Tratado sobre la paciencia

Sabía que los viejos no tenían la culpa, por supuesto que no, porque cómo iban a saber nada de lo suyo, del divorcio, de lo que ahora se le venía encima.

Sabía que los viejos no tenían la culpa, aunque quizás podrían haberle dejado pasar en lugar de comenzar a sacar todo el carro sobre la cinta. A fin de cuentas, era evidente que él no llevaba más que un par de cosas, ni siquiera una cesta, solo una compra rápida, porque ahora ya era todo lo que necesitaba, no más.

Sabía que los viejos no tenían la culpa, pero qué desesperante era esa lentitud, la verdad es que podrían darse algo más de prisa y no intentar colocar cada producto con esa parsimonia, y además seguro que no tenían nada más que hacer, pero él sí, él quería aprovechar su tiempo en algo mejor que esperar en la caja de un supermercado.

Sabía que los viejos no tenían la culpa, pero por qué estaban ahora metiendo todo en las bolsas en lugar de pagar, cuando uno de ellos podía pagar primero y así la cajera podría luego ir atendiendo al siguiente cliente, es decir, a él, y todo sería más eficaz. Y además, con qué tranquilidad lo hacían, qué poca consideración, vamos, por favor, que estáis bloqueando la caja, esto es desquiciante.

Sabía que los viejos no tenían la culpa, pero esto ya era colmo, ahora él sacaba las monedas y las contaba una por una, y luego los vales de descuento, quién usa ya esas cosas, más tiempo que perder, por qué no me he puesto en otra fila. Y esa música ridícula, y esos anuncios, qué tortura.

Sabía que los viejos no tenían la culpa, pero ya no aguantaba más, tenía que decirles algo, y eso hizo, les gritó, les habló de mala manera para que se dieran más prisa, y él miró, y ella miró, y todos miraron, y él puso un gesto altivo, y lo suyo no importaba, no era por eso que estaba irritado, esta escena le habría hecho enfadar de cualquier modo, vaya pérdida de tiempo.

Sabía que los viejos no tenían la culpa, pero ni siquiera le respondieron, acaso se creían superiores. Y a qué venía esa mirada entre sí, cariñosa, qué ridículos, anda, marchaos ya y dejad de molestar, hoy está claro que no es mi día.

Sabía que los viejos no tenían la culpa, pero ahora estaba allí solo, llegado ya su turno, y vio cómo se alejaban como si nada hubiera ocurrido, y él no dejaba de pensar en su futuro, en los niños, a ver cómo arreglaba aquello, y al llevarse la mano al bolsillo se dio cuenta de que no encontraba su cartera.

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