Prueba y error

El canasto apareció en mitad de la noche. Sobre la calle de tierra humedecida por la llovizna, con un paño de gasa y un recién nacido que en ese momento no hacía ruido ninguno. Comenzaría a llorar más adelante, entrada la madrugada, y una mujer lo descubriría poco antes del amanecer.

Se le procuraron a la criatura los cuidados esperables. El pueblo decidió quién se haría cargo de él de ahí en adelante. Alcanzó apenas los tres años de edad antes de que una infección incurable acabara con su vida.

Siglos después, también durante la noche. Una caja de cartón sobre la acera, en un callejón. Ni siquiera hizo falta el llanto esta vez, el descubrimiento fue casi inmediato. El bebé siguió los cauces establecidos, hay protocolos para esta clase de casos. Creció entre el orfelinato y una familia de acogida. Más tarde el reformatorio, la calle, la falta de futuro. El forense certificó su muerte con quince años recién cumplidos, por arma blanca en una reyerta.

Otro intento fallido, pero alguna vez se logrará el objetivo. Es cuestión de perseverancia. Nadie dijo que el advenimiento de un nuevo mesías fuera sencillo.

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