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A Yuri Gagarin le bastaron algo menos de dos horas para cambiar para siempre la historia moderna tal como hoy la conocemos. Exactamente, una hora y cuarenta y ocho minutos. Ese fue el tiempo que aquella nave suya de aspecto poco futurista y nombre Vostok I tardó en despegar, orbitar la Tierra y volver de nuevo a posarse en ella después de haber puesto por primera vez en el espacio a un hombre.

Gagarin tardaría unos diez minutos más en tomar tierra, descendiendo por separado con su paracaídas y observando bajo sus pies las fértiles extensiones alrededor del Volga sin probablemente intuir hasta qué punto aquello que observaba era ya distinto, cambiado por completo por una gesta, la suya, que habría de marcar la historia del mundo y la de su propia vida.

A cambio de aquella proeza, obtuvo un lugar destacado en los anales de la historia, un reconocimiento internacional sin parangón y una fama difícil de soportar a la que solo pudo hacer frente refugiándose en la bebida. Según las teorías más conspiranoicas hoy ya poco creíbles, esa misma fama acabaría poco después con su propia vida, supuestamente asesinado cuando su renombre comenzaba a eclipsar el del propio Brezhnev, por entonces máximo representante del poder político soviético.

Mucho más tangibles y perdurables que las conspiraciones en su contra, otros de los reconocimientos que recibió siguen hoy presentes en la Rusia cotidiana, como las estatuas y monumentos que desde entonces florecieron por doquier en todas las ciudades, o las calles con su nombre presentes en toda la geografía del país, desde callejones a grandes avenidas que recuerdan su persona y conforman una curiosa constante para el viajero, que las encuentra ciudad tras ciudad, a miles de kilómetros unas de otras, en lugares tan diferentes que parecen pertenecer incluso a países distintos. Y todo aquello por un viaje de ni tan siquiera dos horas.

No deja de resultar curioso que la hazaña de Gagarin tuviera lugar en Rusia, un país de grandes números y enormes distancias donde ese breve tiempo difícilmente puede conformar nada similar a un viaje, a lo sumo una pequeña excursión, un recorrido intrascendente al que le queda mucho aún para adquirir relevancia más allá del instante en que sucede. Porque las cosas importantes requieren su tiempo en Rusia más aún que en otros lugares, supeditadas a una vida lenta, a un discurrir pausado como el de un tren ruso: sin prisa pero seguro, puntual pero no eficiente.

En una hora y cuarenta y ocho minutos, el tren más famoso de la red ferroviaria rusa, el Rossiya, el mejor y más legendario de cuantos hacen la ruta transiberiana hasta Vladivostok, ni siquiera alcanza su primera parada en Vladimir, una pequeña ciudad en el Anillo de Oro moscovita, a poco más de doscientos kilómetros de la capital. Quedan por delante más de nueve mil kilómetros de un paisaje que cambia lentamente tras el cristal y de un panorama humano mucho más cambiante, más rico, que vira de un color a otro según uno cruza los Urales, Siberia y el lejano oeste ruso, y todo sin dejar de guardar una identidad propia por sí misma fascinante.

Yo había aterrizado en Moscú a principios de enero con algo más de tiempo que Gagarin y un objetivo en cierto modo similar: observar algo que ya conocía pero desde un punto de vista distinto. Era mi primer viaje invernal a un país que había recorrido en varias ocasiones durante otras épocas del año y que creía conocer bastante bien, si es que alguien puede decir eso de una realidad como la rusa. El país entero era entonces un mundo bloqueado por el inicio del año, donde el porcentaje de negocios que funcionaban era tan bajo como elevado el de trabajadores que aprovechaban los primeros días de enero para hartarse a vodka en lugar de mantenerse en el estrato productivo.

Rusia adoptó el calendario gregoriano tarde, en febrero de 1918, solo cuando la revolución había ya triunfado. Hasta entonces, se rigió por el calendario juliano, abandonado mucho antes por otros países. Las huellas de aquel cambio pueden encontrarse hoy en día en las fechas festivas, algunas de las cuales han sido trasladadas, otras se celebran en sus días originales, y otras, salomónicamente, se celebran en ambas, aprovechando con astucia la posibilidad que la historia ofrece de disfrutar de algo más de descanso y diversión. El año nuevo es una de ellas, y se festeja tanto el 1 de enero como el 14, que corresponde al antiguo 1 de enero del calendario juliano. Las dos semanas que median entre esos días son un periodo donde buena parte de los negocios no abren y donde la burocracia rusa, lenta y tediosa en condiciones normales, sencillamente no funciona.

Tenía dos opciones: esperar a que la ciudad recobrara la normalidad y cumplir con el forzoso registro de mi pasaporte, u olvidarme de él y partir hacia Siberia esperando poder hacerlo más adelante y sin tener que sobornar en exceso a la militsia si me pedían mis papeles. Decidí mantenerme en el lado de la legalidad y hacer lo primero. Pasé algunos días visitando a amigos y curioseando en algunos lugares que ya conocía para buscar la huella del invierno. Después presenté mis respetos a la burocracia rusa y compré un billete para Barnaul, a casi tres días de viaje.

La estación estaba llena de miembros de la militsia. El parón navideño había pasado, pero parecían seguir todavía ausentes, y ponían tan poco interés en su trabajo que podía pasear entre ellos con la seguridad de que no me pedirían mi pasaporte. En verano, aquello habría sido poco menos que imposible, y a buen seguro habrían intentado sacarme algunos rublos diciéndome que mis documentos no estaban en orden, incluso si todo estuviera correctamente registrado. Lejos de ser una dificultad, por ahora el invierno me ponía las cosas más fáciles.

* * *

Como sucede en ocasiones, la de Gagarin fue una hazaña representativa no por reflejar fielmente los caracteres de una sociedad, sino por mero antagonismo, por poner de manifiesto contrastes y carencias, siendo tal vez más fácil identificarse con algo cuando existe un breve punto de dolor y no solo un total acuerdo. Los ídolos suelen tener aquello que nos falta y una gran parte de lo que sabemos que nunca podremos tener.

Cuando Gagarin subió en aquella nave, se convirtió en el primero en observar la Tierra en toda su extensión, en alcanzar ese punto donde el horizonte se curva y uno advierte el verdadero lugar que el mundo ocupa. En ver esa imagen hoy en día universal de un planeta azul, un globo perfecto sobre fondo negro harto repetida en fotografías y dibujos. Una imagen que, paradójicamente, aun conocida por todos como un cliché del planeta que habitamos, ni siquiera medio millar de personas han visto con sus propios ojos. Y Gagarin fue la primera de ellas.

Sin embargo, mientras él se convertía en el primer hombre que abandonaba el planeta, sus compatriotas ni siquiera podían soñar con abandonar su propio país, encerrados dentro de unas fronteras impenetrables por igual a personas e ideas. Para las almas intrépidas con deseos viajeros quedaba tal vez el consuelo de habitar un país del tamaño de un continente en que uno podía viajar casi infinitamente, pero lo cierto es que los limites impuestos por el hombre son siempre más hirientes que los naturales, y las pocas pasiones exploradoras que albergaba el ruso medio se veían sobrepasadas por las restricciones políticas y el sufrir de un día a día en el que no quedaba lugar para más aventuras. En todo caso, moverse no era explorar, tampoco descubrir, sino simplemente desplazarse de un lugar a otro sin abandonar en ningún momento la esencia del punto de partida.

Gagarin, el primer cosmonauta —porque en Rusia los exploradores del espacio son cosmonautas, y decir astronauta es poco menos que una herejía patrio--lingüística—, el primer observador global de nuestro planeta, fue el héroe de un país donde lo local y lo global quedan separados por una línea demasiado difusa, donde un hombre puede no viajar jamás, ni siquiera en su mente, más allá de donde su vista alcanza, o bien coger un tren y viajar un día entero tan solo para tomar una botella de vodka con un amigo, y al hacerlo no sentir que llega a un lugar distinto o tan siquiera distante. Aunque enorme por definición, Rusia no es solo el país de las grandes magnitudes, sino el de las escalas, donde cohabitan lo descomunal y lo minúsculo, lo extraordinario y lo cotidiano, y donde la percepción de las cosas cambia como lo hace su propia forma en los mapas, tan enorme que se desdibuja de unos a otros al cambiar la proyección, como si toda esa vasta extensión se resistiera a ser recogida en un perfil único e inamovible.

Planificar un viaje a Rusia sobre un mapa es chocar de inmediato con una enorme mancha de un único color ante la que la imaginación del viajero se hace insuficiente y se es más propenso a la congoja que al entusiasmo. Cuántos viajes no habrán nacido de esa desmesurada dimensión cartográfica, de esa gran mancha que es Rusia sobre el papel, tan llamativa y dispuesta a crear obsesiones y sueños. Del deseo de ir allí para comprobar si la realidad ha de ser tan magnánima como su espacio en el mapa.

Lo que no se dice tan a menudo es que si Rusia puede ser la tierra de lo grandioso, también lo es de lo ínfimo, y la verdadera grandeza no está en la dimensión de cuanto se contiene, sino en el rango que se abarca, desde lo más diminuto y sencillo hasta la enormidad opuesta pero paradójicamente complementaria.

No es una cuestión de talla, sino de saber medir cada cosa con la vara adecuada, de aprender a apreciar todo en su justa dimensión y descubrir que en un mundo así caben lo grande y lo pequeño, y la posibilidad de admirar ambos por igual. Rusia es un país donde uno realmente comprende la noción de escala, de saber mirar a las cosas a la distancia exacta que estas demandan. Un país donde ciento ocho minutos pueden ser la eternidad, un breve rato, o sencillamente nada.

Las palabras mismas de Gagarin son un buen ejemplo del errático concepto de grandeza en un país de la dimensión física y humana de Rusia. Al igual que Neil Armstrong, el equivalente histórico de Gagarin al otro lado del Atlántico, este último también acompañó su hazaña con frases que quedarán por siempre en la cultura popular. Algunas de ellas pasaron a la historia incluso aunque luego se descubriera que Gagarin realmente no las había pronunciado. La propaganda soviética le adjudicó falsamente la ya famosa cita «he estado allí, pero no he visto ningún Dios», tratando de sacar todo el rédito posible de ese viaje espacial ya de por sí rentable para la causa comunista de aquel entonces. Pero Gagarin, aun fiel a una ideología de la que estaba por completo convencido, probablemente tenía mejores cosas en que pensar allá arriba que en confirmar su supuesta falta de creencias.

De entre todas esas citas hay, no obstante, una mucho más intemporal que solo ha quedado grabada en la cultura popular de Rusia y su lenguaje, y que allí representa el principal legado de Gagarin al habla cotidiana del país. Cuando la base le comunicó que todo estaba listo para el despegue, él se limitó a responder exclamando «¡Poiéjali!», que en ruso quiere decir algo así como «¡Vamos!» o «¡Adelante!», y que hoy como entonces resulta una consigna más que habitual a la hora de emprender cualquier empresa, grande o pequeña, pero que ahora recuerda el modo en que aquella misión al espacio dio comienzo.

Mientras que la cita de Armstrong («Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad») es una poética frase bien elaborada, la de Gagarin es fruto de la mera improvisación, de la espontaneidad y naturalidad de un personaje que en eso sí que representa una clásica actitud rusa. En un país de poetas, había sido sin embargo la frase más simple de aquel viaje, una casi vulgar interjección, la que había encontrado un camino hacia la eternidad, la que se redefinía para tener un nuevo significado.

Miré por la ventana. Estábamos en una estación poco importante, a unas cinco horas de Moscú. Gagarin ya estaría hacía tiempo sobre tierra firme, habría recogido su paracaídas y, tal y como estaba planificado, habría buscado un teléfono en la población más cercana para llamar e informar de su aterrizaje y dar la noticia del éxito de la misión. Los mandos soviéticos estarían a estas alturas celebrando su triunfo desde hacía algunas horas. Pero yo tan solo estaba en el principio de un viaje, con muchas horas por delante en aquel trayecto individual, que a su vez no era apenas nada en toda esa aventura.

Nadie subió ni bajó del vagón. El tren no se detuvo más de un par de minutos, como correspondía a una parada secundaria. Pasado ese tiempo, se puso en marcha con un golpe brusco, avanzando después muy lento, como si no quisiera dejar atrás el lugar. Enfrente de mí había un hombre que miraba desganado el entorno vacío de la estación. Retiró la mirada del exterior y miró hacia donde yo estaba. Yo hice lo mismo y nuestras miradas se cruzaron por un instante.

—Poiéjali —dije intentando parecer simpático, con un gesto algo forzado.

—Poiéjali —respondió él abriendo los ojos y asintiendo con la cabeza lentamente.

Poco después de aquello, me sirvió el primer vaso de vodka de aquel viaje.

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