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Masha trabajaba en un nuevo cuadro cuando volví a su casa de Moscú. Era un retrato de un coche azul de principios de siglo, de ruedas finas y faros que parecían ojos saltones. Según ella, se trataba tan solo de «un encargo de trabajo, para sacar algo de dinero». No había barcos allí, ni barcos ni aguas relajadas, y el fondo no era el de un lugar que yo pudiera reconocer.Le enseñé las fotografías de mi viaje, deteniéndome especialmente en las del Baikal. Yo nunca había sido un buen fotógrafo, y vistas ahora en grande mis instantáneas tenían incluso menos atractivo que en la pequeña pantalla de la cámara, más alejadas aún de la realidad de aquellos lugares. Pero sabía que, de cualquier modo, servían para despertar en ella recuerdos y deseos de regresar allí, y quizás también para encender alguna idea nueva para una de sus pinturas. Ella miraba con atención, buscando en su memoria para comparar aquellas estampas heladas con las de entonces, muy distintas, y me preguntaba por las diferencias o las sensaciones vividas al revisitar aquel lugar.
Había varias fotos del gran barco negro que ella había pintado en infinidad de bocetos, y que ahora al verlo varado en mitad de la nieve le resultaba intrigante. Supe que guardaba de él los mismos recuerdos que yo: la playa de guijarros, el silencio de aquel momento, la extraña sensación de inmortalidad que desprendía ese casco negro pese a su decadencia.
—¿Sigue igual? —preguntó al cabo de un rato de observarlo.
—Idéntico —respondí. Su cara reflejaba una satisfacción agridulce.
Había fotos de Irkutsk por las que pasó algo más deprisa hasta llegar a una que le hizo esbozar una sonrisa.
—Este sitio lo conozco —dijo.
La foto no tenía nada de especial, recogía tan solo el ir y venir de gentes en un esquina cercana del mercado central donde los autobuses y marshrutkas formaban un agitado caos mientras dejaban y tomaban pasajeros. Pero aquel era el lugar donde nos habíamos separado la ultima vez después de haber viajado juntos. Ella siguió su viaje hacia la orilla este del Baikal. A mí no me quedaban ya apenas días y tomé rumbo de regreso a Moscú.
Volvió a pararse en otra fotografía. Era del busto de Gagarin en el bulevar que lleva su nombre, a orillas del Angará. Ella había hecho una igual después de separarnos, y se apresuró a buscar en el ordenador para mostrármela. Solo un poco de nieve graciosamente posada sobre la cabeza las hacía diferentes. La contemplamos juntos un instante.
—Poiéjali —dije mientras apretaba una tecla para pasar a la siguiente fotografía.
Ella se echó a reír.