Martina

Se conocieron en la presentación de un libro, poco antes del verano. Él iba invitado por el autor, para el que había ilustrado un libro anterior tiempo atrás; ella era una simple lectora interesada. En el aperitivo que se sirvió tras la tertulia, se dedicaron miradas y sonrisas mal disimuladas, y con un canapé en la mano, compartieron alguna frase. No supieron dar continuidad a aquel primer contacto. Ella se fue de la librería antes que él, y él ni siquiera la vio salir.

El dibujante volvió a casa fascinado por la belleza de esa mujer y enfadado consigo mismo por no haber sido capaz de conseguir su número de teléfono o algo que pudiera favorecer un nuevo encuentro. No sabía ni siquiera su nombre, pero quiso darle uno que encajara con esa fascinación que le despertaba. Imaginó que se llamaba Martina. En un cuaderno que acababa de comprar, escribió ese nombre en la tapa y en la primera página esbozó con un bolígrafo un primer retrato de ella tal y como la recordaba.

Dibujó retrato tras retrato durante semanas, después meses. Se obsesionó con ella y la pintaba cada tarde en una pose distinta. Martina sentada, Martina caminando, Martina riendo, Martina con el pelo suelto, Martina tomando el sol. La imaginaba de una y otra manera y llevaba sus fantasías a las páginas de la libreta. No era a ella a quien dibujaba, sino a la imagen idealizada que tenía de su cara, de su sonrisa, de su cuerpo después de esos pocos minutos que habían compartido. No la materializaba, sino que la invocaba.

Meses después volvieron a verse en el mismo lugar, cada cual comprando un libro. Una casualidad hermosísima que ambos bendijeron. Entendieron de inmediato que habían sentido algo similar después de aquella primera vez, y que ahora la coincidencia no debía desaprovecharse. El noviazgo arrancó en ese mismo instante antes siquiera del primer beso.

Vivían a apenas unas pocas manzanas de distancia y empezaron a verse casi cada tarde. Les fascinaba cuanto descubrían del otro. El embeleso inicial del amor parecía no ir a desaparecer nunca.

Una mañana él tuvo que salir y le propuso que se quedara en la cama un poco más y luego lo esperara hasta que él volviese ya cerca del mediodía. Era la primera vez que lo hacía, la primera en que estaba sin él en su casa. Le dejó una llave. A ella le pareció un paso lógico y esperable, pero aún así se emocionó.

Quería respetar la intimidad de él, pero no le pareció mal curiosear la habitación donde trabajaba. Ella no tenía ningún talento para las artes plásticas, y aquello del dibujo le resultaba casi misterioso. Sobre la mesa encontró multitud de papeles y lápices, cuadernos, un ordenador y algunos artilugios que no estaba segura de saber para qué servían.

Al borde de la mesa había dos cuadernos con un nombre de mujer. Martina. Pensó que quizás no debiera mirarlos, pero no pudo evitarlo. Abrió una página al azar y encontró retratos hechos a bolígrafo. Luego descubrió que todas las páginas eran similares, que en todas ellas aparecía la misma mujer joven a la que no reconocía. Algunos de esos retratos eran íntimos. Sintió la obsesión de él, la dedicación. Lo visualizó llenando aquel cuaderno, tal vez con ella delante posando o quizás trabajando de memoria, rememorando algo que ya no existía o acaso solo soñando con un imposible. Quiso intuir la devoción, la intensidad del sentimiento.

Cuando él volvió no la encontró más fría, ni tampoco ella quiso mostrarse distinta, a pesar de que no podía dejar de pensar en esos cuadernos. No preguntó nada, no quiso saber quién era aquella tal Martina. Se resistió a hacer esa pregunta en los días y semanas que siguieron, a medida que su entusiasmo decaía, doblegada por la sospecha y la inseguridad. Él no tuvo más remedio que moderar igualmente su entrega hacia ella.

—¿Quieres que te dibuje? —le preguntó él una tarde.

Ella creyó ver ilusión en su propuesta y aceptó con entusiasmo. Él preparó una lámina grande e hizo un retrato con acuarela. Mientras dibujaba, le daba algunas instrucciones para que ella posara.

El retrato era distinto a los que había visto en los cuadernos, pero le pareció similar a aquellos. La pose, se dijo, le recordaba a la de algunos de esos otros dibujos. No se reconoció en aquella pintura.

—La verdad es que he hecho muy pocos retratos —dijo él, quizás disculpándose por la poca fidelidad del resultado.

A ella le dolió escuchar aquello.

Los cuadernos siguieron en la mesa, los veía cada vez que quedaban en casa de él. A veces en una posición distinta, y ella imaginaba entonces que él quizás hubiera añadido algún nuevo retrato. Empezó a resistirse a que se vieran allí, y lo invitaba para que fuera él quien durmiera en casa del otro. Con el tiempo, las invitaciones se fueron espaciando.

Nunca se atrevió a preguntar acerca de esos retratos. Ni siquiera cuando decidieron separarse consideró salir de dudas.

Esa tarde él compró una nueva libreta, escribió en la tapa el verdadero nombre de ella y empezó a dibujar.

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