Última voluntad
Las cenizas de un difunto, conforme a lo que le habían dicho, no podían facturarse y habían de llevarse como equipaje de mano. Todavía pensando en ello, acomodó su mochila en el compartimento superior, con cuidado para que no se volcara la urna que iba dentro de ella, y después tomó asiento. Pasillo, como él prefería.
Hacía una semana que su padre había muerto, y cinco días desde que había recibido la noticia. Le informó aquella mujer a quien él no conocía, pero de la que había oído hablar muchas veces, la esposa de un amigo muy querido de su padre. Había sido ella, al parecer, quien se había hecho cargo de los asuntos funerarios y la burocracia correspondiente, a falta de familiares u otras personas cercanas. No le extrañaba: su padre había cultivado un círculo mínimo de amistades íntimas allá en aquel pueblo cerca de Cuzco donde nació y al que más tarde regresó, y nada más allá de eso. No había sido un hombre de trato fácil.
Debía hacer una década, o quizás más, desde que hablaron por última vez. Sin enfado, sin reproches. Simplemente había dejado de ser necesario mantener el contacto, como si vivieran en realidades separadas que no pueden aportarse nada la una a la otra.
Su padre había emigrado a España poco después de la mayoría de edad. Se había instalado en un pueblo cerca de Barcelona, había conocido a su madre, habían tenido un único hijo. Cuando él tenía tan solo ocho años, su madre había muerto repentinamente. Y cuando encontró su primer trabajo y se independizó, su padre se sintió solo y comenzó a plantearse qué hacía allí. En realidad, la reflexión le hizo darse cuenta de que ya antes sentía esa soledad; entre ambos, padre e hijo, siempre hubo más obligación y responsabilidad que vínculo. Menos de un año después, se regresó al Perú.
Él había ido tan solo un par de veces a visitarle. El lugar, el país al completo, le eran tan extraños como a cualquier otro extranjero. Le resultaba curioso pensar en cómo su padre se había vuelto a su patria empujado por la nostalgia, pero nunca había intentado compartir esa raíz con él, nunca lo había considerado un compatriota ni esperado de él que se sintiera como tal. Y llegado el momento, había elegido la patria en lugar del hijo.
Nunca hubo españoles en aquel pueblo. Josep era el único, o al menos eso creía. De casualidad y por simple amor, como a él le gustaba decir. Se habría vuelto a casa después de aquella estancia, a su pueblito de playas tranquilas y casas de piedra cerca de Barcelona, pero ella nunca quiso dejar aquel pueblo, mucho menos el país, y él nunca quiso dejarla a ella. No le fue difícil adaptarse.
Echaba de menos su origen, pero vivía feliz. A los pocos años de llegar, conoció a un hombre que había regresado de España después de pasar allí media vida. Ahora volvía para instalarse de nuevo en aquel pueblo en el que, decía, había nacido, y en el que ya no le quedaba familia. A la segunda conversación que tuvieron, Josep descubrió que aquel hombre, en sus años de emigrante, había vivido exactamente en el pueblo del que él mismo venía. La casualidad los unió de ahí en adelante.
Su padre le habló de aquella pareja en cuanto les conoció y comenzaron a tratarse. En aquel entonces todavía había entre ellos algo más de comunicación, aunque desganada y movida por mera inercia. Qué probabilidad había de encontrar allí a alguien que viniera de ese mismo lugar, alguien que, como él, lo hubiera abandonado para instalarse a miles de kilómetros, en un pueblo mínimo, aun si sus razones eran muy diferentes. Esa casualidad le valió para conseguirse un amigo, y en aquel momento también para tener un tema de conversación del que poder hablar con su hijo.
Él no había llegado a conocerlos nunca, solo los había oído mencionar. Estaba claro que su padre no tenía amigos mejores que ellos, y con el tiempo, entendió que no tenía ningunos otros de suficiente confianza.
Ahora la mujer le demostraba en persona el cariño que se habían tenido y rememoraba algunos momentos pasados.
—Tu padre nos hablaba de ti —dijo, aunque sonó protocolaria.
Solo estaba ella, no su marido, que supuso habría fallecido ya sin que su padre le dijera nada en su momento. Le pareció que la mujer estaba realmente triste, y pensó que quizás ahora, después de aquello, se quedara sola y sin más amigos cercanos.
—Tu padre siempre decía que le gustaría que sus cenizas estuvieran en el pueblo donde él vivió en España y donde tú naciste, en el mar.
A él le sonó extraño, pero qué sentido tenía rebatir a la mujer en aquel momento. Qué poco conocía en realidad a su padre, eso fue lo que pensó.
—Vuelve cuando quieras —dijo dándole un abrazo—. Acuérdate de echar las cenizas al mar como quería tu padre —insistió.
Volvían de hacer unas gestiones sencillas. Josep acompañaba al amigo porque en aquellos temas él sabía algo más y siempre estaban dispuestos a ayudarse cuando hiciera falta. En el tiempo que pasaban juntos, a veces se arrancaba a contar algún recuerdo de sus años jóvenes, y no había nadie que pudiera escucharle como él, nadie que conociera de primera mano aquello que rememoraba.
—Echo de menos el mar —le decía—. Pero no el de aquí, sino el de allí, las playas aquellas. Aunque no hay quien convenza a Rosa para que coja un avión —añadía riendo.
No fue culpa de nadie. Un pájaro cruzó la carretera a destiempo, golpeó en el parabrisas, con la sorpresa él dio un volantazo excesivo y acabaron fuera de la calzada y chocaron con un árbol.
La mujer tuvo que encargarse de todo. Del marido, del amigo. Se sentía desbordada. Luego, en su casa, descubrió que la esperaba no solo el duelo, sino también la angustia de la responsabilidad. Porque estaba el asunto de aquella última voluntad que el esposo le había confiado tantas veces y que era mejor no postergar, pero ella era mayor y no quería salir de allí, y menos aún tener que volar. Y estaba el hijo del amigo, habría que llamarlo, claro, pero cómo iba a pedirle algo así, qué macabro, si ni siquiera lo conocía.
La bolsa es de terciopelo. La urna es de plástico, porque así lo manda la normativa cuando se ha de volar con ella, nada de urnas metálicas. Hay un viento ligero. Un amigo le ha dejado una barquita y él se ha alejado de la orilla a primera hora de la mañana y ahora ve derramarse los copitos grises sobre el agua. Piensa en las palabras de la mujer, en su insistencia, y se dice una vez más que apenas conoció a su padre.
Cuando termina, deja la barca amarrada donde la recogió y camina, mirando la playa tranquila y las casas de piedra del pueblo.