Otro

El autobús iba vacío a aquella hora. Advertí una tarjeta tirada en el suelo, en el asiento delante del mío, y me agaché a recogerla. Era un carnet de identidad. Al darle la vuelta y ver la parte delantera me encontré con la fotografía de un hombre que era idéntico a mí. Se llamaba Miguel Nogales. Su firma era un garabato que me pareció ridículo, casi infantil. La dirección que figuraba estaba al otro lado de la ciudad, en un barrio de clase alta muy distinto del mío. Miré alrededor, pero no vi a nadie que pudiera ser el dueño de ese carnet. Me lo guardé en el bolsillo y continué hasta mi parada.

Mi primera idea fue entregarlo en una comisaría. Era una buena acción, y además no me exigía apenas esfuerzo. Sin embargo, empecé pronto a ver las posibilidades que podría tener para mí el disponer de aquella simple tarjeta, con la que podía procurarme una nueva identidad sin más que llevarla conmigo.

El carnet estuvo en mi cartera durante una semana, sin que me decidiera a entregarlo a su dueño. Me di cuenta de que no quería devolverlo, y resolví entonces quedarme con él. A partir de ese momento, fui elaborando en mi cabeza planes cada vez más intrincados para desarrollar todo su potencial. Me entretenía fantaseando con lo que ahora podría conseguir sin más que hacerme pasar por otra persona y poder corroborar esa identidad alternativa. Llegado el momento, la teoría me resultó insuficiente y quise poner todo ello en práctica.

Al principio no eran más que cosas simples, sin riesgo, más que nada por comprobar que todas mis ideas podían llevarse a cabo tal y como las había imaginado. Por ejemplo, me acercaba a algún lugar frecuentado por algunos de mis conocidos y, cuando me reconocían, negaba ser yo mismo.

—Venga, estás de broma, que no cuela.

Y yo me mantenía muy serio e insistía en que me confundían con otra persona, y después de dejarles creer por un momento que estaba bromeando, sacaba mi carnet para demostrar mis palabras. No era más que un pasatiempo inocente.

Estaba en el supermercado y llevaba solo un par de productos. Vi que había demasiada gente en la fila, y entonces se me ocurrió que podía esconder mi compra y salir disimulando como si no llevara nada. A fin de cuentas, si me cogían no sería yo quien tuviera que pagar las consecuencias. Sentí un placer intenso al verme ya fuera del supermercado.

Además de algunos hurtos similares, entré sin pagar en un par de museos y me subí a varios transportes públicos sin llevar billete. Nunca fui descubierto, pero la emoción por el riesgo que aquello implicaba se combinaba con la sensación de absoluta impunidad que sentía al llevar en mi bolsillo aquel carnet. No era yo quien estaba allí, sino otra persona.

Una tarde, reservé una habitación de hotel a nombre de Miguel Nogales en el otro extremo de la ciudad. Luego fui hasta allí y mostré el carnet al presentarme en la recepción, y desde la habitación llamé para contratar los servicios de una señorita de compañía. Cumplí así una fantasía prohibida con el convencimiento de que no tenía nada que temer, de que no había manera en la que mi mujer o alguna de mis amistades pudiera descubrir aquello, porque incluso si así sucedía, yo tenía una vía de escape infalible para negarlo.

La chica, acostumbrada tal vez a que sus clientes prefirieran el anonimato, se sorprendió cuando le formulé una petición: que me llamara por mi nombre, Miguel, mientras me ofrecía sus servicios.

En los días que siguieron, se fue adueñando de mí un deseo de probar nuevas acciones e intentar llevar al límite lo que podría conseguir sin comprometer a mi persona real. Pensaba en ello sin descanso y, cada vez con más frecuencia, ejecutaba con placer buena parte de mis imaginaciones.

Una discusión con un desconocido me descubrió hasta qué punto aquella identidad alternativa se instalaba en mí. Me comporté de una manera más agresiva, lo insulté sin reprimirme. Sentí llevar una máscara que me ocultaba. La otra persona reaccionó de manera violenta y estuvimos a punto de llegar a las manos.

Esto último me hizo pensar en una nueva dirección. Yo nunca he sido una persona violenta, más bien al contrario, pero la posibilidad de hacer daño a alguien de pronto me pareció atractiva. En esa especie de falso anonimato que me permitía el carnet ajeno, mis valores parecían alterarse. Tuve que reprimirme para no llevar a cabo alguna acción de esta clase, a pesar de que planifiqué cuidadosamente algunas de ellas y tenía la absoluta seguridad de poder salir impune de todas.

No dejaba de pensar en el carnet y en la persona de Miguel Nogales. Cuando salía de casa, estaba por completo metido en ese papel. Si escuchaba a alguien gritar el nombre de Miguel, yo me giraba instintivamente como si fuera a mí a quien llamara.

Me dije que tenía que conocer al verdadero Miguel Nogales. No lo pensé mucho, cogí mi coche y fui a la dirección que había en el carnet. En realidad, ni siquiera tuve que mirarlo, porque después de todo este tiempo ya la había memorizado sin querer. Aparqué a un par de manzanas de allí, caminé hasta el edificio y esperé en la puerta. Era pronto, suponía que él saldría para el trabajo en algún momento de la mañana. Así fue. Un hombre casi igual a mí, no solo en su rostro sino también en su cuerpo, su manera de andar y su estilo de vestimenta, salió del portal algo más tarde de las nueve. Lo seguí a una distancia prudencial solo por deleitarme en ver nuestro parecido y pensar en todo lo que yo estaba haciendo en su nombre y él desconocía.

Después de caminar tras él, y sabiendo que ya estábamos lejos, di media vuelta y volví sobre mis pasos. Tenía la intuición de que había alguien en su casa, quizás su mujer, algún hijo tal vez, y de pronto me obsesionó la posibilidad de probar a suplantarlo en su propio hogar. Era una idea descabellada, lo sé.

El portal estaba abierto. Subí por la escalera en lugar de coger el ascensor, y después llamé a la puerta mientras pensaba en lo que iba a decir.

Pero cuando la puerta se abrió, delante de mí vi a Miguel Nogales, o al menos a un hombre igual tanto a él como a mí, que me recibió sin ninguna sorpresa y me sonrió.

—Hola, Alberto, te estábamos esperando. Pasa, por favor —me dijo.

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