Donde estuvimos
El cartel de «Se alquila» apareció en el balcón de tu casa algunos meses después. Tardé una semana en decidirme a llamar y concertar una cita, hasta que me convencí a mí misma de que aquello tenía sentido. La visita me la hizo una mujer joven, podría tener tu edad, que hablaba con desgana.
No lo sentí vacío. Estaba casi igual que como lo recordaba, tan solo algo falto de presencia. Apenas pusiste adornos en su día, ocupaste la casa tal cual estaba y te pareció bien, y por eso ahora no había mucha diferencia salvo tu falta.
La mujer me mostró los cuartos, la cocina, el baño, pero no abrió ni armarios ni cajones, y yo imaginaba que dentro seguían estando aún tus cosas. Con esa fantasía, era fácil creer que seguías allí. Disimulé mi emoción lo mejor que pude e hice un par de preguntas para aparentar que el piso me gustaba y tenía un interés genuino en él.
La mujer atendió una llamada y me dejó deambular. En la cocina, abrí un cajón y vi que estaban allí todos los cubiertos. Te recordé preparando la cena, como aquella última vez que nos invitaste. En un arrebato que no acerté a comprender, me metí una cuchara sopera en el bolsillo y me la llevé conmigo.
Luego el cartel desapareció y el piso lo ocupó una pareja. De tanto pasar por delante y mirar, acabé deduciendo quiénes eran. Memoricé sus caras y me los encontraba a veces al pasear por el centro. Les tuve una antipatía feroz. La luz de la habitación estaba encendida muchas noches, y no podía evitar quedarme mirándola al pasar por delante.
Tu padre se enfada conmigo si sabe que voy por allí. Me dice que ya es hora de olvidar, que esto no es sano. Yo le doy la razón, no pretendo que me entienda. Le pongo en la mesa la cuchara que robé de tu casa y a veces preparo esa sopa que tanto te gustaba cuando eras niño.