Starring

Cuando en aquellas primeras películas de mi infancia me horrorizaba ante alguna escena violenta, mi padre se apresuraba a aclararme que lo que veía no era real, que las heridas eran fingidas y las muertes no sucedían.

—Ese mismo actor ha hecho después muchas más películas —me aseguraba riéndose, como prueba irrefutable de que la flecha clavada en el pecho de aquel vaquero no había acabado con la vida de quien lo interpretaba.

Lo lógico entonces para un niño como yo era pensar que todo era real, creer con total certeza las imágenes que tenía delante de sus ojos. El cine y la ficción visual no estaban tan presentes en el imaginario de aquel entonces como en el de hoy día, donde los niños ya no preguntan esa clase de obviedades y no hace falta explicarles el mecanismo para evitarles el trauma. Tú nunca necesitaste esa explicación.

Fue aquel cortometraje de un tal Bakken, un director noruego, el que cambió todo. Lo vimos como los primeros espectadores ante esa grabación del tren de los hermanos Lumière. Corrían, según se cuenta, convencidos de que se trataba de un tren real que venía hacia ellos y saldría de la pantalla. Porque nosotros sabíamos que esto sí era real, y porque aquella era una realidad cruda, impactante. No moría nadie, pero había dolor, golpes, sangre. Las explicaciones reconfortantes de mi padre no habrían servido en este caso, el horror de esa cinta no era una impostura. La amputación que sucede en la escena central, con ese plano cenital pobremente encuadrado, se convirtió con los años y los sucesos posteriores en uno de los momentos más icónicos de la historia del séptimo arte.

En realidad, el cortometraje no tenía gran valor cinematográfico, de manera similar a aquella película de los Lumière, pero sembró la lenta semilla de un movimiento que buscaba reivindicar el realismo más absoluto, un cine sin trampa ni cartón en donde todo, y especialmente lo más grotesco, debía ser real. Pero no una realidad como la de un documental, sino una ficción en la que todos los implicados en materializarla debían estar dispuestos a hacerlo de una manera sincera y verídica, asumiendo cuantos sacrificios aquello pudiera demandar.

Vimos, como digo, el metraje con fascinación, entendimos su intención, incluso compartimos su razón de ser, pero a la mayoría nos pareció un sinsentido. No era aquella la manera de recuperar el verdadero espíritu del cine, sino una solución tosca, bárbara, acaso una mera boutade que nada hacía en realidad por devolver al arte su esplendor y significado perdidos. Yo en aquel tiempo empezaba a hacerme un lugar en el mundo de la actuación, vivía de papeles más o menos breves, y estaba convencido de que el enfoque clásico era la manera adecuada de rodar películas. La cinta no fue más allá de causar un revuelo momentáneo, y después cayó en un olvido predecible.

En esos días yo te había apuntado al grupo de teatro del colegio, donde representabais obritas muy simples en las que ya podía verse tu talento sobre el escenario. Mamá te hacía algunos vestidos, como aquel de tigre que todavía conserva, y con el que hiciste una actuación que impresionó a todos los profesores y al resto de padres.

Con el paso de los años, el desencanto provocado por la maquinaria artificiosa en que se había convertido la industria acabó por revivir la propuesta de ese cine comprometido en extremo con el realismo. Se plasmaron unas ideas en un manifiesto que adquirió en poco tiempo una cierta inercia, y aquello fue el primer paso hacia lo que habría de venir después.

No había trama que no pudiera filmarse siguiendo estos preceptos de pureza interpretativa, y así presenciamos toda clase de horrores, de sacrificios hechos en beneficio de la legitimidad artística. La primera muerte real tardó poco en llegar. La entrega máxima, una suerte de cima interpretativa que escandalizó a la mayoría de espectadores al tiempo que sirvió para atrapar a otros y confirmar que esa manera de hacer cine no era un capricho fugaz, sino una escuela que ambicionaba un largo recorrido.

A quienes entendíamos aquello como algo reprobable, la normalización de estas películas, muchas de ellas de una factura impecable, comenzó a despertarnos un interés que poco a poco se convirtió en pasión. Solo cuando llegaron a las salas de cine pudimos darnos cuenta de la verdadera potencia que escondían. Lo recuerdo como una revelación colectiva. Había incluso quienes iban a las salas sin conocer nada sobre esa forma particular de rodaje, ignorantes de lo que acababan de ver. Comentaban luego la película de la manera habitual, y si entonces se les hacía saber la verdad, reaccionaban violentamente. Muchos se escandalizaban, pero otros sufrían una especie de epifanía que de inmediato los transformaba en devotos.

La exposición a la tragedia real no nos inmunizó frente a la brutalidad, pero desarrolló en nosotros una sensibilidad distinta, una capacidad de admirar su superioridad estética y artística. Nos convertimos en seguidores convencidos. En mi caso, no obstante, nunca me llevó como actor a seguir esa corriente, supongo que por simple falta de coraje, y seguí interpretando papeles en películas habituales, cada vez con menos entusiasmo.

En aquel entonces tú formabas parte de un grupo de teatro de la universidad. Hacías papeles principales, yo iba a verte lleno de orgullo. No tardaste en preguntarme tímidamente por el cine, y entendí que te interesaba dar el salto y pedías mi ayuda, aunque querías que esta fuera lo más discreta posible, que te guiara y te apoyara sin allanarte el camino más de lo necesario. Supuse que estarías enterado de esa filosofía radical que cada vez ganaba más espacio, incluso que habrías visto algunas de esas películas, pero no parecían atraerte. Yo, por supuesto, no te hablé de ellas, y mucho menos te empujé a ir en esa dirección, más bien al contrario, a pesar de que por aquel entonces ya estaba plenamente convencido de que la forma más elevada de interpretación era la que se lograba por aquella vía tan extrema.

A medida que tu carrera progresaba, la mía se estancaba. No fueron años buenos, y tampoco yo estaba en mi mejor momento artístico. Después de reflexionar, decidí, como tantos otros actores, probar suerte al otro lado de la cámara y dirigir mi primera película. Tú me pediste participar en ella, pero yo no quise. No era una buena idea, me dije. Lo entendiste como un rechazo y eso nos distanció. Pensaste, más tarde me lo dirías, que yo no te consideraba con el suficiente talento como para protagonizar mi obra. O peor aún, que te veía como un actor inferior al que yo había sido en otro tiempo.

La película, ya sabes, no tuvo éxito, o no al menos el que yo esperaba. Aun así, no volví a la actuación, sino que quise hacer un nuevo largometraje. Y a falta del valor que no había tenido para alinear mi carrera de actor con mi pasión por el hiperrealismo cinematográfico, opté por dirigir este bajo aquellos preceptos radicales.

La idea gustó, el productor vio en ello una oportunidad de hacer algo verdaderamente notable, y se me ofreció un guión que desde la primera lectura supe que habría de convertirse en una película importante. No solo el guión y la trama, sino el planteamiento, la manera concreta de materializar esa doctrina cinematográfica. Un policiaco, qué mejor género para algo así.

Me llevó tiempo convencerme de que quería dirigir aquella película, y más tiempo aún para convencerte de que participaras en ella. Rechazabas ahora mi oferta, y rechazabas también el guión y lo que suponía.

—Sin ti no puedo hacer esta película —te repetí muchas veces, sin lograr que cambiaras de parecer.

Pero ambos éramos ambiciosos y sabíamos que no habría otra oportunidad como aquella de llegar tan alto. Estábamos comprometidos por completo con nuestro arte y dispuestos a entregar por él lo que fuera necesario. Cuando entendiste aquello, te convertiste en el más entusiasta de todo el reparto.

Ahora pienso en cuántas veces repasamos esa escena final. Tu espanto inicial se transformó en fascinación, creías de veras en la película. Incluso propusiste cambiarla, un apuñalamiento en lugar de un tiroteo, un primer plano, y yo acepté con emoción todas tus ideas.

Hoy terminamos el montaje y pude ver el resultado por primera vez. Estoy convencido de que esta película marcará una época. No sabes el orgullo que sentí al ver tu nombre y el mío, con nuestro mismo apellido, en esos títulos de crédito. Ojalá estuvieras aquí para poder verlo.

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