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Rusia es un país de grandes ríos, de aguas y hielos encauzados sin los que mucho de cuanto hoy es sería muy distinto. De norte a sur, ríos como el Volga en la parte europea o el Yenisei en la parte asiática atraviesan enormes distancias arrastrando por igual caudales de líquido e historia, y resulta fácil subestimar la importancia que han tenido en una civilización como esta.Aunque de otro modo, los ríos siguen recogiendo buena parte de la vida de los lugares en el invierno, cuando se convierten en superficies heladas tan calmas que resulta difícil imaginar que bajo ellas el agua sigue discurriendo a su ritmo habitual. En muchos casos, la vida se instala directamente sobre los cauces, que son ahora prolongaciones de las orillas, y a veces no es posible distinguir dónde empieza uno y acaba la otra. La estampa de los pescadores en la orilla, erguidos y con sus largas cañas, se sustituye por la de hombres encorvados que esperan sobre el hielo, atentos a lo que sucede a través de un pequeño agujero, aguardando más de cerca a las presas directamente en su propio elemento.
Las barcazas que unen en algunos lugares las dos orillas dejan de navegar y dan paso a carreteras sobre el hielo, más eficaces, puentes naturales con un tiempo de vida limitado. Algunas son meros cruces de algunos cientos de metros; otras, sin embargo, largas rutas que unen puntos distantes en ocasiones desconectados durante el resto del año, y que solo cuando el agua se hiela encuentran la manera de conectarse. La importancia de estas vías es a veces dramática. Durante el sitio de Leningrado —la actual San Petersburgo—, entre septiembre de 1941 y el final de enero de 1944, la carretera helada a través del lago Ladoga constituía la única forma de hacer llegar víveres en el invierno y de evacuar a la población. Más de un millón de personas lograron abandonar la ciudad por esa carretera, fuertemente vigilada pero sometida a los continuos ataques del ejército alemán, escapando sobre todo a pie a través del hielo. El vital papel de la ruta le valió ser conocida como Doroga Zhizni, «la Carretera de la Vida».
Barnaul no tiene ningún lago surcado por pistas heladas, pero sí uno de esos ríos de enormes dimensiones que cruzan el país de arriba abajo y se ven con trazo grueso en los mapas: el Obi. A miles de kilómetros de allí, el Obi desemboca en el golfo del mismo nombre, habiendo contribuido a su paso al desarrollo de ciudades como Novosibirsk, la capital misma de Siberia, o Salejard, que presume de ser la única ciudad del mundo situada exactamente sobre la latitud del circulo polar ártico.
A media mañana, atravesé la ciudad hacia la orilla del Obi recorriendo Prospekt Lenina, una de sus arterias principales. Había mucha nieve en las calles, probablemente de una nevada reciente, y por todas partes hombres con enormes palas anchas se afanaban en retirarla, limpiando las aceras, las plazas o el entorno de algunos monumentos que quedaban despejados y peligrosamente resbaladizos. La nieve acumulada a ambos lados de los paseos formaba una especie de canales por los que la gente discurría, y al llegar a la altura de un semáforo o un portal una pequeña brecha permitía escapar de ellos en otra dirección.
Al final de Prospekt Lenina encontré el puerto, aparentemente sin actividad alguna, forzado a hibernar en una época en la que los barcos no hacen otra cosa que acumular nieve a la espera del buen tiempo. En aquel extremo de la ciudad había ya poca gente caminando, sin apenas nada de interés para el quehacer diario. Cruzando el río, la carretera llevaba a algunos barrios dormitorio algo alejados, muy distinto del paisaje a este lado. Barnaul es una ciudad construida en una única orilla del Obi, en la margen izquierda, sin que el río parezca una parte vital de su estructura, sino solo un elemento limítrofe.
El río en sí estaba desierto, de un blanco inmaculado y sin huella alguna. Cerca del puente que prolonga Prospekt Lenina por encima del cauce, había unas grandes letras de estilo Hollywood que daban la bienvenida a la ciudad, pero que allí y en aquel momento parecían solitarias, como presentando una población que ya no existía.
Fui caminando siguiendo el río, a ratos perdiéndolo de vista y solo intuyendo su dirección para volver a encontrarlo poco después. Al cabo de un rato comenzaron a aparecer huellas en el cauce y puntos en la distancia esparcidos e inmóviles. Eran los pescadores que a aquella hora ya habían ocupado su lugar sobre el hielo y se congregaban en aquella parte del río a ejercitar su paciencia.
Yo no sabía mucho de pesca, ni de aquella ni de la que se practica cuando el agua corre, pero a mis ojos profanos esa pesca invernal parecía todavía más introspectiva, con tal vez una necesidad mayor de reflexión para hacer el tiempo entretenido.
Desde cada pescador salía un camino de huellas que llegaba hasta algún punto de la orilla, y que parecía unirlo a ella. Las huellas rara vez se cruzaban entre sí, como queriendo indicar que pese al número de hombres que allí se encontraban, aquella seguía siendo una actividad solitaria, de individuos aislados que a lo sumo forman pequeños grupos para intercambiar de vez en cuando algunas palabras a lo largo del día.
Avancé un poco más hasta dejar atrás a algunos de los primeros pescadores, y fui buscando un lugar en el que pasar desde el camino hasta la superficie helada del río. A unos cien metros por delante de mí, un pescador que terminaba su jornada volvió a la senda por la que yo iba. Miré las huellas que le habían conducido hasta la orilla, una línea algo serpenteante de pasos que tampoco cortaba las trazadas por otros. Al cruzarme con él, le observé mientras le saludaba con un gesto que él no me devolvió. Llevaba un mono grueso de camuflaje, unas botas a juego y unas manoplas de lana. En la mano derecha sujetaba una especie de enorme sacacorchos con el que horadar el hielo.
Decidí seguir sus huellas sobre el hielo hasta alcanzar su sitio de pesca, y después quizás deambular a lo largo del río. Yo nunca había caminado por un río helado. Algunas huellas se desviaban de pronto sin que yo pudiera encontrar una razón aparente, como rodeando objetos invisibles.
Llegué hasta el lugar que había ocupado el pescador de antes. Era un espacio de unos dos por dos metros en el que la nieve había sido cuidadosamente retirada y podía verse el hielo desnudo. En el centro había un agujero pequeño, con agua inmóvil cuya superficie comenzaba a helarse. Le di un ligero golpe con el pie y el hielo incipiente, formado en el breve tiempo desde que el hombre había abandonado el lugar y delgado como una hoja de papel, se rompió sin apenas hacer ruido.
Estaba más o menos en el centro del cauce. Desde allí no había más huellas que seguir, así que comencé a caminar en la propia dirección del río, abriendo mi huella en la nieve, que me llegaba casi hasta la rodilla. Caminaba alejado de los pescadores, ocupando el espacio entre ellos sin acercarme demasiado, y de vez en cuando encontraba alguna huella en mi camino o algún signo de presencia anterior.
Alcancé un grupo de cuatro agujeros en el hielo muy cercanos entre sí. Formaban un cuadrado casi perfecto, de unos quince metros de lado, sin duda los restos de un grupo de compañeros de pesca dispuestos del modo ideal y a la distancia perfecta para poder intercambiar impresiones, pero también para que cada uno de ellos tuviera su propio territorio. Y también, probablemente, para que dos hombres no se situaran demasiado próximos sobre el hielo, evitando así riesgos innecesarios. No lejos de allí, asomaba entre la nieve una botella vacía de vodka, clavada casi en vertical sobre la nieve.
El espacio ocupado por los pescadores era de algo más que un kilómetro y medio. Más allá del último, la nieve era completamente virgen, sin huella alguna, y el río se perdía en la distancia. Llegué a la altura del último pescador y después continué andando algo más de un cuarto de hora. Al mirar atrás, mis pasos eran los únicos que podían verse, un recorrido todavía de un único sentido que alcanzaba hasta donde yo estaba, hasta una peculiar nada en mitad del río. A lo lejos, los pescadores eran otra vez puntos sin significado, dispersos, esperando con la misma filosofía que cuando había pasado a través de ellos.
Deshice todo mi camino hasta la orilla y me quedé allí algunos minutos observando ese paisaje, poniendo a prueba mi paciencia y dejando la mente perdida cual un pescador más, disfrutando como ellos de mi soledad por unos instantes. A falta de mi propio equipo de pesca, barría con la mirada el río esperando ver algún movimiento que pudiera indicar una captura. Pero todos permanecieron quietos, a lo sumo agitando imperceptiblemente las cañas, finas y cortas, como varitas que movían casi a ras de suelo.
Eché un último vistazo en el camino de vuelta, pero ya no se podía distinguir nada. El río volvía a ser una lámina blanca y uniforme solo alterada a veces por algo de vapor y niebla.
De vuelta al centro, los hombres con palas seguían en las aceras retirando nieve, limpiando las puertas de los comercios y parte de los paseos, que ahora se podían recorrer sin dificultades sin más que un poco de precaución para no escurrirse. En las calles, los coches circulaban por una capa de nieve sucia, bacheada, y algunos aparcados desde hacía días estaban casi cubiertos por completo y bloqueados por montones blancos.
Entré a comer en una stolovaya, un comedor básico donde servían rancho sencillo a precios asequibles para el bolsillo ruso. El lugar tenía un aspecto viejo, gastado por el tiempo, y además del olor de la comida tenía un aroma extraño que también evocaba otros tiempos. La puerta, de madera pintada de azul, se cerró de un golpe tras de mí, empujada por un muelle oxidado clavado por el interior.
Había unas diez personas, todos hombres, comiendo apresuradamente y sin apenas hablar. La mayoría de ellos mantenían aún sus shapkas en la cabeza y los abrigos puestos pese al calor. Seguí el ejemplo de los que acababan de llegar y me lavé las manos en un extremo de la habitación, donde había una pila y sobre esta una especie de bacía metálica con un saliente en su parte baja que al pulsarlo dejaba caer un hilo de agua muy fría. Después me acerque hacia el mostrador donde una mujer servía mecánicamente los pocos platos del menú.
En la pared había una lista que nadie miraba. Tenía la clásica lista de platos acompañada de dos columnas de cifras: una con el precio y otra con los pesos exactos de los ingredientes. Todo está escrupulosamente medido en los menús rusos, al menos en la teoría, y uno no encuentra cosas como «Arroz con verduras», sino más bien «Arroz con verduras -- 150», indicando que una ración contiene 150 gramos, o incluso «Arroz con verduras -- 100/50», detallando por separado el peso del arroz y el de las verduras que lo acompañan. Me resultaba divertido intentar descifrar algunas de aquellas cifras, a veces con más números que ingredientes podían esperarse en el plato en cuestión.
Miré el menú desde lejos, más por mera curiosidad que por algo práctico. La mujer que servía las raciones me miraba con un ligero gesto de desesperación, como queriendo decirme que no tenía mucho sentido mirar aquel papel, y que lo mejor que podía hacer era preguntarle a ella qué tenían o simplemente echar un vistazo a las cazuelas y elegir. Cogí una bandeja de plástico y un tenedor de aluminio desgastado, y le pedí un filete ruso con puré de patatas y una ensaladilla. Me sirvió los dos platos sin demasiado entusiasmo y en silencio.
—¿Pan? —preguntó.
—Dos trozos —dije, y ella levantó un trapo bajo el que había una pieza de pan cortada en trozos más pequeños, para que pudiera servirme.
—¿Té? ¿Café?
—Nada, gracias.
—¿Nada? —protestó. Parecía resultarle extraño que no quisiera beber nada caliente.
—Un café. Solo —dije por no enfrentarme a la especie de mirada acusatoria que me lanzaba.
Me sirvió un café de puchero de color muy negro en un vaso de plástico, y después se acercó hacía una mesa para hacer las cuentas. Sobre la mesa había un ábaco ruso grande con cuentas de madera de distintas tonalidades, cubiertas de grasa por el uso, y junto a ella una calculadora. El uso del ábaco en muchos lugares como aquel ponía de manifiesto el arraigo todavía intenso de un artilugio que se resistía a ceder de forma completa el relevo a las tecnologías actuales. Las camareras de cierta edad como aquella, con toda una vida calculando mediante ábacos el precio de una comida, no se desprendían de él y lo utilizaban conjuntamente con la calculadora, más cómoda, aunque quizás siempre eran las cuentas de madera las que tenían la última palabra.
Ocupé un asiento en el extremo de una mesa, aunque nadie vino a sentarse a mi lado. Era un comedor pequeño, pero la mayoría de la gente venía en grupo o al menos en pareja, y se sentaban todos juntos a una mesa. Junto al lavamanos había una pequeña repisa a modo de barra, y algunos se situaban allí, generalmente con comidas sencillas de las que daban cuenta rápidamente.
Un hombre se levantó de la mesa junto a la mía y se acercó a pedir algo. Escuché su voz apagada, como con desgana, mientras pedía 100 gramos de vodka. Regresó a la mesa junto a su compañero y bebió en silencio con la mirada perdida. Yo me levanté y dejé mi bandeja en una mesa en una esquina, a la que rápidamente se acercó otra mujer para recoger la vajilla. Al salir por la puerta, escuché tras de mí el golpe seco de esta al cerrarse, cerrada violentamente por aquel tosco muelle igual que al entrar.
El día se hizo gris antes de que la noche comenzará a entrar. Caminé por la ciudad, llena de todas esas calles con nombres predecibles que surgían por oleadas y delataban las tendencias de los urbanistas de cada época a la hora de elegir su toponimia. En las décadas de los 50 y los 60, aún con la resaca emocional y política de la II Guerra Mundial, proliferaron las calles con nombres de personajes heroicos cuya labor en el frente les había hecho valedores de alguna alta condecoración militar. En décadas posteriores, cuando la Unión Soviética entraba ya en una edad madura, se popularizaron las calles que celebraban fechas relacionadas con su historia (40 años de la Revolución de Octubre, 50 años de la Unión Soviética) o elementos de la retórica comunista (Calle Socialismo, Avenida del Komsomol). Otras, menos rebuscadas, estaban dedicadas simplemente a importantes artistas rusos. Encontrar una calle cuyo nombre no obedeciera a alguno de aquellos esquemas era, como en la mayoría de las ciudades rusas, la excepción en lugar de la norma.
Curiosamente —o tal vez no—, no hay una calle dedicada a Gagarin en Barnaul, pero sí una en honor a Guerman Titov, el segundo cosmonauta ruso en salir al espacio exterior, quien nació no lejos de allí, en el cercano pueblo de Verj--Zhilino. Titov fue, junto a Gagarin, uno de los candidatos a convertirse en protagonista de aquella histórica primera misión al cosmos, pero al final fue este último quien resultó elegido por el gobierno ruso, que consideró que representaba mejor el perfil buscado, no solo en el aspecto técnico, sino especialmente en el político. Con un nombre de origen alemán y procediendo de una familia de comerciantes, Titov no encajaba en el perfil del héroe soviético de la misma forma que Gagarin, con un nombre claramente ruso y unos padres de clase obrera.
Aunque no se convirtiera en el primer cosmonauta de la historia, Titov solo tuvo que esperar cuatro meses más para hacer su sueño realidad, y el 6 de agosto de 1961 orbitó la tierra 17 veces a lo largo de un día completo, una hazaña casi comparable a la de su predecesor, y que volvió a suponer un golpe de efecto en la carrera espacial que Estados Unidos y la Unión Soviética libraban. En palabras de los mandos soviéticos de entonces, «si Gagarin fue el primer hombre en viajar al espacio, Titov fue el primero en vivir allí». Los ciento ocho minutos de Gagarin se habían quedado cortos, y Titov fue el encargado de hacer ver al resto del mundo que Moscú disponía de capacidad para agrandar aquellas cifras hasta unos valores acordes con la enorme magnitud del país.
Me separé de Prospekt Lenina por algunas calles secundarias, entre ellas la calle de Titov. Alcancé poco después la plaza de la estación de tren y seguí algo más allá. Había mucha gente en la calle. El sol brillaba y todos parecían ignorar el frío intenso. Los hombres llevaban muchos sus clásicas shapkas rusas en la cabeza, que allí parecían estar más de moda que en Moscú, aunque la forma de vestirlas era curiosa, tan solo apoyadas, apenas caladas y sin tapar las orejas. Un hombre se detuvo en un kiosco de helados y compró uno. Se quitó un guante, retiró el envoltorio con la mano desnuda, volvió a ponerse el guante y se alejó comiendo a paso tranquilo. El termómetro más cercano marcaba 24 grados bajo cero. Definitivamente, había llegado a Siberia.