Buen samaritano

—Todo viene de un día, hace ahora quince años, y de una mujer a la que dejé morir. Me habían propuesto un empleo nuevo y tenía que estar a primera hora de la mañana en una dirección lejos de mi casa. Llevaba tiempo en paro, mi situación empezaba a ser difícil, y aquella era una muy buena oportunidad. Salí pronto, aún de madrugada, para poder ir andando, porque pensé que eso me ayudaría a relajarme. Me gusta mucho caminar, ¿sabe?

—¿Y consiguió usted el empleo?

—Sí, eso sí. Y es parte importante del problema.

—Explíquemelo.

—De acuerdo, le explico. Como le decía, iba caminando hacia mi entrevista de trabajo. La calle estaba vacía a esas horas, y de pronto, junto a una tienda de electrodomésticos, me encontré una mujer tirada sobre la acera. Estaba inconsciente y había junto a ella un charco de sangre, creo que venía de su cabeza. Probablemente habría tenido algún desmayo y al caerse se habría golpeado.

» Me acerqué a ella de inmediato y, al ver su estado, me puse muy nervioso. No sabía bien qué hacer. Le hablé pero no reaccionaba. Entonces me acordé de mi entrevista de trabajo y la situación me superó. Tenía que ayudar a esa mujer, pero no sabía cómo, y si pedía ayuda, tendría que quedarme con ella hasta que llegara una ambulancia, quizás acompañarla o responder preguntas. No llegaría a tiempo. No sé bien por qué lo hice, pero fui egoísta y me marché de allí sin pensarlo, y me convencí a mí mismo de que alguien vendría pronto y la socorrería.

» Me sentí mal, por supuesto, pero necesitaba tanto aquel trabajo que solo pensaba en conseguirlo. Sorprendentemente, fui capaz de mantenerme relajado en la entrevista, respondí bien, y a la semana siguiente me dieron el puesto. Pero una vez que salí de aquella oficina, no pude quitarme esa historia de la cabeza.

—¿Sabe lo que le pasó a la mujer?

—No, no lo pude averiguar. Pero ya le digo que a esas horas la calle estaba muy poco transitada, quizás la siguiente persona que la vio llegó mucho después que yo y ya era demasiado tarde. Desde entonces he vivido con una angustia inmensa.

—¿Remordimientos? ¿Miedo? Porque sabrá que faltar al deber de auxilio es un delito.

—En realidad no es eso. O al menos, no lo es ahora. Sí lo era al principio, durante un tiempo. Me odiaba a mí mismo, pensaba en lo que sucedería si alguien supiera aquello. Y pensaba en la mujer, claro, en la vida que había perdido por mi culpa, por mi egoísmo. Pero con el tiempo aprendí a vivir con ello, era como una especie de dolor crónico al que te acostumbras.

—¿Y entonces?

—Aquel empleo cambió mi vida por completo. El sueldo era muy bueno, pude pagar todo lo que necesitaba y alquilar un piso mejor. Me permití caprichos que deseaba desde siempre. Además, me sentí reconocido profesionalmente, y me sentí de veras feliz por primera vez en mi vida. Y cuando me di cuenta de ello, de lo bien que me iba en la vida, pensé que todo aquello se lo debía a esa mujer. A su muerte, a su sacrificio. Era una deuda enorme que yo nunca podría pagar, y que ni siquiera podría agradecerle. Esto me provocaba un sufrimiento enorme, mucho mayor que todo el que había sentido antes.

» Después fue incluso peor. El trabajo no solo me aportaba dinero, sino que de él vino todo lo mejor que me sucedió después. Mi mujer, sin ir más lejos. La conocí porque me enviaron aquí a cerrar un negocio, y unos meses después pedí el traslado. Tenemos dos hijos, todo nos va bien. Y todo lo bueno que me sucede no sería posible si aquel día hubiera ayudado a esa mujer. No habría llegado a esa entrevista, no tendría este empleo. ¿Entiende lo difícil que es para mí cargar con ese peso?

—Entiendo.

—Mi felicidad nace de la muerte de esa mujer, o al menos yo me he convencido de ello.

—No lo piense así, no se haga más daño del necesario. Entonces, ¿usted no es de aquí?

—No, qué va, aunque ya llevo muchos años. Soy de Pamplona.

—¿Perdón?

—De Pamplona, y allí fue donde sucedió todo esto que le cuento.

La psicóloga guarda silencio durante unos segundos.

—¿Recuerda la fecha exacta?

—Claro, no podría olvidarla. El 8 de septiembre de 2002.

La mujer respira profundamente.

—Junto a una tienda de electrodomésticos, me había dicho.

—Eso es.

La psicóloga comienza a llorar y él se queda en silencio. Luego ella le coge las manos, pero de inmediato las retira, como si le produjera rechazo.

—Yo tuve un accidente aquel día —dice con dificultad—. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento es el panel de una tienda de electrodomésticos. Vivía en Pamplona entonces.

Él no dice nada, traga saliva.

—Estuve en coma una semana, tardé meses en volver a recordar. Por suerte no me dejó secuelas.

El silencio es ahora más largo.

—Hacía tiempo que no pensaba en ello.

Ella lo mira y se queda esperando algún gesto de sorpresa que sin embargo no llega.

—Ahora mismo no sé qué más decirle o cómo procesar esto que me acaba de contar, pero creo que yo soy esa mujer a la que usted no socorrió hace quince años. No se culpe más, estoy viva. Pero entienda que no quiera seguir hablando con usted. Si me hace el favor —dice señalando la puerta—. No le cobraré la sesión, no se preocupe.

—No me entiende, doctora —responde él sin moverse.

—¿Qué tengo que entender?

—Yo sé que usted es esa mujer. La encontré, por eso he venido a su consulta.

—¿Y qué quiere ahora?

—Lo ve, no me entiende. Se lo he dicho, llevo todos estos años convencido de que toda mi felicidad y mi buena fortuna dependen de su muerte. Y no quiero perderlas ahora —dice mientras se abre la chaqueta y lleva su mano hacia el interior.

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