De narices

Los Ortiz habían invitado a algunas parejas de amigos a cenar en casa. Ella los recibía en la puerta con una sonrisa mientras su marido preparaba las bebidas.

—No me he puesto perfume, que luego dices que te molesta —comentó la señora Castillo mientras le daba dos besos. Había un sarcasmo mal disimulado en el tono de su voz.

Era por todos conocido que la señora Ortiz tenía un olfato desarrolladísimo. Sabían también que no era sencillo convivir con un olfato tan fino, y se veían obligados a adaptar muchas de sus costumbres cuando estaban con ella. A veces les parecía que era todo un poco exagerado y ella un tanto extravagante; otras, encontraban divertido hacer bromas a su costa.

—Se me había olvidado el olor que tiene esta casa. Aunque con esa nariz que tiene tu mujer, aquí eso lo debéis llevar a rajatabla —le comentó la señora Ortega al señor Ortiz riendo.

A su lado, el señor Ortega no dijo nada y solo dejó asomar una sonrisilla cansada.

A la señora Ortiz los comentarios así siempre le parecían improcedentes. Estaba ya harta de esas bromas, y quizás fuera hora de hacérselo saber a los demás.

La conversación transcurrió de manera afable en los preliminares, mientras tomaban el aperitivo sentados en el sofá. Entonces el señor Molina, en general falto de tacto, comentó que habían tenido una semana complicada en el trabajo a causa de unos papeles que se habían perdido.

—Vamos a tener que contratar a un perro para buscarlos. O a ti, que tienes ese olfato de sabueso —dijo riendo mientras aspiraba ruidosamente por la nariz. Los demás también rieron.

Hubo un silencio, como si todos buscaran algún tema de conversación para continuar.

—No creo que pueda ayudaros —dijo entonces ella—. Aunque hay muchas cosas que pueden deducirse por el olfato, os sorprenderíais.

—¿Ah sí? —dijo el señor Castillo—. ¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, el olor me revela lo que la gente ha hecho recientemente.

Los demás la miraron.

—El contacto íntimo, sin ir más lejos, provoca olores que perduran incluso varios días. Un orgasmo deja una huella muy fácil de reconocer. Aunque por mucho que me he acercado a ti —dijo mirando a la señora Molina—, no he olido nada así, la verdad. En tu marido, curiosamente, sí.

Los Molina se miraron entre sí sin decir nada, y la señora Ortiz continuó como si no esperara respuesta.

—La rabia también tiene un olor muy particular. El odio, el enfado. Cuando dos personas discuten con intensidad, luego huelen de una manera característica. —Miró entonces a los Castillo—. La de hoy ha debido ser gorda, porque también ha habido llanto —añadió—. Las lágrimas dejan un aroma muy curioso.

Los Ortega se miraron entonces nerviosos. Él tenía el mismo aspecto fatigado que a su llegada y el rostro falto de color. En lugar de mirarles, la señora Ortiz perdió la mirada a través de la ventana y volvió a hablar.

—Mi padre, como creo que ya sabéis, murió de una enfermedad… complicada. Pasó unos últimos años muy duros, con muchos dolores. La enfermedad le dejó un olor suave, como a tierra mojada. —Giró, ahora sí, la cabeza hacia el señor Ortega—. Lo siento.

Luego acercó la copa a su marido para que le sirviera un poco más de vino. Este la llenó mientras los demás guardaban silencio, y ella antes de beber se la acercó a la nariz y aspiró profundamente.

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