Dádiva

Los dos hombres se sentaron en una mesa del café. Toulorge tenía unos cincuenta años, aparentaba quizás alguno menos. Zaamil era algo más joven, con el gesto más expresivo.

Toulorge conocía aquel lugar desde hacía décadas. Su padre lo llevaba de niño a desayunar allí algunos domingos, y luego él mismo empezó a frecuentarlo. Había vivido siempre en ese barrio. Zaamil llevaba poco más de un par de años en el país, al que había llegado huyendo de la guerra.

Los dos hombres habían encontrado una compañía agradable en el otro. Hablaban lo justo, compartían las tardes con una suerte de modestia reconfortante. Zaamil tenía amistades entre los compatriotas que vivían en aquella zona de la ciudad, pero encontraba en Toulorge su punto de contacto más cercano con el lugar y sus gentes.

A través de la ventana del café vieron un niño que jugaba con una peonza.

—A mí de niño se me daba bien la peonza —comentó Toulorge—. Sabía incluso hacer algunos trucos.

Zaamil contó que también él jugaba de niño a la peonza, y que la conservó y después la utilizó su hijo. Añadió que no sabía dónde estaría ahora, y después habló de otros juguetes suyos y de cómo se habían perdido, en su casa o en la escuela, ambas hoy destruidas.

Notaba que Toulorge recibía esa clase de relatos con silencio, sin saber muy bien qué decir. Toulorge mientras tanto pensaba en lo ridículo e intrascendente que había sido su propio comentario, y en que su vida carecía por completo de interés.

—La peonza que yo tenía también era de mi padre. Tampoco sé dónde andará.

Zaamil no dijo nada y bebió un trago.

Toulorge lo miró y, por un momento, sintió envidia. Le gustaría poder contar cosas así, que su vida tuviera episodios algo más intensos. De inmediato se sintió frívolo, se dijo que era horrible pensar de esa manera.

Llegó la hora de irse y Toulorge buscó con la mirada al camarero. Zaamil hizo amago de sacar su cartera, pero el amigo se lo impidió.

—No, por favor —dijo Toulorge.

Zaamil se encogió de hombros y aceptó mientras agradecía la invitación. Generoso, concedió a Toulorge el disfrute de esa pequeña emoción.

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