Con lupa
Como en tantos otros escritorios, en el de mi marido había una lupa. Yo lo consideraba más un objeto decorativo, de igual modo que lo eran el abrecartas o el tintero que había sobre la misma mesa. A estas alturas, quién utiliza esa clase de cosas. Era una lupa grande que descansaba en su propio soporte, con aire elegante. Nunca le di ninguna importancia.
Una tarde, limpiando el polvo del despacho, la lupa se cayó al suelo y el cristal se rompió. Mi marido no estaba en casa, y esa misma noche, mientras cenábamos, mencioné mi percance con la lupa. Pareció disgustarle, y algo me hizo entender que había más valor en aquella lente del que yo había supuesto. Quizás fuera una herencia familiar o un regalo de alguien cercano. En realidad, yo no recordaba de dónde venía la lupa ni qué historia había detrás. Me sentí mal, aunque él no me lo recriminó, simplemente lo encontré algo incómodo.
Tardó un solo día en comprar una nueva lupa. Era similar a la anterior, y eso me hizo pensar que no había en aquella un valor sentimental, sino práctico, y con ello dejé de sentirme mal conmigo misma.
El incidente de la lupa hizo que, a partir de ese momento, me fijara más en ella de manera inconsciente. Me di cuenta de que no siempre estaba en la misma posición. Al parecer, y al contrario de lo que yo hasta entonces creía, mi marido sí que le daba uso. Y en ocasiones, la lupa simplemente desaparecía y después volvía a aparecer en el escritorio, como si la hubiera estado utilizando fuera del despacho.
Me pregunté para qué le serviría aquella lupa y comencé a observarle discretamente. La ausencia del artilugio, deduje rápidamente, coincidía con algunas salidas al jardín, y sobre todo con los paseos que daba por los caminos alrededor de la casa. Siempre se había interesado por los asuntos de campo, y supuse que la utilizaría para observar bichitos o algo similar. Aun así, fui acumulando a partes iguales curiosidad e intranquilidad con cada una de estas salidas, y quise saber más.
Le propuse acompañarle a pasear, y eso pareció agradarle. Pero cuando yo estaba con él, dejaba siempre la lupa en el despacho, y en todo caso salía más tarde con ella a ocuparse en lo que fuera que hiciese.
Una mañana en la que fue a pasear, lo seguí con cuidado. Caminó un par de minutos y luego se detuvo y se puso en cuclillas antes de sacar la lupa. Situó la lente a poca distancia del suelo y, después de tantear su posición, la dejó inmóvil. Cada cierto tiempo la desplazaba como siguiendo algo. Estuvo unos diez o quince minutos ocupado en aquello. Después no volvió a casa, sino que siguió paseando. Al acercarme al lugar, encontré un hormiguero que bullía, con cientos de insectos desplazándose caóticamente. En mitad de ellos había un pequeño montón de cadáveres carbonizados.
Volví a seguirle otros días, y lo descubrí así quemando más hormigas, y también escarabajos, grillos e incluso pequeñas orugas. Una vez, tal vez creyendo él que yo no estaba en casa, lo vi en el jardín desde la ventana y pude ver el gozo en su rostro, un gesto evidente de placer que me resultó escalofriante.
Teníamos en casa un gato que, como tal, traía de vez en cuando algún ratón que había cazado y lo dejaba en la puerta a modo de ofrenda. En una ocasión trajo uno que no estaba muerto, sino solo moribundo. Lo dejó en el suelo y daba mucha pena verlo, sin poder apenas moverse, solo temblar. Mi marido dijo que él se encargaría de matarlo para que no sufriera, y que lo tiraría después en el campo, lejos de casa. Entró a la habitación a ponerse los zapatos y luego cogió un guante de jardinería. Cuando se marchó con el ratoncillo en la palma de la mano, fui al despacho y comprobé que la lupa no estaba. Era un mediodía soleado de verano.
Empecé a evitar su compañía, y él como consecuencia dedicaba más tiempo a su afición. Más tarde empezó a salir algunas mañanas de sábado con un grupo de compañeros de trabajo. A hacer senderismo, según decía. Al principio pensé que mentía y que aquello sería solo una coartada para ir con la lupa, pero me di cuenta de que no la llevaba consigo en esas salidas. Incluso me gustaba que llegaran esos días, por saber con certeza que en ese momento no estaba utilizándola.
Hasta hoy en que, al marcharse él, por cerciorarme una vez más y sentirme tranquila, entré en el despacho y vi que la lupa estaba en su sitio, sí, pero faltaba el abrecartas.