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La estación era pequeña, sin apenas luz, y no había nadie esperando. A decir verdad, parecía que nadie había esperado en ella desde mucho tiempo atrás. Sin embargo, guardaba ese extraño candor de los lugares donde uno sabe que las cosas son más propicias a ocurrir, donde quizás no muy a menudo pero sí en ciertas ocasiones alguien había aguardado un regreso y la entrada de un tren como este no resultaba en absoluto tan indiferente como ahora. El encanto de esos lugares que no son atractivos pero pudieran ser importantes, referencia de algo o alguien que no conocemos.

Era el final de trayecto para mi compañero de la litera de enfrente, que terminaba de recoger sus bolsas a medida que el tren se iba deteniendo, echándose a la espalda una vieja mochila ante la atenta mirada de los otros pasajeros que a aquella hora de la tarde no encontraban mejor pasatiempo que verle partir sin decir nada. A juzgar por el desangelado aspecto del andén, era probable que nadie viniera a ocupar su lugar hasta al menos la siguiente parada, aunque lo más seguro era que aquella plaza quedara ya desierta hasta el final del recorrido.

En el invierno los trenes van mucho más vacíos que en otras épocas, algo de agradecer en unos viajes en los que el valor de un poco más de espacio resulta incalculable, en especial si uno viaja en tercera clase, donde los vagones son abiertos y no existe intimidad alguna. Aquel debía tener ocupadas solo la mitad de sus plazas, y podía pasearse por él sin la sensación de estar robando un espacio que todos ansiaban, sin la angustia de una estancia poblada en exceso. Las ventanas, viejas y con un marco de madera cubierto de una pátina mugrienta, estaban condenadas para que no pudieran abrirse, y selladas para que el frío no entrara por sus gastadas y poco eficaces junturas. Con esa falta de ventilación, el aire estaría enrarecido apenas unas horas después de partir si el tren estuviera lleno como sucedía casi siempre en el verano. Ahora, sin embargo, días después de haber salido de Moscú, el ambiente no estaba demasiado cargado, y se agradecía el espacio y la tranquilidad de un vagón a media carga.

Conforme se acercaba a su destino, el tren se iba vaciando, perdiendo más gente de la que ganaba, y ahora al mirar hacia el frente veía la litera vacía, sin nadie a quién enfrentar la vista cuando no observaba el paisaje. Quedaban aún las dos mujeres al otro lado del pasillo

8cm]{platskart_shema.png}} , y otra más, también mayor, que dormía encima de mí. Le costaba subirse a su litera, y por eso solo lo hacía cuando se iba a dormir, y pasaba el resto del tiempo sentada a los pies de la mía, retirando un poco el colchón y más cerca del pasillo, donde conversaba con las otras dos mujeres. Pensé en ofrecerle un cambio de litera, pero quizás podría sentirse ofendida, así que me limité a cumplir el papel que me correspondía como ocupante de la litera inferior, siguiendo la etiqueta del tren y dejando que se sentara junto a mí y utilizara la mesa de la cabecera cuando lo necesitase. Ahora estaba callada al igual que las otras dos, y todas ellas parecían esperar la llegada de un nuevo inquilino para llenar las horas restantes, bien fuera charlando con él o, mejor aún, escuchando indiscretamente sus palabras con otro viajero como habían hecho hasta ahora. La más simple curiosidad era un entretenimiento inmejorable para pasar las horas en el tren.

Siguiendo el ejemplo de los demás, le eché una última mirada al hombre mientras hacía un rápido movimiento con los hombros para asentar mejor la mochila. Se llamaba Alexandr, aparentaba unos cincuenta años y habíamos pasado casi dos días juntos charlando sobre cosas en su mayoría irrelevantes, bebiendo vodka de su bien nutrida reserva de botellas y comiendo algunos embutidos que yo había traído de casa y reservaba para los largos viajes en tren, no solo como mero alimento, sino como forma excelente de hacer amistades si se usaba a modo de excusa para romper el hielo con los compañeros de litera.

Era un hombre sencillo, de esos que saben contar historias cotidianas sin pretensión alguna y las convierten así sin quererlo en relatos cautivadores. Me habló de su familia, de cómo era y es la vida en Siberia, de algún que otro sueño que guardaba y alguna tragedia que había vivido. Yo le daba la réplica contándole cosas similares, y él escuchaba con atención, demostrando que eran aquellos pequeños detalles los que en realidad le interesaban.

Como muchos otros siberianos, Alexandr no sentía un especial aprecio por Moscú y, al igual que yo, y aunque por razones distintas, tomaba con gusto aquel tren que lo llevaba lejos de la capital hacía el paradójicamente cálido refugio de su Siberia. Se apresuró a darme aquel dato poco después de que iniciáramos nuestra primera conversación y dejáramos atrás el primer trago de vodka. Sacó la botella y el vaso, sirvió un trago largo, y mientras lo empujaba hacia mí instándome con gestos nerviosos a beberlo, cortaba y echaba sal a un pepino con el que luego mitigar el sabor amargo de la bebida. Después sería su turno de seguir ese mismo ritual, y entre un vaso y otro comenzar a relatar el estrés que le causaba la centralizada burocracia rusa y los viajes hacia la capital para solucionar un papeleo tras otro, renegar del espíritu materialista de las grandes ciudades, alabar la dulzura de lo inhóspito, de su pequeña ciudad siberiana frente al aburrido e impersonal espíritu que moldeaba a esos moscovitas frívolos a los que él no acertaba bien a entender.

Ahora había más de tres mil kilómetros entre Moscú y esa estación mal iluminada, señalados todos ellos con milimétrica precisión por mojones que podían ir siguiéndose fácilmente, recordándole a uno el lento pero inexorable alejamiento de ese Moscú al que todo se referenciaba: las distancias, las horas, los ritmos.

Me levanté para acompañarle hasta la salida del vagón y me ofrecí a llevar una de sus bolsas de mano. Dijo que no era necesario, y sin quitarse la mochila me dio un abrazo de despedida. Olía a alcohol y al sudor de un par de días de parca higiene en un tren lleno de gente. Supongo que mi aroma no sería muy distinto. Después me estrechó la mano y una vez más me invitó a parar allí en mi viaje de vuelta y hacerle una visita. Asentí intentando mostrar cierto convencimiento, aunque sabía bien que aquello era poco probable que sucediera.

Con el tren aún moviéndose lentamente, me pidió un bolígrafo y una hoja de papel, señalando a mi libreta y haciendo el gesto de arrancar una página. Me apresuré a darle otro papel antes de que pudiera alcanzarla por sí mismo y servirse a su gusto. Escribió su dirección y número de teléfono, y me dijo que si no podía ir a verle, al menos le escribiera una carta, que le gustaría saber cómo continuaba mi viaje. Al contrario que antes, ambos sabíamos que aquello sí ocurriría.

Doblé el papel y lo guardé en el bolsillo. En una época de correos electrónicos y mensajería instantánea, una dirección postal es un extraño tesoro que uno no sabe bien cómo preservar para después dar uso.

Lo cierto es que yo nunca había sido demasiado amigo de enviar cartas. De hecho, solo recordaba haberme carteado con alguien en una ocasión, y el número de misivas no fue especialmente elevado. Fue también en Rusia, hacía entonces cuatro años. En mi viaje entre Krasnoyarsk y Ekaterimburgo compartí litera con una mujer mayor que regresaba a Tyumen después de haber visitado a su nieta en un hospital de Krasnoyarsk. Le hice unas fotos y al regresar a casa las imprimí y se las mande a la dirección que, al igual que ahora, me había anotado antes de separarnos.

Un par de meses después, recibí una carta escrita en una hoja cuadriculada de cuaderno con esa clase de caligrafía temblorosa que inequívocamente se delata surgida de un pulso anciano. La carta era breve pero emotiva, y se acompañaba de cuatro fotos, cada una de un tamaño distinto, en las que aparecían la mujer en cuestión, sus dos hijos con sus respectivas parejas y dos de sus nietas. Las fotos venían anotadas por el reverso explicando quién era quién, y con una caligrafía distinta que hacía pensar que no había sido ella, sino alguno de los otros fotografiados, quien había preparado aquel pequeño reportaje gráfico.

Respondí con una carta de agradecimiento y mandé un ramo de flores a la misma dirección. La carta y las fotos las guardé en un cajón junto a otros recuerdos rusos, en una colección significativa que ha ido creciendo con el paso de los años. Después de aquello, no obtuve más respuesta.

Saludé a Alexandr por la ventanilla antes de que el tren volviera a ponerse en marcha, y mientras lo hacía me di cuenta de que aquel mismo tren había pasado por Tyumen hacía algunas horas. Quizás a la vuelta podría hacer una parada, pensé. Quizás saber qué había sido de aquella mujer, de sus hijos, de esa nieta a la que fue a visitar. Bastaría llamar a casa y hacer que alguien desempolvara la carta del cajón e intentara descifrar la dirección del remite.

Dicen que hay trenes que solo pasan una vez en la vida. Afortunadamente, aquel transiberiano no era uno de ellos.

* * *

Lo más hermoso de cruzar Siberia es observar las llanuras, las planicies en las que la nieve descansa y el viento pule día tras día. Cuando los árboles que flanquean la vía dejan un hueco, se abre una pequeña ventana por la que contemplar un río helado, una vasta llanura que se pierde a lo lejos o un pequeño prado, y entonces uno comprende que es allí, lejos de todo relieve, donde la nieve luce todo su esplendor.

A veces puede verse una explanada a través de los árboles si estos forman una cortina poco densa, y si hay casas el humo surge lento de las chimeneas y sube casi vertical porque el viento es normalmente escaso, y así conforma otro relieve sobre el paisaje de fondo de una planicie que se pierde.

A lo largo, sin embargo, de horas y horas tras el cristal, la imagen de esa Siberia bucólica de nieves resplandecientes no existe como algo continuo, sino más bien como una sucesión de escenas que avanzan sin apenas velocidad, y la belleza se aprecia puntualmente, en las transiciones y en ciertos momentos señalados donde no queda sino asombrarse y admirar. El resto acaba siendo paisaje tedioso, una rutina de franjas de nieve y vegetación donde a lo más que uno puede aspirar es a una fugaz imagen esperanzadora cada muchos kilómetros, doblar una curva y apreciar algún cambio que dura apenas unos instantes antes de hacerse monótono y de nuevo pesado de observar.

En invierno además los días duran poco, a eso de las cuatro de la tarde la noche ya es oscura y no amanece antes de las nueve. Las horas de luz son muchas veces grises, de cielos pesados, y encadenar un par de horas de sol brillante es un magno regalo del azar para quienes equivocadamente presuponen que cruzar Siberia en un tren como este puede justificarse por el deleite que ofrece el contemplar el moroso tránsito de la realidad al otro lado del cristal. Pero no existe tal deleite, sino más bien otros muy distintos, y es ese un detalle que, si uno no intuía de antemano, descubre poco después de ocupar su asiento y cubrir los primeros kilómetros pegado al cristal y en silencio, antes de que la curiosidad de un vecino de asiento desencadene los primeros diálogos del trayecto.

Sentado tratando de observar el discurrir de esta Siberia, las ventanas son como lentes malas a través de las que uno viera desenfocados los fotogramas de una película triste, ocultando los detalles sutiles del paisaje. Sus cristales dobles están a veces arañados por dentro, habitualmente sucios por fuera y en ocasiones incluso llenos de hielo y escarcha en el espacio que media entre ambos, en un rango que va desde ser una pequeña pero fácilmente ignorable molestia para el viajero, hasta convertir la ventana en un borroso caleidoscopio de imágenes donde uno no sería capaz de distinguir a la persona de la que se está despidiendo en el mismo andén.

Pero si hay suerte y el vidrio permite observar, los ojos se acostumbran pronto a una sensación como de película antigua, en blanco y negro, muda, donde la lenta velocidad del tren confiere a las cosas un movimiento algo acelerado pero no rápido, exactamente como en una de esas viejas películas, un ritmo que pareciera pedir de fondo el sonido de la pianola y una imagen de vez en cuando con algún breve dialogo explicando la trama. Es un espectáculo lleno de nostalgia, sabor añejo y recuerdos; de recuerdos de lugares por los que uno no pasó antes pero aun así los recuerda, y no los contempla ni los descubre, sino directamente los añora.

Hacía ya tiempo que el sol se había ocultado y todo aquello no podía verse, solo intuirse en las sombras que iban pasando. Yo pensaba en ello y empezaba a imaginar cómo sería estar ahí fuera, pasear por algunos de esos bosques helados cuando la luz volviera, para poder empezar a decir que había conquistado mi pequeña parte de Siberia. Me conformaba hasta entonces con anticipar cómo debía ser aquello, y buscaba en mis recuerdos las experiencias de otros años viajando por la región y las unía con lo poco que había visto en Moscú, una ciudad que por el momento recogía bien la imagen que esperaba de la Rusia invernal, pero que sin duda, al igual que sucedía en el verano, distaba mucho de la realidad siberiana. Y lo más probable era que el invierno no suavizara esas diferencias, sino que las acentuase.

El día antes de tomar aquel tren lo había pasando recorriendo el parque Izmailovski, un reducto no lejos del centro de la ciudad. Uno de los pulmones verdes de Moscú durante el verano, en el invierno es el pulmón blanco de una ciudad de humo y nieve sucia, una suerte de prístina isla en un mar contaminado. Había otros parques además de aquel, como Tsaritsino, con su lago helado sobre el que se deslizaban los esquiadores de fondo, y alrededor del cual di una lenta vuelta casi a solas; o Kolomenskoe, antigua residencia de zares y hoy un museo al aire libre de arquitectura clásica rusa, con un largo paseo a la orilla del río Moskva. Izmailovski era sin embargo el más agreste, y aunque lejos de ser comparable a un paseo por alguno de los bosques de taiga por los que ahora discurría, aquello había sido lo más parecido hasta entonces, una breve experiencia que había abierto mi apetito de alcanzar Siberia lo antes posible.

Con el termómetro rondando los veinte grados bajo cero y un viento insistente que envenenaba el caer dulce de los copos de nieve, no había mucha gente paseando entonces, un agradable alivio frente al estrés de las calles de Moscú, siempre abarrotadas de gente no importa qué tiempo haga. Me encontré sobre todo con ancianos solitarios o en pequeños grupos, algunos de ellos empujando carritos de bebé en los que paseaban a sus nietos pese al frío intenso, y parejas de abuelas que se agarraban del brazo y apoyadas la una en la otra recorrían una de las sendas principales sin dejar de hablar ni un momento. A ratos los encontraba avanzando en mi misma dirección y me acomodaba durante unos minutos a su paso quejumbroso, manteniéndome a una distancia prudencial y saludando con la cabeza al adelantarlas si es que se giraban para mirarme en ese instante.

No vi apenas gente joven ni tampoco parejas como las que seguramente podrían encontrarse en aquellos mismos rincones en la primavera o el verano. Extrañamente para una ciudad plagada de visitantes extranjeros y expatriados de origen vario, tampoco había turistas, y tal vez fuera por eso que a veces me miraran con peculiar interés, reconociendo fácilmente que yo no era un habitual allí como ellos.

La juventud se agrupaba a la entrada del Metro, junto al extremo del parque. Sin alejarse demasiado, sin adentrarse entre los árboles, aprovechando las bocanadas de aire cálido y olor a máquina que salían cada vez que alguien abría las puertas. Me miraron cuando entré en la estación mientras me desabrochaba el abrigo y me quitaba mi gorro pasado de moda. También aquel gesto me delataba. Un ruso no habría hecho nada de aquello, sino que habría entrado con el gorro puesto y sin soltar un solo botón, con una actitud indiferente, sin importar si era sudor o frío lo que había de venir. Los vagones estaban llenos de gente con chaquetones cerrados, de mujeres que asomaban de capuchas de piel que no se retiraban ni en la asfixiante atmósfera de la hora punta, todos ellos sin variar ni un ápice su atuendo al entrar, como si la temperatura no cambiase en absoluto. Podría ser desidia o mera economía de movimientos, o sencillamente el resultado de la experiencia y la costumbre.

En los trenes, en cambio, todo era distinto. El tren era más un hogar que un medio de transporte, y al entrar todo el mundo se apresuraba a desvestirse, ponerse ropa cómoda y otro calzado, y solo al final del viaje volvían a transformarse en esas personas impasibles que no desabrocharían un botón hasta llegar de nuevo a un lugar donde hubieran de quedarse.

El Alexandr que había abandonado el tren hacía un rato era un hombre distinto a aquel con el que había pasado el trayecto conversando. Había guardado su camiseta raída, su pantalón de chándal y sus sandalias de goma, y volvía a vestir un pantalón liso negro, una camisa y unos zapatos que le daban un aire de ocasión especial, en contraste con su aspecto cotidiano de unos minutos atrás. Encima de aquello, un abrigo pesado que revelaba por su desgaste muchos años de uso, y una gorra de cuero que se había calado no sin antes atusarse levemente el pelo con un pequeño peine. Era ya un hombre que no pertenecía a aquel tren sino al exterior, al aire libre de aquella estación donde lo había abandonado.

Se trataba sobre todo de una cuestión de actitud, de definir el momento con una u otra vestimenta. Simplemente, de tomar al asalto el tren y dejar la ropa de calle como un símbolo, como una bandera clavada en un territorio recién conquistado.

Con las mujeres mayores el cambio era aún más notable, pues uno no veía el proceso sino solo el resultado. Las babushkas pedían ayuda a alguna otra mujer cercana para que sujetara una sábana y así esconderse tras un improvisado biombo y cambiarse lejos de las miradas de los hombres del vagón. Cuando retiraban la sábana era como el alzado de un telón que dejaba al descubierto la transformación, entrañables ancianas que ponían todo su empeño en arreglarse y emergían con sus mejores galas, con esa vieja elegancia humilde pero poderosa.

Desde mi sitio se veían las literas del bloque contiguo que quedaban al otro lado del pasillo. En la de abajo había una chica alta, atractiva, que al llegar iba vestida con unos vaqueros ajustados y unas botas altas con tacones forradas de piel por dentro. Pero poco después de haber arrancado el tren, había desaparecido unos minutos en el baño y había vuelto con un chándal rosa descolorido y unas zapatillas gastadas, y su melena castaña larga, sensualmente suelta antes, estaba ahora recogida en un moño práctico pero poco favorecedor. Forzada como el resto a convivir y compartir un espacio durante muchas horas, asumía la particularidad falta de privacidad del tren sin mayor problema y se dejaba ver así, con su atuendo casero, lejos de la otra cara sofisticada que lucía en la calle.

Saqué unos trozos de pan y algo de queso para comer mientras seguía imaginando el paisaje nocturno al otro lado del cristal. Era un buen momento para los últimos bocados del día, aunque a medida que se acumulaban las horas de viaje dormir y alimentarse iban dejando de ser actividades limitadas a unas horas fijas, para depender tan solo de uno mismo en cada momento. Al verme, la mujer de mi lado sacó algunos dulces y un par de tazas, dejó los dulces en la mesa y se levantó a llenar las tazas en el samovar a la entrada del vagón. Cuando regresó, metió una bolsita de té en una de ellas y en la otra vertió el contenido de un sobre de sopa plateado. Después tomo la taza de té para ella y me ofreció la sopa, diciéndome que yo estaba muy delgado y necesitaba fuerzas para el frío que nos esperaba a la llegada.

Ahora que me había quedado sin compañero, y aunque no habíamos hablado antes, aquella mujer parecía decidida a convertirse en mi anfitriona durante lo que quedaba de viaje. Y qué mejor manera de hacerlo que con algo de comida. Pese a que dudaba que aquella sopa pudiera aportarme muchas calorías o darme algo de grasa con que aislarme del frío siberiano, la acepte gustoso y la tomé, levantando la taza a su salud como en un brindis, y le ofrecí algo de chocolate que tenía a mano para corresponderla.

Comer es otra de esas actividades imprescindibles en un tren ruso. Comer y, especialmente, compartir comida con otros viajeros. No importa la longitud del trayecto, uno debe al menos beber un vaso de té o tomar algo ligero para sentirse parte de esa gran familia del tren, y al hacerlo ha de esperar que otros le acompañen y le ofrezcan parte de lo suyo, o al menos inicien alguna conversación en ese momento, como queriendo evitar que el de alimentarse sea un acto solitario e individual. Hay un protocolo no escrito que dicta que los momentos de comida han de ser eventos sociales donde ha de exhibirse lo que cada uno porta y ofrecerlo sin limite al resto de compañeros, y este es uno de los cimientos de la pequeña sociedad que el tren conforma.

La dieta básica del tren es sencilla y en cierto modo aburrida, y todo el mundo parece limitar su elección a un rango de productos comunes que probablemente también se incluyan entre los escogidos por otros compañeros de viaje. De este modo, la puesta en común de alimentos y bebidas es un acto equilibrado y realmente no necesario como gesto de hospitalidad, y constituye más bien una especie de rito de paso para incorporarse a la dinámica de la vida en el tren.

En esta ocasión éramos solo dos en nuestro pequeño banquete, que más que eso era un rápido aperitivo de cosas frías, pero a esas alturas de viaje seguía sirviendo como punto de encuentro. Terminé la sopa y comí algún dulce, y la mujer me quiso ofrecer té, pero le dije que no era necesario. Después de aquello no dijo ni una palabra. Pero parecía tranquila, y pensaba con la mirada perdida mientras daba sorbos a una segunda taza de té. Cuando decidió dormirse, yo esperé algunos minutos y después hice lo propio, aunque en el vagón aún podían oírse voces, y las luces siguieron todavía un tiempo encendidas.

Una hora antes de llegar a Barnaul, la provodnitsa, la mujer responsable del vagón, lo recorrió despertando al personal. Comenzó entonces el ritual de los cambios de ropa precedido de rápidos desayunos y visitas al baño para asearse un poco antes de arreglarse. La familia del tren cumplía su rito de despedida, y cuando en los últimos minutos cada uno ocupaba su asiento con la ropa de calle y la maleta en la mano, el tren se convertía en una mera colección de individuos desligados cuyas mentes pensaban ya en lo que sucedía fuera y no en lo que tenía lugar allí dentro.

Mientras me vestía, las mujeres de mi alrededor observaban cada capa de ropa que me ponía, como queriendo comprobar que me preparaba efectivamente para el frío del exterior.

—Fuera hay treinta bajo cero —dijo una de ellas haciendo un gesto para indicarme que me calara bien el gorro.

Otra tiró de la parte baja de mi abrigo para asentarlo.

Al salir, vi la puerta completamente congelada, con una capa de hielo llena de formas curiosas que se asemejaban a la huella de extrañas hojas. Me quedé un instante mirando, preguntándome cómo se formarían aquellos dibujos.

—Es el arte siberiano. Nunca verás dos iguales —dijo alguien detrás de mí riéndose.

Eché un último vistazo y salí del vagón.

—Hasta la vista —dije.

—Hasta la vista —me respondieron.

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