¿Qué tal el día?

Delante de mi colegio había una plazoleta, y allí mi madre me esperaba cada tarde. Nunca demasiado cerca, no en las primeras filas, sino algo más atrás. Luego aprendí que era tímida e incluso aquel pequeño protagonismo le resultaba incómodo.

Yo salía con mi cartera al hombro, de la mano de la maestra en mis primeros años. Salté un curso y era el más pequeño de la clase, así que me daban aquel trato de favor y me acompañaban más allá de la puerta del colegio.

—¿Qué tal el día? —me preguntaba mi madre.

Yo le respondía con alguna exclamación, porque siempre disfrutaba de las clases y los amigos, y me emocionaba al contarlo. La profesora le decía a mi madre que yo había sido muy bueno, se despedían, y luego de camino a casa yo le daba los detalles que a mí más me interesaban.

Recuerdo la imagen de aquel grupo de padres y madres esperando en la plazoleta. Todos con ese aspecto tan mayor de adultos, algunos a solas, otros charlando. La manera en que con sus ojos buscaban cada cual a su hijo, lo fácil que era adivinar quién lo había localizado ya.

Va a ser la hora y hoy soy yo quien espera. Somos un grupo variopinto de hombres y mujeres que charlan o guardan silencio. Esperamos dentro, en la entrada. Mejor, porque fuera hace frío. Miramos para ver si reconocemos el andar o el rostro familiar, e involuntariamente sonreímos a veces cuando eso sucede.

La veo llegar. Viene con una mujer que también sonríe.

—¿Qué tal el día? —pregunto yo devolviéndole la sonrisa.

—Se ha portado muy bien —dice la mujer.

Luego nos despedimos, hasta mañana, buena tarde, y mientras caminamos de la mano yo le vuelvo a preguntar como si quisiera que ahora fuese ella quien me contara la jornada.

Mi madre me mira, no dice nada, no me reconoce, y yo la llevo hasta el coche para volver a casa.

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