Fruta
Entre otros árboles, mi mujer plantó un ciruelo a la entrada del jardín que pronto comenzó a dar unas ciruelas muy dulces. Las recolectaba con mimo y juntos las comíamos, y conforme aquello se convertía en una especie de ritual, ella fue encariñándose con el árbol, al que cuidaba más que a ningún otro. Como el ciruelo alcanzó un porte considerable y daba más fruta de la que podíamos consumir, empezó a hacer mermelada con las ciruelas. Descubrió en ello una actividad que le ilusionaba, y su aprecio por el ciruelo se hizo así aún mayor.
No he sido capaz de recolectar ni una sola ciruela desde que ella murió. Ahora la dejo madurar en el árbol y caer luego al suelo, donde la veo pudrirse. No me molesto ni siquiera en quitarla de ahí.
Nuestro jardín es abierto y no tiene una valla, y el ciruelo está muy cerca de la calle, de tal manera que alguien que pase puede coger unas ciruelas sin penetrar apenas en la propiedad. Alguna vez he visto a gente que se acerca y coge un par de ellas de una rama, quizás convencidos al ver la gran cantidad de fruta abandonada al pie del árbol de que el propietario no tiene interés en ella. Esto me provoca una rabia inmensa, y de inmediato salgo gritando e insultando a quien se atreva a hacerlo. Me toman por un loco egoísta, pero no me importa.
—Pero si usted no las va a recoger, si están ya la mitad en el suelo —me reprochan a veces.
Esto me irrita tanto que muchas veces entro en casa, agarro un bastón que tengo cerca de la puerta y vuelvo a salir más amenazante aún. Después suelo arrepentirme, pero en el momento soy incapaz de tolerar algo así.
Una vez una mujer llamó a la puerta y me preguntó si podía llevarse algunas ciruelas, siendo que era evidente que yo no iba a hacerlo. Su buena educación me resultó, sin embargo, más insultante aún. En lugar de hacerlo de manera subrepticia, tenía la desfachatez de preguntarme si le daba permiso para hacer algo que ofendía el recuerdo de mi mujer. Por supuesto, ella no sabía nada de aquello, pero no pude sino echarla de mi casa de muy malas maneras.
A veces, cuando veo que el árbol ya está bien cargado, me acerco y lo agito con todas mis fuerzas hasta dejarlo casi sin fruta. Incluso pisoteo las ciruelas que caen, para que así nadie pueda comerlas. El olor dulzón de la fruta descomponiéndose me provoca placer, una especie de sentimiento de labor bien llevada a término.
He pensado a veces en cortar el árbol. Si no lo hago no es porque crea que así faltaría el respeto a la memoria de mi mujer, sino porque me privaría de este placer que ahora tengo y que me mantiene unido a ella. Disfruto al ver las ciruelas malograrse, al pensar que el árbol sigue entregándole sus frutos como si ella estuviera aquí pero nadie viene a recogerlos. Confirmar que no le pertenecen a nadie más.