Música
Fue mi mujer la que eligió la cajita de música en aquel mercadillo. Ella es de esas personas que no sabe irse de sitios así con las manos vacías. La caja no tenía nada de especial, hecha de madera y sin ningún ornamento que llamara la atención. Auguré que acabaría en el trastero o decorando alguna habitación olvidada en la casa del pueblo.
La caja, al abrirla, tocaba una melodía simplona y repetitiva, con esa especie de sonido aletargado y metálico de todas las cajitas de música. Mi mujer decidió que la usaría para guardar algunos anillos que hasta ese momento metía en una bolsa de terciopelo, y la puso sobre la cómoda.
Sucedió entonces que aquella música, esa melodía insulsa, fue conquistándonos poco a poco. Mi mujer abría la caja para buscar uno de sus anillos y se quedaba embelesada escuchando su sonido, sentada al pie de la cama, como quien escuchase a un verdadero músico interpretar frente a ella una pieza. Mi hija, si es que escuchaba el tintineo de esas notas, venía a nuestro cuarto y escuchaba también. Con el tiempo, incluso bailaba al son de la melodía, y nosotros la mirábamos sonrientes. Aquella música nos trajo una felicidad inesperada, bastaba con abrir la caja para sentirnos bien.
Ahora mi hija volvía del colegio y lo primero que hacía era ir a abrir la cajita. Mi mujer se retiraba a la habitación con cualquier excusa y yo oía la música sonar durante minutos hasta que ella regresaba. Intentó incluso averiguar el nombre de esa melodía, convencida de que debía ser alguna pieza célebre que hubiera sido interpretada por numerosas orquestas, y que podríamos encontrar alguna grabación para escucharla completa. Dedicó tiempo a ello, pero no tuvo éxito en su búsqueda.
A mí me gustaba ver el disfrute de mi hija y de mi mujer, pero confieso que no encontraba nada especial en aquella melodía. Es más, me cansaba rápidamente de escucharla, y de no ser por esa alegría que veía en ellas, me habría parecido insoportable escuchar tanto tiempo la misma cancioncilla.
Al cabo de los días, sin embargo, también yo empecé a cogerle gusto a la melodía, y disfrutaba igual que ellas de escucharla. Aun si mi mujer no estaba en casa o no necesitaba abrir la caja para coger uno de sus anillos, yo la abría y pasaba unos minutos escuchando su música, y al hacerlo me llenaba de una felicidad maravillosa.
Era fin de semana y salí a dar un paseo antes de que ellas se despertaran. Por el camino, iba a ratos silbando o tarareando la melodía de la caja de música, y seguí haciéndolo cuando llegué a casa.
—¿Qué es eso que vas silbando todo el rato? —me preguntó riéndose mi mujer.
—Es la musiquita de la caja —le dije.
Ella abrió los ojos y luego se echó a reír.
—¡Pero si no se parece en nada! —dijo sin parar de reírse.
Luego fue hasta la cajita, la abrió, y para mi sorpresa sonó una melodía distinta, aburrida. No noté en mi mujer ninguna emoción al escucharla. Mi hija se acercó, pero no fue por la música, sino por oírnos hablar y oír las risas de mi mujer. Tampoco vi en ella ningún interés por la melodía.
Apenas la dejó sonar unos segundos y después cerró la caja sin más.
—¿Ves como no se parece? ¿Cómo era la que tú silbabas?
Y al intentar silbarla me di cuenta de que no recordaba ni una sola nota.