Escapada

Se cumplía un año desde la muerte de mi marido y me sentía sola. Había recuperado la ilusión por vivir, el duelo se diría ya superado, pero en aniversarios así es inevitable caer en la tristeza. Se me ocurrió que me vendría bien un viaje. Cambiar de aires por unos días, y mejor si era en algún lugar que hubiera tenido algún significado para nosotros. A veces la mejor manera de combatir la melancolía es alimentarla.

Sin decir nada a nadie, reservé cuatro noches en un hotelito en el campo al que él y yo habíamos ido cuando aún éramos novios, y en el que habíamos disfrutado una de las semanas más dulces de nuestra vida.

Había pasado mucho tiempo desde entonces, pero tenía el recuerdo fresco de aquellos días, por todas las veces que lo habíamos rememorado y habíamos hablado de ello. Siempre supimos que nos había dejado huella esa escapada. Recordábamos sobre todo el primer día, lo mucho que nos impresionó el jardín tan bien cuidado, la sensación de libertad al sabernos allí los dos solos. Al llegar a la recepción, tocamos un timbre de latón y no apareció nadie, pero al segundo intento bajó una mujer mayor con aire despistado y nos dio la bienvenida. Parecía nerviosa, como si fuéramos sus primeros huéspedes y no tuviera práctica en aquello, y nos pareció que eso daba aún más encanto a nuestro viaje.

En el grueso libro que había sobre el mostrador de la recepción, ella buscó los nombres que le dimos y después nos entregó la llave de la habitación. Luego nos dijo que hacíamos una buena pareja. Mi marido se apresuró a responder y, en un arrebato un tanto ridículo de romanticismo, añadió unas frases edulcoradas sobre nosotros y lo felices que éramos juntos, con las que los tres nos reímos tontamente.

Ahora en la recepción había un muchacho. Muy agradable, pero sin el mismo encanto. Le hablé de mi anterior estancia y me dijo que en aquel entonces él ni siquiera había nacido. Nos reímos.

—Usted conoce esto mejor que yo, así que no tengo que explicarle nada. Siéntase como en casa.

La habitación que me dio no se parecía a la de entonces, aunque la vista era magnífica. Desde allí se alcanzaba a ver un pequeño lago al que mi marido y yo íbamos caminando al final del día, y que también me trajo de inmediato muchos recuerdos.

Era temporada baja y no había apenas huéspedes. Aquel otro viaje lo hicimos en estas mismas fechas, el campo tenía un color semejante y el tiempo era parecido, acaso algo más fresco, yo lo recordaba bien.

El tercer día a media mañana, a punto de salir para dar un paseo, escuché tocar el timbre. Según bajaba para alcanzar la puerta que daba al jardín, volvieron a tocar. Supuse que el muchacho andaría fuera y no lo habría oído. Él parecía ser el único empleado, y lo más normal es que tuviera que encargarse de todas las tareas del negocio.

Me encontré con una pareja. Les saludé y ellos me correspondieron. Y como aquel hotel me era tan cercano y me sentía en él con tanta naturalidad, sin saber por qué les pregunté sus nombres. Cuando me los dijeron, miré la habitación que tenían asignada en el libro de entradas y descolgué la llave correspondiente de la pared para dársela. Para mi sorpresa, era la misma que en su día ocupamos nosotros.

El hombre me dio las gracias, y al hacerlo me recordó a mi marido. Los gestos, la manera de hablar. Ella tenía el pelo largo y recogido en una coleta, igual que yo lo llevaba en aquellos primeros años de noviazgo. Me imaginé que venían a pasar unos días románticos y quise recomendarles el paseo hasta el lago o la ruta que recorre la vía de tren abandonada. Les dije que hacían una buena pareja y ella se ruborizó. Él sonrió y le pasó la mano por la cintura. Los vi subir por la escalera hacia su habitación.

Caminé muy despacio hasta el lago y me senté a la orilla. Allí estuve hasta que llegó un atardecer raro, apresurado, que trajo de pronto un frío que hizo insuficientes mis ropas. Al volver se veía una única luz encendida en el hotel, la de una habitación que no era la mía, y en la que intuí la silueta de un hombre desde la distancia.

En la recepción ahora no estaba el muchacho, sino una mujer mayor. Habría jurado que era la misma de aquel entonces. Al verme entrar, me sonrió y luego miró hacia la escalera, por la que en ese momento bajaba mi marido.

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