Praga
Pegada con un imán en la puerta de la nevera había una postal de Praga. Sobre una estantería, un souvenir de la ciudad con una miniatura metálica de la Torre del Reloj.
Lo que más le molestaba cuando alguien venía a su casa eran los comentarios siempre errados sobre aquellos objetos.
—¿Has estado en Praga? A mí me encantó.
—Tengo unas ganas de ir a Praga... Tú lo conoces mucho, ¿no?
Solía decir que sí, fingir ser una turista apasionada de la ciudad y adornarlo con las cuatro curiosidades típicas que conoce todo el mundo, para así llevar rápidamente la conversación a otro lugar.
La verdad era que ella no había estado nunca en Praga. Conocía los nombres de los sitios y los monumentos porque alguna vez él le habría hablado de ellos. Él, que había nacido allí y allí vivía, y que solo había salido de la ciudad para pasar aquel año en España en el que se habían conocido. Él, que había compartido casi todo aquel periodo con ella, en su casa, pero que llegado el momento se fue sin más, con pena aparente pero sin intención de evitarlo.
A mitad de la estancia tuvo que regresar unos días, y a la vuelta le trajo la figurita. Un regalo ridículo, lo admitió, pero ella no pudo imaginar nada mejor. La colocó en el lugar exacto que aún hoy ocupa. Cuando se volvió definitivamente, le mandó la postal a los pocos días. El texto es cariñoso, pero duele. No le propuso nunca que ella fuera, que se mudara y vivieran juntos allí. Después de eso algunos mensajes, alguna llamada, y luego nada. Solo una postal y una figurita que no piensa quitar.
—¿Te gustó Praga? —le preguntó aquel otro chico la primera vez que estuvo en su casa al ver la figura.
Había pasado un año. Esta vez a ella no le disgustó tanto la pregunta como con otras personas, pero volvió a pretender que conocía la ciudad y repitió lo mismo de siempre. No tenía sentido dar explicaciones, y mucho menos contar el porqué de aquello y hablarle de otra persona. No con él, no ahora que parecía que la cosa iba bien y se sentían a gusto juntos.
Así siguieron durante unos meses, viéndose a menudo, descubriendo que lo suyo quizás pudiera funcionar y convertirse en algo serio.
—Tengo algo especial para tu cumpleaños —le anunció.
Al llegar la fecha, le regaló unos billetes para que ambos pasaran un par de días en Praga en un puente al mes siguiente. Ella fingió emoción.
—Te hace ilusión, ¿no?
Lo intentó, pero no fue capaz de disfrutar el viaje. Al menos supo disimular bien su desencanto, porque justo antes de volverse, él, convencido de que para ambos había sido una experiencia igual de hermosa, le regaló un poster que después enmarcó.
—Puedes ponerlo ahí, va a quedar bien. Así te acuerdas de nuestro viaje.
Y ella así lo hizo, porque todavía tenía la esperanza de que todo creciera, de enamorarse más aún, y no haberlo hecho habría significado echar por tierra esa posibilidad.
Pero no sucedió lo que esperaba. Dejaron de verse, aunque ella no fue capaz de quitar aquel poster que ya no sabía bien lo que significaba. A él lo podía olvidar, sabía que lo haría pronto, pero ahora había tres piezas en aquel puzle y todas eran necesarias, y qué más daba de dónde y cuándo vinieran. Praga pertenecía solamente a una persona, no podía engañarse en eso.
En una página de Internet, compró un imán de nevera con la palabra Praha y un dibujo en acuarela. Lo puso en la nevera, sujetando la postal.
El imán, la postal, el poster, la figurita. Ahora se veía más evidente la presencia de la ciudad en ese pequeño apartamento suyo, y cualquier nueva visita preguntaba por ello al poco de llegar.
—¿Te gusta mucho Praga? Dicen que es una ciudad muy bonita.
—No he estado nunca, es una amiga mía que vive allí y me trae estas cosas. Quedan bien, ¿no?