban un tapiz de manchas de luz sin esplendor y llenas de congoja. Cuando llegué al extremo del pueblo, ante mí solo quedaba oscuridad, pero seguí avanzando a tientas en dirección a la orilla.
Bajé hasta el lago y caminé muy despacio por la primera zona del hielo. Era una noche muy oscura y no se veía mucho aparte del contorno difuso de la Roca Chamán. Noté la superficie nevada y lisa bajo mis pies. Sobre ella era más sencillo caminar aunque no hubiera luz. El crujir de la nieve era seco y se prolongaba con cada paso, perdiéndose en una inmensidad sin ecos ni audiencia.
Era mejor no alejarse demasiado, así que simplemente me quedé allí, a pocos metros de la orilla, forzando a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad e intentando distinguir cada vez más allá sobre una nieve que ahora ya no refulgía, sino que se apagaba en un horizonte negro.
Me gustaba visitar las ciudades por la noche para comprobar que eran distintas, con otra vida y otras gentes, y en algunos casos encontraba realidades completamente opuestas, como si al irse el sol hubiera viajado a un lugar diferente. Allí descubrí que también los lugares como aquel cambiaban al caer el sol, y aunque el silencio y la calma eran iguales y no existía un paisaje al que mirar, la sensación era intensa.
Repetí paseos como aquel casi todas las noches que estuve allí, saliendo a disfrutar perdiendo la vista hacia la nada del lago en una negra ceguera que, paradójicamente, era distinta en cada ocasión. No sé si la mujer y su marido se dieron cuenta de ello, pero no dijeron nunca nada.
Meses después de aquellos días, salí una noche a correr por el campo cerca de mi casa. Había suficiente luz para no tropezar por los caminos que serpenteaban por una dehesa próxima, pero se podían distinguir en el cielo una infinidad de estrellas, incluso en el horizonte, revoloteando alrededor del perfil ambiguo de las montañas. Reparé entonces en que nunca durante esas noches en el Baikal había levantado la vista más allá de la nieve, que lo más que había buscado era el final del hielo cuando se encontrara con la orilla. Que nunca había mirado las estrellas que a buen seguro poblaban el cielo bajo el que di aquellos paseos.
Fijé la vista en una zona donde había un par de estrellas más brillantes a lo lejos. Pensé que aquella distancia no me parecía mayor que la que creí tener ante mí mientras miraba hacía el vacío negro del Baikal, que resultaba ser un oscuro universo por sí mismo. Tal vez fuera por ello que no había necesitado entonces contemplar aquel cielo ante el que las aguas heladas del lago no desmerecían en cuanto a enormidad y espacio.
En el silencio de la noche, mientras escuchaba tan solo el sonido de mis pasos sobre la tierra, eché de menos el crepitar de la nieve helada bajo mis pies.
* * *
En algunas pequeñas galerías de Moscú, estuvo expuesto durante cierto tiempo un cuadro de María Dorojina, una pintora de la ciudad que había logrado con él un premio para jóvenes artistas. El cuadro representaba un viejo barco oxidado, amarrado en la orilla frente a unas aguas calmas en las que se reflejaba la luz rojiza del atardecer. A su lado, un caos de embarcaciones pequeñas llenaba un espacio de colores encendidos junto a las aguas azuladas.
Yo conocía bien aquel cuadro y aquella escena. Había conocido a Masha en un viaje anterior y con ella había compartido aquel atardecer que más tarde ella recogería no solo en aquella pintura sino en muchas otras. Fue en el puerto de Juzhir, un modesto embarcadero en el extremo del pueblo al que se accede pasando por los edificios de madera oscura y vieja de la fabrica local de conservas. El lugar era poco más que un muelle prácticamente derruido donde se agolpaban una decena de barcos, muchos de ellos aún más decrépitos que el propio muelle y que hacía tiempo que no salían a navegar. A pocos metros, en la orilla, reposaba el casco negro y oxidado de un barco más grande, el mismo que protagonizaba aquel cuadro, y que recogía como ningún otro ese extraño encanto de ciertos elementos abandonados, condenados a seguir ahí por mucho tiempo sin que nadie tenga intención de retirarlos.
Marcada por ese viaje, después de él Masha había dedicado gran parte de su obra a las escenas náuticas, a retratos sencillos de pequeños puertos en los que unos pocos barcos y personas se combinaban con aguas interminables y agrestes relieves como los que allí en Oljón podían encontrarse. En los días que pasé en su casa de Moscú antes de comenzar mi viaje hacia Siberia, me enseñó su colección de pinturas recientes, y en la mayoría de ellas no me era difícil reconocer los lugares que entonces habíamos contemplado o al menos adivinar de dónde venía la inspiración que los había creado. Me hizo prometerle que haría fotografías de todo aquello en el invierno y que me reservaría un par de días antes de volver a casa para enseñárselas y contarle los detalles del viaje. Aquello ya entraba dentro de mis planes sin necesidad de que lo pidiera, y probablemente ella lo sabía.
El puerto era efectivamente muy distinto en el invierno, suficiente como para justificar nuevas fotografías y cuadros que representarían un mundo diferente aun ocupando un idéntico espacio. Me acerqué hasta allí a primera hora de la mañana, con una luz bien distinta a la de entonces. Los barcos estaban colocados tal y como los recordaba, y pensé que quizás no se habían movido desde entonces. Ahora estaban bloqueados por una firme capa de hielo, pero aun así había gente en ellos, entrando y saliendo y operando sobre las minúsculas cubiertas. Quizás solo se usaban ya para guardar cosas, y sus días lejos de tierra firme hubieran terminado hacía tiempo.
Las tablas del muelle crujían al pasar sobre ellas, y la nieve que las cubría no tenía huellas. A los barcos se llegaba más cómodamente por el propio hielo, sin el riesgo de tropezar en alguno de los muchos espacios entre las tablas, por los que se precipitaba la nieve al pisar cerca. El hielo cubría por completo una barrera también de madera hecha con troncos y grandes tablones, así como algunos barcos más pequeños en los que una cortina helada se derramaba desde las cubiertas.
En el lateral del gran barco colgaban algunas agujas de hielo. Paseé por la orilla y escarbé con el pie en el suelo para descubrir la estrecha playa de guijarros. Ahora no resultaba tan agradable sentarse en ella a observar sin más, y preferí seguir caminando, alejándome de la colección de barcos desordenados, amarrados en un mar helado que no los hacía oscilar con ese vaivén que les da vida.
Algo más adelante, volví a pasear sobre el hielo, apartándome perpendicularmente de la orilla hacia el interior de la llanura. Oljón esta situada cerca de la orilla oeste del Baikal, y la franja del lago que queda hasta esa orilla, conocida como Maloe More —en ruso, Pequeño Mar—, es de unos 15 kilómetros a la altura de Juzhir, lejos de los 70 kilómetros de ancho total en ese punto. 15 kilómetros no son suficientes para perder de vista la otra orilla, y en un día claro como aquel se apreciaba perfectamente el relieve a lo lejos, que de hecho aparentaba estar más cerca y daba una falsa sensación de proximidad.
Caminé una hora hacia el centro y después me senté sobre la nieve. En ese punto, si uno mira hacia el norte tiene ante sí cientos de kilómetros de un blanco perfecto que no parecen tener fin, y las orillas no se aprecian ni por el rabillo del ojo. Hasta ese punto, se van atravesando las marcas de las carreteras sobre el hielo y las huellas de otros coches rebeldes que se han aventurado fuera de ellas. A medida que se coge distancia, cada vez hay menos señales, y solo las formas naturales de la nieve adornan el suelo que uno pisa. Puede verse la dirección del viento en los rizos que deja, grupos de unas pocas ondas que arrugan la nieve, y que lejos de las orillas, donde sopla con más fuerza, aparecen salpicando el paisaje. De vez en cuando una protuberancia en el hielo asoma, coronada por un poco de nieve pero con paredes de hielo cristalino que brillan y pueden apreciarse desde lejos.
De pronto el hielo retumbó como un tambor enorme, como si algo hubiera explotado por debajo de él. Era un sonido grave, redondo, difícil de localizar en el enorme espacio a mi alrededor. Un minuto después hubo una replica algo más débil, y algo más tarde otra más seca y violenta. Por debajo de la capa de nieve, una de aquellas grietas de formas caprichosas acababa de aparecer en el hielo emitiendo su primer y ultimo llanto.
Miré hacia atrás, hacia el puerto. Después de una hora caminando debía estar a unos tres o cuatro kilómetros. Mi huella era la única que veía, y se perdía a lo lejos sin cruzarse con otras. Volví a mirar hacia el norte, hacia el fondo blanco sobre el que ya brillaba la luz de la mañana. La sensación era la de haber navegado mar adentro y después haber sido arrojado por la borda, abandonado en mitad de un océano en cuyas aguas, sin embargo, no me hundía. Como un náufrago perdido en una isla que ocupaba no más el espacio bajo mis pies.
Regresé desde ese punto hasta Juzhir en línea recta, abriendo un nuevo camino y viendo cómo no muy lejos de mí algunos coches pasaban hacia el sur por la pista más cercana a la orilla.
En Juzhir las calles estaban vivas, aún más activas y con gente que aprovechaba un día relativamente agradable para llevar a cabo sus quehaceres cotidianos. Enfundados en abrigos que los cubrían casi por completo, los niños corrían en grupos, deslizándose algunos metros de vez en cuando sobre la nieve que cubría las calles. Aun acostumbrados a vivir la mitad del año rodeados de blanco, jugaban con ella con el mismo entusiasmo que si fuera la primera vez que la veían o resultara algo extraordinario, como lo haría un niño de Madrid en uno de esos raros días en que nieva y hay que apresurarse a recolectar la nieve que se acumula sobre los coches antes de que se derrita. Uno de ellos llevaba un patín corto en un pie con el que avanzaba en equilibrio por la ligera pendiente de la calle principal. Algo más allá, con un disco de plástico con un asa, dos niños se tiraban por un tobogán que terminaba en una franja de hielo pulido por la que escurrían hasta detenerse, para volver de nuevo a repetir el ciclo.
En lugares pequeños como aquel, donde la vida se compone de sus elementos más básicos, el mundo de los niños es maravilloso. Si uno no ha de preocuparse por subsistir y no percibe la dureza de habitar un lugar así, sitios como aquel ofrecen un vivir lo más sencillo posible, fundamental, cuya belleza a buen seguro ha de dejar huella. A otra edad, aun si uno los vive y habita ocioso y despreocupado, no se percibe el verdadero valor de esa simpleza y de la lección que dicta. Esta, como un idioma, ha de aprenderse de niño para sentirse completa.
Abandoné de golpe la idílica vida aldeana de aquellos niños cuando regresé esa tarde a casa y recordé que, a otras edades y sin esa mirada inocente, la realidad de un pueblo en mitad de Siberia es bien distinta. La mujer no estaba, pero encontré al hombre sentado a la mesa en la cocina, comiendo algo de fiambre y con una botella poco llena que no tenía etiqueta alguna. Supuse que era vodka. Me saludó con la cabeza sin hablar, pero no pareció que mi presencia le interesara mucho. Se levantó y cogió otro vaso, y lo llenó hasta casi el borde. Señaló la silla enfrente suyo y puso allí el vaso. Era una invitación tan directa que no podía negarme, aunque no tenía muchas ganas de sentarme a hablar con él ni tampoco de beber.
Bebió el vaso de un trago con un gesto como de resignación, y después me miró esperando a que yo hiciera lo mismo. Seguí su ejemplo para no defraudarle, y bebí de golpe todo el vaso. Quemaba y tenía un regusto desagradable. Me había confundido: aquello no era vodka, sino un samogón casero que probablemente él mismo había preparado. Me acercó el pan y el fiambre para que comiera algo y pudiera quitarme el sabor de la boca, intuyendo a buen seguro por mi gesto que necesitaba algo así
—¿Lo ha hecho usted? —pregunté.
Asintió con la cabeza sin mostrar ningún orgullo, ni tan siquiera diversión por el hecho de que apenas un vaso de su brebaje hubiera sido capaz de dejarme casi fuera de combate y a punto de vomitar. En su lugar, rellenó su vaso y el mío antes de que me diera tiempo a decirle que no, y apartó la botella acabada a un lado de la mesa. La tradición rusa dice que una botella vacía debe dejarse en el suelo, nunca sobre la mesa, pero esa parecía una costumbre que no resultaba tan necesario respetar si uno bebía a solas, cuando supersticiones como aquella tenían menos importancia.
Bebí el segundo vaso creyendo que sería el último, pero sacó una nueva botella y hubo una tercera ronda. Estaba empezando a sentirme algo mareado, así que cogí algo más de pan y puse una loncha gruesa de fiambre encima, aunque no conseguí apenas quitarme aquel sabor de la boca. Él comió algo después de mí, sin prisa, con la vista perdida y en silencio. Dejé el vaso apoyado boca abajo en la mesa. Él entendió el gesto y en la siguiente ronda llenó solo el suyo y no me miró, como si yo ya estuviera fuera de allí.
Esperé un poco más y después me retiré a mi habitación dándole las buenas noches. Él siguió con la mirada ausente, y su saludo fue tan imperceptible que dudé que realmente me hubiera oído o incluso se hubiera percatado de que me había ido. Poco después escuché la voz de la mujer hablando con él. Me quedé dormido mientras ellos seguían conversando. Aquella noche no hubo paseo por el hielo.
* * *
—¿Qué plan tiene para hoy? —me preguntaba la mujer cada mañana sin dejar de tratarme de usted.
—Pasear por el hielo —le respondía yo encogiéndome de hombros, y ella se reía, divertida al escuchar cada mañana la misma respuesta.
Solía pasar el día improvisando rutas sobre el lago y después regresaba por la tarde y descansaba en compañía de ella y su marido, resumiéndoles en poco más de un par de frases mi jornada, sin tener mucho más que contar. Seguía encontrándola en la cocina, pero no hablábamos mucho. Los detalles culinarios dejaron de ser parte de la conversación. Un día le propuse preparar una sencilla tortilla de patatas. Aceptó y me dejó hacer mirando de vez en cuando, pero se limitó a comerla y agradecerme el esfuerzo, sin interés alguno por saber más. Él, por su parte, me servía algún vaso de vez en cuando y yo le acompañaba, pero no esperaba de mí que siguiese su ritmo. Visiblemente acostumbrado a beber sin necesitar excusas o compañía alguna, se servía sus tragos sin contar conmigo, agradeciendo aun así que yo me uniera a él, con el gesto de quien gusta de compartir en ocasiones sus pequeños placeres.
En mis paseos durante el día descubrí que las orillas guardaban un atractivo distinto a la vasta extensión de hielo del Baikal en sí, y que si uno las recorría encontraba cascadas de hielo, grutas y extrañas formas que resultaba difícil imaginar cómo se habían formado. En algunos lugares, la orilla comenzaba con un abrupto escalón de hielo, como el frente de un glaciar inmóvil. En otros, ese escalón flotaba medio metro por encima del nivel del lago, dejando un zócalo vacío que daba la sensación de que, tras congelarse, la superficie del lago había descendido de pronto. Las grutas y techos estaban cubiertos de agujas blancas, a veces tan largas que alcanzaban el suelo, con el que se fundían.
Recordaba el Baikal en verano como una lámina estática, frágil, casi igual que lo era ahora en el invierno, y con esa imagen en la mente no era fácil entender aquellas formas. Pero lo cierto es que a finales del otoño, cuando ya ha empezado a helar, el Baikal es todo menos el remanso de paz que yo conocía. Azotadas por los vientos, las olas rompen contra las rocas y van formando así esas agujas y pilares retorcidos. El lago está aún demasiado agitado para congelarse, pero cada ola que se estrella contra la pared deja algunas gotas que, mientras escurren, van quedando heladas, engrosando pacientemente los bloques de hielo de las orillas. Es el mismo proceso por el que se forman estalactitas, pero que en lugar de requerir miles de años ocurre en un par de meses como parte de un ciclo que se sucede todos los inviernos.
El último día hice una excursión al norte de la isla, recorriendo la mitad de kilómetros por el hielo y la otra mitad por caminos irregulares cubiertos de nieve, en un viejo UAZ con muchos kilómetros a sus espaldas. El UAZ es una especie de furgoneta de ruedas altas y una carrocería de aspecto y forma ridículamente sencillas, que aparenta ser un torpe vehículo de antaño. En zonas como aquellas, representa el vehículo más popular, capaz pese a su apariencia de moverse por caminos que harían palidecer a muchos todo--terrenos, y con una mecánica fiable y tan simple que cualquier conductor ruso con un mínimo de maña puede repararlo con poco más que una tela y un trozo de alambre.
El UAZ típico es siempre de color gris y tiene asientos que se asemejan a sillones baratos en una sala de espera, a menudo cubiertos con alguna manta de dibujos extraños que no se lava ni una sola vez hasta el fin de sus días, si es que este llega en algún momento. Aquel reunía todos aquellos requisitos, amén de un conductor prototípico con un uniforme militar y unas enormes gafas de sol, que gustaba de reírse ante la mayoría de mis preguntas.
En el extremo norte de la isla, la vista es sencillamente grandiosa: una enormidad de hielo que permite mirar y girar la cabeza y no ver más que un blanco uniforme que hace sentir que uno ha perdido la visión. Sobre este fondo, se ve pasar en cada parpadeo el líquido de la retina, la única alteración en una imagen lisa en la que el concepto de distancia pierde su sentido.
No podía llegarse en coche hasta los escarpes del final, y el hombre debía estar más que cansado de ver aquello, así que fui a solas hasta el borde del acantilado y me senté en una piedra desnuda a observar mientras él me esperaba cómodamente abrigado al volante del UAZ, a unos pocos cientos de metros por detrás. El viento soplaba fuerte y no había nieve en toda la cornisa, cuyas rocas marrones se precipitaban de pronto en una claridad inverosímil.
Una parte de la belleza de Siberia no solo reside en ella misma, sino también en cuanto evoca su historia y su leyenda. Aunque aquel era un lugar hermoso de por sí que uno debiera poder admirar sin importar cómo o cuándo se llega hasta él, sentía una pequeña frustración al pensar que estaba perdiéndome parte de su valor al mirarlo con ojos muy distintos a los de otros que habían estado allí antes, en mitad de un invierno como aquel. Los ojos de viajeros de antaño, de personajes que habían pasado por allí escribiendo para la historia sus miradas sobre aquella parte de Rusia, y cuyas experiencias solo se correspondían con la mía en lo más superficial, en lo que podía verse: esa imagen perfecta de un piélago blanco que yo ahora observaba.
En otros tiempos, no muchos años atrás, llegar hasta un punto así desde Moscú era una aventura sin garantías que llevaba meses, y la belleza del lugar era solo un ingrediente más para obtener esa sensación de conquista al culminar allí un viaje. Para mí era en cierto modo una recompensa no merecida: llegar hasta aquel punto había sido decepcionantemente simple, muy lejos de las dificultades que un lugar así podría plantear. Me habría gustado llegar hasta allí habiendo sufrido algo más en el camino, ser como uno de aquellos viajeros de entonces que quizás, arribando de ese modo, podían comprender enclaves como aquel mejor que yo ahora.
Miré hacia atrás, hacia donde el viejo UAZ y su conductor me esperaban. Aquel era un recordatorio de que las cosas ya no eran como antes. Estaba lejos de casa y era el único visitante al norte de la isla, y sin duda habrá quien diga que alcanzar ese enclave había sido hasta ese momento una gran aventura, pero las comparaciones que venían a mi mente eran del todo odiosas. En realidad, podía regresar a mi hogar en unos pocos días, sin complicaciones y por no demasiados rublos, cómodamente sentado en un tren tomando vodka con algún siberiano para quien lo más difícil no era atravesar esas tierras, sino habitar en ellas día tras día. En otros tiempos, cuando contemplar una vista como esa implicaba alcanzar un lugar efectivamente remoto y distante de todo, una posibilidad así era sencillamente inconcebible.
En esos tiempos, además, las dificultades no acababan con el clima o el territorio agreste al que había que enfrentarse. El hombre ha sido siempre en Rusia un obstáculo tan duro de superar como el entorno mismo, un creador de límites y complicaciones por encima de la propia naturaleza. Pero hoy, y aunque la burocracia rusa sigue contándose entre las más insidiosas del mundo y pelear con los oficiales de la militsia es un tedio inevitable, nada tiene que ver la situación con el férreo control de entonces, donde las rutas estaban limitadas, las ciudades cerradas, e incluso en la enormidad de Siberia la sensación del viajero debía ser una especie de extraña claustrofobia, encerrado en el pequeño universo de cosas que la autoridad le permitía a uno visitar.
Nadie ejemplifica mejor esto último que el físico americano Richard Feynman. Premio Nobel en 1965, Feynman no era solo un científico de primera línea sino, por encima de todo, una personalidad curiosa con una infinidad de pasiones a las que dedicaba cuanto esfuerzo le era posible. Una de esas pasiones fue Tuva, entonces una república soviética aún más desconocida de lo que es hoy en día, a la que Feynman soñaba con viajar por razones la mayoría de ellas incomprensibles incluso para él mismo. Y esas, las irracionales, son las pasiones más intensas.
Durante años, luchó una batalla perdida de antemano tratando de obtener un visado que le permitiera visitar Tuva para poder ver aquello con lo que desde niño había soñado, y descubrir la verdad de una región sobre la que entonces resultaba enormemente complejo conseguir incluso la información más irrelevante. Pero Tuva no estaba en la lista de lugares turísticos que la autoridad soviética contemplaba, y el sueño de Feynman se estrelló contra una burocracia capaz de aniquilar incluso las pasiones de una de las mentes más privilegiadas de aquel tiempo.
Los intentos de Feynman por seguir adelante fueron tan increíbles que incluso dieron para escribir un libro. Ralph Leighton, el compañero con el que planeó durante años su aventura, recogió en su obra Tuva or Bust! la historia de todo aquel infructuoso esfuerzo. Leighton pudo finalmente viajar a Tuva y cumplir su sueño, pero Feynman no tuvo tanta suerte. El 15 de febrero de 1988 moría víctima de un cáncer contra el que luchaba desde tiempo atrás. A principios de marzo de ese mismo año, menos de un mes después de su muerte, su viuda recibió en su casa una carta con la invitación del gobierno ruso por la que Feynman había peleado durante más de una década hasta el día mismo de su muerte.
Volví a perder la vista en un horizonte que no sabía muy bien dónde comenzaba. Aquello no era Tuva, pero probablemente hubiera resultado igual de imposible alcanzar ese lugar en aquel entonces. Y sin embargo, resultaba difícil imaginar que un paisaje así pudiera supeditarse a otra cosa que no fuera su propia enormidad, y al observarlo daba la sensación que toda Siberia no podía sino ser ajena a cualquier tipo de límites y restricciones, apartada por definición de avatares políticos.
En cierta medida, así era. En los años cincuenta, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, se encontraron en mitad de Siberia poblaciones tan aisladas que ignoraban que hubiera existido tal guerra, y para quienes los nombres de Lenin o Stalin no significaban nada. Y algunos de los denominados Viejos Creyentes —cristianos ortodoxos contrarios a la reforma del Patriarca Nikon en 1666—, en un último intento por preservar su fe en los difíciles tiempos de Stalin, optaron por perderse voluntariamente en lugares remotos de Siberia, desapareciendo literalmente del mapa y formando asentamientos de los que nadie tenía constancia, y que solo fueron descubiertos fortuitamente en los años setenta por un grupo de arqueólogos que trabajaban en la zona. Leyéndolas o escuchándolas sin más, resultan historias casi inverosímiles. Allí, sentado sobre una piedra al extremo de la isla, y con todo el Baikal delante de mí, lo cierto es que no lo eran tanto.
Cuando volví al coche, tenía la sensación de haberme demorado tal vez demasiado, pero el hombre me esperaba sonriente y sacó una bolsa de comida y un termo con té. Comimos unos sándwiches de pan negro, queso y mantequilla, y omul cocinado probablemente antes de salir, que aún estaba templado envuelto en papel de plata.
Le pregunté si era de allí y negó con la cabeza esbozando una sonrisa que indicaba que mi suposición no iba muy bien encaminada.
—¿De Irkutsk? —dije. Volvió a negar.
—De Karelia.
Puse cara de sorpresa. Karelia es una república al norte de San Petersburgo, a muchos miles de kilómetros de allí, de la que no solo le separaba ahora esa distancia, sino una forma de vida muy distinta.
—Lejos —respondí.
Sabía ya que realmente aquellos kilómetros eran lo de menos cuando se trataba de migrar de una a otra ciudad en el seno de un país que una vez más me demostraba que en él debía reconsiderar mi noción de escala, pero sentía curiosidad por saber algo más.
—Esto es otro mundo distinto—. Hizo una pausa mirando por la ventanilla—. Pero me gusta.
Me creí aquella respuesta pese a que, aun sonriente, no parecía apasionarle llevar cada día turistas hasta aquella parte de la isla. Intuyó que no me acababa de convencer su explicación y añadió:
—Mi mujer es de Irkutsk.
Aquella parecía una razón de más peso.
—Es una buena razón —le dije.
—Es una razón —respondió lacónicamente mientras se reía y ponía en marcha el motor, que inesperadamente arrancó a la primera.
Mientras volvíamos a Juzhir haciendo alguna que otra parada en la orilla este de la isla, pensé en lo que el hombre había dicho: «esto es otro mundo distinto». Me gustaba oír decir que Siberia era un mundo diferente del resto de Rusia, más aún si venía de alguien que no era siberiano. Era una teoría harto repetida que, sin embargo, resultaba agradable escuchar por cuanto implicaba desconocimiento, extrañeza e incluso una cierta aprensión, pero no menosprecio de una realidad que, a la luz de su propia verdad, se ha de asumir forzosamente como diferente.
—¿Por qué es un mundo distinto? —le pregunté.
Me miró con cara de desconcierto, dándome a entender que la respuesta a aquella pregunta era larga y compleja. Al final, buscó una respuesta sencilla y recurrió al clima, un cliché eficaz y no por ello menos cierto.
—Espérate a que haga frío de verdad y lo verás. Los coches no funcionan. Este tiene un sistema que lo pone en marcha automáticamente cada hora cuando está aparcado y funciona durante diez minutos, para que no se congele. Sin eso, el aceite se espesa y no arranca.
Cuando Chejov viajó a Siberia a principios del siglo pasado, dejó escrito que «en mayo, en Rusia los bosques reverdecen y cantan los ruiseñores, y en el sur florecen las acacias y los lilos, y aquí, en la carretera de Tyumen a Tomsk, la tierra está marrón, los bosques desnudos, y en los lagos hay un hielo mate y sobre las orillas y taludes todavía queda nieve.[…] En comparación con la rusa, la naturaleza siberiana resulta monótona, pobre, silenciosa. E incluso las hojas de los abedules siberianos parecen más oscuras que las de los rusos». En los tiempos actuales, y sin el mismo talento, aquel hombre se fijaba en cosas mucho menos poéticas que los lilos en flor o los ruiseñores, pero conseguía de igual modo transmitir una idea por otra parte fácil de expresar.
En Juzhir, me despedí de él con un apretón de manos sincero y di un paseo en el poco tiempo que quedaba antes del anochecer. Después, regresé a la casa, donde el hombre y la mujer me esperaban con la estampa de cada día.
—¿Y mañana qué? ¿Otra excursión por el hielo? —me preguntó ella después de que le contara mis impresiones del día.
—Mañana de vuelta a Irkutsk —le respondí. Se echó a reír y no dijo nada más.
El hombre cogió una botella de vodka, me miró y la levantó para preguntarme si quería. Asentí con la cabeza y señaló con la barbilla hacia una estantería, indicándome que cogiera un vaso. Se lo acerqué, lo llenó y después cogió el suyo y lo levantó, mirándome con los ojos bien abiertos sin decir una palabra. Interpreté aquello como su forma particular de ofrecerme un brindis de despedida.