Devolver al remitente

Las cartas, por desgracia, se perdieron. Se las enviaba mi padre a mi madre cuando tenía que desplazarse por asuntos de trabajo, al inicio de su vida en común. De vez en cuando, se veía obligado a pasar uno o dos meses en otras partes del país, y enviaba entonces largas parrafadas romanticonas, es de suponer que por combatir así la melancolía y la soledad de esas estancias.

En el último de aquellos periodos, mi padre había comprado un pequeño librillo de sellos que resultó tener un defecto, uno de esos errores caprichosos que tanta pasión despiertan entre los coleccionistas. Utilizó todos salvo uno, que al quedar en su estado original vino a convertirse en un ejemplar de extrema rareza, y de esta manera adquirió un valor enorme. Mi padre no lo supo hasta tiempo después, de casualidad, y al descubrirlo él y mi madre convinieron casi de inmediato que no venderían nunca ese sello. Aunque nuestra vida fue siempre humilde, se mantuvieron fieles a su promesa y jamás consideraron la posibilidad de capitalizar la estampilla.

El sello pasó a mis manos cuando mis padres fallecieron, y aunque mi economía también ha sido siempre muy justa, decidí que lo conservaría conmigo y no haría negocio ninguno. A diferencia de mis padres, yo no escribí apenas cartas de amor y, salvo alguna relación esporádica, no tuve pareja estable ni compartí con nadie mi vida.

En alguna que otra ocasión, recibí propuestas para comprar el sello por parte de aficionados a la filatelia, a cambio de sumas que nunca dejaban de sorprenderme. Al parecer, en esos círculos era conocida desde hacía tiempo la existencia del sello, así como la reticencia de mis padres a venderlo, pero se desconocía que yo tenía convicciones igual de firmes al respecto.

En el tiempo en que trabajé como carpintero, pues esa fue mi principal ocupación, tomé como aprendiz a un hombre más joven que yo que acabaría por seguir a mi lado muchos años, y a quien traspasé el negocio una vez llegó mi jubilación. En este tiempo, nos hicimos muy cercanos, y cuando tuvo su primer hijo me pidió que yo fuera su padrino. Desarrollé una relación también estrecha con él, que desde entonces me consideró una especie de familiar, y me confiaba de vez en cuando asuntos personales que quizás prefería tratar conmigo en lugar de con sus padres.

Siendo yo ya un viejo y él un adolescente casi adulto, vino de visita a mi casa un día a compartir conmigo un asunto de amores. Con el orgullo de esas edades ante los primeros romances, venía a contarme acerca de una chica a la que había conocido en verano, y a la que ahora no podía ver por vivir ella lejos.

—Mándale una carta. Una carta de amor —se me ocurrió sugerirle.

Me miró sorprendido. No entendía el propósito de aquello, siendo que a pesar de la distancia podían mandarse ya mensajes instantáneos con sus teléfonos. Pero la idea debió cautivarle, y un par de días después volvió a visitarme y traía ya una carta escrita y metida en un sobre. No tenía intención de dejármela leer, claro está, pero quería que supiera que había seguido mi consejo. Solo le faltaba ir a la oficina de Correos a franquearla.

—Espera un momento —le dije.

Fui entonces a buscar el sello de mis padres, que guardaba escondido en una cajita metálica al fondo de un armario, y sentí al hacerlo una emoción inesperada. Le propuse que usara mi sello.

El muchacho lo miró y luego me miró a mí como con compasión.

—Este sello tan viejo no creo que valga —dijo riéndose.

Era cierto. El sello ya no servía para enviar ninguna carta.

Despedí a mi ahijado de una manera un tanto brusca y guardé aquel sello inútil en la caja.

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