El último trago

Marcelo recordaba bien aquella tarde en que su padre vino del trabajo algo alicaído y con una pequeña caja alargada de madera en las manos. Les reunió a él y a su madre en la cocina y les dijo que el señor Benavides ya no necesitaba más de sus servicios. Después de que su esposa falleciera unos meses atrás, había decidido vender el palacete en el que vivía y volverse al norte, de donde venía su familia, y ocupar una casa más pequeña que en su día heredó de su madre. El padre de Marcelo les dijo que no se preocuparan, que pronto encontraría otro trabajo.

—El señor Benavides se ha portado muy bien con nosotros —dijo, y sacó del bolsillo un sobre con dinero.

Luego abrió la caja y sacó de ella una botellita muy elegante, al parecer de un licor que el propio señor Benavides destilaba y embotellaba, y que había tenido a bien obsequiarle como agradecimiento adicional.

—Tomáosla cuando nazca tu hijo y acordaos de mí —había dicho al dársela, porque sabía que la madre de Marcelo estaba entonces embarazada.

Marcelo, sin embargo, no tuvo ningún hermano. Su madre perdió el hijo en el último mes de gestación, y el trauma fue tal que no volvió a intentarlo.

Unos meses más tarde, su padre vio la botellita de licor en la despensa y, movido por el significado que tenía, decidió que habría que beberla en otra ocasión que mereciera la pena. Pero que no sería él quien lo hiciera, sino su hijo Marcelo, algún día del mañana, cuando él mismo considerase que tal momento había llegado.

—Te la vas a quedar tú y, cuando seas mayor, te la bebes para celebrar algo especial —le dijo.

El muchacho guardó la botella con ilusión, y pensaba a veces en cuál sería ese momento en el que valdría la pena beberla tal y como le había dicho su padre. Con aquella excusa, imaginaba que su futuro habría de ser glorioso, que tendría al menos algún instante de felicidad mayúscula, aunque solo fuera por honrar aquel regalo y con él la memoria de ese hermano que no llegó a tener.

Se hizo mayor, tuvo una cierta fortuna en la vida, y a cada momento de dicha pensaba en si era ya hora de beber aquel licor.

El día de su boda estuvo a punto de beberlo, pero se dijo que quizás habría alguna razón mejor. Por ejemplo, pensó, cuando tuviera un hijo. Pero su hijo nació y se dijo que mejor no tentar la suerte, que aún había que criarlo, y que más valdría esperar hasta que fuera adulto. Sí, aquella sería una ocasión más valiosa y digna de celebrarse de esa manera.

Su hijo creció, pero él siguió sin encontrar el momento perfecto que festejar. Siempre se le ocurría alguna posible ocasión futura que le parecía más apropiada que la presente.

Se convirtió en un anciano y se dio cuenta de que ya no vendría esa oportunidad. Había vivido ya todos sus momentos más felices, así que poco antes de morir le dio la botella al hijo y le dijo lo mismo que en su día le había dicho su padre.

—Resérvala para un momento importante, ya sabes.

El hijo se emocionó al recibir aquel legado, pero pensó que ya había dejado atrás la mayor parte de los sucesos más importantes de su vida y que quizás fuera tarde para él. Poco después, decidió darle la botella a su propia hija y transmitirle el mismo mensaje. A ella le quedaba todavía mucho por delante.

La hija, sin embargo, tuvo el mismo problema que su abuelo y nunca se decidió a abrirla, y también ella la dejó en herencia con idéntica consigna.

La botella fue así cambiando de manos, pero nadie encontraba nunca una razón definitiva para beberla. Cada vez, además, la responsabilidad era mayor. Si nadie antes la había bebido, habría que hacerlo en un momento que fuera de veras relevante. Y siempre creían que habría otro mejor en el mañana.

Generación tras generación, la botella fue pasando de unos a otros, pero nunca nadie la bebió. Saben ya que eso no sucederá. No es ahora más que un amuleto, un talismán del que han olvidado incluso su origen. La siguen heredando de padres a hijos como un pequeño tesoro, y con ella va también ese convencimiento incansable de que la vida siempre puede traer todavía algo mejor que lo que se tiene.

* * *

La muerte temprana e inesperada de su esposa llevó a Mauricio Benavides a una tristeza profunda. El duelo, no obstante, fue remitiendo y dejando paso no solo a un poco de bienestar, sino también a la ilusión por poder ahora resolver cierto cabo suelto que lo venía importunando desde tiempo atrás. Resolvió vender la propiedad y mudarse lejos de allí, ante lo cual no tuvo más opción que despedir a su plantilla completa de empleados domésticos. Convocó a todos ellos en uno de los salones de la casa, les explicó la situación, y con palabras de agradecimiento les entregó unos sobres con una generosa paga extra. A Ramón Cuevas le entregó además una caja con una pequeña botella de licor.

Años atrás, una tarde en la que el azar quiso situarle donde no debía estar, el señor Benavides había descubierto a su esposa y a Cuevas intimando más de lo debido. Aunque furioso, la idea de un conflicto con su esposa le desagradaba sobremanera, así que prefirió olvidar y disimular en lugar de tomar represalias. El olvido, no obstante, no vino acompañado de perdón.

El señor Benavides se despidió de sus empleados y se fue lejos de allí con el convencimiento de que, al cabo de apenas unos meses, aquella pequeña botella le concedería lo que él consideraba una cierta forma de justicia. Un mes después, falleció inesperadamente al caer de su caballo.

—Tomáosla cuando nazca tu hijo y acordaos de mí —le gustaba repetirse a sí mismo, imaginando que el dulce momento de cobrar su deuda estaba ya cerca de llegar.

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