4
Sin posibilidad alguna de competir con sus hermanas de trenes, las estaciones de autobuses rusas suelen ser feas, desordenadas e incómodas, frecuentemente viejas y sin encanto alguno. En un país donde el transporte ferroviario no tiene rival, parecen haber dado por perdida toda batalla y se limitan a ser un punto de partida sin ningún significado, donde el placer de viajar raramente encuentra lugar. Pocas veces un viaje en autobús puede superar la experiencia de un viaje en tren. El encanto romántico de los trenes queda lejos del alcance de otros medios de transporte, y más aún en Rusia, donde la red ferroviaria es el verdadero esqueleto de sus comunicaciones. Pero si Rusia está a la cabeza en lo que al encanto de viajar en tren se refiere, se sitúa sin duda a la cola cuando se trata de autobuses, no por cuanto la calidad del servicio o de las estaciones puedan dejar que desear, sino porque la actitud a bordo es pobre, sin entusiasmos. Fervientes admiradores de su sistema ferroviario, los rusos son malos viajeros en autobús, aparentemente con un convencimiento casi categórico de que ese medio de transporte no puede proporcionarles placer alguno.La estación de autobuses de Barnaul no era una excepción a todo aquello. Situada en la misma plaza que la estación de trenes, era un edificio triste en el que la gente se agolpaba sin convicción alguna, y en el que pasar demasiado tiempo podía acabar matando todo deseo de viaje. Compré un billete para el único autobús diario a Artibash, que salía en algo menos de una hora. Por suerte, era poco tiempo de espera. El autobús era relativamente nuevo, un poco fuera de lugar si se comparaba con los viejos modelos soviéticos que poblaban las dársenas, cortos y con ruedas más pequeñas, tullidos por los años y los kilómetros en carreteras difíciles. Era un vehículo de segunda mano comprado a una compañía coreana, que disfrutaba de una segunda vida en Siberia sin que le hubieran hecho ni el más mínimo retoque. Por fuera, lucía aún las grafías coreanas y algunas pegatinas con homologaciones parcialmente despegadas. Por dentro, unos visillos con motivos orientales daban un extraño toque kitsch. Cerca del conductor, oscilando con el movimiento del autobús, unos peluches de rasgos asiáticos y vivos colores daban testimonio fehaciente de que nadie se había molestado en modificar nada aquel vehículo, que podría hoy mismo volver a su ruta original tal y como la había abandonado entonces.
Siberia está llena de vehículos así, tanto más cuanto más se aproxima uno hacia el oriente. Los coches japoneses usados son tan frecuentes como los rusos o europeos de primera mano, y una buena parte de la población conduce con el volante en el lado derecho. Turismos que para el japonés medio son máquinas de mecánica ya obsoleta que requieren demasiada puesta a punto, en manos de un ruso son piezas casi nuevas que pueden usarse de inmediato sin preocupaciones. Y más adelante, cuando comiencen a fallar, pasarán a ese ciclo de mecánica de supervivencia y chapuza artística que todo ruso conoce, siendo capaz de repararlo sin apenas nada.
Con los autobuses, la ley, aunque tan laxa en muchas ocasiones como con otros aspectos, prohíbe el uso de vehículos con el volante a la derecha, y Corea sustituye a Japón como proveedor principal. Desde pequeños microbuses a autocares de grandes líneas, Siberia y el oriente ruso reciclan las flotas de aquel país, poniéndolas en uso desde el momento mismo en que son recibidas.
Antaño eran los transportes alemanes los que alimentaban este mercado, muchos de los cuales aún pueden verse en las líneas interurbanas de las ciudades y reconocerse fácilmente gracias a los letreros y advertencias que todavía lucen en el interior, o incluso los luminosos de cabecera con el número y descripción de la ruta, que en lugar de ser sustituidos conviven pintorescamente con los actuales rusos. Según pasan los años, estos vehículos acumulan no solo la historia de su ciudad actual, sino también la de su vida pasada, y ni un solo elemento, ya sea una pequeña pegatina o una enorme pieza, es alterada si no resulta estrictamente necesario.
En aquel autobús que me llevaba a Artibash, la única pieza añadida eran un par de altavoces de marca rusa por los cuales sonaba sin cesar rancia música disco de los ochenta, por alguna razón muy popular hoy día en el país, y algunos interpretes rusos que, si bien algo más recientes, cultivaban un género similar, para bien o para mal. Excepto aquello, todo lo demás estaba intacto, y si uno miraba hacia atrás en el habitáculo, la imagen conjunta de los caracteres coreanos en las ventanas, los visillos, el pasaje ruso con sus gorros de piel y las cabañas de madera cubiertas de nieve en el exterior formaban una anodina realidad que casi despertaba la risa.
Por el camino, el autobús se iba deteniendo en lugares a veces perdidos, en mitad de una carretera donde lo único que parecía haber era bosque y nieve, y alguien subía o bajaba sin que fuera fácil adivinar de dónde o a dónde se dirigía. Los que subían, pagaban al conductor bajo el vaivén de los peluches, y este metía el dinero en una maleta que llevaba apoyada en el salpicadero, y que hacía las veces de caja registradora.
Había una parada más larga en Gorno--Altaisk, la capital de la república de Altai. A partir de ahí se apreciaba claramente un cambio en el aspecto de la gente, con los rasgos orientales y los rostros redondeados, similares a la apariencia de los nativos de Mongolia, hacia donde nos acercábamos, y distinto del perfil aún predominantemente caucásico de la mayoría de cuantos había visto en Barnaul. Avanzábamos hacia la cordillera de Altai y nos adentrábamos en una zona más montañosa, aislada, de poblaciones más pequeñas y zonas rurales, y también eso se notaba en la apariencia de las gentes. Aquellos lugares, lindando con Kazajstán, China y Mongolia, tal vez no eran la Siberia más prototípica y sí un reducto particular en una región física, la de los montes Altai, que compartía unos caracteres comunes en todos esos países, pero eran sin duda enclaves rusos como los que más. Bastaba mirar a aquellas gentes con algo más de detalle, sin quedarse en la apariencia más inmediata. O mirar aquel autobús, nacido lejos de allí pero empapado ahora del carácter ruso más clásico.
Ni siquiera me bajé en la parada. Preferí quedarme dentro y observar cómo aprovechaban para fumar un cigarro o dar un paseo alrededor sin alejarse demasiado. Muchos de los que venían se quedaron allí y fueron sustituidos por otros, y al reanudar la marcha volvió también el ir y venir de gentes en mitad de la nada, subiendo y bajando cada vez en lugares más perdidos, inesperados en mitad de una carretera llena de nieve que se iba apagando a medida que anochecía. Aunque daba la impresión de que entraban tantos como salían, en realidad el autobús iba lentamente vaciándose, y al llegar a Artibash yo era el único pasajero. El conductor miró por el espejo y me dio una voz para preguntarme dónde quería que me dejara.
—No lo sé. Nunca he estado aquí —respondí.
Me dejó en lo que parecía la parada habitual, aunque sin señal alguna, justo al final del puente que une ambas orillas del río Biya y conecta los pueblos de estas. Artibash es el de la margen derecha. Iogach es el de la izquierda.
Cerca de donde se detuvo el autobús, había un hombre esperando en un viejo Volga. Las luces del coche iluminaban más que todas las del pueblo, que era una sola calle oscura y llena de nieve. El hombre abrió el coche y el conductor del autobús le dio dos cajas de cartón que traía en el maletero junto a mi mochila. Después se fue de vuelta por el puente y dejó el lugar aún más oscuro, sin que apenas pudiera distinguirse el humo de las casas más cercanas.
Yo no sabía a dónde ir. El pueblo era muy pequeño y podía recorrerlo en pocos minutos, pero no parecía tener nada que ofrecer para alguien que buscaba un lugar donde dormir en mitad de la noche. Estaba algo destemplado y en la calle hacía bastante frío, así que era mejor encontrar algo rápido. Le pregunté al hombre del coche y no supo bien qué decirme, como si le hubiera planteado una cuestión que debía reflexionar antes de responder.
—Sube, te llevo —dijo al final—. Ahora es invierno y casi nada funciona.
Me dejó a la altura de una cabaña grande donde alquilaban camas en habitaciones compartidas, el único sitio abierto a aquel lado del río. Le di las gracias y él se limitó a cerrar tras de mí la puerta del coche y continuar su camino.
Hay un umbral de tiempo y dedicación en la hospitalidad rusa a partir del cual ambas partes establecen ciertamente un vínculo, pero por debajo de este los gestos tales como un mero agradecimiento parecen estar fuera de lugar, como si la amabilidad debiera reservarse para las grandes ocasiones cuando en efecto se produce un encuentro con significado. Como si aquel favor irrelevante no fuera una excusa suficiente para malgastar una sonrisa o una palabra cordial. En Rusia, uno debe prepararse por igual para las grandes muestras de hospitalidad y para las pequeñas, y quizás más para estas últimas, para hacer el esfuerzo de entenderlas correctamente y no malinterpretarlas.
La casa tenía un rellano algo más cálido que el exterior pero aun así frío, muchos grados por debajo de cero, en el que había unas estanterías vacías y una mesa. En el interior me recibió una mujer que acudió al oír el sonido de la puerta, una hoja grande de madera sin cierre alguno, que encajaba por mera presión. Una toalla fina sobre la misma aportaba esos milímetros de más que hacían que quedara encajada.
—Buenas noches, ¿tienen sitio?.
La mujer sonrió alegremente.
—Sitio hay, por supuesto. Lo que no hay es gente —dijo riéndose—. Es usted el único —añadió después en voz más alta.
Debió notar mi cara de alivio y la tomó como una confirmación de que iba a quedarme allí aquella noche.
—Son 300 rublos —dijo mientras me guiaba por el pasillo hacia la habitación y me enseñaba de camino un baño compartido aparentemente nuevo—. No hay nadie más, así que tiene toda la habitación para usted —añadió de nuevo bromeando.
La habitación tenía el espacio justo para cuatro camas y una mesita, pero estaba limpia y no parecía demasiado vieja. Había otras tres más en la casa, todas iguales a aquella.
Dejé mis cosas y volví con ella hacia la entrada, a una sala común pequeña y más gastada en la que había una cocina, una mesa y un televisor. Le pagué un par de noches y me preparó una taza de café mientras me invitaba a sentarme a la mesa. Solo después de asegurarse de que yo estaba sentado tomó ella asiento y esperó conmigo a que el agua hirviera. Parecía contenta de tener un huésped. Me contó que en verano siempre estaba lleno y faltaba espacio, y los turistas venían de todas partes, no solo de Rusia. En el invierno, sin embargo, paraban a lo sumo gentes de paso, alguien que venía a hacer algo en un lugar cercano, o quizás algún viajero que otro, desde la zona de Moscú sobre todo.
Tenía hambre pero allí no había forma de comer salvo cocinando yo mismo, y no tenía más ingredientes que un poco de pan en la mochila. La mujer me ofreció unas galletas grandes con forma de matrioshka y se sentó a ver la televisión.
—Coma, no tenga vergüenza—. Miraba atentamente al televisor, sin quitarle ojo.
Comí un par de galletas y después decidí que era hora de irse a dormir. Me despedí de ella, que seguía absorta en una serie rusa. Cuando me devolvió las buenas noches yo ya estaba lejos en el pasillo, abriendo la puerta de la habitación.
* * *
Por la mañana la temperatura seguía cerca de los treinta grados bajo cero, pero el viento no soplaba y en el cielo no había ni una sola nube. Me esperaba una nueva taza de café y otro par de galletas, aunque en esta ocasión la compañía fue breve y me quedé pronto solo.
En la calle apenas había nadie, y el pueblo era completamente distinto ahora, lleno de luz y mucho más amistoso. La nieve parecía fresca, caída quizás un par de días atrás, y en algunas cabañas había gruesas capas en un equilibrio casi milagroso sobre aleros y salientes. Sobre los arboles o sobre algunas señales, apenas quedaban algunos centímetros que los cubrían de blanco, pero de vez en cuando alguna pequeña rama rebelde retenía un montículo luminoso y redondeado, inexplicablemente sujeto a ella.
Me abrigué bien y salí a pasear, siguiendo en la misma dirección por la que había llegado en coche la noche anterior. El pueblo se acababa poco más allá, donde las últimas casas en el lado del río daban paso a un pequeño embarcadero. La zona estaba llena de carteles que anunciaban paseos en barco y excursiones de todo tipo, con flechas que apuntaban a cabañas de las que no salía humo o a puertas bloqueadas por una nieve que no había sido retirada desde hacía tiempo. En el verano, los barcos partían de allí sin descanso a recorrer el lago Teletskoe y los turistas se agolpaban en las orillas, descansando en muchos de los pequeños albergues como aquel donde yo estaba o en las casas hoy dormidas, y rompían seguramente el silencio de un lugar en el que ahora apenas podía oírse nada. Pero en el invierno esos mismos barcos eran piezas extrañas allí, dejadas sin uso en un lugar que no parecía corresponderles.
Había tres barcos amarrados en la misma orilla. Un poco más lejos, se veía otro que debía estar junto a un muelle también cubierto por la nieve, y que parecía varado en mitad de una nada a la que no se sabía bien cómo había llegado. Recordaba a esas imágenes donde aparece el casco de un barco en mitad del desierto, el esqueleto de madera carcomida de un navío destrozado sobre un suelo seco, y uno solo puede preguntarse si de verdad es cierta esa estampa.
Desde la orilla partían unas huellas que cruzaban hasta el otro lado, pero era solo una línea fina y solitaria, tan abandonada como los propios barcos. El resto del río estaba intacto, con la nieve perfectamente lisa, y al llegar a la altura del puente el hielo se derretía y del agua salía un vapor denso.
Volví hacia atrás para cruzar el puente. En el lugar donde me había dejado el autobús había un café en el que intenté comer algo, pero estaba cerrado. Al otro lado había más signos de actividad turística, pero todos ellos igualmente inútiles en esta época del año. Se anunciaban excursiones, paseos en barco, pesca, pero los lugares donde todo aquello podía obtenerse estaban cerrados, como si el atractivo de la zona sobre el que se construían todos esos servicios hubiera desaparecido. En el borde de la carretera, unos sencillos tenderetes de madera con un mostrador a modo de barra anunciaban souvenirs, escrito también en letras latinas para la concurrencia internacional que seguro habría de poblar el lugar cuando el clima era más benigno. La nieve que se acumulaba sobre la barra era el único recuerdo que uno podía llevarse ahora.
Probé suerte con otro café, pero también estaba cerrado. Dejé de ir buscando un lugar donde tomar algo caliente y acabé comprando chocolate y un kilo de plátanos en un ultramarinos que proclamaba en su cartel estar abierto las veinticuatro horas del día. Incluso en aquel lugar y en mitad del invierno, ciertas cosas no pueden faltar en ningún lugar de Rusia, y quizás la más importante de ellas sea una tienda de produkty donde a cualquier hora del día o de la noche poder comprar un poco de pan, algo de fruta o, especialmente, una cerveza o una botella de vodka.
A medida que va creciendo el número de habitantes, necesidades no tan básicas se van cubriendo de igual modo de sol a sol y sin descanso, y en las ciudades importantes puede hacerse casi todo a casi cualquier hora. Quizás sea solo una publicidad engañosa hecha con el convencimiento de que nadie solicitará el servicio a ciertas horas, pero lo cierto es que los reclamos están ahí y, atendiendo a ellos, uno puede de madrugada cambiar los neumáticos del coche, conducir con él hasta el dentista a sacarse una muela y a esa misma hora pedir un crédito para pagar lo anterior. Rusia es un país que funciona las veinticuatro horas del día o, al menos, dice hacerlo.
Tal vez todo esto no sea sino una respuesta a la realidad de los tiempos soviéticos, cuando no solo no se podían comprar esos mismos bienes a cualquier hora, sino que simplemente no podían comprarse, o al menos no cuando uno quisiera, sino cuando las leyes misteriosas del mercado así lo dispusiesen. Sin interés alguno en aumentar el volumen de negocio, los vendedores trabajaban con desgana descansando cuando les apetecía, y cuando estaban en sus puestos era probable que no tuvieran mercancía alguna que ofrecer.
Este pasado explica también quizás la actitud arrogante de los dependientes de entonces y de hoy, que suman a la clásica frialdad inicial del ruso un desaire de prepotencia. Lo que hoy es un trabajo de clase baja era en esos días un oficio privilegiado que justificaba todo aire de superioridad, el regalo de un poder fáctico sin igual en una sociedad necesitada de productos básicos. Toda la riqueza de la que el pueblo dependía pasaba por sus manos, que la repartían a voluntad en tiendas que eran mucho más que meros negocios. Quien tenía un amigo vendedor tenía, efectivamente, un tesoro, ya que muchos productos se repartían a deseo de este, que concedía el privilegio de poder comprarlos a aquellos a quienes su voluntad dictase.
Los miembros de la clase política arengaban a las masas y lograban congregar a un pueblo desmotivado para que demostrara su fidelidad a la causa. Pero los verdaderos movilizadores de la población eran los vendedores, que no tenían más que poner a la venta un lote de cualquier cosa para formar frente a sus tiendas enormes colas de devotos compradores que esperaban horas para llevarse lo que hubiera, fuera útil o no.
Así el pueblo ruso aprendió a esperar colas enormes sin saber siquiera lo que había al final de estas, y a caminar siempre con algunas bolsas en el bolsillo por si la suerte le sonreía de camino hacia algún lugar y podía comprarse algo, lo que fuera, en uno de aquellos pocos días en que el azar lo hacía posible. Los relatos de los mayores ante la nueva realidad comercial de Rusia suelen recalcar siempre aquello, recordando que entonces comprar era una compleja aventura no siempre exitosa.
Encontré otras dos tiendas más, la ultima de ellas bastante más grande, aunque con un horario limitado. Poco después de esta, las casas se terminaban, pero la carretera seguía más allá, discurriendo paralela al río, que se ensanchaba para ir conviertiéndose en el lago Teletskoe. A partir de este punto, no había ya nadie caminando. Solo un par de perros me siguieron algunos metros hasta convencerse de que no tenía mucho que darles y volver sobre sus pasos para intentar conseguir comida de alguien distinto.
Me alejé de la carretera por un camino que ascendía una loma a mano izquierda. La vista desde arriba cubría ambos pueblos y un tramo largo de río que se perdía en la distancia y giraba a lo lejos. Soplaba un viento más fuerte que en el río, y a pesar del sol la temperatura no subía. Las mejillas empezaron a dolerme y me puse una braga para cubrirme la boca. Al hacerlo, descubrí que tenía la barba llena de pequeños carámbanos de hielo, pero resultaba imposible quitarlos. Simplemente me abrigué y esperé a que se derritieran.
Caminé por lo alto de la loma y después volví y retomé el camino por la carretera, cubierta completamente de nieve irregular. Era estrecha y no pasó ni un solo coche en las horas que estuve caminando. La nieve a ambos lados tenía un relieve especialmente suave, redondeado, y los árboles parecían haber sido soplados por un viento gélido desde el río, cubiertos por una fina capa de escarcha que los plateaba. En el camino de vuelta, los mismos perros de antes vinieron de nuevo hacia mí a seguir probando suerte.
Pronto empezó a hacerse de noche. Quedaba aún mucho día por delante, pero una vez que el sol se fuera no habría nada que hacer en un pueblo desierto en el que la temperatura probablemente bajase algunos grados más, y donde ni siquiera había logrado encontrar un lugar en el que comer caliente. Paré en una de las tiendas y compré una bolsa de pelmeni congelados y un bote de smetana. Podría prepararlos yo mismo en la cocina, donde creía haber visto al menos alguna cazuela y un fogón. Tal vez aquella fuera la única forma de comer algo caliente, y no era un mal plan para lo que quedaba aún hasta irme a dormir.
La mujer seguía sentada frente al televisor, y me saludó al entrar. Le devolví el saludo y le pregunté si podría cocinar después en su cocina. Al oírlo, se apresuró a poner cerca una de las cazuelas y despejar la encimera. Cuando le dije que no corría prisa y que prefería descansar un poco antes, dejó rápidamente los cacharros y volvió a sentarse para no perder el hilo del serial que estaba viendo, y señaló hacia la nevera para indicarme que podía dejar ahí la comida que traía. La nevera en realidad no funcionaba como tal, sino que estaba apagada y simplemente hacía el papel de armario, y en su interior apenas había nada.
La casa tenía un calor húmedo que al quitarme la ropa me resultó reconfortante. Tenía los carrillos rígidos y noté la sangre volver a circular, respondiendo con agrado a la temperatura del interior. Descansé un rato en la habitación y casi sin quererlo me quedé dormido sobre la cama. Las horas paseando en aquel frío parecían pasar factura silenciosamente.
Al despertar, escuché voces en la cocina, y cuando fui hasta allí encontré a un hombre de pelo muy corto sentado a la mesa, con una pequeña botella de vodka. La mujer estaba sentada lejos de él, y no daba la sensación de estar prestando mucha atención. Mi llegada pareció alegrarle. No en vano, yo era un inesperado compañero para ese último trago del día. Se levantó y me dio la mano. Tenía una piel muy curtida en las palmas, con un tacto de cuero tenso.
Me contó que conducía un camión y estaba allí haciendo un alto en una ruta que no era la primera vez que recorría. Se levantaría pronto para continuar, pero antes de irse a dormir aquel era su particular momento de descanso. Alargó el brazo y cogió un vasito para que me uniera a él. Había llegado en el momento preciso para apuntarme a su celebración desde el inicio. Negué con la mano y le dije que quería comer algo antes, y para reforzar mis palabras me levanté y fui a coger la cacerola para poner agua a hervir. La mujer al verme se levantó y me acerco un cubo metálico con agua y un cazo.
—Use este agua para hervir la comida, pero no para beber. Si quiere beber, este agua no es buena —me advirtió poniendo una mueca extraña—. Esta de aquí se puede beber—. Se agachó y de un lado de la encimera sacó un bidón de plástico.
A mi espalda, el hombre desenroscó el tapón de la botella de vodka y sirvió un vaso para mí y otro para él.
Me acerqué a la nevera pero mi bolsa de pelmeni ya no estaba allí. Antes de que pudiera preguntarle, la mujer señaló hacia la puerta de la calle.
—Los he puesto fuera —dijo. Después volvió a sentarse, considerando que yo ya no necesitaría más ayuda.
Salí hacia el recibidor de la entrada, y en una de sus estanterías encontré mi bolsa, solitaria y perfectamente helada. Quién necesita un congelador cuando basta tener una habitación sin calefacción.
Me senté a esperar mientras el agua se calentaba, y el hombre no tardó mucho en empujar el paso de vodka hacia mí para invitarme a beber. Tenía ganas de echar un trago y aparentemente no demasiada paciencia.
—¿Eres español entonces? —preguntó cuando acabó de beber su vaso.
Asentí mientras dejaba apoyado el mío.
—¿Tienes tu pasaporte aquí? —dijo con una curiosidad que sonaba ridículamente infantil—. ¿Puedo verlo?
Saqué mi pasaporte y se lo di sin pensarlo mucho. Después de haberlo entregado a docenas de miembros de la militsia en otras tantas ciudades, había desarrollado una sorprendente indiferencia a la hora de dárselo a cualquiera. Y, a decir verdad, dejárselo a aquel hombre no me parecía más arriesgado que dejárselo al agente del orden de turno en mitad de la calle o en el vagón de un tren.
Pensé en preguntarle si él llevaba encima algún documento similar para que yo pudiera también entretenerme curioseando, pero no lo hice porque sabía la respuesta de antemano. En un país con tal amor por la burocaracia y el control, era casi seguro que no llevaría encima uno, sino varios documentos que lo identificaran. Directamente, le pedí que me dejara verlo, y él acepto encantado.
Sacó una pequeña libreta tipo pasaporte metida en una funda roja brillante. En la primera página, tenía una fotografía en blanco y negro muy distinta de la realidad. Aparecía con el pelo más largo y abundante, y parecía unos cuantos años más joven. Comprobé sorprendido que tenía la misma edad que yo, treinta años, a pesar de que su rostro aparentaba unos cuarenta. Él quizás también descubrió aquello mientras investigaba mi pasaporte, pero no dijo nada, y simplemente curioseaba las hojas una tras otra buscando algo que pudiera interesarle.
—¿Este es un pasaporte externo? —preguntó.
—En España solo tenemos pasaporte externo —le respondí.
En Rusia existen dos tipos de pasaporte: uno interno como el que él me había dado, que servía como documento de identidad y que resultaba obligatorio tener, y uno externo necesario para viajar fuera del país. Este último, teniendo en cuenta las restrictivas políticas del país y la dificultad —muchas veces imposibilidad— de conseguirlo, constituía una identificación más exótica de la que la gran mayoría de rusos carecía, y que hacía que despertara su lado más curioso cuando un extranjero ponía en sus manos el suyo para dejarle verlo.
El agua comenzó a hervir. La mujer escuchó el borboteo y se levantó a ayudarme, viendo que estaba entretenido. Intenté adelantarme a ella, pero cogió la bolsa de pelmeni, vertió la mitad en el agua hirviendo y puso encima una tapa metálica lacada en blanco que claramente no correspondía a aquella cazuela. Después salió a devolver el resto de pelmeni a la estantería. Le agradecí el favor cuando volvió y me hizo un gesto con la mano, quitándole importancia a aquel detalle.
—No es nada. Esto no es ni siquiera cocinar, es solo hervir —dijo mientras me hacía un nuevo gesto para que me volviera a sentar y siguiera con mi conversación.
El hombre intentó servirme otro vaso más, pero le dije que no quería y no insistió demasiado. La botella era pequeña y podía bebérsela él solo sin problemas. Tomó un par de tragos mientras yo esperaba que la comida estuviera lista, y mientras tanto me contaba alguna que otra historia de su trabajo. No resultaba demasiado apasionante, pero sí entretenido.
Apagué el fuego y saqué mis pelmeni mientras él apuraba un vaso más, y me senté a comerlos mientras él seguía con sus pequeños relatos.
—Todavía no estarán hechos —dijo la mujer al verme, con un tono de ligera desesperación al ver que ya era tarde y yo ya estaba echando la smetana en el plato para acompañar.
Para lo que es habitual en Rusia, donde la mayoría de las cosas —especialmente la pasta y el arroz— se cocinan durante horas hasta que pierden su consistencia, aquel plato de pelmeni estaba prácticamente crudo, pero prefería tomarlos así aunque no fuera del todo acorde con la manera rusa de prepararlos.
—Están bien —dije, y ella no respondió.
Me miró después mientras comía, y debió intuir que la comida me agradaba. No en vano, era mi primer plato de comida caliente desde que había llegado allí.
—¿Mañana estás aquí? —preguntó el hombre.
—No sé, aunque creo que no. Creo que me iré.
La mujer me miró. Yo no le había dicho aún nada acerca de mis planes. Pareció tomar nota mentalmente y siguió mirando el televisor.
—Yo me voy mañana pronto, pero si quieres te puedo acercar a algún lado en el camión.
Sonaba sugerente. Le pregunté su ruta, pero no coincidía con lo que yo tenía pensado, y parecía difícil encajar mis planes en ella.
—Cogeré el autobús, pero gracias de todos modos.
Pareció decepcionado durante un instante. Luego puso un gesto indiferente. El vodka se había terminado y empezaba a ser tarde. En unos minutos, antes de que yo hubiera terminado mi comida, se despidió, me dio la mano y se fue a dormir.
—El autobús salé a las siete —dijo la mujer cuando me vio levantarme—. Para aquí mismo. Yo te avisaré cuando llegue.
Le agradecí con un movimiento de cabeza y me fui a dormir después de haber fregado el plato con un estropajo que había en el baño y algo de agua fría de otro cubo.
* * *
Cuando me desperté tenía de nuevo un café preparado, pero en lugar de galletas me encontré esta vez un enorme y humeante plato de pelmeni. La mujer había hervido todos los que yo no había cocinado la noche anterior y me había preparado un desayuno mucho más abundante de lo que yo podía comer a aquellas horas. Esta vez, además, tenían aspecto de estar cocinados a la manera rusa, bastante más blandos.
—Coma, el viaje es largo —me dijo, y se quedó esta vez cerca, como queriendo cerciorarse de que no dejaba nada en el plato.
Miré su cara mientras ella esperaba que comenzase a comer. Me iba a costar tragar todo aquello, pero no quería decirle que no, y tratar de convencerla de que aquel desayuno era excesivo sería probablemente más difícil y agotador que comérselo sin más. Acabé la comida como pude y fui a recoger mis cosas a la habitación. Le agradecí la atención antes de irme y ella no dijo nada, se limitó a encajar la puerta cuando hube salido.
El autobús esta vez era un viejo modelo soviético. Los primeros asientos estaban puestos de lado, mirando hacia el centro y dejando un espacio más amplio a la entrada. El conductor aprovechaba el viaje llevando unos pequeños taburetes de madera sin barnizar, que después de entrar yo movió hacia la parte de atrás mientras esperaba la hora de partir. Le ayudé a llevar un par de ellos y pareció agradarle mi gesto.
Al igual que a la ida, la gente fue subiendo y bajando en los lugares más insospechados, haciendo trayectos cortos de a veces tan solo unos pocos minutos, incluso sin sentarse, de pie junto al conductor al que en ocasiones ni siquiera pagaban. Parecía una ruta familiar, pensada para los tránsitos diarios entre aldeas, y que solo de vez en cuando alguien como yo recorría de principio a fin, especialmente en aquella época.
Hizo una parada en Turochak, una población algo más importante en la que se bajó todo el autobús excepto un hombre que iba sentado cerca de mí en la parte delantera y llevaba una vieja mochila de lona. Vi cómo el conductor se abrigaba al tiempo que miraba hacia atrás desde su asiento como esperando alguna reacción por nuestra parte. Entonces apagó el motor.
—Vamos a tomar algo. Tenemos cuarenta minutos —dijo animándonos con la mano a bajar.
Le seguimos hasta un comedor sencillo donde cada uno de ellos encargó un almuerzo copioso. Yo me limité a pedir un zumo y me senté con ellos a la mesa. No parecían conocerse de antes, pero al principio me sentí algo extraño, como si estuviera interrumpiendo una reunión de dos viejos amigos.
—¿No comes? —me preguntó el conductor mientras el otro hombre paraba de masticar, compartiendo sin duda la misma inquietud por mi falta de hambre.
Les conté la historia de mi desayuno de pelmeni y aquello bastó para romper el hielo y empezar a conversar.
Supongo que la mujer, que avisaba al conductor cuando alguno de sus huéspedes iba a tomar el autobús, debía haberle comentado que yo era español, porque aquel era un dato que ya sabía. Eso pareció despertar su curiosidad y la del otro hombre.
Comían apresuradamente, descansando mientras hablaban o prestaban atención a lo que otro decía, y después atacando con intensidad la comida cuando había algún descanso en la conversación, tomando tres o cuatro pinchadas seguidas del plato y un trozo de pan y un trago de té sin apenas interrupción. Yo daba algún sorbo al zumo de vez en cuando.
Me hicieron preguntas, se interesaron por mis planes, quisieron saber algunas curiosidades sobre España. Pero al cabo de unos minutos parecieron perder el entusiasmo y comenzaron a servirse de mí para una clásica perorata pejiguera, y arrancaron a quejarse de la realidad rusa y compadecerse de su pobre situación. El valor de un extranjero no es muchas veces el de ser alguien de quien escuchar otras verdades, sino el de ser un oyente desacostumbrado a cuya luz dar otro valor a las de uno mismo. Y allí los dos, casi a coro, se iban relatando las penurias sociales y económicas del país y poniéndolas al lado de sus equivalente españolas, que aun sin haberme preguntado al respecto ellos juzgaban mucho mejores.
—¿Sabes a cuánto está el euro? —me preguntó uno de ellos.
—A treinta rublos —se apresuró a responder el otro sin darme tiempo a decir nada.
La perdida de valor del rublo era un tema caliente en aquellos días. Las ciudades estaban llenas de oficinas de divisas con carteles que anunciaban sus tasas de cambio, que subían día tras día y no parecían tener límite. En la radio, los programas repetían esos valores más a menudo que las señales horarias. Era una forma muy inmediata de tomarle el pulso al mal rumbo económico del país.
—Todo lo que viene de fuera está ahora más caro.
—Hay de todo pero cada vez podemos comprar menos. Antes había pocas cosas, pero al menos eran cosas de buena calidad, y podíamos comprarlas —apostilló el hombre de la mochila mientras el conductor asentía con la cabeza y se llevaba a la boca otro trozo de comida.
Yo sabía que aquel antes no quería decir el año pasado, ni hacía algunos años, cuando había viajado por primera vez a Rusia. Antes quería decir mucho más atrás, en los tiempos soviéticos donde buena parte de la vida de aquellos hombres había tenido lugar. No era la primera vez que oía una frase así, ni seguramente sería la última. En el fondo, una gran parte de rusos guarda un nostálgico en su interior, y aquella frase era la forma en que este solía presentarse, como una consigna que surgía al cabo de un par de confesiones con un extranjero o, más habitualmente, tras un par de tragos.
La nostalgia, no obstante, tiene en Rusia poco de político y mucho de humano, desprovista como tantos otros elementos de la realidad rusa de una gran parte de las connotaciones que desde fuera se le asocian erradamente. Cuando hombres como aquellos expresan su nostalgia de otros tiempos en que la vida era mejor, las más de las veces no echan de menos ideologías o regímenes políticos, sino situaciones, elementos de vida sencilla, cosas mucho más simples como poder permitirse el capricho de invitar a un amigo sin tener que calcular si ello compromete el porvenir de su difícil economía.
El de la nostalgia es en Rusia un discurso de tono neutro, carente en su mayoría de personalidades y teorías políticas. Se habla del antes, de aquellos tiempos, como si no fueran el resultado de ningún sistema político. Solo los más acérrimos defensores del pasado, los ideológicamente convencidos, reivindican la completa vuelta atrás, mientras que para el resto parece claro que sobre el papel el cambio político es un paso en una dirección correcta. En la práctica, sin embargo, las palabras del ruso de a pie ponen cada día en duda que hoy se viva efectivamente mejor que antes.
Para quienes entonces lucharon contra el sistema y fueron su principal enemigo, la falta de libertades era su motor de lucha. Pero existen muchas formas de perder la libertad. Para el ruso de la calle a quien aquello no le resultaba un gran problema mientras pudiera seguir con su vida sin sobresaltos, la situación de hoy en día sí parece serlo, con una libertad también coartada aunque de modo distinto.
El ruso medio parece pedir un lugar respetable para su particular forma de disidencia, como queriendo decir que igual que aquellos que sacrificaron parte o incluso toda su vida por la libertad, también es honroso sacrificar un poco de esa libertad por la tranquilidad de una vida sencilla. En lugar de aspirar a grandes entelequias, se aspira no más a que la vida pueda disfrutarse de modo simple, a esa banalidad que ya Chejov inmortalizara en sus historias, plasmando como nadie esa parte del espíritu ruso.
No es este, sin embargo, un pueblo conformista, sino práctico; una comunidad de gentes obligadas a un particular pragmatismo, acostumbrados a lidiar con un territorio y una historia ante los cuales incluso el mayor de los idealismos debe ejercerse con los pies en la tierra. Lo humano está siempre por delante de lo político en Rusia, y no ha de caerse en el error de interpretar una gran parte de elementos de la sociedad rusa desde el punto de vista político, porque realmente no lo son.
Las ciudades y pueblos como aquel están llenos no solo de hombres que cuentan sin pudor su nostalgia, sino de símbolos de otros tiempos cuyo significado original parece haberse olvidado. Estatuas de Lenin, calles con su nombre o los de Marx o Engels, estrellas de cinco puntas, hoces y martillos; son solo partes de un paisaje al que no aportan connotación política alguna, a menos a los ojos del pueblo llano. Solo los turistas las dotan de su viejo significado al fotografiarlas como lo que entonces eran, como señales representativas de una forma hoy caduca de hacer gobierno.
Los símbolos que desde fuera lucen bien distintos, en Rusia han pasado a formar parte de la cultura popular, y son bienvenidos por todos con independencia de ideologías. Nostalgia, una emisora que programa música de los setenta, usa la hoz y el martillo en su anagrama para dar énfasis a sus contenidos y dejar claro que estos provienen de aquel entonces. Para los nostálgicos, aquello tan solo indica que allí pueden encontrar la música de esos tiempos en que vivir era más sencillo. Para los demás, no pasa de ser una artimaña gráfica sin significado.
Viajando ahora al inicio del año, encontraba otra particular reinterpretación de aquellos iconos. En Barnaul encontré en una plaza un árbol de navidad adornado con colgantes que iban desde pequeñas cajitas envueltas para regalo a muñecos de Disney. En lo alto, una estrella roja de cinco puntas lo coronaba. No supe bien si era un inocente guiño al pasado, la guía que conducía hacía un nuevo Belén más proletario o, tal vez, solo un intento de reutilizar la abundante parafernalia soviética para recortar presupuesto.
Volvimos al autobús, donde un grupo numeroso esperaba para entrar. La mayoría de ellos me acompañarían en este caso hasta Gorno--Altaisk, el final de aquella línea. El hombre de la mochila la puso en el asiento contiguo, se apoyó en ella y se echó a dormir. No volvimos a hablar. Al bajar, tanto él como el conductor se despidieron de mí y me desearon buen viaje.
La temperatura había subido y debía ser de unos veinte grados bajo cero, pero el sol brillaba y la sensación era muy agradable. Eché a andar por las calles en busca de un lugar donde quedarme.
Al cabo de un rato por la calle principal, alcancé lo que parecía la plaza principal. Presidiéndola, como era de esperar, había una estatua de Lenin a la que no le quedaba ya ni lustre ni significado.
* * *
En los siguientes días, y partiendo desde allí, visité algunos otros lugares de la zona, en enclaves similares de naturaleza atractiva donde era aún más acusado si cabe el parón estacional del invierno. De camino hacia uno de ellos, en un curioso microbús, conocí a Vera, una chica de Samara que viajaba por la zona, y a Sasha, un chico de la región que no debía tener más de dieciocho años y que se unió a nosotros en cuanto nos vio hablar. Dijo que era de Gorno--Altaisk, pero no la razón de su viaje, que no llegamos a intuir del todo en ningún momento. Simplemente parecía tener tiempo y curiosidad, y aparentaba disfrutar de nuestra compañía aunque decía tener amigos allí.
Alquilamos una casa para un par de noches y después de dar un paseo compramos algo de comida y unas cervezas y volvimos a ella cuando se hizo de noche. Sasha compró unas latas para él y se unió a nosotros sin siquiera preguntar, probablemente intuyendo que su compañía nos era entretenida. Comimos y bebimos contándonos algo más sobre nuestros viajes, charlando sentados en una alfombra polvorienta que era aun así el lugar más cómodo y salubre de una casa dejada a su suerte desde hacía mucho tiempo.
La cerveza se acabó y aún no era tarde, así que decidí ir a comprar más. Sasha dijo que aprovechaba para irse a visitar a algunos amigos y después, si no era demasiado tarde, quizás volviera. Salimos juntos y al llegar a la puerta de la calle, me paró y con un tono serio me preguntó:
—¿Sabes pelear?
La pregunta me cogió desprevenido, e intenté averiguar a qué venía antes de contestarle. Quizás tenía intención de pelearse conmigo o podía ser mera curiosidad sin una razón particular de ser.
—No, ¿por?
Aquella parecía ser la respuesta que esperaba, y tenía ya el gesto y la respuesta preparada.
—Entonces es mejor que te acompañe —dijo sin cambiar de tono—. Esto es peligroso.
Estuve a punto de echarme a reír. La calle estaba oscura, pero no había más de cien metros hasta la puerta de la tienda. Si aquel era un lugar desierto durante el día, ahora, de noche, las posibilidades de cruzarse con alguien, fuera con buenas o malas intenciones, resultaba remota. Miré en derredor y escuché por si oía algo, pero no parecía haber nadie en kilómetros a la redonda. La oferta de un guardaespaldas en aquellas circunstancias era poco menos que ridícula, en especial si uno consideraba que el muchacho era delgado y no alcanzaba el metro setenta.
—¿Qué hacéis en España cuando estáis borrachos? —me preguntó haciendo ese gesto ruso que consiste en darse una toba en el cuello y quiere decir beber más de la cuenta con el único fin de emborracharse.
—No sé, depende —respondí—. Hay quien se pone a cantar y hay quien se cae en un rincón y vomita.
Me volvió a mirar con cara de que mis respuestas justificaban por completo su actitud.
—Aquí nos pegamos —sentenció rotundo mientras golpeaba con el puño la palma abierta de la otra mano—. No, en serio, nos gusta pegarnos —insistió.
Yo ya había oído hablar de las costumbres violentas de las gentes en lugares como aquel, pero seguía sin advertir peligro alguno a mi alrededor. De cualquier forma, la actitud de aquel chico no era extraña. Los rusos, especialmente lejos de las grandes ciudades, parecen tener una desconfianza innata hacia sus compatriotas, que aflora especialmente cuando han de ayudar a un extranjero. Advertencias así son comunes incluso en los pueblos más tranquilos, que a ojos de sus habitantes se convierten sin embargo en peligrosas zonas sin ley por las que un viajero no debiera pasar.
El chico parecía decidido a escoltarme, así que le dejé que me acompañara pensando que tal vez tuviera algo de razón. Tenía las manos con un aspecto áspero y lo más probable era que, cierto o no cuanto decía, hubiera repartido en las últimas semanas más puñetazos que yo en toda mi vida. Y también que en el rostro, de rasgos duros, hubiera recibido unos cuantos más que yo en el mío.
Compré la cerveza y me acompañó también de vuelta. Después me dio la mano y se fue supuestamente al encuentro de aquellos amigos suyos. No regresó aquella noche ni al día siguiente, y ya no supimos más de él. Le conté a Vera la historia cuando volví con las cervezas, y nos reímos mientras las bebíamos. Ella también estaba acostumbrada a escuchar consejos así. Viniendo de la Rusia europea, era también una completa extranjera en aquellos lugares, una viajera indefensa a la que proteger frente a los supuestos peligros de una población violenta y poco fiable.
Dos días después, salí de allí sin haberme encontrado, afortunadamente, con ninguno de aquellos borrachos violentos de Altai. De hecho, encontré poca gente dispuesta a relacionarse conmigo, ya fuera para invitarme a una cerveza o darme una paliza, y los viajes en autobús volvieron a ser estériles. Cuando regresé a Gorno--Altaisk, compré un billete para el siguiente autobús a Barnaul, que salía en una hora. Era un autobús nuevo e iba casi lleno, y el conductor era un tipo poco amistoso y con alma de pirata que intentó cobrarme cincuenta rublos extra por el equipaje. Sin esperar mucho de aquel trayecto, me eché a dormir y desperté casi en Barnaul cuando ya se había hecho completamente de noche, convencido de que volvía a ser hora de montarme en un tren.