Mire al pajarito
En cuanto pudo, fue a revelar aquella fotografía. Sabía que tenía algo especial. La instantánea de aquella mujer a la que él, por casualidad, había retratado en el momento mismo en que le alcanzaba la muerte.
Supo que tenía ante sí la foto de su carrera, y tuvo confirmación inmediata de ello en cuanto la hizo llegar a la agencia. Una fotografía icónica, a decir de la crítica.
La sorpresa vino poco después. Como aquella vez, él no creía que algo así pudiera suceder. No intuía riesgo alguno, como tampoco lo hacía aquel hombre segundos antes de que lo arrollara esa furgoneta y él inmortalizara el momento con cuidada estética. La casualidad, repetida de esa manera, le resultó esta vez algo sórdida.
Más aún se lo pareció en una tercera ocasión. Una cuarta, mientras fotografiaba el mar y creía así encontrar refugio de aquella condena, le dio la certeza de que él no era un simple espectador de estas tragedias y lo sumió en una completa crisis creativa. Cayó presa de la superstición y se negaba a hacer fotografías. Solo se atrevía a disparar cuando tenía completa seguridad de que nada podría suceder a su alrededor, pero ¿qué belleza podía buscar en escenarios tan inocuos? La angustia era tal que acabó abandonando la fotografía.
No tuvo que esperar mucho para descubrir que aquello no servía de nada. Aun sin la cámara en las manos, buscaba con su mirada de fotógrafo los encuadres perfectos, las luces, los colores, los protagonistas que habrían dado fuerza a esas instantáneas si hubiera podido tomarlas. Y al hacerlo, volvió a encontrarse con que las tragedias sucedían frente a sus ojos, como si el mero hecho de invocar la estética de una escena liberara el lado más fatídico del destino.
Evitaba a los amigos y familiares, no quería trato directo con nadie. Nada que le hiciera mirar y buscar cualquier forma de estética o de belleza.
Lo soportó apenas unas semanas. La muerte de una niña que jugaba en un parque terminó de convencerle de que su mirada iba sembrando dolor por razones que él mismo no podía comprender. Consideró quitarse la vida o hallar algún modo de quedar ciego, pero no tuvo el valor suficiente para ninguna de ambas soluciones.
Se redimió de una manera distinta que ahora incluso encuentra reconfortante. Nada como hacer las paces con los recovecos y maldiciones de uno mismo. Lo que al principio no era más que una dudosa alternativa se ha convertido ahora en un remedio sólido. Ha perdido la cuenta, pero diría que han sido ya más de una docena.
Los hombres llegarán en breve, si es que son puntuales. El callejón es oscuro, con una farola que arroja un embudo de luz amarillenta. Las paredes de ladrillo, una puerta de madera vieja. Un escenario que le parece casi cinematográfico. Se dice que tanto mejor, así le será fácil encontrar la estética necesaria. Podrá dormir tranquilo al menos esta noche.