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Antes de tomar el tren que me llevaría a Irkutsk, compré unos cuantos pirozhkí rellenos de patata a una mujer mayor de camino a la estación. Sentada en una esquina y con una caja de cartón donde guardaba su mercancía, metió los pirozhkí en una fina bolsita de plástico transparente y me los dio mientras cogía mi dinero apresuradamente. Después continuó con su letanía, anunciando en voz queda su negoció al tiempo que yo me alejaba.Algo que uno aprende rápidamente en Rusia es que cualquier lugar y condición son buenos para vender toda clase de producto, sin necesidad de más infraestructura que aquello que se ofrece. Basta situarse en un punto y esperar a que la gente, acostumbrada a esa forma de comercio errante, comience a interesarse. En cualquier rincón del país, ya sea una gran ciudad o una aldea, las calles son como mercados donde a la vuelta de cada esquina hay alguien sentado ofreciendo algo, y los pequeños puestos que uno puede encontrar, si es que pueden llamarse así, son minúsculos, reducidos a la mínima expresión, con tan poca mercancía que un único comprador generoso podría llevársela toda sin problemas.
Alrededor de las estaciones de tren, la pequeña cocina es la reina. Pirozhki, huevos cocidos, pasteles sencillos; alimento barato para satisfacer las necesidades simples de los viajeros, condenados si no a la aburrida comida instantánea o a aquello que hayan podido traer de casa si han tenido ocasión de ello. Los mismos andenes son también un buen enclave, esperando a los viajeros a la puerta de los vagones, y el ritual de comprar en las paradas constituye una parte fundamental en la rutina de todo viaje.
A medida que uno se aleja de las estaciones y desaparecen esas necesidades, los puestos con frutas y verduras toman el relevo. La mayoría no son más que una pequeña mesa o una caja con cinco o diez tomates verdes y otros tantos pepinos, cantidades tan ínfimas que se hace difícil imaginar cómo su venta puede aportar algún beneficio apreciable a la economía de quienes los venden. A veces es un cubo de plástico lleno de patatas, o uno más pequeño lleno de pipas negras y un vaso de plástico, indicando la medida en que se vende la mercancía. También en vasos se venden las pequeñas frutas, preciadas frambuesas y bayas que son a la vez un dulce capricho y una necesidad vital para hacer frente a la difícil dieta del invierno.
La venta callejera es un asunto exclusivo de mujeres mayores, babushkas que complementan su exigua pensión intentando sacar el máximo rendimiento a los productos de su pequeño huerto o las recetas básicas que son capaces de preparar en su cocina. No hay hombres de edad vendiendo en las calles esas verduras y alimentos, sino solo mujeres forzadas a una autosuficiencia imprescindible, carentes del apoyo de un hombre que, en un país todavía ampliamente machista, se presupone como algo en cierto modo necesario. Pero los hombres de esas edades no solo no venden sus productos en la calle, sino que ni siquiera existen apenas. Con una esperanza de vida de menos de 60 años para los hombres y 75 para las mujeres, acusando los estragos del vodka y arrastrando todavía las consecuencias de unas guerras que diezmaron la población masculina, Rusia es un país de viudas, de mujeres solas en una pirámide poblacional en la que por encima de los 65 años solo uno de cada tres ciudadanos rusos es un hombre.
Si en cualquier lugar del mundo un anciano puede ser la figura más entrañable o bien el rostro mismo del desamparo, en Rusia una mujer vendiendo en la calle puede representar la imagen más pintoresca del país o ser el reflejo de la realidad más cruda. Y más aún en el invierno, cuando la temperatura puede caer por debajo de los treinta bajo cero sin que por ello se detenga la marcha de esa economía ciudadana de improvisados puestos y pequeñas transacciones de unos pocos rublos.
Las calles de Barnaul, como las de cualquier otra ciudad rusa, estaban llenas de babushkas que vendían sus existencias en cualquier esquina, a veces solas, aunque con frecuencia en pequeños grupos, quizás para así hacer más soportables las horas de espera a la intemperie.
Más allá de esas estampas de comercio callejeros, las babushkas aparecen en muchos otros lugares como símbolo veraz de la realidad rusa, a modo de matrioshkas de carne y hueso que guardan bajo su piel vidas y más vidas. Viajar por Rusia y no volver a casa con alguna historia en la que aparezcan ellas es casi tan improbable como recorrer el país entero sin que a uno le inviten a un trago de vodka.
Cada vez que compraba algo y pensaba en aquello, no podía evitar recordar algunas de esas historias, en la delgada línea que separa el relato entrañable que uno cuenta con orgullo del momento agrio en el que se agolpan emociones no siempre fáciles de asumir. Protagonistas de tal vez demasiadas historias, esas mujeres eran algo más que una parte del paisaje de mi viaje.
Junto con los pirozhkí que acababa de comprar y la comida que llevaba, necesitaba algo más para el viaje: algún dulce, un par de cajitas de comida instantánea, agua y zumo. Me acerqué a comprarlas al primer kiosco que vi que vendía productos de ese tipo para el viaje.
Después de los vendedores callejeros, los kioscos ocupan el siguiente escalafón en el panorama comercial de Rusia. Situados a solas en una plaza o calle, o juntos en largas filas formando peculiares zonas de comercio tanto al aire libre como bajo techo, los kioscos son la unidad mínima del negocio ruso. A través de una pequeña ventana uno puede comprar desde pan y fruta hasta un gorro para el invierno, una funda para el pasaporte o unas medias. Prácticos y siempre disponibles, permiten el fluir rápido de las grandes ciudades al tiempo que mantienen en los pequeños enclaves ese candor de los negocios sencillos.
Cualquier kiosco que se precie debe tener una gran cristalera donde se exponen uno por uno todos los productos a la venta, etiquetados cada uno de ellos con un pequeño cartelito que indica su nombre y precio, y que es otro de esos elementos estándar de una a otra punta de Rusia, con una homogeneidad difícilmente explicable en algo tan banal. Pueden así verse vitrinas con botellas y latas de cerveza muy próximas entre sí y formando una especie de tapiz infranqueable, o con cajetillas de tabaco perfectamente ordenadas como en un puzle.
Algunas calles son largas bandas de kioscos así, que se ven como una hilera de casitas policromadas, y ante las cuales, pese al frío, la gente pasa y se detiene a comprar a cualquier hora del día. En las grandes ciudades como Moscú, los pasos subterráneos que permiten cruzar sus anchas avenidas son a la vez rectilíneos centros comerciales, compartimentados en infinitos espacios donde la siempre abundante concurrencia puede comprar cuanto desee mientras va de un lado para otro.
Aun así, y como en todas partes, si uno quiere ver el comercio más auténtico debe acudir a los mercados, los verdaderos representantes de la forma en que el pueblo compra y vende sus necesidades más básicas. Sin el encanto bullicioso de los bazares de oriente medio o el desparpajo de un mercado español, los mercados rusos son, sin embargo, un elemento representativo de la idiosincrasia del país, donde tanto compradores como vendedores dan buena muestra del estilo ruso de hacer las cosas.
El carácter es frío, desinteresado, replicando ese mismo estilo de las tiendas aunque el contexto parezca más idóneo para encontrar un trato distinto y más cálido. Tratar con un vendedor ruso a pie de calle es igual de descorazonador que hacerlo con sus colegas que trabajan en un kiosco o un supermercado de nuevo estilo. Solo los comerciantes chinos, que en el oriente de Siberia forman comunidades importantes y ejercen su habilidad para los negocios como en otras partes del mundo, parecen tener una actitud distinta y sin ese velo de desidia del ruso típico. Porque el ruso es sin duda el vendedor menos enérgico del mundo, sin entrega alguna, y aunque en muchos productos hay lugar para el regateo, esta es una actividad sin carisma, carente de ese espíritu de lucha que es lo común en otros sitios. Cuando se alcanza un precio que satisface a ambas partes, no queda esa sensación de tregua amistosa tras el combate, sino que uno tiene casi siempre la impresión de que quien vende ha sido derrotado o, peor aún, que se retira de una batalla que no le es ya de interés.
En algunos lugares los mercados se organizan a modo de bazar, en estrechas callejuelas bajo techo, pero las más de las veces se sitúan al aire libre, en plazas que están ocupadas la mayor parte del día a modo de mercadillos permanentes. En sus tenderetes aguardan hombres y mujeres que en el invierno beben vasos de té humeante para mantener el calor y que de vez en cuando se mueven un par de pasos para no quedarse entumecidos.
El frío trae además otras imágenes que en verano no se encuentran, y mercancías con las que cuando el clima es distinto no se comercia de igual modo. La carne y, sobre todo, el pescado, ocupan un lugar importante en los mercados invernales. Con una balanza y un montón de peces helados, se venden al peso ejemplares enteros, imposibles de cortar, que se exhiben desordenados y cubiertos de escarcha en cajas de cartón, como si no fueran alimento. Los gorriones, que también sufren el invierno siberiano, se hacen más atrevidos y se posan sobre los peces y, especialmente, sobre los puestos de frutos secos. Cada cierto tiempo, sin saber bien el porqué, el vendedor se aproxima y agita el brazo para asustarlos, con la misma desgana y eficacia que una vaca espantando moscas con el rabo.
En Barnaul había varios mercados, todos ellos muy activos. No lejos del puerto se vendía calzado para el invierno, abrigos y gorros, pero también había mesas llenas de objetos metálicos de todo tipo, como candados y cerraduras, que brillaban fríamente junto a los grises puestos de pescado. Al lado de la estación había un pequeño mercado de dos cortas callejas muy estrechas, por las que había que caminar casi de lado, y las mercancías salían de los minúsculos puestos y hacían aún más difícil moverse.
Si uno tiene suerte, puede desembocar de pronto en una avenida con algún mercado improvisado, con un carácter distinto a los anteriores y lleno de todo tipo de cosas, muchas de ellas inútiles a primera vista. Especialmente en los fines de semana, surgen rastrillos formados por puestos sobre el suelo donde cada cual pone a la venta lo que le sobra en busca de unos rublos.
Encontré sin buscarlo uno de aquellos mientras daba aquel último paseo de camino a la estación. Algunos puestos acumulaban desde libros usados a placas de ordenador, pasando por piezas surtidas de todo tipo de maquinaria o antiguas enseñas comunistas para coleccionistas melancólicos. Otros, al contrario, daban la impresión de ser negocios puntuales, el recurso de quien ha encontrado en su armario algo que no necesita y que quizás puede cambiar por algo de dinero, y acude a este lugar a ofrecerlo. El espíritu clásico de todo rastrillo, pasado por el tamiz ruso, y al que el invierno siberiano añade sus propias texturas, poniendo a prueba la resistencia de los vendedores, salpicando de nieve los objetos y cubriéndolo todo con el vaho denso de la gente respirando bajo el frío.
Colgado de una varilla que asomaba de un muro había un tapiz rojo con una hoz y un martillo en el centro y un par de consignas comunistas rodeándolo. En otro tiempo, había uno de aquellos en cada hogar, presidiéndolo. Ahora eran como piezas de museo. Yo había visto uno muy similar en el museo regional de la propia Barnaul, en una discreta habitación que recogía algunas imágenes y objetos de la historia reciente de la ciudad.
Pregunté el precio por mera curiosidad.
—Tres mil rublos —dijo el hombre mientras se quitaba un guante y tocaba entre los dedos la tela—. Mire la calidad.
A su lado, otro hombre había extendido unos periódicos sobre la nieve y encima de ellos desplegaba su única mercancía, un abrigo de piel vuelta largo. Enfrente, una mujer paseaba en círculos esperando que alguien se detuviera en su modesto ajuar, que incluía un gorro, un par de vasos de cristal y algunos palillos chinos desgastados. No compré nada, pero por instantes cada uno de aquellos objetos, incluso los más inquietantes, se me antojaban como souvenirs de primera clase para llevar a casa en recuerdo de todo mi viaje.
Me alejé camino a la estación, volviendo a las calles normales que ahora me parecían vacías, y a sus aceras enormes y despobladas.
* * *
—¡Eso no es invierno! —exclamó la mujer, divertida al oír mi respuesta. Me había preguntado por la temperatura de Madrid en el invierno, y yo sabía que cuando se lo dijera iba a reaccionar así—. ¡Aquí eso es primavera!—. Miró hacia sus dos compañeras, que parecían igual de entretenidas ante aquellos datos.
Aunque interesantes a ratos, eran de ese tipo de personas que inician rápido las conversaciones y resultan agradables al principio, pero que al cabo de un rato empiezan a hacerse pesadas y consiguen que cada minuto parezca más largo que el anterior. Y lo peor era que yo tenía muchos minutos aún en aquella sala de espera, y ellas parecían haber cogido un ritmo de preguntas imposible de detener salvo que mi tren se adelantara milagrosamente.
Miré un par de filas delante, donde un hombre con aspecto de estar algo borracho dormía junto a su bolsa ocupando dos asientos. En lugar de sentarme a su lado había preferido el asiento junto a aquellas mujeres aparentemente inofensivas. Viéndole ahora tan silencioso, me arrepentía de ello mientras trataba de encontrar una respuesta breve a la última pregunta de mis compañeras de espera.
Ninguna de ellas era de allí. Venían de Kazajstán en un viaje fugaz para hacerse unas pruebas en un centro médico de Barnaul supuestamente con más medios. Aunque no entendí una buena parte de los términos más técnicos, me habían contado con detalle las enfermedades de cada una apenas cinco minutos después de que les hubiera dicho mi nombre. Yo simplemente sonreía, prestando poca atención a medida que me iba dando cuenta de que aquello iba a ser más largo de lo que esperaba. Cada una de ellas llevaba una gran bolsa con una radiografía, signo de que las pruebas había terminado y no tenían ya nada mejor que hacer que esperar su tren de vuelta, que salía varias horas después que el mío, así que básicamente no me quedaba más remedio que aguantar hasta la salida del tren. Me consolaba pensar que la puntualidad de los trenes rusos jugaba a mi favor.
No eran demasiado mayores, especialmente la más locuaz del grupo, que debía rondar los cuarenta años. Tenía ojos rasgados, un rostro bien proporcionado y expresivo con piel muy lisa, y suficientes dientes de oro como para que no pudieran contarse en el tiempo que duraba una sonrisa. Las otras eran algo mayores y hablaban menos, como mucho intercalaban algún comentario de vez en cuando y se reían ante mis respuestas, mostrando al hacerlo una profusión similar de piezas doradas en sus bocas.
Me obsequiaron una moneda de 5 Tengen, la divisa de Kazajstan que yo hasta ese momento desconocía. Era una moneda diminuta y muy ligera, de la que no pregunté su valor real. A cambio, decidí dejarles algunas monedas de cinco, diez y veinte céntimos de euro, aunque sabía que aquello despertaría aún más su curiosidad y sería otra fuente de nuevas preguntas. Las miraron con curiosidad y después se las repartieron entre ellas.
—Ya está ahí mi tren —dije al ver en el número de andén que me correspondía, mientras me echaba la mochila al hombro.
—Pero no tienes que irte todavía. El tren está ahí pero no saldrá hasta dentro de… media hora —respondió la mujer más joven girándose para ver la hora exacta de salida.
Me encogí de hombros sin saber qué decir, y me limité a despedirme con la mano intentando que el gesto pareciera lo más cariñoso posible para camuflar mi huida. Entendieron que no iba a quedarme y me devolvieron el saludo, regalándome una última colección de doradas sonrisas.
Busqué mi vagón entre la gente que ya caminaba por el andén. Estaba lejos y el tren era bastante largo. Había solo dos personas más en mi bloque de seis camas: un chico joven en la litera de enfrente y un hombre de mediana edad en la de encima de él. Ambos colocaban sus equipajes cuando yo llegué. El hombre me dio la mano pero no dijo nada más, ni siquiera su nombre. La media hora hasta que el tren arrancó paso rápida y en silencio. Solo el hombre se movió un par de veces hacia el bloque de al lado, a charlar con un amigo que venía con él y al que, extrañamente, no le habían dado una cama contigua a pesar de haber sitios libres.
Les eché un rápido vistazo mientras nos poníamos en marcha, con el deseo de que al menos fueran algo más comedidos que aquellas mujeres de la sala de espera. Normalmente solía tener buena suerte en aquello, aunque sabía que la de los trenes era una lotería compleja con muchos factores, en la que uno podía ser agraciado con un vagón limpio y bien conservado y disfrutar de un viaje de ensueño junto a compañeros agradables con los que poder conversar, o bien sufrir varios días en una estancia caótica y sucia junto a un grupo de borrachos difíciles de controlar.
Una buena parte de esa suerte correspondía a la figura de la provodnitsa, encargada de un vagón que comandaba todo cuanto sucedía en él desde el momento en que el tren arrancaba hasta que alcanzaba su destino. Por alguna extraña razón, aquel era otro de esos trabajos de mujeres, y muy pocas veces uno encontraba un hombre, un provodnik, y de haberlo, en honor a la verdad, ha de admitirse que raramente era tan eficaz como sus colegas femeninas. Una buena provodnitsa podía mantener el vagón reluciente como si fuera su propio hogar, tratar con mimo a los viajeros y ofrecerles ayuda cual el mejor de los anfitriones, y al mismo tiempo mantener a raya a borrachos y alborotadores con una autoridad que despertaría la envidia del más destacado miembro de la militsia. Sin aquello, el vagón era un edificio sin cimientos, un grupo de viajeros sin cohesión alguna que por sí mismos no lograban hacer surgir la legendaria camaradería de los viajes en un tren ruso.
La de aquel vagón era una mujer rubia de unos cuarenta años, sonriente y con una amabilidad natural que mostraba a cada viajero mientras comprobaba su billete y le recordaba que estaba a su disposición si así lo requería. A primera vista, su trabajo resultaba impecable. El vagón era bastante nuevo y estaba cuidado, con una alfombra en el pasillo central y encima de ella un paño fino algo más estrecho. Los paquetes con la ropa de cama estaban ya colocados en la mesa, y para las literas superiores estaba todo ya cuidadosamente preparado: los colchones cubiertos por las sábanas y las almohadas en sus fundas. Antes de abandonar nuestro grupo, colocó un mantelito sobre la mesa, un detalle que aparentemente había olvidado y que no habíamos advertido quizás por lo desacostumbrado de este. Después nos hizo una señal golpeando la mesa para indicar que ya podíamos colocar en ella nuestra comida, sonrió de nuevo y siguió su recorrido por el resto del vagón.
La escuché mientras atendía el siguiente grupo de pasajeros. Había un hombre que había entrado en el vagón bastante borracho y cuya voz yo apenas podía entender, y junto a él dos jóvenes que probablemente pronto estarían en un estado similar. El grupo lo completaba una mujer que a buen seguro preferiría otro tipo de compañía para aquel viaje. Como en una ruleta en la que la casilla ganadora es contigua a aquellas que no lo son, la suerte de estos trayectos es una cuestión de cifras afortunadas, de números de vagón y asiento que cambian el destino de un viaje, y era una suerte que por el momento parecía seguir estando de mi parte.
Crucé algunas palabras con el chico de enfrente de mí, las frases básicas sobre destino y origen. Al igual que yo, iba hasta Irkutsk después de un mes en un hospital de Barnaul recuperándose de una operación. Se tocaba en un costado y a veces levantaba con discreción la camiseta para mirar y podía verse el borde de una gasa pegada con una larga tira de esparadrapo. Aquel parecía ser mi día de encontrarme con enfermos.
Estábamos solos, sin nadie alrededor. El otro hombre se había movido rápidamente a la búsqueda de su amigo, para compartir charla y bebida con él. La primera botella de vodka la sacaron cuando las mujeres de su alrededor aún no habían tenido el tiempo suficiente para presentarse. Entre las voces pausadas de estas se oía su conversación ruidosa, interrumpida cada vez que comían o bebían algo. Me eché a dormir cuando aún no era tarde y estaban todavía encendidas las luces.
Cuando desperté, el tren estaba parado y ya era de día. Sin nadie en la litera superior, podía dormir cuanto quisiera o, al menos, permanecer tumbado todo el tiempo que la limitada comodidad del colchón permitía, sin tener que preocuparme por dejar espacio para nadie ni ser molestado.
—Mira, mira como limpian la vía—. Mi compañero de enfrente me tocó en el brazo para que me incorporara, habiendo visto que ya estaba despierto.
Me levante y le agradecí el aviso, antes incluso de haber visto nada. La noche anterior me había contado que trabajaba como ayudante en un tren de mercancías, y probablemente aquello explicara ese interés por mostrarme los detalles como aquel, que él con seguridad conocía muy bien. Me acerqué a la ventana para que mi interés quedara claro.
Por la vía paralela circulaba muy despacio otro tren. Desde la parte delantera recogía la nieve de la vía, que era transportada por una cinta a modo de escala y vertida sobre los vagones traseros. Estos eran de color marrón oscuro, del mismo tipo que los que había visto en otras ocasiones cargando carbón en largos convoyes interminables, y verlos ahora llenos de nieve reluciente era, cuando menos, curioso.
Puse mi desayuno encima de la mesa y le invité a que cogiera. Poco después nos pusimos de nuevo en marcha. Desde su litera, el otro hombre nos observaba con cara de ligera resaca, sin muchas ganas de bajar todavía y quizás esperando a que su compañero diera señales de vida.
Aprendí muchas otras curiosidades interesantes sobre los trenes rusos y sobre ciudades perdidas a donde su trabajo había llevado a aquel chico que parecía encantado de contar con detalle cada una de esas visitas. Un trabajo así en un país como Rusia podía mantenerlo a uno alejado de casa meses, de punta a punta en trenes lentos con nula prioridad en los nudos ferroviarios, cargando y descargando mercancías en lugares alejados entre sí muchos miles de kilómetros. Aunque no faltaba pasión en el relato, tampoco negaba que el mejor viaje era siempre el de regreso, la vuelta a casa después de largas temporadas fuera. Yo me imaginaba largos trayectos también muy lentos, deshaciendo poco a poco el camino, como debían ser tiempo atrás los regresos de los grandes viajeros, cruzando medio mundo a velocidades ridículas.
Le conté mi plan de viaje. Después de Irkutsk tenía intención de ir hasta Tynda, lejos al nordeste del Baikal, para desde allí comenzar el viaje de vuelta pasando por Severobaikalsk. En lugar del transiberiano, que discurre por el sur del Baikal, tomaría la línea del BAM Línea ferroviaria que cruza Siberia paralela a la linea del transiberiano pero más al norte, construida como una vía alternativa y más segura este, protegida de posible ataques provenientes del sur, especialmente de China.}, una colosal obra ferroviaria concluida tan solo en 1991, que circula por el norte atravesando zonas despobladas y ciudades fantasma, muchas de ellas creadas únicamente para justificar la cuestionable y muy elevada inversión en tal descomunal proyecto.
Me dijo que no merecía la pena, que en invierno allí hacía demasiado frío y no había nadie. Y que el BAM, tras su historia apasionante, no era muy diferente de cualquier otro tren, igual de fascinante o de aburrido, según quiera verse. Severobaikalsk era, según él, un lugar ideal para el verano, con muchos menos turistas que la parte sur del Baikal, pero en el invierno era demasiado frío como destino de viaje, incluso para los estándares siberianos. Tomé nota de cuanto decía y le di vueltas en la cabeza a mi ruta. Que alguien de Siberia diga que un lugar es demasiado frío es algo que al menos da que pensar.
A mitad del día el hombre de la litera superior bajó a unirse a nosotros. Se fue en busca de su compañero y al cabo de un rato volvió con él, quizás con la esperanza de encontrar en nosotros una compañía más animada que la de las mujeres de la noche anterior.
El compañero era un hombre delgado vestido con una camiseta vieja muchas tallas mayor que la que le correspondía, y que le daba un aspecto aún más enjuto. Tenía apariencia de ser tímido, con más ganas de escuchar que de hablar, y el cambio de lugar y de compañeros no parecía resultarle demasiado relevante siempre que pudiera seguir disfrutando de un viaje tranquilo comiendo y bebiendo. El otro, por el contrario, liberaba toda la curiosidad tras la mañana escuchándonos, y parecía haber preparado de antemano preguntas y frases, como con la intención de sentar una base suficiente para que el resto del día fuera algo más intenso que el anterior.
Tenía un libro de poemas de Marina Tsvetaeva, con unas tapas en rústica grises y sucias. Era distinto a los tomos baratos con literatura romántica que solían leer las mujeres en los trenes, o a las novelas detectivescas de fácil lectura que eran el genero favorito de la mayoría de rusos para leer en trenes o en el metro. No parecía la clase de libro que le correspondía a juzgar por su aspecto y lo que había visto de él, pero pronto me di cuenta de que era uno de esos hombres que resultaba común encontrar en Rusia, ávidos lectores en contra de lo que su aspecto dicta a primera vista, y que además de aquello tienen un interés oculto que alcanza a libros como aquel y más allá. Hombres cuyo aprecio por la cultura es mucho mayor que el que por su apariencia puede suponerse, tipos de carácter rudo que beben botella tras botella de vodka dando gritos en un viaje en tren, pero que con unas copas de más, cuando pierden la primera capa de vergüenza, gustan de hablar de literatura, citar a sus autores favoritos o contar algún episodio histórico. Sin ninguna formación especial, son simplemente hombres que aprecian la cultura sencilla, ilustrados en ideas y saberes fundamentales, que parecen saber de memoria los libros de ciencias, literatura, historia o geografía que uno estudia en el colegio, y son capaces de nombrar los principales escritores de una corriente, citar la fecha exacta en que estalló una guerra o enunciar algún principio químico sencillo. Con una botella sobre la mesa, adornan las conversaciones y los brindis con una cultura general sorprendente, antes de que el alcohol los convierta en pedantes individuos que gustan demasiado de oírse a sí mismos. Y cuando un extranjero comparte ocasión con ellos, las conversaciones se encauzan rápidamente sobre datos acerca de su país, sobre fechas, nombres y cifras cuyo conocimiento demuestre firmemente el saber que de él guardan.
Bastaba un poco de vodka para confirmar si aquel hombre era de aquellos, aunque incluso sin alcohol por medio ya daba buena muestra de su repertorio de datos, y parecía que la mañana, mientras nos escuchaba hablar, la había pasado recordando cuanto podía y preparando el discurso. Su compañero se levantó a por la primera botella, quizás aburrido de tanta charla sin echar un trago.
El chico joven observaba sin hablar demasiado, con una mirada de la que no supe muy bien juzgar su significado. A fin de cuentas, ilustrado o no, aquel no dejaba de ser el típico borracho de tren cuya compañía no siempre es bienvenida.
Me enseñó el libro. Era una pieza clásica de samizdat, las publicaciones clandestinas que durante la época soviética se hacían para distribuir las obras de autores prohibidos como Bulgakov, Pasternak o durante algún tiempo la propia Tsvetaeva. Las paginas estaban escritas a máquina y se podía ver claramente que eran el resultado de copias sucesivas. Tenían las esquinas negras y el texto estaba poco nítido sobre un fondo sucio, picado de puntos oscuros difuminados. En la cubierta tan solo estaba escrito el nombre con unas letras muy simples, sin ningún afán estético.
—¿La conoces?
—Sí, claro.
—¿Y has leído algo de ella?
—Sí, pero solo en español.
—¡Entonces es como si no la hubieras leído!—. Extendió la mano para coger el libro.
Le miré con cara de disculpa. Me devolvió una mirada que parecía quitarle importancia a aquello, pero que al tiempo indicaba que tal vez le hubiera gustado escuchar otra respuesta.
Aquello me recordaba a otros episodios anteriores donde el orgullo lingüístico de los rusos había salido a relucir al mencionar a alguno de sus escritores. En Kazán, dos años atrás, una joven estudiante de filología con quien solo compartí algunas horas se había empeñado en que mi conocimiento de Rusia no estaba completo si no leía a Tolstoi en versión original, y me había regalado un ejemplar de Guerra y Paz de su propia biblioteca, anotado con profusión y con sus pasajes favoritos subrayados. Sin poder negarme a aceptar su regalo, había recorrido después de aquello media Rusia cargado con un volumen pesado que nunca llegué a leer, de una obra que, a decir verdad, no estaba entre mis favoritas. Aquel hombre no parecía con intención de regalarme su libro, aunque no podía estar seguro de ello. Cuando se trata de literatura, la hospitalidad y generosidad de los rusos es todavía más impredecible.
Tomamos un par de vasos de vodka y algo de comida. Yo intentaba no mostrar más interés que el necesario, y de vez en cuando cambiaba a algún tema más nimio para romper el ritmo. El hombre cogía más y más confianza, y de seguir así acabaría haciéndose tan difícilmente soportable como las mujeres de la estación, con el añadido poco agradable de unas cuantas copas de más.
—Yo también conozco a algunos poetas españoles. Me gusta mucho Lorca.
Asentí con la cabeza para darle a entender que me parecía una buena elección. Recitó unos versos suyos en ruso que no entendí y no pude reconocer. Probó con otro par pero sin ningún éxito; yo no era capaz de entenderle. Me miró con una cara de frustración que parecía incluir también un punto de rechazo hacia mí por no ser capaz de identificar aquellos versos. Después decidió que la literatura había dejado de ser un tema interesante y pasó a hablar de historia.
—¿Conoces a Trotski?—. Miró hacia el chico como dándole a entender que esa pregunta no era para él, porque era obvio que debía conocerlo.
—Por supuesto.
—Lo mató un español. Ramón Mercader —dijo con un acento gracioso al pronunciar el nombre.
—Lo sé —respondí—. Con un piolet.
Puso cara de interés, dando a entender que le agradaba ver como nuestros conocimientos convergían.
El chico rechazó el siguiente vaso de vodka, y yo dije que sería mi último y que me sirviera poco. Era una forma de abandonar no solo aquel ritmo de bebida que me llevaría a Irkutsk con una resaca considerable, sino también la conversación en sí, que empezaba a resultar algo pesada y falta de toda espontaneidad. A partir de ahí la acción paso solo a ellos dos, que no hicieron sino repetir en otro contexto su velada del día anterior.
Demostrando pocas ganas de seguir con la charla y habiéndome retirado del vodka, perdí de pronto todo el interés que podía tener para aquel hombre, que cambió de inmediato su registro e inicio con su colega una celebración completamente distinta. Por mi parte, recuperé la conversación con mi joven compañero, mucho menos culta quizás, pero también menos pretenciosa, y volvimos a hablar de trenes y cosas más banales sabiendo que, aun sentados a nuestro lado, aquellos hombres no nos prestaban ya atención.
En los vagones de tercera clase, solo parcialmente compartimentados, la gente define sus espacios a medida que el viaje avanza, a veces comunicándose con alguien del bloque contiguo como si no existiera obstáculo alguno, y otras creando pequeños universos herméticos, aislados de quienes van sentados a pocos centímetros. Dos personas en las literas superiores pueden llevar su propia conversación tumbados cara a cara frente al otro, mientras debajo, sobre la mesita, sucede algo completamente distinto, un mundo diferente que sin embargo avanza en un mismo sentido y con idéntico destino.
Ninguno de los dos hombres estaba demasiado borracho cuando apagaron las luces del vagón, y entendieron rápidamente aquella señal y no hicieron intento alguno de seguir bebiendo. En otras partes del vagón todavía quedaban algunos que se resistían a dejar de hablar y beber, pero el pasaje era escaso y el silencio era suficiente. Por la ventana solo se veían pasar las sombras de los árboles, y de vez en cuando las luces anaranjadas de alguna casa o algún apeadero en el que el tren no se detenía. Tenían un aspecto entrañable que por momentos invitaba a salir ahí afuera tanto como el más hermoso de los paisajes nevados bajo la luz del sol.
* * *
El tren entraba en Irkutsk de mañana al día siguiente, después de unos largos últimos kilómetros a velocidad muy lenta en los que recorría las afueras de la ciudad en un tiempo que se hacía interminable.
—Ve ahora al baño si quieres lavarte la cara —me había avisado el chico después de darme los buenos días—, luego está cerrado.
La zona sanitaria, el tramo en que no puede usarse el servicio cerca de las ciudades, se hacía especialmente larga si había que cruzar los suburbios a esa velocidad, así que agradecí el consejo. Desayuné algo ligero y comencé a abrigarme cuando vi que él lo hacía.
Poco antes de llegar, se interesó por mis planes en Irkutsk. Le dije que no tenía plan alguno ni sabía dónde quedarme aún, y se disculpó por no poder acogerme en su casa. Él cogería un autobús hasta Baikalsk para pasar un tiempo con sus padres, reposando tras su operación, y después volvería a Angarsk, a veinticinco kilómetros de Irkutsk, donde vivía con su mujer. Me enseñó el anillo en su mano mientras mencionaba ese detalle que no había salido antes en nuestra conversación. Le dije que no se preocupara y le agradecí la invitación de cualquier modo.
—Tengo una buena amiga aquí, te puedes quedar en su casa —dijo mientras sacaba un trozo de papel para apuntarme su teléfono.
—No te preocupes, no hace falta.
—Tranquilo, si ella estará encantada. Se llama Yulia.
Me dio el papel con el número mientras el tren se detenía en la estación y él cogía su equipaje, una bolsa de deporte negra. Al bajar, cogió el teléfono móvil y me hizo una señal para indicarme que la estaba llamando para avisarla. Según caminábamos por el anden y cruzábamos el edificio de la estación, escuché la voz femenina al otro lado, intentando entender lo que decía o al menos interpretar el tono para confirmar que efectivamente a ella le parecía una buena idea.
—Coge la marshrutka taxi con ruta. Se trata de pequeñas furgonetas con capacidad para 12 o 13 personas, que funcionan a modo de taxis compartidos y cubren lineas establecidas, en ocasiones también cubiertas por autobuses comunes. Las marshrutkas son una forma más rápida y ágil de transporte que estos, pudiendo incluso detenerse a petición de los viajeros fuera de las paradas establecidas. Son muy populares en Rusia y en los antiguos países del bloque soviético, especialmente tras la desintegración de este, cuando la liberalización del negocio del transporte tuvo como consecuencia la aparición de muchos operadores privados de este tipo de transporte.} 16 y te bajas en la parada Barguzin. Desde allí la llamas y te irá a buscar—. Señaló hacia un caos de pequeñas furgonetas desde donde supuestamente yo debía partir.
—Gracias —le dije, y me dio la mano para despedirse. Parecía impaciente, con ganas de asegurarse de que yo tenía un buen lugar donde quedarme esa noche, pero también de hacerlo rápido y poder seguir su camino a casa. De poder terminar esa parte del viaje que más le gustaba.
—Buen viaje —le grité cuando ya se había alejado un poco.
Se giró y no dijo nada, mirándome como si quisiera decirme que aquella no era la frase adecuada para el momento porque su viaje ya había en realidad terminado.
Yo me monté en la marshrutka 16 y continué con el mío.