Marfil

No era un hombre guapo, pero tenía una sonrisa hermosa. El gesto franco y, sobre todo, unos dientes bien alineados que, a pesar de su circunstancia y edad, conservaba íntegros.

El patrón era hombre de más vanidad que caridad. Vestía trajes y camisas caras, zapatos de cuero siempre brillantes, llevaba el pelo repeinado. Gemelos de oro, reloj abultado. Heredó de su padre un cuerpo bien proporcionado en el que todo ello lucía con una cierta prestancia, pero también una dentadura pobre, de dientes picados y numerosas ausencias. Se avergonzaba de ello y hacía tiempo que evitaba sonreír más de lo necesario.

Cuando el patrón le daba alguna orden, él siempre sonreía. Opinaba su padre, que en paz descanse, que una sonrisa, aun si fingida, abría muchas puertas, y él siempre lo creyó como un dogma.

—Hoy quiero que te quedes hasta más tarde y me arregles la puerta de entrada, que ya es hora.

Y a él le parecía injusto, maldecía para sí, pero aceptaba servicial. Y para ratificar su sumisión, ofrecía siempre su mejor sonrisa.

El patrón faltó durante unos días, se dijo que por un asunto médico. Cuando volvió, su sonrisa era de dientes perfectos, blanquísimos y alineados. Ya no los ocultaba, sino que los mostraba sin pudor y reía innecesariamente. A su espalda, los hombres comentaban la apariencia artificial de aquella dentadura, pero no solo por la evidente falta de naturalidad de las piezas, sino por lo forzado del gesto. Era un hombre que no sabía sonreír con espontaneidad.

Ahora traía un aire de altivez y superioridad cuando se dirigía a ellos. Se comportaba de la misma manera déspota de entonces, excepto con él, a quien trataba con más tiranía aún que antes. Pero él seguía recibiendo sus órdenes con idéntica obediencia, nunca protestaba, y en ningún momento dejaba de obsequiar una sonrisa.

El patrón poco a poco dejó de tratarlo de aquella manera. Incluso se le advertía algo de rechazo, de frustración, como si no le interesara ya su ayuda. Y cuando la pedía, no tenía paciencia ni tolerancia ninguna.

—Deja de sonreír y ponte a trabajar —le recriminaba.

Fueron tres hombres, todos corpulentos, una noche mientras volvía a casa. Lo arrinconaron sin decir palabra y le dieron una paliza. Un golpe en la boca del estómago lo dejó a su merced y sin posibilidad de defenderse. A partir de ahí, le dieron uno tras otro puñetazos en el rostro y en la mandíbula. Se fueron en silencio y él escupió sangre y tres dientes.

Apareció a la mañana siguiente con el rostro hinchado, y los compañeros se compadecieron de él en silencio. El patrón vino a su lado y le agarró el hombro con su mano en un gesto de bonhomía. Sonriendo, le concedió una semana de reposo.

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