Un retrato
—Mire aquí, por favor —dice siempre el retratista mientras se señala a sí mismo.
El modelo, equivocadamente, se queda entonces algo rígido y trata de guardar la posición de una manera un tanto cómica. Entiende que no es solo cuestión de dirigir la mirada hacia el artista, sino de mantener la pose completa con la mayor fidelidad posible. Pero el pintor le invita a relajarse, le dice que no importa si se mueve, que lo importante es que fije su vista allá donde él se encuentra.
Así va pintando, alternando su visión entre el lienzo y la persona, y cruzando continuamente la mirada con la de quien tiene enfrente. La mantiene con sus ojos profundos, le observa como si quisiera retenerle en esa dirección y recordarle sin necesidad de palabras que no debe mirar a otro lado.
Es un pintor rápido, no suele demorarse demasiado. Ningún modelo acaba cansado o siquiera aburrido. Regularmente, él repite la consigna.
—No deje de mirarme, por favor. Como si quisiera memorizarme. Míreme e imagíneme de otra manera o con otra ropa —dice en algo que el otro interpreta como un pequeño ardid profesional para hacer más llevadera la inmovilidad.
De nuevo, insiste en que no hay problema en cambiar de posición si es que le resulta más cómodo.
Cuando termina, el retratista no invita al modelo a acercarse. Por su gesto, se diría que ahora le es irrelevante. No lo mira más, lo ignora, y su mirar está fijo tan solo en su creación. Al cabo de un tiempo, el modelo se acerca para contemplarse con la esperanza de ver allí la mejor representación de sí mismo.
Es entonces que llega no la sorpresa, sino el pavor. Cuando el modelo se asoma al lienzo y descubre que no se trataba de un retrato, sino de un autorretrato. En la pintura, con asombroso detalle, aparece el pintor tal y como él mismo lo visualizó. El encuadre exacto, los rasgos en los que más se concentró durante su espera. Si es que acaso siguió sus indicaciones y lo imaginó con otra ropa, allí lo encuentra vestido de esa manera exacta, o desnudo si tuvo esa fantasía, o con un peinado distinto u otra edad que no es la actual, cualquier ficción que pudiera haber desarrollado en su imaginación la ve ahora materializada sobre el lienzo.
El fondo del cuadro, sin embargo, no es el del estudio, sino un escenario onírico de motivos diversos, construido a partir de las otras ideas que pasaron por la mente del modelo. Otras personas, otros lugares, simples colores, formas, trazos que evocan sensaciones y sentimientos tal y como unos minutos atrás los experimentó mientras creía estar siendo retratado.
El modelo entiende así, con terror, que no estaba allí para prestar su cuerpo y su figura, sino sus ojos y su punto de vista, que el artista no miraba hacia él para copiar sus facciones, sino desde él para descubrir una interpretación personal de sí mismo. Que en ese tiempo que ahora se antoja excesivo, habitó su mirada y recorrió sus pensamientos como quien curiosea la biblioteca de una casa ajena cuando el anfitrión se ausenta durante un momento.
El modelo nunca reclama el cuadro, menos aún la suma convenida por su tiempo de posado, y simplemente se marcha lo antes posible.