A largo plazo

Confieso que hubo un tiempo en que me interesé por la tortura. La estudié con dedicación, me adentré en modalidades de las que una persona común nunca oye hablar. Es un mundo inmenso, riquísimo. A falta del estigma moral de nuestros tiempos, los hombres de otras épocas investigaron sin descanso ni pudor ninguno un sinnúmero de formas de causar dolor y que este fuera lo más atroz posible.

Lo sé, como digo, porque yo mismo me documenté a este respecto. En especial, después de aquella tarde a la salida del colegio y del encuentro con aquellos muchachos, a los que tras ese suceso quise poder infligir un dolor infinito. Pero ese impulso no duró mucho, también yo me di cuenta de que un martirio así, puntual e intenso, incluso si me hubiera sido posible aplicarlo sobre ellos, no habría servido para consolarme. Además de una práctica inhumana, más propia de bestias que de seres civilizados, entendí que no me proporcionaría la satisfacción que yo necesitaba para sentir de nuevo una cierta justicia.

Fue entonces que decidí dedicar mi tiempo y mi esfuerzo a buscar una forma más duradera de daño. Resolví estudiar cuál ha de ser la mejor manera para hacer que la vida de alguien pierda todo cuanto sea posible y quede convertida en algo miserable e insustancial, al tiempo que no la ponga en riesgo ni afecte a su duración. Transformar la totalidad del vivir en una experiencia vacía y eterna, en lugar de un horror extremo y acotado. La idea de investigar este asunto con toda la profundidad posible me entusiasmó.

Por supuesto, causar un trauma no es difícil. La tortura misma que descarté entonces, desde su modalidad más atroz hasta la más inocente, deja huellas más o menos duraderas. Pero el tiempo obra milagros y la normalidad acaba por recuperarse, o al menos la posibilidad de experimentar alguna forma de serenidad. Yo buscaba la fórmula para evitar ese regreso, para condenar a un penar perpetuo, aun si la magnitud de este no era superlativa.

Así pasé años analizando vidas arruinadas, espirales de degradación, intentos vanos de volver a disfrutar la existencia. Leí testimonios, escuché opiniones de primera mano. El estudio de estos temas se convirtió en una obsesión cada vez más absorbente. En ningún momento dejé de pensar en esos chicos y en cómo, una vez resuelto el interrogante a cuya respuesta me acercaba cada vez más, experimentarían ese abismo.

Ha pasado mucho tiempo. Aun sigo con la misma obsesión, en esa búsqueda incansable de un método que salde la deuda de esos muchachos para con mi inquina. Me doy cuenta de que no sé qué habrá sido de ellos, si podría encontrarlos o si acaso siguen con vida. Pero mi estudio ha dado sus frutos, y tras todos estos años de reflexión y análisis, creo tener una respuesta a la cuestión que entonces me planteé. Hoy puedo asegurar que nada hay tan dañino, nada destruye el deseo de vivir de una manera tan perseverante, como la sed de venganza.

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