Terminal
Sucedió tal y como dijeron los médicos. Era ya demasiado tarde, no había nada que pudiera hacerse, y su salud fue empeorando sin remedio según sus órganos acusaban el deterioro provocado por la enfermedad.
Fueron unos meses raros. Sufrió poco, esa es la verdad, o al menos no de un dolor físico que se fuera también agudizando a medida que sucumbía al mal que lo aquejaba. Simplemente se fue apagando, perdiendo vitalidad de una manera dulce, casi cruel en su morosidad.
Lo que nadie pudo predecir fue el extraño modo en el que su apariencia cambió en ese tiempo. Porque mientras su interior se degradaba, su exterior iba luciendo cada día más saludable, más vital. Desaparecían sus arrugas, ganaba brillo en la mirada, mejoraba el color de su piel, su postura era más firme y erguida. El cabello hasta entonces ralo acabó por ser una cabellera tupida y lustrosa. La enfermedad que le destruía por dentro le obsequiaba al mismo tiempo una lozanía como hacía tiempo que no gozaba.
—Qué bien te ves —le decían con una sinceridad total, algunos de ellos convencidos de que la enfermedad remitía, porque de qué otra manera podía explicarse si no esa apariencia rejuvenecida.
Cada vez que escuchaba algo así, se sumía en una depresión aún mayor, no contestaba, a veces incluso lloraba ante la crueldad de aquella ironía. Solo quienes compartíamos todo nuestro tiempo con él sabíamos que se debilitaba cada día, y con el tiempo acabamos por saber también esa tortura emocional a la que le condenaba la rara manera en que su cuerpo manifestaba la enfermedad.
Mi madre, entregada por completo a su cuidado, envejeció los años que él parecía retroceder. Ahora hacían una pareja descompensada, él con ese aspecto fresco y vigoroso, ella falta de energía y sueño, apagada, apática. La gente los miraba con extrañeza, las más de las veces juzgándolo a él con desdén, por cuanto era ella la que hacía un esfuerzo visible mientras él, con su aspecto más saludable, no hacía sino recibirlo y beneficiarse.
Se volvió receloso de su imagen. La idea de fotografiarse le irritaba. Sin decirlo, nos hacía saber el odio que ahora tenía por su aspecto.
En una ocasión, lo ayudé a levantarse de la cama y los dos nos quedamos parados frente al espejo, observando en el reflejo cómo nuestros cuerpos habían vuelto a tener casi la misma estatura.
Su muerte se nos hizo incomprensible. En las últimas semanas le faltaba toda energía, apenas interaccionaba con nosotros, pero lo mirábamos en aquel esplendor inesperado y nos bastaba para recordarlo como si ya se hubiera ido, como si esa materialización de su persona no fuera actual, sino de otro tiempo en el que lo habíamos conocido con una apariencia como aquella.
Murió en la cama, suavemente, con su mejor apariencia. Entonces me di cuenta de cómo estos cambios, al regresarlo a sus años de buena salud, lo habían hecho cada vez más parecido a mí. Mirar su rostro ya frío fue como verme a mí mismo sin vida, como una premonición tangible de cómo se vería mi propio fin. Asistí a su cremación, pero no fui capaz de mirar el cuerpo dentro del féretro.
Ahora intento recordarlo en los años anteriores a que cayera enfermo, en esa vejez entrañable.
—Te estás haciendo viejo —me dijo un día mi hijo, bromeando.
Me pareció hermoso.