A los postres

—Déjalo en la cocina, querida. Muchas gracias —decía la señora Mingo a sus invitadas para que dejaran sus pasteles antes de pasar a la sala de estar.

Era ya tradición que la señora Mingo organizara todos los años una comida con sus viejas amigas. Le había ido muy bien en la vida, mucho mejor que a las demás, que ahora pertenecían a una clase social muy distinta a la suya. Apenas hablaban ya, tenían vidas diferentes, pero seguían manteniendo aquel encuentro regular. La señora Mingo se encargaba de preparar la velada, y la costumbre era que ellas llevaran tan solo algo dulce, un postre que luego poder compartir al final de la comida.

Todas intentaban llevar algo que estuviese a la altura del resto del banquete, aun si aquello les suponía un desembolso excesivo. Se presentaban con tartas muy elaboradas, pasteles elegantes y refinados, mantecados y repostería de alguna confitería reputada. La señora González, la menos pudiente de todas ellas, era quien solía llevar el postre más humilde. Se avergonzaba de ello, sabía que las otras la miraban por encima del hombro, pero no podía permitirse nada más. Aunque este año, como algo excepcional, había decidido gastar parte de sus pocos ahorros en una tarta muy cara en una de las mejores pastelerías de la ciudad.

La tarta venía en una caja muy llamativa de color morado y letras plateadas, y ya antes de abrirla se veía que era un postre de altura. Era, de hecho, la más refinada y probablemente más costosa de todas. Por primera vez, la señora González podría mirar a las demás invitadas con condescendencia, en lugar de al contrario.

Para su satisfacción, no solo su tarta lucía más elegante que las demás, sino que pudo ver que la señora Aparicio, quien normalmente presumía de sus caros dulces (y por quien no guardaba mucha simpatía), había traído en esta ocasión una caja más modesta que otros años. Esto la hizo sentir aún mejor y la convenció de que su sacrificio económico había valido la pena.

La comida transcurrió como de costumbre, entre risas y conversaciones ligeras. La hija de la anfitriona, una chica joven muy agradable, compartía mesa con ellas y participaba de la charla. La señora González se divertía, pero en realidad estaba esperando a que llegara la hora del postre y las demás pudieran ver y probar su dulce.

Una criada fue trayendo las tartas y pasteles ya dispuestos en bandejas. También así se veía claro que su tarta tenía una calidad superior a la del resto.

A la señora Mingo le gustaba comportarse con algo de teatralidad exagerada en este punto. Iba mirando las tartas y las servía en orden, y hacía comentarios rimbombantes fingiendo sorpresa. La tarta de la señora González llamó su atención por encima de las demás desde el primer momento.

—Esta tiene un aspecto exquisito —dijo fijándose en ella, y la señora González sonrió para sus adentros.

Sin embargo, según dijo esto, la señora Mingo se giró hacia la señora Aparicio:

—La verdad es que lo que tú traes siempre destaca.

La señora González no podía creerlo. Iba a corregir a la anfitriona, pero antes de que pudiera hacerlo, su amiga fue más rápida y respondió de inmediato:

—Me ha costado encontrarla, pero sé que te va a encantar —dijo—. Y a vosotras también, claro —añadió mientras le sonreía a la señora González, que ahora estaba a punto de echarse a llorar.

Por un momento, consideró la posibilidad de reclamar su tarta, pero se dijo que aquello a las otras les parecería un gesto miserable. Y eso suponiendo que la creyeran, que bien podrían no hacerlo. A fin de cuentas, todas las demás, al igual que la señora Mingo, sabían que no era su costumbre traer tartas tan deslumbrantes como aquella.

Se conformó con guardar silencio y miró la sencilla tartita que la señora Aparicio había traído, y que ahora el resto de la mesa pensaría que era su irrelevante contribución al convite.

La señora Mingo sirvió unas porciones de aquella espléndida tarta, y todas alabaron su sabor.

—Es deliciosa, tenías razón.

—Buenísima —comentó otra—, aunque seguro que las demás también estarán ricas.

Todas rieron.

En silencio, la señora González tuvo que admitir para sí misma que el postre era una verdadera exquisitez.

En un extremo, la hija de la señora Mingo dejó la cucharilla en la mesa. En su platillo quedaba todavía buena parte de la porción que le habían servido, pero no parecía querer comer más, y su gesto era extraño. Se la veía respirar con dificultad y en su rostro había un malestar difícil de disimular. Cuando cruzó la mirada con la de su madre, aquella comprendió de inmediato.

La hija se levantó sin decir nada y salió del salón, y después se oyeron unos pasos apresurados que subían la escalera. La señora Mingo también salió de la pieza sin comentar nada. Fue a la cocina, donde se la oyó hablar y después se escucharon unos ruidos como de cartones. Unos segundos después, vino a paso acelerado blandiendo una caja morada, se puso junto a la señora Aparicio y, acercándole mucho una pegatina en el lateral, le gritó furiosa:

—¿Pero es que se te ha olvidado que mi hija es alérgica a los frutos secos?

La señora González tomó un bocadito de tarta de su plato y le supo de maravilla.

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